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Histórico noticias



Sobre igualdad y conflicto en Etiopía

En la frontera entre Etiopía y Sudán siguen viviendo grupos que se aferran a dinámicas de igualdad social como mecanismo de resistencia frente a la lógica hegemónica del estado moderno. Sin embargo, la base social de esa aparente igualdad es la subordinación de las mujeres.

22 de junio de 2015

Tal vez, hace unos años, al regresar de mi último viaje, habría dicho que acababa de regresar del fin del mundo. Me estaría refiriendo, claro, al fin del mundo occidental, euro-norteamericano, blanco, capitalista… A ese mundo al que quien él habita considera “el mundo”.  Cada lógica asociada a algún tipo de poder se coloca a sí misma en el lugar del universal y considera –lo que en parte es cierto por su imposición– que cualquier otra discurre también conforme a sus presupuestos. Así que las dinámicas que discurren en sus intersticios se ignoran u ocultan, además de ser valoradas como retrasadas, poco evolucionadas, como un estadio considerado como superado por quienes lideran la lógica hegemónica. Es lo que sucede con el patriarcado y con el capitalismo.

Viaje a Etiopía, África

Almudena Hernando.

Tenemos la tentación de pensar que esa lógica hegemónica ha teñido ya con sus colores todos los rincones del planeta, salvo algún remoto lugar donde aún quedan esos grupos que la Ilustración –y sus derivados actuales– considera(ba)n más cercanos a la naturaleza que a la cultura, al salvajismo que a la civilización, como la cuenca amazónica o algún remoto lugar de Papúa Nueva Guinea. Según el pensamiento ilustrado,  estos grupos se habrían quedado anclados en algún estadio de cultura que nuestra aventajada y tecnologizada cultura dio ya por superado hace tiempo, razón por la cual tiende a etiquetárselos de “primitivos”. Con ello, se les coloca en un tiempo pasado, reforzando la idea de que son semejantes a los que protagonizaron etapas muy remotas de nuestro propio pasado. Sin duda, se trata de una estrategia más para expropiarles un presente, un territorio o una historia que el discurso hegemónico mundial sólo considera legítimo atribuir a quienes resultan leales a su lógica y fieles a sus leyes de mercado.

En mi último viaje, como digo, he estado en uno de esos lugares que alguien podría considerar  el fin del mundo, pero que ahora sólo considero el comienzo de otro, de uno de tantos mundos que también existen en nuestro planeta, ajenos a la lógica hegemónica capitalista-globalizadora que nos parece universal. He estado con los Gumuz y los Datsin, en la región de Góndar del Norte, localizada en la frontera entre Etiopía y Sudán.

Etiopía es uno de los países más interesantes del mundo. Tiene 85 etnias/lenguas distintas, cuenta su tiempo con un calendario propio, mide sus horas con un horario propio, nunca pudo ser colonizado –aunque lo intentaron los italianos–, tiene una religión propia –cristianismo ortodoxo etíope– y es un país orgulloso donde no existe la corrupción que caracteriza a muchos de sus vecinos. Tiene también varios mundos dentro de sus fronteras.

Descender del altiplano donde se asientan lugares tan emblemáticos como Aksum o Lalibela, significa traspasar la frontera entre un mundo conocido –aunque tan particular como el etíope amhara– y otro desconocido. Significa otro clima –mucho más caliente–, otro paisaje –mucho más árido, sobre todo en la estación seca, de enero a mayo–, otras culturas, otra gente, otro color de piel, otra relación con el mundo.

 

Los Gumuz y los Datsin de Góndar

En la región del Noroeste de Góndar, en la frontera con Sudán, viven, entre otros grupos, los Gumuz y los Datsin, que fueron particularmente castigados por las razzias esclavistas durante toda su historia, hasta la década de 1940, bajo el gobierno de Haile Selassie. Su historia es un relato de desplazamientos a tierras cada vez peores, más calientes, más bajas y menos deseables, pero también es un relato de resistencia frente al amenazante mundo exterior. Los Gumuz y los Datsin optaron por la no-transformación como estrategia de resistencia (González Ruibal 2014). Lo que la Ilustración hubiera considerado evidencia del atraso y de la falta de madurez de un grupo humano es sólo una estrategia, la más eficaz quizá, para conseguir mantener vivo, física y culturalmente, al propio grupo frente a un orden exterior que siempre les trató como salvajes, animales, bestias de carga, objetos de explotación. A pesar de estar rodeados de otros grupos, ellos se resisten a la transformación, y en esto reside el secreto de su supervivencia. Y la clave de ese secreto es saber evitar las jerarquías sociales y la desigualdad de poder.

