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Reflexiones sobre el paisaje: Paisajes Sonoros

Los paisajes sonoros cartografían el territorio. Bien lo saben Olivier Messiaen con sus cantos de pájaros, Richard Strauss con su Sinfonía Alpina, Ludwig van Beethoven con su Pastoral o las culturas aborígenes australianas, que dibujan el mundo mediante canciones.

4 de junio de 2015

Un Paisaje no es un mapa; de hecho, es todo lo contrario. Un paisaje, decíamos, es un trozo o fragmento del territorio, del espacio o del horizonte, en el que depositamos un afecto y lo encuadramos, seleccionándolo del todo continuo del que forma parte. Decíamos también que un paisaje contiene tiempo, el tiempo de Cronos, el tiempo que impone nuestra mirada o acción en ese segmento del territorio. Tiempo de Cronos que quiere escapar del tiempo de Aión, la eternidad del acontecer, la pura existencia por la existencia. Cronos necesita devorarlo todo, necesita aniquilar la eternidad, pero Aión no puede ser eliminado, pues es la condición de posibilidad de Cronos lo que le sustenta y le cobija.

Un paisaje contiene a Cronos; un mapa a Aión. Pero hay un tipo de paisaje que es mapa y que contiene el puro acontecer, el transitar, el caminar por el territorio o el espacio; un paisaje que dobla el horizonte y lo invierte, un paisaje en movimiento perpetuo que nos acompaña: el paisaje sonoro.

El rumor de los árboles agitados por el viento, el canto de las chicharras en las tardes calurosas, el crepitar de nuestras pisadas en la nieve, el zumbido de los insectos al final del verano, el canto del cuco en las mañanas de primavera.

Grillo

Carlos Muñoz Gutiérrez.

Cada territorio, en cada momento, tiene su canto; como en una polifonía, introducimos nuestra respiración, o el roce de nuestras ropas en el desplazamiento; bajos continuos sobre los que destaca la melodía de un pájaro o la berrea de un ciervo. El aullido del lobo a la luna y la secuencia rítmica de las olas en la playa diferencian tanto lo que pasa y lo que puede pasar que, en el fondo, son los sonidos los que mejor nos orientan y nos aconsejan. No se queden a escuchar el siseo de los cascabeles de la serpiente ni el rugido cercano de un león; pero disfruten del canto del quetzal, del ronroneo de un gato o de los cantos de las ranas al caer la noche.

Hay melodías naturales y también urbanas. La ciudad tiene su sonido, el rugido de los motores, los gritos de los niños, el claxon de un automóvil, las conversaciones de la gente y las risas escandalosas de un grupo de amigos.

Los paisajes sonoros cartografían el territorio conforme nos desplazamos, y representan las presencias de un modo que ningún otro tipo de representación puede hacer. Como sinfonías grandiosas, articulan todos los instrumentos en una totalidad que incluso nos contiene. No es extraño, pues, que grandes compositores hayan descrito los paisajes atendiendo a sus sonidos. Desde Olivier Messiaen y sus cantos de pájaros, Richard Strauss y su sinfonía Alpina, la Pastoral de Beethoven o la música concreta que directamente recoge sonidos del medio, la composición musical nos ha descrito paisajes, sus producciones nos han acompañado en su recorrido o, a través de nuestros cantos de labor, de fiesta o de duelo, los hemos enriquecido incluyendo entre los sonidos la presencia humana.

Gaiteros Asturianos

Carlos Muñoz Gutiérrez.

Pero, de entre los trazos de la canción, hay una cultura que ha comprendido como ninguna otra el modo en que los sonidos nos acompañan, nos rodean y nos engullen: los aborígenes australianos.

Las culturas aborígenes australianas cartografían el territorio y representan sus paisajes mediante canciones. Aúnan así el tiempo mítico del origen con el mapa de su tierra. Canciones que perduran desde tiempos legendarios y que cualquiera, aunque hable otro dialecto, aunque viva a miles de kilómetros del cantante, puede entender y visualizar. Las canciones aborígenes son el mapa de una tierra conformada por los antepasados. Una tierra eterna que es sagrada y que debe perdurar.

Bruce Chatwin, en su hermoso y fascinante libro Los trazos de la Canción, se enfrenta al misterio de las canciones al descubrir que alguien de una tribu distante de otra más de mil seiscientos kilómetros podría entender su canto. Así le explica su acompañante Arkadi, un personaje inimitable con el que establece relación y le sirve de guía en la sorprendente cultura aborigen:

“Parece que, independientemente de la letra, el contorno melódico de la canción describe la naturaleza del terreno sobre el cual aquella discurre. De modo que si el Hombre Lagarto deambulaba lentamente por las salinas del lago Eyre, era previsible escuchar una sucesión de largos acordes apa-gados, como los de la Marcha fúnebre de Chopin. Si andaba brincando por los farallones de MacDonnell, se escucharía una serie de arpegios y glissandos, como en las Rapsodias húngaras de Liszt.

Se piensa que ciertas frases musicales, ciertas combinaciones de notas, describen la acción de los pies del Antepasado. Una frase diría «Salina»; otra «Lecho del cañadón», «Spinifex», «Duna de arena», «Monte de acacias», «Fachada de roca», y así sucesivamente. A un cantante experto le bastaría escuchar su orden correlativo para contar cuántas veces su héroe atravesó un río, o escaló una cordillera… y así podría calcular en qué punto del Trazo de la Canción estaba y cuánto había avanzado por ella.

—Podría escuchar unos pocos acordes—prosiguió Arkadi—, y decir:

«Esto es Middle Bore» o «Aquello es Oodnadatta», donde el antepasado hizo X o Y o Z.

—¿De modo que una frase musical es una referencia topográfica?

—La música—respondió Arkadi—, es un banco de memoria para encontrar el propio camino por el mundo.”

Campana, valle de Boi

Carlos Muñoz Gutiérrez.

La música es un banco de memoria para encontrar el propio camino por el mundo. Ese es el mensaje profundo, un modo de comprensión y de relación con la tierra del todo desconocido para nosotros, occidentales, y que sin embargo practicamos también con nuestras variaciones. Cantamos, quizá no tanto la tierra y su conformación mítica, sino nuestro paso por ella: las alegría y tristezas, lo sagrado y lo profano, la belleza y la miseria. Nuestros esfuerzos y nuestras celebraciones introducen en el tiempo de Aión un tiempo de Cronos, y no tanto ya con la intención de devorar la eternidad, más bien de ordenarla en los ciclos de cosecha y siembra, en los hitos de nuestra historia que resuenan a lo largo de los siglos como ecos entre los trinos de los pájaros y los cantos de los cucos, entre el rumor de los torrentes y el escándalo de sus rápidos, el viento hace de bajo continuo y, entre tanto ruido, hay que orientarse precisamente por los sonidos.

Los paisajes sonoros son aquellos que se interpretan mientras se vive, se camina o se espera. Por eso también el silencio adquiere un valor inquietante y místico. El silencio de un día de invierno en la soledad de una cumbre cuando ni el viento se atreve a romperlo.

Cultura aborigen australiana, culturas indigenas, Paisajes sonoros, reflexiones sobre el paisaje

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