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Skye, la isla de terciopelo

Skye es la naturaleza desplegada en acuarelas, un terciopelo salpicado por el mar con antiguos castillos y una costa esculpida a dentelladas; un lugar de un encanto insólito con el que nunca se deja de soñar. Recorremos la isla más grande de Escocia en transporte público.

8 de mayo de 2017

Decías que querías marcharte a un país que no estuviera lejos. Ir a uno de esos parajes donde el alma se escapa y la pierdes; luego, con una sonrisa lenta, decías que se tarda un tiempo en entender que el alma se va, pero siempre vuelve. Se pierde el cuerpo en el sueño, a menudo la cabeza o el corazón en el amor, pero el alma, insistías, el alma no. Decidiste que no sería un lugar en África ni en Asia, que esta vez en la ruleta saldría Escocia, y harías el trayecto por tierra. Ahora que todos tus proyectos estaban en el aire, eras tú el que no iba a despegar los pies del suelo.

Viaje a Escocia

Elegiste la isla de Skye, una tierra de la que me hablabas una o dos veces al año, y fueron más de treinta años frecuentando juntos los mismos barrios. Nunca pronunciaste la palabra obsesión, pero yo acabé por entender que lo era. Decidiste no seguir el orden lógico y ahorrar comodidades; por eso embarcaste en el ferry desde Mallaig a Armadale, no alquilaste ningún coche y usaste el transporte público. Hacía menos de doce horas que habías recorrido las seis horas en tren desde Edimburgo, y ya esperabas en la parada el primer autobús que debía llevarte a recorrer la isla en el sentido de las agujas del reloj; al parecer, el peor modo de visitarla. El mejor era en el sentido inverso, al contrario de las manecillas, saliendo de Kyleakin y siguiendo hacia el norte, después al oeste, más tarde al sur y por último, al este. Kyleakin, es la primera población que encuentras al entrar en la isla por Kyle of Lochalsh cruzando el Skye Bridge y, en coche, era la forma más rápida y cómoda, la que tú no ibas a seguir.

Cuando conversabas de aquel viaje, tus recuerdos llegaban desordenados y tu narración se convertía en una sucesión caótica de palabras que pasaban de la descripción a la más cruda enumeración de lugares, y sin el menor esfuerzo. Aquel lugar te impactaba en la cara, el rostro se te llenaba de arrugas móviles y las emociones iban desfilando o amontonándose sin ningún criterio fijo. Tu entusiasmo me hizo vislumbrar la belleza del lugar del que aún parecías no haber regresado.

Viaje a Escocia

Jamás te vi viajar con guías, pero siempre pensé que las habías ojeado todas antes de cualquier partida, porque siempre incluías datos subrayados mentalmente frente a las estanterías de una librería o de algún centro comercial concurrido. Por ti supe que la isla de Skye es la segunda más grande de Escocia, y la mayor y más septentrional de las Hébridas Interiores, y que si me decidía a viajar hasta allí, no me arrepentiría. Encontraría uno de los más tortuosos terrenos montañosos del país, valles salvajes y una naturaleza prodigiosa desplegada en una miríada de acuarelas, un suelo salpicado de senderos y antiguos castillos, pocos pueblos y una costa escarpada, esculpida a dentelladas. Un lugar de un encanto insólito con el que nunca habías dejado de soñar.

Viaje a EscociaDecías que en los perfiles de las colinas de Cuillin, o en las formas caprichosas de The Quiraing, uno podía prescindir de todo, incluso darle vacaciones a su propia alma. Pero tu relato empezaba en otros puntos de la isla, siempre buscando las líneas de agua, cargando con repelente de mosquitos y prendas impermeables para disfrutar la lluvia, las zonas húmedas y embarradas.

En el trayecto, te ibas parando por el rico legado de monumentos de la época de los clanes. Estuviste en el castillo Dunvegan, ligado a una leyenda de la Fairy Flag, una bandera de seda amarilla que fue donada por un hada al clan de los MacLeod, y con la que burlaron la derrota y los peligros; es el castillo habitado de manera continua más antiguo de Europa (antes del Brexit). Aunque mencionaste otros, hablabas sobre todo de las ruinas, de las piedras supervivientes, como tú te sentías.