Los Gumuz y los Datsin son agricultores de azada que no quieren modificar su cultura para no desaparecer absorbidos por las culturas que les rodean, tan amenazantes siempre, tan seguras de su superioridad. Ambos grupos tienen tierras que ahora el Estado empieza a llenar de campesinos amhara, desplazados desde el altiplano para ocupar una franja de frontera que sigue resultando problemática y conflictiva. Los amhara cultivan con arado, produciendo cosechas mucho más rentables que las que aquéllos consiguen con sus pequeñas azadas y sus palos cavadores. De hecho, muchos de esos campesinos amhara cultivan tierras gumuz y les pagan una renta. Es decir, éstos conocen perfectamente el arado, pero no quieren adoptarlo. Ni tampoco buscan la riqueza que produce. Ni hacen ostentación de la que tienen, o expresan diferencias materiales entre sí. Eric Wolf (1975) habló de la “idealización de la pobreza” y del “encapsulamiento” de muchos grupos campesinos como mecanismo de supervivencia cultural. Entre los ideales de los Gumuz y los Datsin está el reparto, la reciprocidad, la no acumulación (González Ruibal 2014; González Núñez 2010). Nadie debe tener más que nadie para que el grupo permanezca unido, para que no haya diferencias que permitan abrir grietas en un tejido social que debe ser elástico y muy compacto para conseguir resistir. Sabemos además que la pobreza es un concepto relativo: no es pobre quien no tiene, sino quien necesita más de lo que tiene. Y tanto Gumuz como Datsin tienen todo lo que necesitan. No desean ni quieren más.

Viaje a Etiopía, África

Almudena Hernando.

Sus cabañas siguen siendo de materia exclusivamente vegetal, de planta circular, donde no caben las esquinas, las privacidades, las ocultaciones. Siguen fabricando su cerámica, sus altos recipientes de almacenamiento, de cocina o bebida. Su apariencia sigue siendo uniforme. A su color de piel, de un negro intenso y bellísimo, añaden telas y adornos de colores brillantes y hasta hace poco mantenían el torso desnudo, decorado con escarificaciones en espalda, brazos y mejillas en el caso de los Gumuz; con collares de mil cuentas en el caso de las mujeres Datsin. Estas estrategias les han servido hasta ahora para sobrevivir, para seguir siendo Gumuz y Datsin, para no desaparecer en la subordinación de otras etnias más poderosas, insertas en lógicas de explotación y desigualdad. La búsqueda de la igualdad y el rechazo a la jerarquización social les permiten escapar de la lógica dominante, de sus dinámicas de “progreso” y absorción.

Sin embargo, si una mira con una lente de mayor aumento, salta a la luz que esos mecanismos de igualdad y ausencia de acumulación que definen la principal estrategia de resistencia del grupo, contienen dentro de sí la misma dinámica de explotación, ocultación e invisibilización que a ellos les ha aplicado el orden hegemónico mundial. Porque los Gumuz y los Datsin sostienen su cultura frente al orden exterior no sólo a través del cultivo de azada, de las casas circulares o de cultura material tradicional, sino también a través de la subordinación de sus mujeres, que sirven de tejido y mimbres al orden tradicional que constituye el escudo de su resistencia.

 

Las relaciones de género de los Gumuz y los Datsin

Entre los Datsin los matrimonios se conciertan a través del sistema de dote, intercambiando ganado normalmente a cambio de la novia; mientras que entre los Gumuz se hace a través del intercambio de hermanas (González Núñez 2010: 131; González Ruibal 2014: 103). Ellos dicen que los Gumuz “no venden o compran a la gente, como hacen los Datsin”. En este sistema, la familia del novio tiene que proporcionar una mujer a la familia de la novia, que servirá de esposa a uno de los hombres de la familia. Es decir, las mujeres son utilizadas como monedas de cambio en la construcción de las redes sociales, sin que puedan tener opinión ni opción ninguna a discrepar, asumiendo su función en el “trueque” como parte fundamental del sostenimiento de las redes de alianza y las relaciones “igualitarias” de los Gumuz.

