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Saja en invierno

En el valle de Cabuérniga, en Cantabria, se encuentra uno de los bosques de hayas más bellos de España para realizar excursiones. Bosques caducifolios que en invierno apartan sus ramas y hablan en silencio del paso del tiempo, recitando entre paseos los poemas de José Emilio Pacheco.

12 de febrero de 2014

Terán, valle de Cabuérniga, bosques del río Saja. Cantabria. Se trata de uno de los bosques de hayas más importantes de España. Hermoso y enorme. La parte más bella está atravesada por el río Saja. Hicimos un recorrido clásico, y tal vez uno de los más asombrosos que se pueden hacer en esta zona: Se trata de seguir el denominado Camino de Cureñas, que lleva, por un empinado sendero, hasta los puertos de Sejos. Allí, en un antiguo circo glaciar, nace el río Saja, formando numerosos y pequeños arroyos que convergen poco antes de una braña con acebos; arbustos, éstos, que crearon una interesante polémica de género. Aquellos que poseen unas hermosas bayas rojas son hembras, según las enciclopedias; pero algunos de los excursionistas de ese día, dotados de un conocimiento inquietante sobre la vida sexual de esos árboles, sostenían que la presencia del fruto depende de las condiciones ambientales.

Bayas del acebo.

Rafael Manrique.

A partir de esa unión de arroyuelos que he mencionado antes, un cauce ya único se precipita por una sucesión de pozas y cascadas que el sendero va remontando en medio de un camino tallado entre los depósitos y cantos de la antigua lengua del glaciar. Al final, al llegar a Pozo del Amo, se encuentra con otros afluentes y con la carretera que sube al puerto de Palombera. A derecha e izquierda del sendero se pueden realizar atrevidas excursiones en un bosque en el que aún hay lobos, urogallos, venados, jabalíes, zorros, búhos… e incluso osos que vienen de la cercana Cordillera Cantábrica. Es la quintaesencia del bosque caducifolio de altura, típico del Atlántico norte. Pero al margen de mencionar una de las excursiones más bellas que se pueden hacer en este país, les quiero contar la excursión del día siguiente, improvisada por las circunstancias.

Estamos en invierno, en un bosque caducifolio que, además de ser una característica botánica, es un poderoso concepto. En estos árboles se observa con nitidez y belleza cada una de las estaciones. Nada como ellos simboliza y expresa la espiral del tiempo. Año tras año, las estaciones se repiten en una especie de eterno retorno. Los que no somos iguales somos nosotros que, sin ser caducifolios, sí tenemos caducidad. La dimensión temporal de la existencia es tal vez la más obvia y la más tenue. Nuestra mente no registra el tiempo. No registra la edad. Para saberla necesitamos el DNI o el espejo o los achaques del cuerpo que somos, pero la mente siempre es joven o vieja, siempre es como fue. Sólo deja de serlo cuando se pierde la curiosidad. Entonces ya no somos más que seres destinados a la muerte, como decía Jean Paul Sartre.

Lo caducifolio, al estar hecho de tiempo, nos recuerda dos cosas importantes: Una, que hay que vivir todo lo que se pueda, que el tiempo fluye, pasa de forma inexorable; y otra, que hay belleza en todo momento y lugar. Aunque no siempre sea fácil descubrirla, disfrutarla, alcanzarla. Entre la lucha y la renuncia, el tiempo permea nuestra existencia.

Bosque caducifolio del valle de Cabuérniga.

Rafael Manrique.

La noche ya fue adversa. Llovía y hacía frío. Cuando nos despertamos, la lluvia, como el dinosaurio de Monterroso, todavía seguía allí. Pero en las montañas de alrededor, a pocos metros de altura de donde nos encontrábamos, había nevado. Era uno de esos fines de semana que el histerismo oficial meteorológico califica de alerta naranja. Probablemente la carretera estaría cerrada, pero decidimos subir hasta donde fuera posible. Al poco de salir había ya algo de nieve en la cuneta, pero no en la carretera que lleva a Palombera, que es, tal vez, la más hermosa de Cantabria, y que asciende de forma delicada y natural por todas las anfractuosidades del terreno. Es estrecha, pero se encuentra en buen estado. Una de esas que, a pesar del uso imperial de los fondos FEDER, se conserva como una pequeña carretera de montaña.

Llegamos a una curva en la que la nieve ya amenazaba con invadir la carretera… y seguía nevando. Si subíamos más, podíamos quedar bloqueados. Lo más sencillo habría sido descender, pero la temperatura era aceptable y el bosque nevado derrochaba luz y belleza en todo su esplendor. ¿Irnos? No, había que dar una oportunidad al espectáculo que la naturaleza bella y tentadora nos ofrecía. Aparcamos en un sitio en el que, en caso de que nevara, nos permitiría salir sin demasiada dificultad, e iniciamos un recorrido por un sendero que se adentraba en el bosque a la altura de un área que se llama Ocejo y que lleva a una braña de altura llamada Bustandrán. Desde allí se alcanzan, con tiempo, los refugios de Llanocastrillo y la casa del Campanario, ya en el puerto.