Pero era la naturaleza lo que llenaba tu plática, te desviabas en algún punto y seguido para nombrar un puente de piedra en Sligachan, o las casas que moteaban el suelo ondulado, pero siempre, regresabas a las orillas, a las formas de las nubes y las rocas. Hablaste de una playa de coral de agua turquesa en Claigan, donde te sentaste nervioso porque un pensamiento que creías desaparecido, dio de pronto señales de vida. Decías, no era el lugar ni el momento; pero, por suerte, ante aquella soledad de tonalidades perfectas que habías encontrado en Skye, tus cavilaciones se rendían. Me repetiste varias veces que el paseo hasta el faro de Neist Point fue el mejor momento del viaje, allí pusiste en movimiento los brazos y pasaste horas recorriendo con las manos el horizonte y la alfombra de terciopelo verde que recubre el lugar. No viste ballenas, delfines ni cormoranes, pero sabías que estaban con regularidad por allí y que, tal vez, volverías.

Viaje a Escocia.Conociste las piscinas de las hadas, y entraste en la anhelada península de Trotternish; habías leído sobre su costa de basalto volcánico, las pronunciadas paredes de los acantilados y la piedra escarpada; pero, sobre todo, sabías de la ingente cantidad de rocas y cúspides que se asoman a la Staffin Bay; era The Quiraing. Al verlo, buscaste un bed & breakfast y decidiste que aquel era el lugar de las preguntas cortas y las respuestas más cortas todavía, un paisaje tan empático con la sinuosa vida humana que solo respondía con la verdad contenida en un sí o un no. Eras uno más, un viajero como tantos otros, que se fascina ante la columna con forma de hoja de unos cincuenta metros de altura conocida como Old Man of Storr, porque la belleza que se deja erosionar, logra ser más bella todavía.

Cuando te alejabas de ese extremo de la isla, estuviste durante varios minutos divisando la roca, viendo cómo se hacía pequeña, hasta ser una aguja que apunta al cielo. Te quedaba el Kilt Rock, ver el agua precipitándose al mar formando cascadas a las que tus ojos se pegaron como lapas, dos manchas que descendían hasta chocar contra las olas y, de nuevo, remontaban para volver a descender y volver a chocar. Así era la naturaleza y así también era, a menudo, el devenir de tus días.

Viaje a Escocia

De Staffin fuiste a Portree, siempre en transporte público, dejándote por el camino muchas horas en las que habrías podido hacer otras cosas, ver otros lugares, correr más deprisa, pero esa no era tu forma ni tu aventura, al menos, no ahora. Hacía tiempo que habías dejado ese ritmo para piernas más jóvenes, más fuertes o con más deseos que las tuyas. Estabas cerca de los cincuenta en un lugar que hubieras querido para tus veinte, con un retorno sanguíneo defectuoso y la vista cansada, pero no querías gafas ni siquiera de sol, respirabas más lento pero decías que observabas con más intensidad, que todas las edades tienen sus ventajas. Te quedaste en ese pequeño pueblo conocido como la capital de Skye, fotografiando como un turista más la hilera de casas de colores y deshaciéndote con lentitud de la soledad que te había acompañado por la isla de terciopelo, porque así la llamabas.

Viaje a Escocia.

De Portree se dice que es un buen punto de partida desde el que recorrer la isla, y tú decías que era el mejor punto de llegada. Alquilaste un coche y cruzaste el Skye Bridge, paraste en Conchra y en el castillo de Eilean Donan, porque siempre te despedías de los sitios que amaba,s pero no de las personas; frente a ellas, los sentimientos te hacían perder la jugada. Siempre me decías que tenía que ir a Escocia y, con una sonrisa rápida, hacías a tus manos sujetar una gaita visible solo para ti, y soplabas. Hoy estoy en el ferry hacia Armadale y, frente a mí, hay una mujer con una chaqueta de terciopelo verde, por eso sé que el viaje a Skye empieza bien, y que saldrá, como tú lo contaste.

Viaje a Escocia.

Texto de Belén Álvaro. Fotografías de Luis Gago.

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Comentarios sobre  Skye, la isla de terciopelo

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  • 09 de mayo de 2017 a las 17:44

    Genial su narración, un lugar que todo ser humano debiera conocer para valorar y amar más la naturaleza.
    Enhorabuena.

    Por Raón Álvaro de Pablos
  • 20 de septiembre de 2017 a las 16:13

    Como siempre disfruto mucho de vuestros artículos y fotos. Hay una delicadeza y cierta nostalgia que me gustan mucho. Pero – me sabe mal -, algunas de las bonitas fotos que presentáis tienen manchas del sensor, que se notan mucho, forzando a la mirada a colgarse de ellas. No se si se puede, pero igual vale la pena poner la versión sin manchas. Un cordial saludo.

    Por Xavier Arnau Bofarull