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Sin miradas. Libreta 3: Sur de Inglaterra

De los viajes, guardo imágenes de rostros que no miraban hacia mí. Durante estos meses, esas no-miradas han regresado desde fotos antiguas y recientes, desde distintos países, desde lugares en los que estuve. Sobre ellas y el viaje trata esta serie: Sin Miradas.

6 de diciembre de 2020

Sin Miradas

Puede que al principio no fuera el verbo, porque a veces los comienzos traen labios y manos de piedra, traen largos silencios, como si no tuviésemos momentos que por alguna razón, por pequeña que sea, o por algún motivo, por extraño que parezca, valga la pena rescatar de las bolsas de recuerdos. Esas bolsas contienen extrañas riquezas con sus pedazos de carbón, pero a medida que pasan los años, vaciarlas es una lección de vida, un volver a viajar. 

Puede que estén en lo cierto: la memoria con los siglos se nos vuelve líquida. Y puede que, para remover esos interiores en los que solo uno es capitán y es capaz de orientarse, haya que nadar sin hacer pie y sin tener a la vista la orilla. Todos anhelamos una playa en la que encallar, aunque no sea para siempre, y esa es la máquina del viaje, el impulso velado de todo movimiento.

Hacía años que no iba a Inglaterra, tenía y tengo allí lugares pendientes. Aquel verano fui al sur y estas son algunas imágenes, instantáneas de personas cada una pendiente de sus aguas, ocupadas en mantener su ruta, en no perder de vista el faro para tocar tierra. No me vieron, pero yo les vi; por eso están dentro de esta serie Sin Miradas que arrancó en Japón.

Sin Miradas

Por algún motivo que no he analizado aún, cuando pienso en Inglaterra, salen a la superficie palabras sueltas, como lluvia, té, sombrero o reloj, casi todas con un cierto tinte de melancolía. Siempre ha sido un país que me ha gustado visitar, como si escondiera en alguna parte un secreto que no he descubierto todavía. Cuando lo recorro, tengo la sensación de ir cruzando puentes que me transportan a siglos anteriores, a veces, muy anteriores. Siento que las cenizas del pasado aún están calientes, lo siento cuando encallo en alguna de sus librerías, en algún edificio emblemático o estoy a un paso de un acantilado esperando ver la sombra de un antiguo navío que vuelve cargado y agotado.

Fernando Savater decía que “es propio de las almas anchas y profundas atormentarse: las tempestades ocurren en el mar, no en los charcos”. Somos mares, mares de aguas profundas, mares que se cruzan en los caminos, en los pasos de cebra, en las salas de espera, mares que se quedan en casa y abren un libro o miran por la ventana pensando en otros mares. Somos mares que viajan. Mares que acaban juntándose con otras aguas. 

Si nos dejamos arrastrar por el viento, vamos hacia rutas que nos desvían de la nuestra y aparecen sonidos en un idioma que no reconocemos, sabores y escenarios nuevos. Nos atrae contemplar esos otros mares que vienen y van, que algún día se secarán del todo, como el nuestro.

Sin Miradas

¿Qué vi en el sur de Inglaterra? Como en todos los viajes, vi la magia de cada persona, única, y de cada lugar del mundo, irrepetible.

Cortázar decía que “el recuerdo es el idioma de los sentimientos”, y del condado de Devon, guardo enormes piezas de recuerdo: su capital Exeter, el parque nacional de Dartmoor, la estancia en localidades como Moretonhampstead y Tavistock. Y más tarde, ese descenso hacia la costa, pasando por el pueblo de Ashburton, en dirección a las poblaciones costeras de Dartmouth y Salcombe. Después, en el norte de Devon, llegar a Lynton, caminar por el Valley of Rocks, conocer Lynmouth y Woolacombe.

En el paseo por el Valley of Rocks, hay varios bancos a lo largo de un camino que transcurre por el borde de paredes que caen directas al océano. Allí volvería ahora. Volvería a sentarme frente a esos tajos abruptos hacia el Atlántico, en esos paisajes rocosos, literarios, que tienen un color entre niebla y verde. Es uno de esos lugares donde reflexionas sobre aquello que afirmó Marguerite Yourcenar:

“Hay tres líneas en la biografía de todo ser humano, y nunca son una horizontal y dos perpendiculares. Son tres líneas sinuosas, perdidas al infinito, constantemente próximas y divergentes: lo que un hombre ha creído ser, lo que ha querido ser y lo que fue”.

