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  • China: Cinco miradas de mujer

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    Cine chinoLi Yu, Ann Hui, Zhao Wei , Guo Xiaolu y Sylvia Chang han dirigido algunas de las películas más relevantes realizadas en China desde el año 2007 hasta el 2017. Casa Asia y la Fundació Institut Confuci de Barcelona les dedican un ciclo de cine, donde a lo largo del mes de junio se proyectarán las últimas obras de las directoras. La entrada es libre hasta completar aforo con inscripción previa.

  • Dibujando entre leones

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    Exposición de Francisco Hernández en el Museo Nacional de Ciencias NaturalesEl ilustrador y pintor naturalista Francisco Hernández viajó al parque nacional de Etosha, en Namibia, con un objetivo claro: adentrarse en la naturaleza africana y dibujar su fauna y su flora, siguiendo el lento pero imparable peregrinaje de miles de mamíferos en busca del más preciado elemento: el agua. Sus dibujos, bocetos y pinturas pueden verse en el Museo Nacional de Ciencias Naturales hasta el 1 de septiembre.

  • Giovanni Battista Piranesi

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    Giambattista Piranesi soñó siempre con ser arquitecto, pero la única obra que llegó a ejecutar fue la restauración de una pequeña iglesia en el Aventino, una de las siete colinas que dominan Roma, donde yace enterrado. Sus arquitecturas las desplegó en grabados como los que se conservan en la Biblioteca Nacional de España, expuestos hasta el 27 de septiembre para celebrar por adelantado el tercer centenario del artista italiano. Entre las muchas estampas están las celebérrimas vistas...[Leer más]

  • Himba, la tribu más bella de África

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    Al noroeste de Namibia, en una vasta región denominada Kaokoland, habitan los himba, la tribu más bella de todo el continente africano. Perfectamente adaptados a un medio natural hosco y estéril, los pastores himba (unos 10.000 individuos) viven de espaldas a un mundo en constante cambio, aislados en pequeños kraales donde abrazan la forma de vida y tradiciones de sus ancestros. Su nombre, himba, significa mendigos, y su historia habla de persecuciones y expolios por parte de otras ...[Leer más]

  • La biblioteca del futuro

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    El bosque de Nordmarka, al norte de Oslo, será en 2114 la Framtidsbiblioteket, la biblioteca del futuro. La madera de sus árboles se convertirá en papel para imprimir una antología de cien libros inéditos, que nadie podrá leer hasta ese momento. El proyecto, creado por la artista escocesa Katie Paterson, va sumando cada año una obra nueva: Margaret Atwood fue la primera que en 2014 entregó un manuscrito, del que solo se ha desvelado el título; tras ella han presentado textos David ...[Leer más]

Histórico noticias



Relatos de agua, historias a mares

El mapa de la creación literaria está formado por mares y océanos. Páginas de espuma que escritores como Joseph Conrad, Herman Melville, Julio Verne, John Byron, Pierre Loti, Defoe… han surcado con sus navíos rumbo a los paraísos que imaginaron en sus libros.

11 de noviembre de 2012

Cada vez que contemplamos la esfera del mundo nos sacude el mismo estremecimiento pues la tierra es una excepción marina. Sólo una cuarta parte de la geografía del mundo nos permite vivir según nuestras necesidades, y entre ellas, como  un requisito de vida, está la ilusión de lo sólido, la tierra firme. Un escenario demasiado escueto para la imaginación oceánica del hombre, por eso, y desde la noche de los tiempos, el mar ha sido obstáculo y excusa para transgredir los límites de lo humano, y es que las masas de agua parece que siempre han estado ahí para hacer brillar los reflejos del deseo: el deseo de aventura, el de conocimiento, el de la ilusión de vencer a las fuerzas oscuras del destino, el de penetrar en el laberíntico y húmedo círculo sagrado de la vida.

