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Sobre viaje, individualidad y género

Cuando hablamos de viajes lo hacemos de individualidad. Habría que esperar a la modernidad para que la mujer construyera su individualidad y empezara a viajar. Pero  las mujeres viajeras siguen siendo minoría, al ser mayores los obstáculos a los que se enfrentan.

31 de octubre de 2012

Resulta interesante observar cómo a través de la socialización, la educación o los medios de comunicación aprendemos a observar la realidad despojándola de  sus implicaciones más profundas y conflictivas. En general, la falta de sentido crítico en el que se nos entrena nos enseña a mirar sólo el aspecto más superficial de las cosas, su resultado final, sin preguntarnos por las condiciones que las hacen posible. Si comparáramos la realidad social a un iceberg, podríamos decir que la educación nos enseña a mirar sólo la parte brillante y aparentemente ligera que se desplaza por la superficie del mar, sin tener en cuenta  que es sólo una porción minúscula de una mole oscura y pesada sin la cual no podría sostenerse y desplazarse la que estamos viendo. Esto es lo que ocurre cuando hablamos de los viajes.

Amelia Earhart dando clases de aviación.Todos hablamos de viajes como si fuera irrelevante o casual quién es el viajero,  como si el viaje fuera una acción que sólo necesita describirse en sí misma, sin conectarla con el hecho de que exige un tipo particular de identidad, que ha caracterizado a los hombres, pero no a las mujeres, hasta llegar a la modernidad…, y como si este hecho fuera anecdótico o inocente. Hablamos de viajes como si habláramos de la salida y puesta del sol, de la maquinaria de una lavadora o de la fabricación de un forro polar, como si bastara describir la ruta seguida, el sistema de transporte utilizado, el equipaje acarreado o los encuentros que tuvieron lugar para entender su lógica y sus objetivos, sus condiciones y sus exigencias. Pero el viaje (y por supuesto, no me estoy refiriendo a los desplazamientos planificados y organizados por un tour-operador), como el iceberg, es sólo la expresión visible de todo un conjunto de dinámicas sociales complejas y en parte no reconocidas, sin las cuales no podría tener lugar.

Cuando nos referimos a un viaje (o al menos cuando yo me refiera a ello), solemos hacer alusión a un desplazamiento por el espacio que implica un alejamiento progresivo del orden lógico que nos constituyó como personas, de los vínculos familiares y sociales que nos atraviesan, de los códigos  que sabemos interpretar, los alimentos y bebidas que estamos acostumbrados y nos gusta ingerir, el cuidado del cuerpo que nos relaja y tranquiliza, el intercambio intelectual que nos reafirma, el nicho social que en nuestro grupo se nos reserva y donde se nos reconoce.  Cuando hablamos de viaje, hablamos de la capacidad subjetiva de asumir el riesgo de lo desconocido y, de hecho, del placer de hacerlo, de la capacidad de saber quiénes somos precisamente cuando nadie es como nosotros, de la inmersión en paisajes y espacios desconocidos, del contacto con gente nunca vista, de la inexistencia previa de vínculos afectivos… Cuando hablamos de viajes, estamos hablando de individualidad.

La individualidad es una forma de identidad que ha caracterizado a los hombres de forma progresiva a lo largo de nuestra historia, pero que sólo caracteriza a las mujeres desde la modernidad. De hecho, sólo en el siglo XVII el grado de individualidad de los hombres fue tan elevado, y el número de hombres que se caracterizaban por esa forma de identidad tan abundante, que el concepto de individuo se identificó con el de persona, lo que no había ocurrido hasta entonces en nuestro proceso histórico. Desde luego, existieron hombres particularmente individualizados (y por tanto, también existieron viajeros) en momentos anteriores, pero sólo en el siglo XVII la multiplicación de posiciones sociales y de funciones especializadas que caracterizaba al grupo se tradujo identitariamente en un elevado porcentaje social de hombres individualizados.

Chicas. Harar.  Etiopía

Foto: P. Rubio

La individualidad es una forma de identidad que sitúa en el Yo el núcleo de la persona, lo que podría considerarse una obviedad común a todo ser humano. Pero no lo es. Entre los hombres y las mujeres de los grupos cazadores-recolectores, por ejemplo, la persona sólo sabe quién es a través del cruce de relaciones sociales (soy el hijo de mi padre, el padre de mi hijo, el esposo de mi esposa, el sobrino de mi tío, …) y no a través de un Yo, que ellos no pueden concebir. En lugar de una identidad individualizada tienen lo que podría llamarse una identidad relacional. Este tipo de identidad, que caracteriza a todos los grupos cazadores-recolectores actuales, debió definir también a los que habitaron en nuestro pasado más remoto, aunque  poco a poco, a medida que fue aumentando la complejidad socio-económica de nuestro grupo y los hombres que ocupaban posiciones crecientemente diferenciadas se fueron individualizando, fue quedando relegada cada vez más a las mujeres, hasta llegar a ser identificada con la identidad de género femenina (soy la esposa de mi esposo y la madre de mis hijos).  En la identidad relacional, el viaje no es deseable y ni siquiera concebible, porque si se abandonan los vínculos sociales, la angustia que se genera por la pérdida de sentido del ser es tan inmensa, que llega a ser mayor que la que inspira la misma muerte. Guardo ejemplos variados de este hecho en relatos sobre grupos amazónicos, por ejemplo, o  de situaciones actuales en las que mujeres (no individualizadas o escasamente individualizadas) que son amenazadas por hombres violentos permanecen o vuelven con ellos arriesgándose a una muerte anunciada…

