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Siorapaluk, 77º 47′N/ 70º 46′ 0. Groenlandia

Siorapaluk es el pueblo habitado más cercano al Polo Norte. Apenas 90 inuits viven en esta región de Groenlandia que Antonio Cordero ha visitado acompañado del explorador polar Ramón Larramendi y de los huskies que tiraron de su trineo durante la travesía.

28 de octubre de 2012

Mi enorme amigo Ramón Larramendi, uno de esos tipos que hacen historia en la exploración polar, me había llevado hasta el culo del mundo. Allí estaba yo, más acostumbrado a selvas y montañas, ruleando por el ártico. Navegábamos hacia el norte en trineos tradicionales con los últimos cazadores del mundo blanco. Pero muy al Norte, al Gran Norte. Habíamos llegado a Thule en un pequeño avión de diez plazas que aterrizaba en placas de hielo y nieve y despegaba en un abrir y cerrar de ojos.

Organizando la expedición en Thule.

Antonio Cordero.

Thule, el nombre de la tierra de Ingrid y el Capitán trueno, el olor de los viejos tebeos nublaba mi vista. Pero no, nada que ver. Aquello era un pueblo perdido en el remoto ártico donde un puñado de familias esquimales se empeñaba en llevar una vida normal. El colegio, una pequeña iglesia de color rojo con torre campanario picuda y un supermercado lleno de productos daneses. Joder, ¡qué gracia! Se acababa con la vida de todo un pueblo llenándolo de subvenciones. Un bar atestado de borrachos, algunos niños con trineos que reían a -10ºC en las calles congeladas, mujeres que veíamos a través del cristal empañado de sus cocinas, algunas motos de nieve que acarreaban cajas y el ladrido de los perros que descansaban sobre el hielo helado de la bahía, entre los icebergs.

Thule era un estado, un momento entre la transición y la desaparición, con sus casitas de obra social pintadas de todos los colores y los últimos cazadores del hielo aún reparando sus trineos de madera y piel sobre la banquisa helada.  Ramón preparaba una travesía en trineo de tres días que nos llevaría hasta Siorapaluk, el pueblo habitado de forma natural más al norte del mundo. Ya se dice pronto, aquello estaba a 77° 47′N/ 70° 46′O. Yo viajaría con Otto.

Antonio eCordero en trineo en el Ártico.

Antonio Cordero

Otto tenía un trineo muy flexible. Era de madera,  de unos tres metros de largo por metro y medio de ancho. El sistema de anclaje de las maderas transversales a las longitudinales era mediante tiras de cuero o cabos, esto hacía que pudiera absorber muy bien los golpes contra las rocas de hielo y las grietas. Cada trineo tenía un tiro de doce perros, siete adultos y cinco jóvenes. Cada perro un nombre y un papel en el tiro. En la parte frontal tiraban los dos jefes de la manada. Detrás iba el resto, diez en la misma línea. Eran todos perros huskies groenlandeses. De los dos jefes, uno era más joven, negro y robusto. El otro tenía la joroba con pelo enhiesto, color blanco y caramelo y alrededor de cuatro años.

Huskies groenlandeses tirando de trineos en el Ártico.

Antonio Cordero.

Estos perros son útiles hasta los siete u ocho años cuando el cazador decide que ya no es bueno en el tiro. Entonces, ese mismo día, lo mata. No pueden permitirse arriesgar su vida en el hielo ni malgastar comida de la aldea para el animal. Además, los perros a esa edad comienzan a tener problemas para morder la carne de foca o morsa congelada que le dan los cazadores. Comen al terminar su jornada y antes de dormir sobre la nieve  atados con sus cinchas a un arco de hielo que Otto tallaba con su cuchillo cerca del campamento de los hombres. Durante el día, iban tomando nieve para calmar su sed.

Todos los trineos, y el de Otto no iba a ser diferente, llevaban atadas varias armas : un rifle, un gancho muy afilado en la punta de una larga vara de madera, un arpón de caza y diversas hachas y cuchillos para trocear hielo y desollar y trocear las piezas. Cuando cazaban una foca o una morsa, la abrían, sacaban el hígado y en ese mismo momento lo repartían entre los cazadores que lo comían crudo y caliente. Cortaban  con el cuchillo mientras mordían con los dientes y un hilillo muy fino de jugos y sangre les resbalaba por la comisura de sus labios. El hígado es rico en vitaminas (A y D) y en parte puede evitar el escorbuto en un mundo en el que conseguir algo de vitamina vegetal es realmente difícil durante gran parte del año, o siempre. A mí no me gustó demasiado y preferí seguir mordisqueando galletas.

Montando el campamento en el Ártico.

Antonio Cordero.

