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Histórico noticias



San Juan de Acre, de la hospitalización al hospedaje

Jerusalén carga con el grueso de turistas en Israel. Solo los viajeros avisados recalan en Acre para saber qué hay del puerto que reunió a los caballeros cruzados de Tierra Santa durante la alta Edad Media, cuando se fundaron allí albergues para peregrinos.

19 de marzo de 2018

San Juan de Acre se ha mantenido fiel a su piedra de cantera, entre musgos, sin exceso de besamanos que la desgasten. Y eso gracias al cercano magnetismo de Jerusalén como capital de las tres grandes religiones monoteistas. Jerusalén carga con el grueso de peregrinos y turbamultas turísticas en Israel. Solo los viajeros avisados recalan en Acre para saber qué hay del puerto que reunió a los caballeros cruzados de Tierra Santa durante la alta Edad Media. Por entonces, lo mismo que en la isla de Malta, se fundaron allí albergues para monjes-soldado y peregrinos, que ojalá se hubieran mantenido en activo hasta hoy. No es el caso…

Hablamos del albergue de los Monjes Hospitalarios, por parte cristiana, pero también de la posada para mercaderes beduinos y libaneses, conocida como Caravansar Khan em Undam. Ambos monumentos de raza siguen erguidos, pero solo a modo de museo. De ahí que el Efendi Hotel despeje dudas en Acre a la hora de conciliar tiempos remotos y necesidad presente de albergues con prosapia. San Juan de Acre no merece menos. Por tanto, la tarea en el Efendi de su promotor, el chef Uri Jeremías, consistió en recuperar feeling, aura, duende. Hay recetas de maceración en los fogones que permiten al comensal degustar viandas de un día para otro. No se trataba allí de crear microclimas, sino de abrir ventanas y alcobas residenciales al perfume de la memoria, como quien encuentra trufas en otoño.

¿Tiempos perdidos los de San Juan de Acre? No. Tiempos reencontrados en lo que los hebreos conocen como ciudad de Akko. Atendió Akko por San Juan de Acre cuando sus huéspedes ilustres eran grandes maestres, mercenarios y trovadores de la espada con empuñadura de cruz. Ricardo Corazón de León, Barbarroja, el sultán Saladino… Corrían los años medievales de la Tercera Cruzada a Tierra Santa, entre 1182 y 1192.

Solo doce habitaciones posee el Efendi, elevándose sobre los tejados de la ciudad portuaria, cara al mar. Tanto hotel-heritage como hotel-boutique se deja denominar. La anexión de dos casas otomanas en la ciudad le sirvieron de basamento y, al restaurar sus muros, hallaron sorpresas más allá de lo previsto. Con la puesta a punto del Efendi se hacía realidad el sueño de nuestro chef, un maestro de la cocina en el Medio Oriente, cuyo objetivo radicaba en devolver galones a la ciudad. El destino quiso regalarle, pues, un hallazgo único, para premiar el celo con el que restauró tinajas y arcos de medio punto durante ocho años y medio de meticuloso trabajo. Un fresco otomano de 1878, con la ciudad de Estambul en primer plano, apareció intacto en el remozado de las casonas palaciegas que ensamblaba. Un fresco conmemorativo del primer trayecto Orient Express hasta las puertas del Asia Menor. Toda una señal sobre la larga historia que callan, pero insinúan, las paredes del lugar, con elocuencia de pavimento en mármol y tabiques de argamasa bizantina. Y no digamos ya las teselas ahogadas en el baño turco de mosaico que allí se restauró también. Cuatro siglos llevaban esperando tal restauración.

Napoleón Bonaparte no recibió en Acre bienvenidas, puestos a conquistarla sin dejarse atender por sus monjes hospitalarios. Después tampoco se han rodado allí episodios pertenecientes a Juego de Tronos, pese a que sus vestigios más antiguos invitarían a ello, remontándose como se remontan cuatro mil quinientos años atrás y sugiriendo, pues, modernidad en sus construcciones con menos de un milenio a las espaldas.

Aparte de amurallar la ciudad, el jeque Daher el Omar elevó allí la mezquita llamada Al Zeitune, sobre una planta de iglesia cristiana, pero de nombre judío Josafat. A iniciativa de Amed Al Yazzer, siglo XVII, ya existía en esos días el caravanceray del Khan Al Umdan, en cuya primera planta dormían los viajantes del zouk, a buen recaudo sus bienes en las galerías de la planta baja, en torno a un patio central con pozo y porticado. Y, desde luego, los jeques del lugar sabían sobre los túneles dejados por los templarios para burlar asedios, entre la ciudad vieja y el mar. Unos pasos subterráneos que no fueron descubiertos hasta 1994 y se habilitaron a la visita slo después de 2007, apenas cinco años antes de que el Efendi Hotel abriera sus puertas. Todo de anteayer, como quien dice…

No extraña, en consecuencia, que el libro de oro que el Efendi ostenta esté bajo llave. Unicamente trasciende el apellido ilustre de quien lo visita, en blogs propios, declaraciones o fotos autorizadas. Es más, dado que los antiguos palacios orientales carecían de firma, solo se divulga que se encargó su restauración a maestros venecianos del estucado y los techos al fresco. El Efendi se protege de pullman turísticos, embozado entre estrechas callejuelas. Y, en cuanto a obra nueva, allí ganó cuerpo de barrica una bodega y la azotea desde donde someter a movimientos de orquesta emocional los colores del atardecer.

