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Histórico noticias



Siglas para siglos de santo y seña malaya

Puede que Kipling, al concebir ‘El libro de la selva’, tomase nota de los manglares que antaño rodeaban al Eastern & Oriental Hotel. A pocos metros, Malasia da la vuelta al día en ochenta submundos asiáticos, con templos hindúes, mezquitas moriscas, casas birmanas y pagodas.

29 de enero de 2018

La Compañía de las Indias Orientales dejó aroma de ultramarinos en Malasia. Esquinas secretas donde conviven, bajo marquesina taoísta y con permiso de la mezquita, salazones y encurtidos que evocan el comercio holandés en el archipiélago. Y, a modo de postre, además, los tonos pastel que los portugueses imprimían, por su parte, llegados a puerto índico. La herencia tao dista mucho de ser tai, para bien de la idiosincrasia  en Penang, frente al poder de la civilizaciones que se sucedieron en el Golfo de Siam. Además, ciento setenta y un años los ingleses dominaron comercialmente la isla, traduciéndose en saludos arquitectónicos para con las señas de identidad malaya, birmanas e indias, mandarina y penarakan.

Resulta fácil la ensoñación cuando transitas por ciertas callejas sosegadas de Malaca, no lejos del lugar donde se perdieron las postales sepia del viejo Singapur. Nada, sin embargo, como recalar en el Eastern & Oriental Hotel de George Town, para sostener semejantes vibraciones en el diapasón. Se navega para ello a favor de corriente nostálgica, hasta la isla de Penang, donde George Town fue declarada Patrimonio Cultural de la UNESCO en 2008. Taipei, Bangkok, Xiamen… Ninguna entre el resto de las ciudades próximas, con las que George Town está hermanada, conservó su glamour con celosía, puerta laminada y ventilador de aspas.

Fort Cornwalls, su City hall, el Tribunal Supremo y la Iglesia de San Jorge, los bastiones de lo que fueron poderes castrense, administrativo, judicial y eclesiástico, siguen en pie bajo consideración patrimonial en la capital de la isla. Señal de su éxito, a prueba de siglos por venir, puestos a explicarnos que se mantenga allí patente la convivencia entre expatriados de rincones dispares. Antaño poblaban George Town árabes, indonesios de Sumatra, cingaleses, persas y birmanos, filipinos y hebreos. Ahora, pensionistas de Singapur, Japón y Reino Unido. El sistema de atención británico a la tercera edad tiene, entre sus eslóganes, aquel que reza: “Malasia, my second home”.

Casi un seis por ciento de la población isleña puede considerarse en el “exilio dorado”. Y, por si fuera poco, la arquitectura colonial europea goza de buena salud en George Town, incluso con bungalows como los denominados Residency y Suffolk House sugiriendo cierta fragilidad. Sus bancos de fachada art decó también se incluyen en el perímetro protegido por la UNESCO. Y, cara al mar, que no sabe de edades, holgado en semejante cinturón, el edificio del Eastern & Oriental Hotel no atiende a menores galones. Lo exige su imponente fachada, decimonónica y blanquísima, desde los tiempos en los que solo albergaba buenos propósitos, limitaciones y torpezas del llamado lujo asiático, entrado en materia hostelera. A finales del siglo XIX, en tanto el Savoy de Londres tenía ya setenta baños privados con agua caliente, muchos hoteles asiáticos se contentaban con derramarla en cucharones de madera, en tinas de arcilla, sobre el huésped desnudo. Rara vez cerraban con llave los cuartos de fonda en Calcuta y Bangkok. Sus mucamas campaban por ellos a discreción, sin llamar a la puerta. Sus recepcionistas atendía solo con luna llena. El correo se demoraba meses en llegar y ser repartido a los huéspedes.

George Town. Penang, Malasia.

