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Solo Richard Byrd y la Antártida

La tarea que Richard Byrd se impuso en la Antártida, leída a fecha de hoy, era una estupidez. Él mismo confiesa que era un hombre estúpido, que los meses que pasó allí solo, muerto de frío y de hambre, para llevar un registro de las condiciones climatológicas, no valían nada.

5 de marzo de 2018

La tarea que Richard Byrd (1888-1957) se impuso en la Antártida, leída a fecha de hoy, era una estupidez. Él mismo confiesa que se estaba dando cuenta de que era un hombre estúpido, perdido con una tarea estúpida, y que así es como sería juzgado. Fue a la Antártida como hombre de acción. Previamente había superado récords de aviación en una época en que los motores de los aviones se sujetaban con alambre y el fuselaje temblaba con la velocidad. Fue con intención de servir a la ciencia y se dio cuenta de que todo eso no valía nada, que era un reflejo en un espejo. Los meses que pasó en el campamento avanzado, solo, en condiciones invernales, muerto de frío, de hambre, tenían la justificación de mantener un registro de las condiciones climatológicas en el lugar más al sur que hasta la fecha se había vigilado. Estábamos en una época entre guerras, cuando el valor de una nación se medía por los desafíos que superaban sus héroes. Así era como se mantenía la mentalidad imperial y nacionalista, aunque en Estados Unidos, de donde Byrd venía, no hacía falta echar mucha leña al fuego para que este ardiera. Y lo hacía, también, en otros sentidos.

Tras narrar las jornadas de preparación de la base avanzada, hablarnos de sus compañeros de equipo, quienes pasarían el invierno acompañándose unos a otros y más al norte, con mejores condiciones, Byrd afronta las primeras semanas de una manera que nos sorprende. Uno espera encontrar a un narrador de la conquista polar en el que lo épico se impusiera. Pero Byrd resulta ser un hombre lírico, un hijo más de Thoreau. Más próximo a Muir que a Amundsen, a Annie Dillard que a Reinhold Messner. Y así saca partido a cualquier detalle, desde el cielo estrellado a la calidad de la nieve, para adentrarse en descripciones de un mundo bello que solo puede disfrutar alguien con su valor. Byrd pertenece a la estirpe de los aventureros para los que la libertad es un deseo patológico, de los que, como Theissiger en el desierto, estaban dispuestos a pasar por las pruebas más duras con tal de vivir la naturaleza de una forma salvaje, extrema y hermosa.

Solo Richard Byrd y la Antártida.

Y así se muestra reflexivo, introspectivo, sentimental, frente a lo que presuponemos que es un desafío contra el terror. La emoción que busca la define él mejor que nadie: a medio camino entre la paz y la euforia. Cualquiera que haya vivido una pequeña aventura en un viaje, en la montaña o en la naturaleza, sabe a qué se refiere. Mientras observa, se sabe parte del universo, es lírico y mantiene la cabeza en su sitio por el simple deseo de negarse a obsesionarse con la soledad, de negarse a que nada le perturbe. Hasta que un accidente, debido a una mala previsión, rompe la armonía sujeta con alfileres. A partir de ese momento, se impone la lucha y la debilidad para luchar. Deja de dormir y padece el frío. Apenas come, enferma y sabe que enfermar supone perder la paz interior. Siente que se ha podrido el alma y duda de sí mismo, de sus capacidades y de los motivos por los que seguir vivo. Se demora en exponer el episodio que dio pie a la supervivencia y que le obligará a abandonar la especulación sobre la soledad y la belleza de la soledad, a favor de la tenacidad animal de resistir. Y resiste.

Durante meses, aguanta contra el dolor de cada movimiento, viendo cómo su cuerpo se queda en los huesos, manteniendo un flaco hilo de comunicación con sus compañeros, apenas unos sonidos guturales en la radio, que le servirán de acicate para mantenerse a flote en un espacio cada día más comido por el hielo. Es la amistad lo que le rescata. Siempre será la amistad lo que nos rescate, no hace falta remitirse a un episodio infernal de una vida para saberlo. Byrd apunta que lo único que realmente importa es el cariño de la familia. Hombre afortunado por tener una familia normal, en la que el cariño se impone, allá, en su hogar, y por tener a una familia que le quiere en un campamento de la Antártida, del que le separan no mucha distancia, pero que en tractor apenas se puede recorrer a una velocidad de ocho kilómetros por hora. Pero un amigo nunca pierde la noción de lo que es querer y ser querido. A la postre, y con el homenaje que les rinde en las últimas páginas, eso es todo lo que tenemos. Y es mucho.

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