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Secretos de libro rojo y alcoba real

Le Royal abrió sus puertas en Camboya en 1929. Era el hotel habitual de viajeros y escritores famosos como Charlie Chaplin, Jackie Kennedy, André Malraux y W. Somerset Maugham. También fue el último refugio de los periodistas extranjeros antes de ser expulsados por los jemeres rojos.

25 de febrero de 2019

Hay que reconocer a los franceses buena mano para los hoteles, en cualquier parte del mundo y por expuestas que se vean sus construcciones al celo iconoclasta de talibanes, colonos del sionismo levantados en armas, bolivaristas, marines norteamericanos o jemeres rojos. Tanto da quien se empeñe en demoler y desfigurar la Historia, asesinando su espíritu como si no diera lugar al cadáver que siempre flota.

Los franceses dieron carta de naturaleza al Royal Hotel, en la que sería con los años capital camboyana. Sin embargo, hacia 1929, fecha en la que admitió a sus primeros huéspedes, en Phnom Penh todavía no se movía un papel sin el visto bueno de Hanoi, epicentro del protectorado indochino en el que Camboya se integraba. ¿Por qué, entonces, mereció Phnom Penh categoría hostelera de realeza? Porque su rey Norodom mantenía poderes representativos en el país, una monarquía hereditaria cuyos héroes épicos se remontaban al imperio que a día de hoy testifican los vestigios de Angkor Wat. Y si circunstancialmente Camboya se hallaba bajo la protección gala, no era sino para escapar a las agresiones de vecindad siamesas.

Mucho más hubo de temer la dinastía camboyana cuando el recuerdo de los franceses se le evaporó y llegaron hermanos de sangre, los jemeres rojos, a poner orden y depurar la raza hasta la lobotomía… No se recuerda grupo armado como el suyo, dispuesto a negar por la tremenda hasta el concepto de evolución humana más básico. Prohibieron la circulación del dinero, volviendo a la más arbitraria economía de trueque. Censuraron todo medio de comunicación, entendiendo como pernicioso hasta el correo postal y el uso del teléfono. Se persiguió a quienes usaban gafas, por la “deformación intelectual” a la que se podían ver expuestos. Quienes hablaban idiomas fueron acusados de espías para Occidente. En fin…

Viajes a Phnom Penh, Camboya.

Su barbarie, a pesar de los pesares, se detuvo a la entrada del Royal Hotel, último rincón desde donde se evacuó la ciudad, en 1975, cuando los jemeres la tomaron. Y eso que ningún respeto merecían los huéspedes ilustres de su palmarés, todos ellos “agentes del imperialismo extranjero” de una u otra forma. El actor Charles Chaplin se había dejado caer ya por el hotel, con su pasaporte y humor inevitablemente yanquis. Y escritores de la antigua metrópoli como André Malraux y Somerset Maugham, que en su relato The Letter se recrea en la receta del Millon Dollar Cocktail, un combinado de la casa. Hasta la frívola Jacqueline Kennedy lo había visitado en 1967, cuando añadía ceros a la cuenta corriente de su respetabilidad, como inminente señora de Onnasis, ex primera dama de la política con percha para serlo también de las finanzas. Fue pura carambola que el remozado del hotel en 1989 hallase una copa con la marca de sus labios, delatada por el rouge que la identificaba, y que los jemeres no hubieran reparado en la copa o la hubieran respetado, acaso identificados con el color del carmín que llevaba impreso, en un acceso de sentimentalismo. En cualquier caso, carambola o milagro, el Royal patentó en honor de Jacqueline otro céctel, el denominado Femme chic, a poco de recuperar su nombre de pila, secuestrado durante la dictadura anterior a los jemeres. Ningún rastro de realeza debía latir en Camboya, con el general Lon Nol en el poder. Así que mientras el establecimiento se resignó a llamarse Hotel Phom Penh, recuperando la excelencia de su nombre al salir de la hibernación a la que se sometió con los jemeres del visionario Pol Pot.

A punto estuvo de malograrse la inversión inicial en el Royal, al coincidir justo con el crack de la bolsa neoyorkina. Lo cuenta Aline Demay en su libro Tourism and Coloniation in Indochina (1898-1939). Después, no solo terminó beneficiándose del gran salto hacia adelante que la revolución de Mao trajo a todo el sudeste asiático. Pasado el sarampión de sus epígonos, los jemeres rojos, desde su recepción comenzaron a ser posibles las visitas turísticas a los campos de exterminio y fosas comunes que dejaron. He ahí el modo en que el hotel se resarció económicamente, frente al dinero que su gerencia dejó de ganar cuando los guerrilleros en el poder lo llevaron al ostracismo.