Sin Miradas

Brighton encarna uno de esos cuentos en los que un pequeño y sencillo pueblo pesquero se convierte en un cotizado centro turístico, un pueblo balneario que ofrece curas de aguas de mar. Entre hoteles, pubs y restaurantes, tengo dos recuerdos clave: el Royal Pavilion, que tardó más de treinta y cinco años en transformarse de una simple casa de campo a un palacio inverosímil, con su mezcla de estilos asiáticos en el interior y exterior. Y el West Pier, deteriorado, prácticamente inexistente, destruido dos veces por el fuego, cerrado desde 1975, un Adonis gigante del que apenas quedaba el esqueleto, del que, dicen, una vez fue el muelle más famoso del mundo.

Después, Canterbury, una ciudad sorprendente que está ligada a la obra escrita por Geoffrey Chaucer en el siglo XIV: Los cuentos de Canterbury. Un lugar donde el pasado está tan vivo que sientes que eres tú quien está desubicado en el tiempo. Toda ella es medieval, en cuerpo y alma. Su catedral, Patrimonio de la Humanidad, fue durante siglos lugar de peregrinación para los católicos; hoy es la sede del arzobispo de Canterbury, líder espiritual de la iglesia anglicana. La atmósfera de esta localidad, a setenta kilómetros de la gran Londres, parece preservada por una esfera de cristal. 

Y si hay dos localidades que me tentaban en esta ruta eran Cambridge y Oxford. Son las dos ciudades universitarias más emblemáticas y antiguas de Inglaterra, las dos grandes cocinas del conocimiento, con una historia y una arquitectura que las convierte en dos urbes enormemente atractivas, además de ese hábitat estudiantil que todo lo contagia y en todo se respira. Cambridge está a orillas del río Cam, el college más antiguo es el Peterhouse, y el más célebre, dicen, el King´s College; pero hay otros como el Trinity College, el Queens’ College o el St. John’s College. En Oxford, “la ciudad de las agujas de ensueño”, están el Balliol College, el Hetford College y, sobre todo, el Christ Church College, cuya capilla  es la propia Catedral de Cambridge.

Cada una tiene su “Puente de los Suspiros” a imagen del puente veneciano. Y cada ciudad tiene sus barcas. Sin embargo, los mejores momentos están siempre en ese andar por las calles entre la gente; todos esos rincones, mercados, pequeñas tiendas, librerías, todas esas ventanas con su vida cotidiana en el interior, cuando para ti, nada es cotidiano. Cada persona en su mar, atrapada en su instante; el mío era observar. A veces me sorprendía pensando en la frase de Ian McEwan:

“Una persona es, entre todo lo demás, una cosa material, que se rompe fácilmente pero que no es fácil recomponer”.

Sin Miradas

Hubo una sorpresa particular en este viaje —todos los viajes guardan sus momentos de asombro o desconcierto—. A una media hora de Cambridge, la Catedral de Ely apareció tan deslumbrante y tan inesperada, que ocupa un amplio espacio en esta bolsa de recuerdos. Su torre, conocida como El Octógono —también como The Lantern—, es una maravilla medieval, una obra maestra de una perfección que produce algún escalofrío. Hay que entrar en el interior de la catedral y pasearse por su exterior, verla emerger desde los alrededores.

Y está Londres. La gran metrópolis, donde los mares que cada uno somos se cuentan por millones. La ciudad poliédrica y magnética, en continuo movimiento, donde siempre me cruzo con personas que conocen un rincón donde callar el ruido urbano. Las encuentro sentadas, absorbidas, y yo paso despacio por su lado, casi de puntillas.

Guardo sus imágenes para un día como estos, en los que bajo el volumen. Son recuerdos que no miran, retratos de mares que quizá pensaban qué ficha mover y hacia dónde. Tal vez sentían algo parecido a lo que escribió Mercè Rodoreda:

“Y sentí intensamente el paso del tiempo dentro de mí, el tiempo que no se ve y nos va amasando. El que rueda y rueda dentro del corazón y le hace rodar con él y nos va cambiando por dentro y por fuera y poco a poco nos va haciendo tal como seremos el último día”.

Seremos mares, mares que viajan.

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