Cada uno de nosotros navegaba en uno de los trineos guiado por un cazador de Thule, hombres curtidos en el hielo y las banquisas, hombres hechos en y para el mundo ártico, los últimos humanos del hielo. Al anochecer dormía en una tienda montada sobre dos trineos paralelos. Una lona del ejército nos cubría sobre las pieles y los sacos de dormir. Los cazadores terminaban un trago de coñac con té al calor de la salamandra portátil que habían instalado sobre el hielo entre los dos trineos. El olor a cagada de los perros, de su pelo enredado por las carreras. Ese olor a vida y calor en un mundo blanco y helado.

A pocos metros de la tienda había otra tienda y otra más. Los cazadores de Thule dormían enrollados en las pieles de foca junto a la estufa de hierro después de un día de marcha en los trineos. Me arrebujé en el saco y cerré los ojos  en la atmósfera cargada. Mis compañeros inuit ya roncaban y se tiraban pedos. Todos permanecían vestidos bajo sus mantas de piel. Dentro puede que estuviésemos algún grado sobre cero, una temperatura confortable si pensamos que allí fuera silbaba el viento lleno de agujas de hielo a -20ºC.

Cabeza de buey almizclero

Antonio Cordero.

De cuando en cuando el gruñido de algún perro. Ellos duermen a la intemperie, atados por tiros con sus correas de cuero. Los perros groenlandeses resisten bien el frío, son como bolas cósmicas en el universo de hielo. Habían comido carne de foca congelada apenas unas horas antes y con eso tenían para todo el día. Estos animales son duros como rocas. Tiran de sus trineos durante horas por encima de las grietas y las piedras de hielo, saltando por sendas junto a cortados que caen al océano helado, bajo las enormes paredes glaciares.

Escuchaba los últimos susurros de las conversaciones de Otto con sus compañeros. Parecían chasquidos de látigo en el denso ambiente de la tienda.

En la luz del amanecer un cazador había localizado una foca en la banquisa. Ninguno de nosotros veía nada. Sólo un blanco cegador y el azul océano del cielo sobre los trineos. Los perros se tumbaron mientras el cazador sacaba su rifle. Sonó un disparo. Nada. Un chapoteo en la lejanía y la foca desapareció por un agujero en el hielo. Casi me alegré por no tener que destazar el animal allí en medio.

Los perros empezaban a moverse y ladrar nerviosos al frente de los trineos. Cargamos los bultos y en un rato salimos de nuevo bajo el restallar de los látigos y el jadeo de los perros. Los icebergs, clavados en el hielo azul cobalto bajo el sol, trazaban el rumbo hacia el pueblo de Siorapaluk. Uno tras otro los trineos enfilaban el cruce de la banquisa atravesando el océano congelado. Ramón guiaba el suyo y gritaba órdenes en una lengua desconocida, reía con su vozarrón según nos aproximábamos al grupo de cabañas en la falda de la montaña helada. “¡Siorapaluk!!!!”, gritaba.

Poblado Inuit.

Antonio Cordero.

En la algarabía de ladridos y carreras de niños que salían a recibirnos llegamos al parking de trineos. La primera impresión fue la de haberme metido en la peli de Jeremías Johnson. Una estructura de palos con una plataforma elevada unos 3 metros sobre la nieve, sostenía cabezas de morsas y grandes trozos de carne de foca. La sangre congelada en estalactitas rojas caía de la enorme testuz de un buey almizclero. Sólo faltaba la música de los tambores para sentirse trasladado a los remotos confines de la imaginación.

Allí estábamos, apenas una docena de casas perdidas en la nada. Nos relajamos un par de días en una pequeña cabaña, charlando, escuchando historias y mirando las estrellas de la noche polar. Las mujeres venían a visitarnos y tomaban té mientras reían de nuestras barbas mal afeitadas. Fuera soplaba el viento y allí parecía que fuéramos a pasar todo el invierno. Los niños se acercaban a la puerta y nos pedían chocolate, dulces, canciones. Al caer la noche, tomábamos unas cervezas que llevaba Ramón escondidas en su mochila y escuchábamos música de Vollenweider.

Partimos una mañana bajo gruesos copos de nieve. Siorapaluk seguía varado en los 77º 47`N y los hombres de la aldea ya habían salido en partidas de caza. Algunos no volverían en semanas. Nuestros tiros estaban listos y, de las fauces de los perros, salían nubes de vapor.

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  • 28 de octubre de 2012 a las 17:46

    Madre mía, Antonio, qué relato tan bueno, con lo friolera que soy se me han puesto los pelos de punta. De vez en cuando miraba a mi perrita schnawzer dormitando en el sofá y le enviaba un pensamiento telepático: ” de buena nos hemos librado, chata”.

    Por Celia