Es en esas cuando la perspicacia dio santo y seña al hotel Eastern & Oriental en la persona de los hermanos Sarkies, dotados de sangre comercial tan persa como armenia. Fue Tigran Sarkies quien, con solo veintitrés años, intuyó más rentable la hostelería que el negocio de subastas a partir del cual hacía dinero. Así que alquiló un caserón en la Ligth Street de George Town y, junto a su hermano Martin, atrajo como clientes iniciales a los caballeros pensionistas del Imperio Británico, esos que no reunían fuerzas para volver al Reino Unido cumplidos sus servicios de virreinato o mariscal de campo para su Graciosa Majestad. Así nació el Eastern Hotel. Nada de buscar público autóctono. Tenían bastante con atender a los jubilados alejados de la metrópoli, a sus familiares, séquito y amigos. Tenían más que de sobra. Tanto es así que pronto los hermanos Sarkies ampliaron fronteras, adquiriendo el contiguo Hotel de l`Europe y lo rebautizaron como Hotel Oriental. ¿Para qué iba a seguir llamándose  Europa? Había más negocio en atender a los europeos desplazados a Oriente que en rendir pleitesía a los sultanes, kanes y rajás que circunstancialmente viajaban, por mucho fasto que desplegasen sus cortes ambulantes.

¿Murió de éxito bajo tales presupuestos el emporio naciente de los hermanos Sarkies? No. Pero a punto estuvo de hacerlo. Cuando el dueño de los terrenos que tenían arrendados elevó su renta, viendo el partido que daban, los hermanos  amagaron con irse de Penang. Amagaron. Nada más. Es cierto que fundaron en Singapur el Hotel Raffles, huyendo de la especulación urbana en George Town. Lo hicieron, sin embargo, para forzar a la postre la negociación del terreno bajo su primer asentamiento. Ningún negocio funciona por definición, sino a razón de sus timoneles, comprendió el dueño del suelo malayo sobre el que habían cosechado su predicamento hotelero. Así que, a finales de 1887, en marcha ya el famoso hotel Raffles de Singapur, los Sarkies retomaron el control del E & O Hotel, con un miembro más de sangre en la tarea. El primogénito de la familia, Martin, se retiró a sus posesiones iraníes de Isfahan y, en su lugar, Arshak Sarkies le sustituyó como gestor. Malasia dejaba de levantar sospechas linguísticas. Bien podía ser “Buen Asia”, lo mejor de Asia…

Viaje a Malasia

La llamada Perla de Oriente, Penang, se abre al navegar por el estrecho de Malaca hasta las aguas de George Town.  Pero para mantener el brillo, su hotel centenario se hace reconocer por solo dos siglas. El E & O se basta y sobra con el boca a boca para contar al oído los pasos sobre su suelo ajedrezado que dio la clientela, más allá de la belle époque europea. Una casta militar, acantonada en el Estrecho de Malaca, a la que el pirata Sandokan puso en jaque, según las novelas de Salgari. De hecho, aunque el escritor sitúa temporalmente sus aventuras a mitad del siglo XIX, en el E & O se rodaron mucho después algunas andanzas del llamado Tigre de Mompracem. Sea como fuere, la East India Company de los británicos entonaba cantos de cisne, sin saberlo aún, cuando los marinos se confundieron con los predicadores y piratas de guante blanco en Penang. El Canal de Suez acortaba el trayecto hasta allí en 1869, con lo que también la aristocracia aventurera y sus correveidile, los buhoneros, ganapanes, escritores y cortesanas de la ruta comercial Londres-Singapur coincidieron en sus porches. Entonces el E&O se convirtió en referencia imprescindible para el relato de sus idas y venidas. El hotel que habían fundado, en 1884, Martin y Tigran Sarkis. Y queda dicho que inicialmente solo levantaron las alas del Eastern Hotel, sin  prever que, al año siguiente, frente al mar, su overbooking pediría ampliación a gritos con otro edificio anexo. Ochenta habitaciones sumaron de entrada el Eastern y el Oriental con el cambio de siglo… Lo nunca visto en Penang, relativo a hospedajes.

Dos edificios que regentar exigieron un tercer hermano Sarkies en el negocio, festejada su llegada con un gran salón de baile. Corría el año 1903 y solo faltaban periodistas de la gaceta ilustrada para propagarlo. Así que el E & O terminó por atraerlos, expandiéndose con un tercer edificio, que Arshak Sarkies bautizó como Victory Annexe. Otro apéndice hotelero que, bajo el reclamo propio de una exposición universal, albergaba doscientos cincuenta metros cuadrados de jardín marítimo. No existía por aquellas fechas,1922, firma hotelera con tamaña proeza y desproporción. Lo certificaron actores de apellido felices años veinte, como Mary Pickford y Douglas Fairbanks, cuando ya el trotamundos Kipling había pasado por allí y ganado el Premio Nóbel, con solo 42 años. De hecho, parece que su poema titulado If pudo ser escrito en la habitación que el E & O habitó en 1892. Una alcoba a día de hoy precedida por la brillante chapa que recuerda a su ilustre huésped.