Velero antiguo

Todas las culturas han intentado indagar en ese círculo sagrado, que hace fluir la vida gracias al elemento que actúa de mediador ante el aire y la tierra y que sólo se deja influir metafóricamente por el fuego, el sol. Si adoramos algún misterio, seguramente tendrá mucho que ver con el carácter errante de lo líquido en oposición a lo sólido, que diría Zygmunt Bauman, con lo transitivo del espíritu (aire, espacio, movimiento), rebelándose a la firmeza de la materia (tierra, territorio, quietud). Por eso el mapa de la creación literaria está formado por mares y océanos donde los personajes se miden con lo adverso, pero también con la felicidad de la libertad y la aventura; de naves acogedoras cuyo velamen las hace volar rumbo a paraísos imaginados o, por el contrario, naves dantescas enfrentadas a las fuerzas del mal; islas como refugio de utopías y limpias playas para dar la bienvenida a los naúfragos; faros y puertos que tienen la misión de guiar y acoger cuando hemos decidido abandonarnos al abrazo del regreso."La balsa de la medusa" obra de Theodore Gericault

Hay muchos libros que tomaron la forma de mares, naves, islas, playas, faros y puertos porque se hicieron con letras de agua. La epopeya marina de Ulises fue faro para un género en el que se reflejan historias casi, casi, contemporáneas. Historias muchas de ellas creadas antes de que irrumpieran en el firmamento las naves del aire que han transformado el paisaje vital del hombre. Algunos creadores, los más recientes, han querido resistirse a esa pérdida y así Alvaro Mutis ha levantado la efigie literaria de Maqroll a quién le ha consagrado todo su esfuerzo como escritor. Maqroll, como tantas historias y tantos personajes, nació de los largos trayectos de su infancia entre Europa y Colombia a bordo de pequeños barcos que en tres semanas arribaban al puerto de Buenaventura. A Maqroll el Gaviero no le entusiasma el siglo XX, quién sabe si porque su autor, que llegó a trabajar en una compañía aérea, ya se sentía privado del mar como espacio de creación. El chileno Francisco Coloane tiene una necesidad de mar distinta a la de Mutis. Vivió del mar en un sentido material pues toda su obra está dedicada a la vida en las regiones australes de su país y ya de niño navegaba por los canales de Chiloé. Mucho debe a su padre, uno de aquellos capitanes de cabotaje que surcaba, una y otra vez, el Estrecho de Magallanes.

Joseph Conrad, el escritor de novelas marinasLa profesión de marino, la experiencia biográfica, ha sido arrumbada por el avión. Ya casi no se da que un marino de verdad  consagre a las letras la magia de las historias vividas. Pero hubo marinos-escritores que volvieron a tierra para escribir al dictado de sus recuerdos y por ello saludamos a Conrad que navegó mucho, sobre todo por Oriente, el Pacífico y el río Congo. A Joseph Conrad (Lord Jim, Victoria, El corazón de las tinieblas, El negro del Narciso…) el mar le proporcionó su coartada épica para hablarnos literariamente de la condición humana y de la eterna refriega entre las fuerzas del bien y del mal. Lo mismo hizo Melville, buhonero de los mares, en un puñado de obras que hoy siguen hablando del mar y la aventura como del espejo que refleja los desafíos de la humanidad. Los dos personajes de Moby Dick, Ahab y la ballena son ese espejo que hace reflexionar a Ismael el narrador, en el que nos reconocemos. Es el tema de la lucha por la vida; el de la superación del mal, que no venganza, el de la aceptación de las limitaciones, que no resignación, el de la realidad y la apariencia. Ismael se embarca para no enloquecer, pues la quietud de tierra firme es la locura. También habló de los otros y del sueño del paraíso y de la verdad de los paraísos (Typee, Omú, Mardi). Ilustración de Moby Dick de Herman Melville

Conrad y Melville no fueron los únicos marinos de verdad que se embarcaron en aguas literarias. Malcolm Lowry tantea posibilidades  en una obra de juventud, Ultramarina, que escribe fruto de su experiencia como marino a los 18 años cuando se embarca rumbo a China. Evelyn Waught y Pierre Loti también vivieron del mar en un momento u otro. En el caso del primero pesará su etapa en la Royal Navy después de su estancia en Abisinia y, en el segundo, su dilatada vida profesional como marino  llevará  a Loti a conocer y escribir apasionados y estetas relatos de viajes. El mar será para siempre sinónimo de aventura, aviso para navegantes desprevenidos en el sentido de que hay que tener vigilante la imaginación, presta la acción y, sobre todo, hay que plantar cara a la adversidad, como si fuera ésta una misión ética. Inoculados por este virus los grandes exploradores y científicos desde la antigüedad, de Zheng He a John Byron pasando por la inmensa nómina de navegantes circunnavegando la línea del horizonte.

