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    ExposicionesEl mundo no volvió a ser el mismo después de esta expedición. Doscientos treinta y nueve hombres y cinco naos partieron de Sevilla en 1519 en busca de una ruta por el oeste hacia la Especiería. Tres años después, regresaron dieciocho hombres y una nao, después de haber dado la vuelta al mundo. El Museo Naval de Madrid se une a la celebración del quincentario con la exposición Fuimos los primeros. Magallanes, Elcano y la Vuelta al Mundo, abierta al público desde el 20 de septiembre.

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Retiro en las montañas del Himalaya

Ladakh, arropada por la cadena del Himalaya, es un pequeño Tíbet para los viajeros de las montañas, con un paisaje inmenso, impactante y agreste. Sus cimas infinitas llevan allí desde la eternidad, y darán más de una lección a quien sepa alejarse del mundo para contemplarlas.

3 de agosto de 2015

“Feliz viaje a una de las naturalezas más bellas y profundas del planeta y, muy en especial, a la naturaleza de tu mente. Que la inmensidad de los paisajes y su silencio te aporten paz y tranquilidad en tu interior y, sobre todo, a tu corazón”. Enric.

Así me despedía un nuevo amigo al comunicarle mi inminente viaje a Ladakh. Acababa de conocer a Enric en un reportaje que, sobre el budismo, hice para mi programa de televisión y había quedado impactada. Enric se retiraba del mundo tres años. Tres años a vivir en las montañas del Pirineo con el sólo contacto con la civilización de cartas manuscritas.

Fue en una de nuestras epístolas que me soltó esa frase sin saber lo lejos que andaba y ando aún de la naturaleza de mi mente. Y quién no lo está. A qué van los hombres a Plutón o a la Luna sin haber descubierto aún los entresijos de nuestro ego dominante. A qué y qué nuevos escapismos nos esperan. Y así, algo a la ligera, tomé un avión a Delhi, otro a Leh y cuando aterricé estaba ya a 3.500 metros de altitud.

Los primeros días seguí muy al pie de la letra los consejos de mi amiga Cristina, de viajes Sangha. Beber cuatro litros de agua al día, caminar despacito y no tener pensamientos negativos ni ansiedad, para aclimatar bien. Y Ladakh se acopló a mí o yo me acoplé a Ladakh como si siempre hubiera estado allí. Como si fuera una viajera de las montañas y ellas fueran los cimientos de mi mente y me costara penetrarlas, agrestes, insolentes; pero allí estaban esperando, dispuestas a darme una lección.

Viaje a Ladakh

Mónica Hernández.

Copio algunas notas de mi cuaderno de viaje recién llegada: “Me doy cuenta de que voy acelerada. Lo quiero todo y lo quiero ya. Y esa es la influencia de mi cultura occidental. Y la vida no es así. Tengo que aceptar que donde estoy las cosas fluyen a otro ritmo y fluir con ellas. Es que estoy aquí por pocos días y quiero aprovecharlos bien…
Resulta que estando sola es difícil y caro salir de Leh.

Tenía la intención de viajar a la zona de Lamayuru y Alchi, a ver monasterios y paisajes: negativo. Sólo se puede salir en taxi, que si es sola es un pastizal o en jeep compartido y organizado con una agencia. En las agencias, que hay miles y son las que fletan los jeeps, me dicen que espere a que alguien se apunte. Pero el tiempo pasa y si nadie se apunta, tengo q cambiar de planes. Me dicen que ahora salen viajes compartidos al valle de Nubra. Me cuesta aceptarlo porque estaba empeñada en Lamayuru y su paisaje lunar, pero lo acepto. Venga, cambio de planes y me voy a Nubra; pero me dicen que tengo que sacar antes un permiso que cuesta 500 rupias, unos 7 euros, y que tardan un día en hacerlo. También hay buses, pero cochambrosos, y tardan una eternidad. Así que tras peregrinar por decenas de agencias obteniendo la misma respuesta decido aceptar Nubra y olvidar Lamayuru”.

