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  • China: Cinco miradas de mujer

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    Cine chinoLi Yu, Ann Hui, Zhao Wei , Guo Xiaolu y Sylvia Chang han dirigido algunas de las películas más relevantes realizadas en China desde el año 2007 hasta el 2017. Casa Asia y la Fundació Institut Confuci de Barcelona les dedican un ciclo de cine, donde a lo largo del mes de junio se proyectarán las últimas obras de las directoras. La entrada es libre hasta completar aforo con inscripción previa.

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    Exposición de Francisco Hernández en el Museo Nacional de Ciencias NaturalesEl ilustrador y pintor naturalista Francisco Hernández viajó al parque nacional de Etosha, en Namibia, con un objetivo claro: adentrarse en la naturaleza africana y dibujar su fauna y su flora, siguiendo el lento pero imparable peregrinaje de miles de mamíferos en busca del más preciado elemento: el agua. Sus dibujos, bocetos y pinturas pueden verse en el Museo Nacional de Ciencias Naturales hasta el 1 de septiembre.

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Histórico noticias



Saltaire, la ciudad utópica de Sir Titus Salt

Lo primero que se ve al llegar a Saltaire es la enorme chimenea de su telar industrial. Bello y pintoresco pueblo obrero en la ciudad inglesa de Bradford, Yorkshire, fundado por Titus Salt junto al río Aire y declarado por la Unesco Patrimonio de la Humanidad.

3 de octubre de 2014

Lo primero que se ve al llegar a Saltaire es la enorme chimenea de su telar industrial, es como la imagen de los campanarios de las iglesias medievales que ayudan a orientarse por el centro de las ciudades europeas, aunque el  edificio del telar en sí tiene más la apariencia de un gigantesco palacio renacentista italiano y, en vez de encontrarse en el centro, se halla al otro lado del río, para que los humos y la contaminación se perdiesen y diluyesen en los valles verdes que lo rodean todo y no llegasen a la población.

Entre ese río –el Aire, el canal que todavía la une hoy al puerto de Liverpool y por el que navegan sólo plácidas barcazas de recreo– y la línea ferroviaria que se construyó al mismo tiempo que el telar, Sir Titus Salt, hijo de un comerciante de lanas que operaba en Bradford, creó a muy pocos kilómetros de esa misma ciudad uno de los mejores ejemplos de pueblos modelo de la industrialización, en los que se unía la intención de hacer el bien y de mejorar las condiciones de la clase trabajadora con un control y paternalismo tales que convertían estos pueblos en una especie de colonias fabriles y productivas, un lugar en el que los señores industriales eran al mismo patronos y caseros, reguladores totales de la vida de sus habitantes.

Saltaire, Bradford.

Elena de Astorza.

Para hacerlo posible, Salt necesitó mucho dinero y éste le llegó gracias a la lana de alpaca, la lana peruana que muchos antes de él habían desechado pero que a él le convertiría en un hombre inmensamente rico. Una lana más dura y más difícil de tejer pero que, mezclada  con algodón y seda, crearía un tejido finísimo y más asequible que se pondría de moda entre la alta sociedad del país; incluso la reina Victoria tenía algún que otro vestido de ese material en su guardarropa. La lana le llevó también al Londres de la Gran Exposición de 1851, al gran Palacio de Cristal en Hyde Park, donde se mostraron con optimismo la gran evolución y el progreso de la nación.

El reverendo Robert Balgarnie, quien redactó la biografía de Sir Titus Salt diez meses después de su muerte en diciembre de 1876, habla de la localización de Saltaire como de “una de las más bellas y pintorescas que se pueden encontrar en la vecindad de Bradford”. Probablemente eso no era tan difícil entonces, porque cualquier lugar debía de parecer más bello e idílico que esta ciudad, el lugar en el que se podían ejemplificar, más incluso que en otros lugares como Manchester o Leeds, todos los crímenes y maldades de la revolución industrial. Bradford, con sus casi doscientos telares y sus respectivas chimeneas humeantes, debía de ser la viva imagen de los “oscuros molinos satánicos” que cantó Blake, y la contaminación, la suciedad, el hacinamiento y la enfermedad serían cosa de todos los días.

La belleza de esta zona se mantiene intacta un siglo y medio después a pesar de los desmanes y de los grandes y pequeños telares o fábricas, en desuso prácticamente todos desde los años ochenta, que se van encontrando desperdigados en cualquier punto del camino. El condado de Yorkshire fue el centro indiscutible de la revolución industrial inglesa; pero logró, al mismo tiempo, al concentrar gran parte de la actividad industrial en sus ciudades, mantener algunos de sus paisajes intactos.

Titus Salt huyó de Bradford y buscó este pequeño valle con laderas sinuosas y manchadas de ganado para crear su ciudad utópica. La llamó así por su apellido y por el sufijo del rio Aire, sin cuyas aguas nada hubiera sido posible. Primero fue el enorme Salts Mill, inaugurado el 20 de septiembre de 1853, el mismo día que su cincuenta cumpleaños, una mole eficiente que daba cabida a más de tres mil quinientos trabajadores y que, una vez dentro, nos hace sentir diminutos como si nos hubiésemos encogido ante sus puertas, a pesar de que en los últimos años la maquinaria haya sido sustituida por restaurantes, librerías, tiendas y galerías de arte, en las que cuelgan las obras del que es uno de los artistas más indiscutiblemente ligados al panorama de páramos y bosques que ofrece este condado, David Hockney. Después llegó el diseño de la ciudad por los arquitectos Lockwood y Mawson. Unos veinte años transcurrieron entre una cosa y la otra.