El Elephant Bar del hotel venía siendo mentidero de toda rumorología política durante el dominio francés de Indochina. No dejó de serlo con la independencia de Camboya en 1953, con sus coronaciones reales y su ruido de sables. De ahí que se mantuviese como hervidero de periodistas, sobre todo a principios de los años setenta, incluidos en su corrillo los que no conseguían alojamiento allí, al calor de sus camas adoseladas, que tantos secretos inconfesables guardan de Charles de Gaulle y el emperador japonés Hiroito. Incluso, más adelante, guardarían secretos a voces de Somaly Mam, la autora del libro El silencio de la inocencia, en el que se retrata a sí misma víctima del comercio sexual desde la infancia. Tal narración llegó a oídos de Susan Sarandon, dio lugar a una fundación y cosechó el Premio Príncipe de Asturias en 1998, tras todo lo cual cayó en el descrédito: Somaly Mam trabajaba sin mayor pasado en una barra americana, junto al hotel Royal, aprovechando el poder adquisitivo y el tráfico de influencias de su clientela.

Se cuenta en el libro Habitaciones de soledad y miedo que la guerra civil camboyana trajo a las inmediaciones del Royal un cordón de lo más “sanitario”. Un circo de los horrores compuesto por tullidos, viudas en harapos y niños de orfanato en el ejercicio de la mendicidad, salpimentada por la oferta de marihuana local, cambio de divisas en el mercado negro, felatios en la silenciosa biblioteca adyacente y visita a los fumaderos de opio más reputados a cargo de taxistas y supuestos guías turísticos. ¿No tenía servicio de seguridad el hotel? Por supuesto que sí. Incluso se hacia custodiar a menudo por militares. Lo estaba, desde luego, el día que los soldados de guardia decidieron asaltar y saquear su despensa, invitando a disfrutar de la piscina, entretanto, a todos los clientes que encontraban a su paso. Una clientela, todo hay que decirlo, no exenta tampoco de personajes imprevisibles. Lo prueba el reportero norteamericano que halló un obús sin explosionar en el frente bélico y se lo llevó de recuerdo al cuarto que ocupaba en el hotel, provocando de inmediato la alarma y el desalojo preventivo de todo el edificio, con sus 170 habitaciones ocupadas. Aquel día el Royal habría podido volar por los aires, víctima del fuego amigo. Y quién sabe la reacción que hubiera suscitado en mister Air France, asiduo sujeta-barras al que cada noche se encontraba uno en el Elephant Bar pegando la hebra con cualquiera a tiro. Tan solo y aburrido se encontraba en Phnom Penh el delegado de la línea aérea. Tanto que se ofrecía a cualquier periodista como chófer al volante de un mercedes, para visitar líneas de combate a la afueras de la ciudad.

A partir de 1997, recuperadas todas sus señas de identidad, el Royal ha iniciado nueva andadura bajo la marca de estilo Raffles. Los trotamundos que ahora lo frecuentan lo son porque en absoluto se preocupan por el coste de la vida aquí o allá. Si antaño recibía periodistas mil, hoy se prefiere en su lugar a funcionarios de organismos internacionales. Aventureros en su reluciente hall de época los hay, claro que sí, pero sobre todo siguiendo las huellas arqueológicas de quienes a pecho descubierto pasaron por el lugar. Nadie desea más derramamiento de sangre en Camboya, aunque se debe admitir que dio lugar al libro rojo que explica sin salpicar la épica de hoteles como el Royal. El periodista Jon Swain lo descubrió cuando aún no era sino soldado de la Legión Extranjera Francesa. Y gracias a la cobertura que Sydney Schanberg hizo de las barricadas a su alrededor se hizo con el Premio Pullitzer de 1976. Luego, la película The Killing Fields les caracterizaría a los dos, aparte de narrar la supervivencia del corresponsal del New  York Times bajo el régimen de los jemeres rojos. No se pudo rodar en el Royal de Phnom Penh, claro está, sino en un hotel de hechura similar en Tailandia.

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