Aceptar. No vivir en rechazo con la realidad. Yo no era nadie allí. La gente no me esperaba para hacer lo que a mí me viniera en gana. Los cuatromiles, los seismiles, llevaban allí desde la eternidad. Ya podía yo quejarme y resistir. Ladakh eterno e infinito. Ladakh fuerte. Ladakh maestro.

“El paisaje es curioso: verde y árido. En los tejados de las casas ponen a secar la paja y las boñigas de los animales que les servirán de pasto en el invierno y para calentarse respectivamente.

Estoy impactada con los monasterios. Todos habitados por monjes de distintas ramas budistas, ya que el budismo es un laberinto que aún desconozco. He conocido a un monjecito de cinco años precioso que corría como loco por el patio de su monasterio dando patadas a una botella de plástico. Me he preguntado si era necesario irse tan lejos y tan alto para meditar y rezar. ¿Hay que aislarse? Y me han venido a la mente otros monasterios como los de Meteora en Grecia o los de Armenia, que también están alejados del mundo. ¿Hay que alejarse del mundo para encontrarse a sí mismo? ¿O para encontrar a dios?”

Viaje a Ladakh

Mónica Hernández.

No sé aún la respuesta. Veo que la gente así lo hace, pero creo que luego es difícil reinsertarse en la vida real, si es que quiere uno reinsertarse y si es que existe una vida real. Qué vidas las que conocí, entregadas a la oración y al aislamiento… Cada monasterio más alto que el anterior… Le pregunté a mi chófer, un taxista que alquilé para hacer excursiones cercanas, si era budista; me respondió que sí, que el 70% de los ladakhies lo eran, que el 20% eran musulmanes y que se llevaban de cine. Decía que los budistas no meditaban, sólo rezan, y que era una pena que, siendo un valle pacífico, estuvieran en medio de las disputas de China y Pakistán, que no paraban de quitarse pueblos y modificar las fronteras. Ladakh estuvo cerrado a los extranjeros entre 1962 y 1974 por la guerra entre India y China.

“Ahora mismo todo está muy militarizado, porque se han recrudecido los combates entre India y su vecino del oeste, Pakistán, que quiere anexionarse el estado de Cachemira, donde yo estoy. El lugar emana una energía tremenda. A pesar de haber muchísima gente, no hay malas caras, no hay estrés, todo el mundo es amable, van despacio…”

Un día aparecieron ante mí, mientras yo buscaba quehaceres, José Luis, Lola y María, una familia sevillana y sanadora. Ellos, a su vez, habían conocido a Carlos y Susana, de Barcelona. Y entre todos alquilamos un jeep para el día siguiente hacia el viaje de Nubra. Serían dos días, ya que al tercero yo me había inscrito en un retiro de meditación, algo que me importaba mucho, retirarme a meditar en el Himalaya, y, aunque me habían asegurado en la agencia que llegaba a la hora, tuve cierto miedo de no llegar a tiempo. Coincidencia de horas de llegada y de partida hacia el retiro. Preocupaciones de una mente simple. Preocupaciones que envuelven y de las que no sabes cómo salir.

“Finalmente ha llegado el día. Se me había ido dando bien el viaje… Dos días para aclimatarme visitando la capital del valle y los alrededores, monasterios en las cumbres, mercadillos… Me quedaba cruzar un gran valle, atravesar el corazón de esta cadena montañosa que tanto me estaba gustando…

A primera hora de la mañana estábamos allí los seis: la familia sevillana, Carlos, Susana y yo. Estaba también Mirza, el dependiente de la agencia del que me hice amiga, que delante de mí habló con el conductor del gran jeep Mahendra para que estuviéramos de regreso a la hora que yo tenía que ingresar en el retiro. Eso me dejó más tranquila, pero tenía algunos nervios por si al grupo se le antojaba visitar algo a última hora de regreso… Estaban en su derecho…

Salimos rumbo al paso de vehículos más elevado del mundo, el Khardung La, que estaba a 5300m de altitud. El paisaje era fascinante, una carretera llena de curvas estrechas y cerradas, cruzándonos con motoristas, ciclistas, otros jeeps y, sobre todo, camiones del ejército. En muchas curvas no había quitamiedos, y al que le tocaba en la ventanilla le daba vértigo mirar hacia abajo. Paramos en el Khardung la y teníamos que movernos muy despacio. Se notaba que faltaba el aire, a mi no se me quitaban las taquicardias.

