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Superar la tristeza

Una calle sin nombre es el viaje —literal y literario— en busca de un hogar que ya no existe, de las ruinas de un sistema demolido y de una identidad maltrecha por la huida y el exilio. La Bulgaria en la que la escritora Kapka Kassabova vivió su infancia, un lugar encantado a la par que maldito.

27 de octubre de 2020

Resiliencia supone descartar el vaso medio vacío, pero mantenerlo en la memoria para jamás olvidar de dónde venimos. Para superar la tristeza de un pasado en el que no pudimos apenas intervenir —porque la infancia es un refugio a la vez que un lugar en el que fuimos espectadores— hace falta mucha dosis de resiliencia, entendiéndola como arte.

Kapka Kassabova (Sofía, 1973) ejecuta en este libro, Una calle sin nombre, un ejercicio artístico que es terapia para ella, y una entrega de literatura extraordinaria para nosotros. Kassabova viaja dos veces a Bulgaria, la primera con la memoria y la segunda con el espíritu de la reconciliación flotando en los pulmones.

En la primera parte de la obra, nos ofrece una sesión de memoria en la que la educación sentimental pasa por no terminar de entender las emociones: la vida era gris, sí, pero la infancia es el paraíso donde habita el amor que no se hace preguntas. La relación que va haciendo de esa Sofía, la capital de Bulgaria, en época dictatorial —un adjetivo que no utiliza nunca— es una secuencia de las formas que adopta la decadencia: las afecciones humanas, las políticas o las económicas. La impresión que vamos teniendo es que Kassabova pasó la infancia en un desguace, enfrentándose a “los crueles deberes de la realidad”.

Libros de viaje. Bulgaria

Mira al pasado con amor, a pesar de la tristeza. Pero la tristeza no es lo mismo que la depresión: la depresión es la música de un violín desafinado, mientras que la tristeza es un adagio. Reconocemos una versión gris de la infelicidad, al mismo tiempo que se nos van mostrando grietas por las que entra la luz a través de los muros que acotan la infancia, la educación sentimental. En cierta medida, la educación que ha ido haciendo de ella una persona al margen.

Kassabova terminará por salir del país para dar con sus huesos en Nueva Zelanda. Desde allí, sintiéndose una persona con dos patrias o sin patria definida, regresará a Bulgaria para resolver el enigma acerca de qué fue de aquello que la formó en la infancia y que afectaba a toda la familia:

«Elegí ver la emigración y el nomadismo como una forma de escape, no como una pérdida. ¿No tener un hogar? Eso no supone ningún problema, el mundo entero es una ostra. “¿De dónde eres?”, preguntan. “¿Acaso importa?”, contesto. Pero sí importa.»

Lo normal es sentirse más vinculado al pasado que al presente. Pero esa duda transformará en alma el viaje que Kassabova emprenderá para encontrar cómo las raíces se han transformado en maleza o en árbol.

En la segunda parte, la crónica del viaje, escrita con un estilo muy elegante, los paisajes y las personas van cobrando más y más protagonismo. La autora elige ser testigo, ofrecer testimonio de un país que también está más vinculado al pasado que al presente, pero ya se ha ido tiñendo de otros colores. Ahora, en Sofía, junto a uno de los edificios que nos remiten un poco a lo siniestro, se ha construido un McDonald’s. Ahora, también, puede detenerse a contemplar el arte bizantino o a charlar sobre los viejos y los nuevos tiempos con los taxistas, con los turcos, con los aldeanos. Al tiempo que va reconociendo en qué se ha convertido el país, que navega con el ancla todavía sin terminar de elevarse, reconoce cuánto le debe a su formación el haber vivido. Puede que no se tratara de la infancia idílica a la que nos amarramos en tiempos de naufragio, pero pudo ser una infancia.

Pero, ¿cuál es la cualidad esencial que va descubriendo en la nueva Bulgaria? El tema del libro es el orgullo. Y este orgullo puede expresarse en algo que uno llamaría nación, si supiera cómo terminar de definir el concepto. Pero Kassabova ve el nacionalismo como una especie de broma, “las estrellas de la grandeza social imaginaria”, dice. Bulgaria es un sitio donde el capitalismo también va imponiendo su ley.

«Olvídate de todo ese rollo de libertad y perfección —murmulla Rado—. Esto es o beneficio o muerte.»

Bulgaria es un puente que han atravesado infinitas culturas, al tiempo que un lugar en el que la infancia de Kassabova ya no podría tener lugar. Es un lugar encantado a la par que maldito, y en esa tesitura, en esa dualidad, en ese trastorno bipolar es en el que se mueve la gran literatura que va desarrollándose a lo largo de la obra. El comentario que lo define es expresión de una mujer de la limpieza, una emigrante, una nómada contemporánea, en un hotel de Estambul, hablando de su marido:

«No sé, echa mucho de menos aquello, sus amigos, el pueblo. No se acaba de acostumbrar a esto… Dice que quiere jubilarse allí, en el mar Negro. Yo le digo que se olvide de Bulgaria, pero es muy testarudo. Dice que allí están todos los recuerdos

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