La Autoridad de Antigüedades de Israel ha supervisado los trabajos con sesgo arqueológico del Efendi, incluido su suelo de mármol turco y la almoneda de la región. Fuera de su jurisdicción han quedado las alfombras teutónicas, los muebles traídos de Italia y los trabajos locales de ebanistería, que convienen al lujo nada recargado por el que apuesta el hotel. Un lujo de fachada similar a las que miran al Mediterráneo de Líbano a Túnez, pasando por el Peloponeso: ventanas de rejilla gris lapislázuli, piedra vista y llamador labrado. De supercool y design, “parada histórica en boxes”, lo ha calificado el Vogue americano, dando pie a que lo visitasen la fotógrafa Paula Snaca y la productora de Moda Florencia.

San Juan de Acre, de hospitalización a hospedaje

Market Street, a secas, se denomina la calle donde comprar en Akko el pescado más fresco, a mesa puesta en el Hummus Said, con café de puchero en el Badar Han y regalos para el paladar como el Knafeh y la baklava. Cabeza de turco requiere cama, cafetería y obradora también turcas. Pero puestos a premiar la mejor cocina de Akko con joyas, como las que también vende el Street Market, nada como reservar en el Uri Buri, a pocos metros del Efendi. “Comparo Akko con un diamante de apenas una cara pulida”, señala su mentor Uri Jeremias, joyería local en mano. ”Un diamante por descubrir al completo. Conozco este rincón y sé que brillará como nadie se imagina”. Dicen que nadie prepara sus mariscadas en Israel, acudiendo a diario a la lonja, entre tenderetes de especias, por la misma calle que transitaban los caballeros cruzados del puerto a la ciudad vieja en San Juan. Y, para que se constate, el propio Jeremías organiza tours al respecto, con tal recorrido que incluyen sapiencia no solo sobre condimentación, sino además sobre el potencial de las medicinas orientales que desembarcaban en Acre durante el Medioevo. Un secreto que los boticarios de Occidente se llevaron enseguida a Venecia, a fin de personalizar el tratamiento para las enfermedades de la buena vida. La gota, por ejemplo, propia de quien come mariscos a diario.

Uri Jeremías abrió su restaurante en 1989, desafiando todas las leyes, escritas o no, sobre la convivencia entre judíos y palestinos. No en vano, se halla en el distrito árabe de la ciudad. La buena mesa, sin embargo, puede sentar frente a frente a comensales en apariencia irreconciables, premisa a partir de la cual Uri mezcló también a todo tipo de semitas al cuidado de los fogones. “La gente debe de entender que pueden vivir juntos y en paz”, declara simple y llanamente el chef, respondiendo a quienes antes y ahora le acusaban de temerario. Sabiéndose unos y otros condenados a entenderse, no queda otra que esforzarse en ser feliz con el estómago lleno. Y ello incluye la ingesta de tilapia caramelizada, knafeh como no hay dos y salmón con sorbete de wasabi, uno de sus platos estrella, a propósito del cual razona Uri: “El salmón sin wasabi es como un beso sin bigote”. Lo dice cocinando en una mansión otomana con cuatro siglos de edad, junto al faro de un puerto que vio ya de todo.

La Orden Hospitalaria levantó su actual fortaleza en la ciudad antigua de Acre, mediado el siglo XII, con la misión de curar y cuidar a los peregrinos de Tierra Santa, escudo humano del que la cristiandad se valió para recuperar la ruta comercial de la seda. Sedosa fue la puesta a punto del Efendi, como quien reconstruye en un telar de alfombras el costumbrismo de su patria chica. Y los trabajos terminaron también en un fortín. Tres pisos en torno a su patio central dispone la fortaleza hospitalaria, como también son tres las plantas habilitadas por el hotel. Y, en cuanto a los aljibes de los que la Orden Hospitalaria se dotó en sus catacumbas, se convirtieron en vino por milagro cristiano, a la misma altura de subsuelo en el Efendi. La cúpula verde y el minarete de la mezquita Al Jezzar se ven desde ambos edificios. Prisioneros se custodiaban en otra sala principal de la fortaleza, cinco metros abajo de un techo abovedado; en tanto los salones y terraza del hotel, digámoslo así, atrapan el espíritu con determinación propia de los inquisidores.