Viaje a Ladakh

Mónica Hernández.

Habíamos estado abajo en manga corta y allí tuvimos que ponernos los abrigos. Había también grupos de trabajadores enfundados en bufandas y chaquetas; eran nepalís y ladakhies que nos parecieron auténticos héroes. A medida que nos íbamos adentrando en el valle nos íbamos sintiendo cada vez más pequeños; aquello era imponente y lleno de magnetismo y energía. Íbamos rumbo al norte, atravesando el río Indo y el Nubra, que da nombre al valle al que también llamaban el valle de las flores…

A mitad del camino llegamos a Diskit, la capital, con su monasterio correspondiente. Yo no podía ser más feliz; hubo un momento en el que me lloraban los ojos y pensé que era por el polvo del camino, pero José Luis me preguntó y rompí a llorar. Tenía un nudo en la garganta y una opresión en el pecho, aquello era la belleza pura y estaba ante mí: hierática, impasible, exultante… Allí estaba el Himalaya, en silencio, y al otro lado el Karakorum. La naturaleza no tenía máscaras y era bella; esa fue mi primera lección. No le hacía falta fingir, no tenía necesidad de ser aceptada. Traté de explicar esto al grupo, el motivo de mis lágrimas e hipidos. Carlos coincidió conmigo en que la emoción venía del deseo tanto tiempo soñado. No me avergoncé de manifestar mis emociones, allí todos fuimos cayendo ante la majestuosidad del paisaje.

Hablábamos de cualquier cosa. El grupo iba también evolucionando, el paisaje iba calando. En un momento se tocó el tema tantas veces comentado del papel del periodismo y los periodistas en una sociedad corrupta. Carlos y José Luis me azuzaban y me decían que los periodistas debemos plantarnos y hasta dejar nuestro trabajo si algún día nos viéramos impelidos a hacer algo contra nuestra conciencia. Yo estaba de acuerdo con ellos; a mí nunca me ha ocurrido, pero entiendo que no somos cabezas de turco de nada y que lo mismo podemos plantarnos nosotros que los médicos, jueces o profesores. Vi que me estaba defendiendo y ellos me dijeron que hablaban en general, no de mí, de mi programa, de mi cadena… Me pidieron que no me sintiera atacada. Tenían razón, segunda enseñanza del paisaje. Hay que saber hablar de lo de uno sin apegos ni afecciones, sin identificarse, sin darse por aludido. La conversación era sana, se habló de muchos temas, eran todos buenos conversadores y escuchadores. Diskit, Hunder… Al final, tras siete horas, llegamos a Turtuk, un pueblo de la etnia Baltistán, que finalmente se quedó dentro de la frontera India pero que había pertenecido a Pakistán. Eran musulmanes, recolectaban la cebada a mano y nos miraban como si fuéramos una invasión de extraterrestres. Me di cuenta de que alguien hacía muy poco había autorizado la llegada del turismo a esa pequeña villa y que les estábamos influyendo y afectando en su cotidianeidad. Me entristecí. Los niños nos seguían pidiendo bolígrafos y dinero, y las mujeres se enfadaban sí sacábamos la cámara. Me avergoncé de estar allí. El lugar era un paraíso, y qué derecho tenía yo a adulterarlo…

Habíamos quedado con el conductor al día siguiente a las siete y media de la mañana para regresar. El viaje era algo paliza… Salí a dar una vuelta con Carmen y José María, una pareja de españoles que iban en otro jeep, y después les dejé que fueran a buscar agua cuando cayó la noche y yo me metí en la habitación. Cuando regresaron, me trajeron un mensaje de los otros españoles, a quienes se habían encontrado por el pueblo: Dicen que salís mañana a las nueve en lugar de a las siete y media, que llegas de sobra al retiro igualmente. Están muy cansados y quieren ver el pueblo pronto. Me vine abajo. No llegaba al retiro y era uno de los highlights de mi viaje. Me dio rabia por todo, por haberme arriesgado, por haber confiado y porque ahora pensaba que no habían contado conmigo para esa decisión. Con el canto del muecín me quedé dormida.