Al concepto de aventura, como gallarda aceptación de lo que ha de venir, contribuyó de qué manera las obras de Jack London, Henry de Monfreid o Emilio Salgari, sin olvidar el Sir Arthur Gordon Pymn de Edgar Allan Poe, relato que tanto entusiasmó a Melville y a otros. Pero alguno de estos autores también nos enseñó que no hay que separar la aventura  de la vida cotidiana y que para navegar por tierra firme se necesita tanto o más valor. De London apreciamos el desafío vital que impregna escritos marinos como El lobo de mar o El crucero del Snark, pero hay que contemplar su propia vida, tan intensa, contradictoria y desproporcionada, como una cierta derrota: el hombre que se suicidó a los cuarenta años era el mismo que decía que prefería “ser un soberbio meteoro antes que un planeta dormido y permanente”. Salgari también lo hizo: se suicidó a los 49. Dos vidas dimitidas que aún podían ofrecer tanto… Por eso es mejor quedarse con sus intenciones y con sus obras. Las de Salgari son muchas, unas ochenta, entre ellas algunas de las que refrescaban las horas de estío en nuestra juventud: El corsario negro, Los piratas de Malasia, Los tigres de Mompracén y siempre las barbas de Sandokán, un héroe. A Monfreid, en cambio, nadie le hizo cruzar los Pirineos y no hemos podido leerle apenas. Escritor-corsario adorado en Francia (Los secretos del mar rojo, Aventuras en África), fue casi de todo en su vida: marino, aventurero, traficante de armas y de droga, un ser también excesivo e imprevisible que aún después de muerto quiso mofarse del mundo y de los suyos: repetidamente dio a entender en vida que había enterrado un tesoro en su jardín, de modo que, cuando murió, sus herederos hicieron levantar la tierra y, efectivamente, encontraron un cofre, pero estaba vacío.

Mapa de la Isla del Tesoro

Julio Verne fue otro marino en tierra que soñaba con el mar donde tenía anclado su barco de verdad. Verne era marino en vacaciones  y se iba  a Escocia, al Mediterráneo y a Noruega acompañando al espíritu del Capitán Nemo. A menudo se basaba en hechos reales, por eso no dejó escapar, entre otras,  la fabulosa historia de Los amotinados de la Bounty. Como Stevenson, encontraba que las páginas azules del océano estaban preñadas de historias. Ambos sabían navegar, pero los libros fueron las auténticas travesías de su inventiva. La isla del tesoro nos lleva a las turbias aguas de la piratería donde corsarios, bucaneros y filibusteros luchan intrépidos bajo banderas de dudosa moral pues, en la morfología del género, encontramos un laberinto de pulsiones donde entra en liza lo mejor y lo peor del hombre, por eso se convirtió en un género prolífico que dio en el siglo XIX sus mejores frutos. Ya hablamos del Sandokán de Emilio Salgari  y, junto a él, Corsario negro; pero hay que recordar también los Capitanes intrépidos de Kipling, El corsario rojo de Fenimer Cooper, El pirata de Walter Scott y El cisne negro de Rafael Sabatini y su capitán Blood. Hasta Espronceda llevó sus versos al mar y nos habló de bajeles, bravuras y confines.

