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Histórico noticias



Taj para cual… Taj Mahal

Cuando estamos ante el Taj Mahal estamos ante un edificio producto del abuso, el poder, las maniobras políticas y la venganza, unido al amor y al arte. Extraña mezcla que tal vez merezca ser considerada Patrimonio de la Humanidad. O al menos un listado de sus principales características…

17 de junio de 2019

Es un consenso indiscutible que es hermoso, y es también indiscutible que es uno de los principales lugares tópicos del turismo internacional. El Taj Mahal suele sufrir el mismo mal que todo aquello que se ha hecho popular. La ciudad de Machu Picchu, la plaza de San Marcos, Times Square, el casco antiguo de Dubrovnik, la ciudad histórica de Toledo… sin duda son bellos lugares. Y eso les mata. Nada resiste el turismo masivo. Puede con cualquier belleza. Y ya apenas hay temporadas bajas. Siempre queda el recurso de ir a esos lugares un día de invierno, de noche y lloviendo, como gustaba de ir a la playa la cinematográfica familia Adams… pero es un tanto radical esa solución.

Con el Taj Mahal de la India ocurre lo mismo. Al recinto se entra por una impresionante portalada que incluye una pequeña puerta de acceso que enmarca, de forma muy eficaz, el edificio situado al fondo de sus jardines. Ciertamente es muy bello desde el punto de vista arquitectónico; uno de los más hermosos ejemplos de la arquitectura mogol. Pero no el único. En Nueva Delhi, por ejemplo, el mausoleo de Safdarjung me parece más sobrio, elegante y bello, aunque no tan grandioso y solemne. Y mucho menos visitado. Lo malo es que su mantenimiento está muy abandonado por las autoridades indias.

El Taj Mahal es un lugar complejo y su realidad se sitúa mucho más allá de ser la imagen de fondo para una foto habitual de recién casados en viaje de novios. Su belleza la han glosado muchos escritores. No será necesario repetirlo. O tal vez elegir, entre todos esos textos, el de Rabindranah Tagore: “Una lágrima en la mejilla del tiempo”. No me queda claro si es una alabanza o una crítica. Lágrimas se pueden derramar por los más variados motivos.

Viaje a India

Rafel Manrique.

Decidido a abandonar el romanticismo que envuelve este monumento, me pregunté ¿El Taj Mahal es un monumento que simboliza lo amoroso como se suele afirmar? Y no, no me lo parece. No fundamentalmente. Propondré a continuación que ese mausoleo es el bello resultado de cuatro procesos contradictorios: un abuso sexual, una expresión de amor, una obra de arte y una maniobra política. Explosivo cóctel que era improbable que saliera bien. Pero el relato poético y turístico del edificio ha cerrado los análisis y visiones más complejos y ha primado un visión romántica y dulzona que lo presenta como la más alta expresión de amor. Eso atrae a grandes gentíos. Tengo la impresión de que es más importante el selfie que el edificio en sí. Es como si bastara constatar que existe.

Fue construido bajo el encargo del emperador mogol Shah Jahan en 1631 cuando en el parto de su decimocuarto hijo muere su mujer Arjumand Banu Begum, considerada, no sé si entonces o posteriormente, la primera dama de palacio. Su nombre oficial era Muntaz Mahal. Teniendo en cuenta que se casó muy pronto y murió joven, se pasó casi toda su vida embarazada y pariendo. No parece muy amoroso el entregar a una esposa amada a semejante y brutal destino, por lo demás compartido por tantas mujeres de las sociedades tradicionales. Cuenta la leyenda que, en el último suspiro, pidió a su marido que construyera un mausoleo en su memoria semejante al paraíso que ella había soñado y que fuera el más hermoso que el mundo hubiera visto. No fue la única petición. También solicitó al emperador que no se volviera a casar. Agonizaba de forma clarividente. ¿Qué pretendía la emperatriz con esas dos peticiones que ella no vería cumplidas? Tal vez una cierta venganza y compensación de la mala vida y el tremendo abuso que sobre su cuerpo se había ejercido. Sin embargo, aun siendo posible, no me parece explicación suficiente. Al pedirle al emperador que no se casara de nuevo estaba garantizando que sus hijos, y no los de otra futura emperatriz o concubina, subieran al trono. Una inteligente maniobra política y un cierto triunfo personal aun postmorten.

