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Rumbo Cala Trebalúger

El rumor del roce de la mar en la carena del barco, el suave deslizarse del viento entre las velas y el chillido de una gaviota que busca su desayuno a un palmo del agua. Empieza una travesía por Menorca a vela, navegando de Mahón a Pollensa, fondeando en calas de recuerdos y en atardeceres.

20 de octubre de 2016

“Oui, le paradis n’est pas une nostalgie, encore moins une récompense. Le paradis est simplement un droit.” 

Odysseus Elytis. Le Petit Navigateur.

La travesía de Mahón a Pollensa no es larga. Tal vez unas 60 millas. No obstante largamos amarras temprano, en aquella hora sosegada en que colores y murmullos tienen una vida como de mariposa. Temblorosa y frágil. Tanto, que duele hacer revuelo. Y mientras surcamos las aguas del puerto de Mahón, nos sabe mal que la estela que deja el velero rompa la silente pureza del agua.

Rumbo Cala Trebalúger

Xavier Arnau Bofarull.

Cuando dejamos por estribor la boya de la Llosa de Sant Carles, ya en mar abierta, una brisa leve nos permite izar velas. Apagamos el motor. El rumor del roce de la mar en la carena del barco, el suave deslizarse del viento entre las velas y el chillido de una gaviota que busca su desayuno a un palmo del agua, nos ponen, sin transición, en el justo centro de una naturaleza tan luminosa como el sol que ya está unos grados por encima del horizonte.

Pero  justo en el momento de salir de las aguas turquesas del Pas de l’Aire, entre Menorca y la diminuta isla de S’Aire, el viento decide que hasta allí ha llegado, que se vuelve atrás y desapareceDormitamos envueltos por el sol abrumador y el rumor perezoso del motor. Llaguts y lanchas rápidas van y vienen sin parar dejando, como heridas, profundos  surcos en la mar.

Súbitamente, una sombra  aparece a unos cinco metros por el costado de babor. Con  cierta lentitud, unos relucientes lomos grises aparecen y desaparecen de la superficie del agua. Delfines. Grandes. Nos sorprende su lentitud. Dan una vuelta al velero y siguen su camino. Nos hemos quedado inmóviles. Callados. Racionales y ateos como buenos hijos de la modernidad, reaccionamos con el recogimiento sagrado de los ancestros cuando nos encontramos la naturaleza viva a un palmo de la nariz que, ajena e inalcanzable, nos vuelve, indiferente, la espalda.

Doblamos el Cap de Ses Penyes. Los impresionantes acantilados calizos de la costa sur de Menorca se retiran de súbito para dejar espacio a la extensa playa de Son Bou.

Evoco un atardecer lejano en que fui a visitar los restos de una basílica paleocristiana, silenciosa y discreta, situada en el extremo de levante de la playa que ahora navegamos. Desde la cubierta del velero no la distinguimos. Lo que si vemos –por fuerza–, es un inmenso hotel, basílica más nueva plantada detrás del arenal, sin mesura ni proporción, deforme, dedicada al culto bárbaro de la destrucción del paisaje. Voces se levantan contra esta manera de actuar. Pero bien cierto es que ya es demasiado tarde. Pagaremos el olvido de las viejas advertencias que ya en 1890 hacía Elisée Reclus:

“Los desarrollos de la humanidad se ligan de la manera más íntima con la naturaleza que los rodea. Una armonía secreta se establece entre la tierra y los pueblos que ella alimenta, y cuando las sociedades imprudentes se permiten poner la mano sobre aquello que hace la belleza de su entorno, acaban siempre por arrepentirse. Allí donde el suelo se afea, allí  dónde toda poesía ha desaparecido del paisaje, las imaginaciones se apagan, los espíritus se empobrecen, la rutina y el servilismo se adueñan de las ánimas y las disponen al entorpecimiento y a la muerte”.

El Cap de Ses Penyes queda lejos y miro la amplia perspectiva que forman Son Bou, Sant Tomás y Binigaus. Un tríptico geográfico que fue un escenario de adolescencia. ¡Cuantas veces nos embarcamos la familia encima de una furgoneta de transportar muebles, hacia esas playas a pasar el día! El sol y la mar daban alas a los cuerpos delgaduchos de los adolescentes y plenitud serena a los rostros de los adultos. Unos años tan lejanos ya que los contamos por los ausentes. Veo, con triste claridad, que justo ahora, cuando comenzamos a creer que estamos de vuelta de casi todo, hemos de aprender a caminar por el tiempo de las ausencias.

La playa de Binigaus queda por la popa. Comienzan les belles cales altes. Blancos acantilados coronados por tupidos y verdes pinares contrastan con la calima que reina mar adentro.

Pasamos Cala Escorxada, que nos miramos con adormilada indiferencia. Cala Fustam: adivinamos el palo de un velero fondeado. Cala Trebalúger. A la tercera va la vencida. De un salto ponemos en stand by el piloto automático, iniciamos un amplio giro a babor, y preparando el áncora y el molinete, nos dirigimos hacia la cala.

Viaje a vela por Menorca

Xavier Arnau Bofarull.

¡Son tan distintas las luces y los colores del día en una cala! Por la mañana la luz ilumina los acantilados de poniente con un dorado fresco, novel y silencioso. Al atardecer, los de levante adquieren un dorado maduro, lleno del rumor del agua aún viva por las brisas del día y los gritos nerviosos de las gaviotas que van y vienen por las cimas de los escarpados. Al mediodía, un silencio azulado y pesado adormece a los habitantes de la cala. Sólo los niños plantan cara al día con continuas entradas y salidas del agua, celebradas con gritos, chillidos y risas.

En la calma que precede a la puesta del sol, sentimos una fugaz sensación de algo que podríamos llamar felicidad y que nos hace recordar un texto de Elio Vittorini: Yo sé que significa ser feliz en la vida, y la bondad de la existencia, el gusto de la hora que pasa y de las cosas que se tienen alrededor aún sin moverse, y la bondad de amar esas cosas…

Estamos en el epicentro de la efímera y fugaz bondad de la existencia.

Anochece con suavidad exquisita. El rojo de poniente es apenas un rescoldo y en la arena de la playa se encienden dos o tres hogueras. Quizá suena alguna guitarra. Unos jóvenes corren por la arena seguidos por un perro que ladra alborozado. Sus ladridos y las voces de los jóvenes tienen una extraña sonoridad, una reverberación cercana que viene de todas partes.

Poco a poco, el bosque y el acantilado que circundan la cala se van convirtiendo en una sombra. Oscuridad y silencio, a través de los cuales se oyen los ecos de conversaciones, de juegos, de risas, al mismo tiempo lejanas y próximas. Y el rumor de las olas al caer en la playa o al batir en las rocas de la entrada de la cala. Y de un barco próximo, nos llega el persistente murmullo del esfuerzo de unos padres intentando, con firmeza y cariño, convencer a sus hijos para que se acuesten.

Volvemos a mirar la carta náutica para ver cuánto nos queda hasta Pollensa. Y curiosamente, vemos que la unidad de medida de las distancias ha cambiado: ¿cuantos atardeceres nos faltan para arribar a Pollensa?

Quizá todos.

viaje a menorca, viaje en barco

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