La recepción soleada de Efendi nada tiene que envidiar a la perspectiva de arcos apuntados que sostienen los corredores superiores de la fortaleza monacal. Las columnas bizantinas del siglo VI las tiene el hotel en el sótano, a diferencia de las que se admiran en el comedor de los monjes, sostén de las ocho bóvedas que, apoyadas  en ménsulas, anticiparían el gótico civil en Europa. Pero, en resumidas cuentas, por hechura y atmósfera, el Hotel Efendi no resulta menos hospitalario que el más significativo de los edificio con pátina de Acre. El periodista Andrew Harper habla de vitrales, una alfombra de la Capadoccia y una lámpara de araña en la habitación número 2 que ocupó, llegado al Hotel The Efendi. Su habitación, sin embargo, dista de ser ninguna de las tres suites que el enclave posee, la Royal, la Grand Luxe y la Presidencial.

Balduino de Boulogne se coronó rey latino de Jerusalén en el año 1099, “liberando de infieles” Acre cinco años después. A pesar de sus baluartes, Saladino la ganó para la causa del Islam en el año 1187, frente a lo que nada pudieron hacer los sucesivos asedios de los caballeros del Occidente hasta 1191. Entonces los musulmanes entregaron las llaves de la ciudad a Ricardo Corazón de León y a Felipe Augusto de Francia, durante la llamada Cruzada de los Reyes. Fue la suya una toma de posesión que aseguraría, durante los siguientes cien años, la capitalidad latina de Tierra Santa, a falta de efectivos para liberar Jerusalén de manos árabes.

Estaba escrito, sin embargo, que Acre volvería tarde o temprano a sus moradores más próximos, habitada la urbe desde los tiempos del faraón Tutmosis III, puerto del Imperio Asirio asimilado por la cultura helenística y luego de espaldas amuralladas por los romanos, a beneficio del Imperio Bizantino. Así que solo fueron temporales los castrum de las filas cruzadas en Acre, eso sí, al hilo de las cuales operaron los comerciantes de Pisa, Génova y Venecia en la ciudad. Luis IX de Francia la protegió luego como mecenas. Nuevos cuarteles residenciales surgieron en ella, como el denominado Montsmusard, con su torreta a la veneciana. En el año 1290, sin embargo, Alá dictó sentencia. Y, para honrarle, los mamelucos de Khalil destruyeron muchos edificios de las órdenes cristianas. Ellos y los otomanos, que renovaron la obra civil de Acre entre los siglos XVIII y XIX, tras apoderarse de la ciudad en 1517. De hecho, el Pachá Jazzar, gobernador de Acre por esa época, manda construir la gran mezquita que lleva su nombre sobre la antigua catedral de la Santa Cruz, además del baño Al Bashar, bajo luz cenital de bóveda. Hablamos del hamman mejor conservado de la ciudad, a día de hoy, no lejos del Efendi.

La misma piedra de los cruzados sirvió a los arcos de la media luna en Acre, a falta de otras canteras cerca. Pero, en algunos casos, para fortuna de los arqueólogos, simplemente se enterró esa piedra. Por eso salieron de nuevo a la luz sus muros de arenisca kurkar, hace sesenta años. Las excavaciones revelaron también los barracones de los caballeros hospitalarios, una cripta con chimeneas y el edificio contiguo, denominado Al-Bosta, que conduce bajo tierra a embarcaderos propios, lo que a la postre hizo de Acre ciudad patrimonio de la Humanidad, por decisión de la UNESCO. Y es que los británicos habían tenido la puntería suficiente como para no desfigurarla durante la Primera Guerra Mundial y las tres décadas que estuvo bajo su protectorado, entre la descomposición del Imperio Otomano y la proclamación del estado de Israel en 1947.

Por “acre” entendemos hoy picante y áspero, aparte de su condición de medida agropecuaria. Nada que ver, en todo caso, como apellido, con el patronímico del evangelista más dócil y suave que tuvo Cristo. San Juan ha dado nombre a multitud de ciudades en el mundo. Pero, al posarse en la bahía de Haifa, eso sí, hubo de lidiar con el locativo Tolemaida. Así se llamaba Acre, cuando los Hechos de los Apóstoles cuentan que San Pablo desembarcó, en su tercer viaje, rumbo a Jerusalen, procedente de Tiro. El faraón Ptolomeo II había conquistado la bahía en el siglo III a.C., bautizando con su nombre la ciudad.

Acaso Acre, en resumidas cuentas y en tanto que apellido de topónimo, tenga que ver con la síntesis de dulzura y severidad que los dos apóstoles otorgaron a su advocación. No obstante, puede consultarse en un diccionario etimológico: la raíz indoeuropea “ak” significa “agudo, afilado”. Y, por lo demás, conviene saber que Uri Jeremias tomó el nombre para su hotel del último sultán otomano, Abdülmecid Efendi, que oficialmente dejó su trono en 1924. La vista alcanza las montañas de Galilea, desde la Rooftop Terrace del hotel, sugerencia de cuanto nunca quedó definitivamente atrás, para ordenar, en nombre del refinamiento, la convivencia en tierra quemada de árabes y judíos.

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