Plano de la isla inventada de UtopíaUno de los antólogos de tanta bellaquería fue, un siglo antes, el escritor y periodista Daniel Defoe que no sólo creó las aventuras del capitán Singleton y el coronel Jack, sino que agrupó tanta historia en su Historia general de los robos y asesinatos de los más famosos piratas. Pero Defoe, por encima de todo, es el padre de Robinson Crusoe, una historia escrita a los sesenta años, metáfora de la supervivencia y elogio de la inagotable capacidad de las personas para superar la adversidad aún en condiciones de aislamiento. Para siempre esta capacidad ha pasado a llamarse robinsoniana y permanecerá unida a ese deseo de tierra firme en el lejano piélago que es la isla, territorio dado a las más asombrosas inventivas literarias. La isla será, pues, un espacio mental donde el escritor puede dar vida a la Utopía, como hizo Tomás Moro para hacernos creer que a unas quince millas de la costa de Sudamérica existía un lugar cuyas gentes creían en la infinita felicidad. Sucederán cosas fabulosas en esos espacios de la mente, tal como los encuentra Gulliver en la isla de Liliput y Blefuscu, o en la imaginación patafísica de Alfred Jarry que navega hacia islas de una sensualidad sin límites, entre ellas la Isla Fragante y la Isla Musical, esta última tan cercana a la Isla Sonante de Rabelais, reconocible por su tumulto de campanas.

Ilustración para Simbad el MarinoLa invención de la isla recorre la historia de la literatura junto al deseo de fabular otras circunstancias de vida lejos de los espacios asfixiantes de la realidad. Cualquier gesta es posible en un espacio imaginado, por eso es una tarea homérica desembarcar en todas ellas. Sólo en Las mil y una noches, que dio vida a Simbad, encontramos las Islas de la Sabiduría y aún la rareza de las Islas Wag, donde sólo habitan mujeres. También sabemos de una Isla de los Sueños y hasta de un Mar Boscoso que Luciano de Samosata  en el siglo II, aseguraba que había que atravesarlo izando el navío sobre las copas de sus árboles. Hay islas que han sido mitos literarios como las que desde Homero a Walter Scott han dado en llamarse Afortunadas y entre ellas la Isla Canaria debido, según los que la conocieron, a los muchos canes errantes que la habitaban. ¿Se pueden contar? La verdad es que son archipiélagos en las inmensidades marinas de la literatura. Sólo recordaremos algunas, como aquella Pala indonésica que Aldoux Huxley inventó en Island y también la Isla Púrpura de Mijail Bulgakov, la Isla de Tamoe del Marqués de Sade o la Snark de Lewis Carroll,  todas ellas  reales, pues constan, como testigos de la imaginación, en los libros que las acogen.

El mar pronto nos inoculó  la conciencia de su extrema fragilidad, pues para dominar el agua hay que flotar y el cuerpo humano no puede hacerlo, como tampoco puede volar. La sola evocación de los nombres de tantas naves como inventó (almadía, galera, galeaza, carraca, galeón, fragata, urca, corbeta, jabeque, cúter, goleta, lugre, polacra, clíper, velero, bergantín...) nos lleva a una marejada de páginas escritas que en realidad hablan de una misma cosa:  la renuncia a los límites, la búsqueda de la felicidad y de la libertad. En nuestra época ya no es necesario atravesar el mar para ir a buscarlos; ahora la travesía se hace surcando el cielo tan velozmente que no hay tiempo para historias.  Algunos nostálgicos del reciente siglo pasado  inventaron y construyeron  naves como las de los antepasados sólo para comprenderles mejor: Thor Heyerdhal (La expedición de la Kon Tiki, Aku Aku), para revivir un sueño, Tim Severin (El viaje de Simbad), o para medirse consigo mismo, Jonathan Raban (El mar y sus significados). Y también los hay que no sólo han renunciado a un género, sino que se han consagrado a él como buenos marineros de la aventura: Alejandro Paternain, Patrick O’Brian o Arturo Pérez Reverte.

Anne Bonny, famosa pirata En este recuento marino habrán notado, sobre todo las lectoras, que faltan ellas mismas  reflejadas en sus aguas. Poco o nada han pintado en esta historia protagonizada por el mar y aún ahora es difícil encontrar una mujer al mando de su singladura. Es hora de mirar los horizontes oceánicos pensando que si han protegido de las galernas tantos relatos fabulosos, quizás un día sea capaz de levantar  de nuevo un Arca de Noé que permita a la humanidad empezar de nuevo, pues el agua es el elemento más propicio para mantener vivo el anhelo de cambio.

literatura marina, mares y oceanos

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