“Si puedes conservar la cabeza cuando a tu alrededor todos la pierden y te echan la culpa (…) Si puedes encontrarte con el éxito y el fracaso, tratando a esos dos impostores de la misma manera (…) Si puedes hablar para la multitud, preservando la humildad. Si puedes caminar entre reyes sin dejar de ser tú mismo (…), tuya es la tierra y todo lo que hay en ella”, dejó escrito Kipling en el poema.

Y a tales enseñanzas en clave literaria también se adscribió, llegado al E & O, el alemán Herman Hesse. Un nuevo Nóbel posterior que añadir al espacio de las letras que atesora el hotel, la Suite Wing Writers. Un perímetro, por cierto, que entroniza la sencillez por principal lujo asiático.

Llegados a 1927, el E & O se anunciaba como “principal hotel a este lado del Canal de Suez”, creando escuela en posteriores recintos, como el citado Raffles de Singapur y el Strand birmano. Ambos albergues luxury fueron levantados y regentados por los hermanos Sarkies, hasta conocer similar éxito al degustados en el E & O. Las campanas se echaron al vuelo, entonces, sin imaginar que la Gran Depresión del 29 estaba al caer. Los armadores de tal emporio abandonaron el barco y, en adelante, demasiadas voces trataron en vano de reconducir la gestión del E & O. Así que, inevitablemente, acabó en indigestión. Ya no volvería a ser lo que fue el E & O, así lo frecuentasen monarcas o magnates. Bien podría decirse, pues, que los ilustres visitantes que la posteridad le reservaba llegaron tarde a la fiesta. Hablamos del mismísimo Sultán de Brunei, Hassanl Bolkiah, que llegó a la zaga de otros escritores, Karl May y Somerset Maugham, entre ellos.Y para cuando el actor de Bollywood Sivaji Ganesan se abrió paso en el gran hotel de George Town, todo el pescado estaba vendido.

El político de Singapur Lee Kuan Yew, el dramaturgo Noel Coward después de su Oscar y Charles Chaplin también se dejaron ver y agasajar en el hall del E & O, antes de que se le practicase la necesaria cirugía. Una cirugía, claro, que no podía ser plástica. En el año 2001 se operó su restauración vintage, por tanto, como si de cumplir una profecía cinematográfica se tratara. ¿Recuerdan ustedes su Odisea espacial 2001? Pregúntenle ahora al botones de uniforme colonial que te recibe allá si sabe por qué viste así. Su silencio será replicado con más elocuencia por parte de la impecable y aseadísima fachada que da la bienvenida al huésped, por sudado de calores húmedos que llegue.

El E & O no subió al tren que impuso leyes de mercado y materiales nuevos de construcción tras la Segunda Guerra Mundial, a la tipología del gran hotel. No importa. Tampoco resulta relevante que su último anexo sea hoy descarada torre colmena para ciento treinta dos habitaciones. Ni quita o pone otra cosa que huéspedes sin tiempo para saber qué baldosas pisan. Hay cuentas de hotel que solo puede pagar la imaginación. Te lo dice, en su actual Bar Sarkies, quien también asegura que algún antepasado suyo se cruzó con Agatha Christie, a vuelta de pasillo, ambos intentando resolver novelísticamente el misterio del encanto E & O.

Puede o no que Kipling, a la hora de concebir El libro de la selva, tomase nota de los manglares que antaño rodeaban al E & O. En todo caso, si su ubicación actual le parece al huésped insultante, artificial, puro delirio en el túnel del tiempo, siempre puede someterse a la gincana del expatriado, metros a la redonda del hotel. A pocas manzanas George Town da la vuelta al día en ochenta submundos asiáticos. Se dan la mano allí  el templo hindú de Sri Mahamariamman, la casa de té Cheong Falt y la mezquita morisca del Kapitan Keling, no exenta de arquitectura mughal, amén de pagodas y casas a la birmana.

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