Mujeres viajeras. Sobre viaje, individualidad y género.En la identidad relacional, además, el eje principal de ordenación del mundo no es, como en la individualidad, el tiempo, sino el espacio. Téngase en cuenta que es el tipo de identidad que caracteriza a la mayor parte de las sociedades orales, sin escritura, que por tanto, no tienen mapas. Por eso tampoco se pueden abandonar los espacios conocidos, porque fuera de ellos el mundo resulta tan amenazador y caótico, desordenado y angustiante como lo sería para una persona individualizada no tener relatos sobre el pasado de su grupo o su origen genealógico. En la identidad relacional, por último, el cambio no se busca, y de hecho, se hacen todos los esfuerzos posibles porque no se produzca, o si se produce, por negar u olvidar que algo ha cambiado, porque en general caracteriza a la persona cuando ésta no tiene ningún grado de control tecnológico del mundo. En estas condiciones,  sólo la permanencia y la eterna repetición de lo mismo genera confianza en la propia capacidad para sobrevivir.

En la identidad relacional, en resumidas cuentas, el viaje no puede concebirse, ni desearse, ni actuarse. La experiencia de conocer espacios distintos, separarse de los vínculos conocidos, arriesgarse a experimentar constantes cambios sin sensación de angustia, y de saber quién es uno mismo a través de la idea de un Yo que permanece más allá de las redes sociales en las que se inserte, es la experiencia de la individualidad. Y esta forma de identidad, como decía, ha caracterizado a los hombres de manera progresiva en el mundo occidental, pero no a las mujeres.

La cuestión es que, en mi opinión, esta divergencia identitaria entre los hombres y las mujeres de nuestro proceso histórico no obedece a tendencias innatas, biologicismos o esencias de tipo alguno. Es resultado de un proceso histórico, no planificado ni consciente, en el que a medida que los hombres iban desarrollando la individualidad, depositaban en las mujeres la responsabilidad de garantizarles a ellos los vínculos afectivos y el sentido de pertenencia al grupo, sin los cuales no hubieran podido sentirse seguros.  El hecho, entonces, es que el viaje ha sido una actividad de hombres y no de mujeres en todas las etapas pre-modernas de nuestra historia porque sólo ellos iban construyendo una identidad individulalizada. Pero ellos sólo podían construir su individualidad a costa de frenar la de las mujeres, que seguían caracterizándose por una identidad relacional y, por tanto, no podían concebir, desear, ni afrontar subjetivamente un viaje.

El viaje ha sido una actividad de hombres y no de mujeres porque para ser viajero era necesario que las mujeres no fueran viajeras.  Si han existido mujeres viajeras antes de la modernidad es porque algunas de ellas, excepcionalmente, no se adecuaron a su identidad de género, y frente a todas las presiones sociales y por distintos motivos (normalmente relacionados con una procedencia social privilegiada), desarrollaron igualmente la individualidad.

Otra cosa sucede en la modernidad, momento a partir del cual las mujeres comenzamos a acceder de forma masiva a la lectura y la escritura, a la formación, a las funciones especializadas,… y a la individualidad. Sin duda ahora hay muchas más mujeres que viajan, exploran, se dedican al pensamiento abstracto o aspiran al poder (todo ello asociado a la individualidad). Sin embargo, un mero repaso a las cifras nos indicaría, seguramente, que a pesar de ello las mujeres seguimos en minoría en todos esos campos, lo que podría aducirse para invalidar mi argumento.

Lady Warren en su moto.La cuestión es compleja y, como siempre, simplificarla sólo conduce a impedir su comprensión, pero me arriesgaré a resumir en una frase la diferencia que, en mi opinión, sigue existiendo entre la individualidad de los hombres y de las mujeres en la modernidad: mientras una mayoría de hombres sigue depositando la responsabilidad de garantizar sus vínculos emocionales en mujeres con las que establecen relaciones de pareja complementarias y desiguales (ellos un poco más especializados en la razón y la individualidad y ellas en la emoción y la relación), las mujeres individualizadas carecen de ese complemento especializado en el vínculo y la emoción, porque los hombres no han sido socializados históricamente para cumplir esa función. Así que ellas, a pesar de individualizarse, no pueden abandonar la atención y la importancia que tienen que conceder a la construcción de sus propios vínculos emocionales y redes de pertenencia. Podríamos decir que, a diferencia de los hombres, ellas sólo pueden desarrollar la individualidad con la condición de no abandonar la identidad relacional, lo que obviamente introduce obstáculos a su condición de viajeras.

 Cuando hablamos de viajes lo hacemos como si nos estuviéramos refiriendo a un hecho objetivo, que se puede describir como si la realidad fuera la misma para todas las personas. Pero en realidad, no hay nada que refleje más la subjetividad y la identidad de una persona que entender el tipo y las características de los viajes que emprende.

Concepto de Viaje, mujeres viajeras

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Comentarios sobre  Sobre viaje, individualidad y género

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  • 11 de diciembre de 2012 a las 12:36

    No había leído tu artículo hasta este momento. Y bueno, quiero decirte que me ha interesado mucho tu tesis sobre la individualidad, género y viajes. Has puesto en claro y razonado con tus conocimientos algo que yo pensaba y sentía y no había conseguido explicar(me) adecuadamente. Gracias.

    Por Ana Puértolas
  • 18 de enero de 2013 a las 16:15

    Muchas gracias, Ana y perdona mi inmenso retraso en la respuesta. Te agradezco mucho tu comentario. Un abrazo, Almudena.

    Por Almudena Hernando
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