Viaje a Etiopía, África

Almudena Hernando.

Sin embargo, algo se empieza a mover en ese nivel hasta ahora oculto y silencioso de la sociedad gumuz. Una de las causas es que el Estado etíope comienza a interferir en sus costumbres, prohibiendo las escarificaciones y la desnudez (González Núñez 2010: 118), al igual que la ablación del clítoris, que al parecer practicaban hasta hace poco –y que se ignora, en realidad, si siguen practicando, porque al estar prohibido no lo reconocen abiertamente–. Por otro lado, algunos grupos gumuz empiezan a asistir –muy irregularmente– a escuelas impuestas por el estado, y ocasionalmente están entrando en contacto con misioneros católicos –como el Padre Juan González Núñez de los Misioneros Combonianos–, quienes relatan el aumento del número de suicidios entre las chicas jóvenes (Íbidem: 130). De hecho, en la aldea de Bahadit, tuve la ocasión de entrevistar a Halima Hadish, una curandera  gumuz a quien pregunté cuáles eran las enfermedades más comunes en su grupo. “Las enfermedades del estómago entre los hombres –me dijo–, y las espirituales entre las mujeres”. ¿En qué consisten las enfermedades espirituales? “Desánimo, tristeza, nervios…”.  ¿Y quién sufre más de ellas, las mujeres mayores o las jóvenes? “Las jóvenes, por supuesto”.

Viaje a Etiopía, África

Almudena Hernando.

Como en toda dinámica hegemónica, la subjetividad de las mujeres se ha construido siempre desde el propio discurso patriarcal, lo que les llevaba a aceptar como natural un orden de cosas en el que ellas tienen una posición subordinada. Sin embargo, esa naturalidad se está empezando a poner en cuestión como resultado del contacto con ese mundo exterior del que habían conseguido defenderse hasta ahora. Y las chicas jóvenes empiezan a somatizar el conflicto.

Resulta paradójico que los Gumuz y los Datsin hayan conseguido sobrevivir al poner en juego estrategias igualitarias frente al orden socioeconómico hegemónico, pero que, para hacerlo, activaran en sus dinámicas culturales internas el mismo tipo de desigualdad al que se resistían y frente al que se defendían. Es decir, para defenderse de una relación de subordinación con los de afuera, utilizaban una estrategia que contenía una subordinación dentro de sí: las de las mujeres a los hombres del grupo.

Resulta confuso pensar cuál será el desarrollo de esta historia, porque las mujeres solo podrán salir de su posición subordinada si el grupo acaba por ser afectado por las dinámicas hegemónicas del estado etíope, que no son otras que las de la lógica individualista occidental. Pero esto significará que los mecanismos de resistencia habrán sido vencidos por fin, y Gumuz y Datsin habrán pasado a ocupar esas posiciones subalternas que llevan toda su historia queriendo evitar, fundidos ya en el “único” mundo visible para el hemisferio norte. La igualdad dentro sólo puede asociarse a la subordinación –práctica, aunque no teórica– fuera y a la desaparición del grupo como tal. Difícil salida para un complicado dilema…

 

Bibliografía

González Núñez, J. (2010): Al Norte del Nilo Azul. El mundo de los Gumuz, un pueblo marginal de Etiopía. Editorial Mundo Negro, Madrid.

González Ruibal, A. (2014): An Archaeology of Resistance. Materiality and Time in an African Borderland. Rowman & Littlefield, New York.

Wolf, E. (1975): Los campesinos. Labor, Barcelona.

 

Nota final

Este viaje formó parte de un proyecto titulado Prospección arqueológica y etnoarqueológica en la región de Metema y Qwara (Amhara, Etiopía), financiado por la convocatoria de Arqueología en el Exterior (IPCE-Ministerio de Educación, Cultura y Deporte) y dirigido por Alfredo González-Ruibal.

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