José Luis vino a vernos temprano a la mañana siguiente, estábamos desayunando y, como andarín que era, nos contó que había caminado hasta una zona en la que ya no se permitía el acceso a los turistas. Creía que era la frontera con Pakistán. Qué lugar… Cuántos misterios encerraba… Yo no sabía ubicarlo en el mapa, ni siquiera con las explicaciones de Carlos, que trataba de hacerme entender que primero habíamos ido al norte y luego al oeste.

El viaje de vuelta fue directo. Yo no sabía sí íbamos a parar más veces, por lo que pasé algún tiempo sufriendo, anticipándome negativamente y pensando que no llegaba al retiro y que tendría que coger un taxi hasta el lugar donde era, ya que no era en Leh, allí simplemente nos llevarían a Choglamsar, el pueblo de al lado. Sufrí pensando cómo llegar allí, qué explicaciones dar y sí me perdería algo.

En un momento del regreso, la calma volvió a mí, respiré profundo y me di cuenta de que llegar o no a tiempo al retiro era y había sido sólo responsabilidad mía. No debía culpabilizar ni al grupo ni al conductor; yo había elegido ese viaje y yo debía asumir las consecuencias. Entonces volví a tener paz. Asumí la decisión, me reconcilié con mis luchas internas y todo volvió a girar a mi favor. Última vez que no me responsabilizaba de mis decisiones.

Llegamos finalmente a Leh con una hora de antelación, agotados pero felices. Tercera lección. Había aprendido tanto en ese viaje… Cuando la mente entra en calma se ven las cosas tal y como son. Himalaya dixit.”

ladakh, viaje al himalaya

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Comentarios sobre  Retiro en las montañas del Himalaya

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  • 03 de septiembre de 2015 a las 17:52

    Qué pena lo que cuentas de Ladakh. Hace 30 y 35 años, que es cuando estuve yo, se `podía ir libremente a Lamayuru, Alchi y a todos los pueblos y monasterios. Además se in desde Srinagar en autobús, más de 400 kms. por una carretera muy divertida entre paisajes maravillosos.
    Hablas mucho de horarios, transportes, españoles que encontraste y de tí, pero no cuentas nada de Ladkh, gentes, paisajes, monasterios, sobre el budismo tibetano que allí se practica, etc. Desde luego el título crea unas expectativas que no se cumplen para nada. Me ha decepcionado tu relato. Por cierto, no has estado en el Himalaya de grandes cumbres y nieves eternas, sino en el árido Transhimalaya.

    Por Francisco
  • 08 de noviembre de 2015 a las 17:38

    Querido Francisco, lamento disentir, me parece maravilloso el artículo, la sinceridad con la que esta escrito, el doble viaje interior y exterior. En ningún momento se dice que se tenga que describir ni el valle ni quienes allí viven, quizá para eso mejor que leas la lonely planet. Las expectativas no las crea ni el título ni las palabras, las expectativas las genera tu mente así que la decepción también, no le achaques a este artículo la proyección de tus propias expectativas y frustraciones. No me gusta cuando leo algo y las críticas son destructivas, como es este caso, y sin razonar porque, por más que busco, el valle de ladakh esta coronado por los valles kundun e Himalayas… Que tu quieras matizar sí es la trasera o la delantera es nuevamente de tu cosecha, la escritora en ningún momento asegura haber estado en las grandes cumbres… Yo he estado este verano en la zona, he venido maravillada y he sentido la profundidad que la autora describe en el artículo y la emoción, he tenido q viajar en 4×4 como ella y el reportaje me ha gustado. Enhorabuena

    Por Elisa
  • 18 de abril de 2016 a las 10:53

    Fantástico reportaje de un viaje interior. Me emocionó el relato. Sensibilidad al escribir…enhorabuena viajera…

    Por Luis