Pinturas de David Hockney en la galería de arte de Salts Mill.

Elena de Astorza.

Saltaire, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en el año 2001, no es el único de estos pueblos obreros cuya construcción estuvo determinada a un mismo tiempo por  motivos filantrópicos y completamente prácticos. En Escocia, a algunos kilómetros de Glasgow, se levanta New Lanark, la pequeña comunidad que el reformista Robert Owen dirigió hasta un cierto éxito y en la que debió inspirarse Sir Titus Salt. También este hombre de negocios, que llegaría a ser alcalde de Bradford y miembro liberal del Parlamento, conocía lo que Thomas Carlyle llamó el “tema de las dos naciones”, la pobre y la rica, que aparecería tanto representada en las novelas de Elizabeth Gaskell, Benjamin Disraeli o Charles Dickens mientras Saltaire iba tomando forma.

Para sentir lo que sería vivir en un lugar como éste no hay más que recorrer sus calles empedradas a pie, es fácil porque su trazado es geométrico y en forma de cuadrícula; levantar la vista hacia sus edificios de corte clásico, nada victorianos, como si en su diseño se quisiese volver a una época anterior algo idealizada; y observar los reflejos del sol y de las nubes sobre la piedra arenisca de color ocre que lo cubre todo con un efecto uniforme. Nuestro paseo nos puede llevar primero a la iglesia, sólo hay que cruzar Victoria Road. Allí se levanta esbelto y circular, decorado por columnas corintias, el edificio en el que también se encuentra el mausoleo familiar; luego podemos seguir por la calle en honor al príncipe Alberto, que corre paralela a las vías del tren. Pero Saltaire fue, sin duda, un asunto familiar y, a medida que se camina por sus calles, se acaba viendo que todo queda en casa y los honores son para Titus Salt, su mujer Caroline y sus once hijos.

Aún se encuentra en pie el Victoria Hall en el que existía un teatro y sala de conciertos, una biblioteca, billares y gimnasio, y justo enfrente se alza todavía la escuela, flanqueada por dos leones que deberían haber vigilado la columna de Nelson en Londres si el proyecto no hubiera sido desechado, y donde, en la actualidad, se ofrecen cursos de formación profesional. Más adelante, adosadas alrededor de un pequeño jardín lleno de árboles, se encuentran las almshouses o residencias para aquellos que ya eran demasiado mayores para trabajar o tenían cualquier impedimento para hacerlo, y poco después, en un ángulo formado por Saltaire Road, se levanta el hospital que permaneció en funcionamiento durante cien años pero que, no hace mucho, fue transformado en apartamentos.

Las calles de líneas de viviendas pegadas unas a otras aparecen frente a nosotros ordenadas y con vistas siempre a las montañas, como si se necesitase a veces una vía de escape, un huir de estas calles demasiado disciplinadas, excesivamente prácticas. En ellas existían las mismas divisiones que dentro de la organización del telar, por eso unas viviendas son mayores que otras, por esa razón algunas tienen jardín y otras no. Quienes trabajaban como supervisores seguían teniendo, en sus vidas diarias, una cierta superioridad y control sobre los que ocupaban puestos de peones; quienes ocupaban cargos de autoridad tenían derecho a las casas más grandes, lo tenían también los profesores y, aquellos que perdían el trabajo, dejaban de tener inmediatamente la oportunidad de vivir en ellas.

En el otro lado del río, coronado por una gran estatua de bronce del fundador con sendas alpacas a cada uno de sus lados, se encuentra el Roberts Park y el club de cricket, porque Salt quiso también controlar de alguna manera cómo pasaban el tiempo sus empleados y, por eso, fomentó todo aquello relacionado con el deporte, no sólo el cricket sino también la pesca, el remo, el tiro con arco o la jardinería. Era la mejor manera de alejar a sus obreros de los dos grandes males que para él aquejaban a la clase trabajadora: el alcoholismo y el juego. Por eso prohibió la existencia de pubs; aún hoy no se puede encontrar ninguno en la parte histórica de Saltaire.

La singularidad de Saltaire radica en que aún sigue vivo pero no ha cedido a convertirse en un museo sin aliento; ha crecido fuera de los límites que estableció Titus Salt, por supuesto, pero continúa en un estado muy similar a cuando se fundó y es fácil, para el visitante, imaginar cómo sería entonces. Un lugar lleno de idealismo pero también de eficacia, un pueblo  en el que la escala humana parece siempre salir perdiendo frente al monumental telar que lo domina todo, porque lo último que se ve al marcharse de Saltaire sigue siendo su gran chimenea.

 

Elena de Astorza

Estudió Humanidades por pura curiosidad, y esa misma curiosidad es la que sigue guiándole siempre más allá de las líneas de su propio horizonte, a viajar con calma todo lo que puede, a vivir con los ojos bien abiertos en diferentes lugares, donde su amor por las palabras y las lenguas le han llevado a dar clases de español. Ha hecho suya la ciudad de Londres, y allí satisface su obsesión por la historia y el arte, por el mundo que se encuentra al girar cualquier esquina, por los sabores infinitos, por los libros y por contar su viaje en Notas desde algún lugar.

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