Nieve en el valle de Cabuérniga.

Rafael Manrique.

Los árboles sin hojas facilitan que la vista atraviese el bosque y no se quede presa de una muralla o espeso tapiz de hojas verdes. La mirada se aleja sin obstáculos y eso hace que uno se disperse en él con más facilidad. La luz va cambiando y el paisaje se transforma en naturaleza en blanco y negro. Lo opuesto al otoño que acababa de terminar y cuyos colores lo invaden todo. Pero un buen día desaparece el color y quedan las hayas altas, elegantes y verticales. Un mundo que estaba ahí desde siempre antes de que los artistas minimalistas descubrieran tanto como inventaran la pureza y simplicidad compleja que hay en una línea recta. El bosque ahora es bello gracias a la geometría de la línea infinita y la fractalidad. Son ambos abstractos problemas matemáticos que aquí se convierten en belleza tangible sin dejar de ser abstractos. Pasear por el bosque nevado es pasear por una especie de land art propio de Anselm Kiefer o de la abstracción naturalista de Gerhard Richter.

Su simplicidad hace que los paisajes no sean fácilmente recordables ni referibles a ninguna experiencia anterior. O tal vez a una: la infancia y sus historias de extravíos, lobos, gnomos, brujas y peligros. Es también el bosque de los maquis, de los proscritos, de los bandidos…, un terreno siempre un tanto ajeno a lo humano. Un territorio natural opuesto a lo cultural. La naturaleza un momento antes de hacerse paisaje. Es el terreno de la sobriedad en el que toda emoción ha de dar varias vueltas antes de atreverse a salir de las profundidades de la mente y hacerse presente. Incluso nuestro aspecto contribuía a esa contención: abrigados, ropa impermeable, guantes, gorros y botas capaces de mantenernos secos… o casi. Muy parecidos unos a otros, como una procesión de monjes ateos. Ah, y ese silencio, el silencio del bosque.

En la mañana que lo recorrimos, nevaba algo y el tiempo era gris. Eso impedía convertirlo en  un paisaje de postal. El cielo no era azul y el horizonte se confundía con la nieve. Parecía una trampa, una de esas que te invitan a adentrarte en ella y de la que no vas a poder salir. Si un paisaje genera una cierta ansiedad flotante, es éste, y flota como lo hacen los suaves copos de nieve. Los colores grises de los troncos, algún toque verde del musgo y los blancos puros de la nieve recién caída habrían hecho delirar de placer a los suprematistas rusos, expertos ellos en tierras de bosque. Antibarroco, antihumano y, por ello, atractivo; pero empezaba a asustarnos un poco. Dimos la vuelta y alguien, ya en la casa, buscó y recitó dos hermosos poemas de José Emilio Pacheco:

 El silencio

La silenciosa noche. Aquí en el bosque
no distingo rumores, no, de ninguna especie.
Los gusanos trabajan.
Los pájaros de presa hacen lo suyo
(seguramente).
Pero no escucho nada.
Sólo el silencio que da miedo. Tan raro,
tan raro, tan escaso se ha vuelto en este mundo
que ya nadie se acuerda como suena,
ya nadie quiere
estar consigo mismo un instante.
Mañana
dejaremos de nuevo la verdadera vida para
mañana.
No asco de ser ni pesadumbre de estar vivo:
extrañeza de hallarse aquí y ahora en esta hora tan muda.
Silencio en este bosque, en esta casa
a la mitad del bosque.
¿Se habrá acabado el mundo?

Valle de Cabuérniga.

Rafael Manrique.

Copos de nieve sobre Wivenhoe
Entrecruzados
caen,
se aglomeran
y un segundo después
se han dispersado.
Caen y dejan caer
a la caída.
Inmateriales
astros
intangibles;
infinitos,
planetas en desplome.

Bosque, bosques caducifolios, valle de cabuerniga, viaje a cantabria

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  • 21 de febrero de 2014 a las 9:30

    La crítica liberadora y creativa de las hayas, el bienestar del silencio contemplando a una agua de violeta, poderoso álamo que nos devuelve con afecto el secreto del miedo.

    Pasa desapercibida la grandiosidad de cada instante como los autores que no hacen ruido y dejan sus artículos y obras en lugares que quizá alguien rescate, solo en ese mismo instante llega ese mensaje que como yo en estos momentos, recojo con gratitud.

    Si la calma fuera un deseo en mis brazos descansaría, el abecedario del sabio silencio nos devuelve lo que por derecho ya nos pertenece, la esencia.

    Gracias Rafael

    Por Juan Carlos