Pero ¿por qué lo aceptó el emperador? La visión almibarada para consumo turístico afirma que fue por su inmenso amor hacia su esposa. Disponía de formas más fáciles de amarla. La primera no someterla al obvio desgaste y peligro de estar en un embarazo perpetuo. Shah Jahan tuvo que intuir que haciéndolo mataba dos pájaros de un tiro (tres si contamos la muerte de ella). Una ventaja que tuvo que obtener es que ese edificio, magnífico y sorprendente, acentuaba su prestigio. Ese poder le permitió dominar el presente y ganar el futuro. Otra es que obtenía un aura de hombre sensible y amoroso. Adquiría con ello lo que Antonio Gramsci llamaría una hegemonía cultural. Y eso también es poder. Así que cuando estamos ante el Taj Mahal estamos ante un edificio producto del abuso, el poder, las maniobras políticas, la venganza, la manipulación unidas al sentimiento amoroso y el arte. Extraña mezcla. Tal vez eso merezca ser considerado como patrimonio de la humanidad. O al menos un listado de sus principales características.

¿Y el amor? En definitiva es un concepto abstracto e inasible y no podemos estar seguros de si su relación fue amorosa y el edificio un símbolo de ello. Lo que sí se puede es desconfiar de la pretensión de que un sentimiento y compromiso privado como el amoroso se pueda vivir en una gran institución matrimonial palaciega. Groucho Marx tenía razón al afirmar que eso solo podía ser bueno para quien desee vivir en grandes instituciones. En todo caso, como estamos definiendo cuatro grandes variables explicativas de este monumento, lo amoroso se llevaría, en una estadística ramplona, el veinticinco por ciento de su génesis.

Queda por mencionar el lado artístico de este gran complejo arquitectónico que incluye no solo el famoso mausoleo sino también otras dependencias como mezquitas y salas de oración y reunión. Se empezó a construir en 1631 y se finalizó en 1653. Al parecer, el arquitecto de la corte Ustad Ahmad Lahori fue el encargado de diseñar y dirigir las obras. Es fácil imaginar que trabajaron en él miles de obreros y artesanos y que se gastó una gran cantidad de dinero. A Shah Jahan eso le sobraba.

Naturalmente, su valoración depende de los gustos que se tenga y, como decía más arriba, seguramente hay obras aún más bellas y armoniosas en el mundo. Pero esta también lo es. Está construido con mármoles de variados tipos y colores. Es obvio que destacan los que tienen una blancura inverosímil. Lleva a pensar en las obras blancas de Kazimir Malevitch o, en otro registro, aquella habitación blanca del final del film de Stanley Kubrick 2001: Una odisea del espacio. Los mármoles ligeramente rosados le dan volumen y permiten que el edificio brille a todas las horas de día de forma diferente según el color del cielo y la hora solar. Sus proporciones tienen una armonía muy cuidada. No en vano estamos en tierra de matemáticos y geómetras, como muestra el maravilloso observatorio astronómico de Jaipur.

El edificio, subido sobre una plataforma, parece flotar como una especie de flor delicada, mística y etérea. Casi irreal desde la distancia. Los jardines, estanques y parterres están también perfectamente diseñados para que la mirada y el camino conduzcan al centro y final del terreno, ya cerca del río, que es donde se alza el mausoleo. Recorrerlo lenta y elegantemente, si el gentío no lo impide, es una experiencia inolvidable. Proporciona la serenidad que mucho del arte expresionista abstracto posee.

En el interior, las razones de su construcción, sean las que sean, parecen desvanecerse. Es muy sobrio y un tanto anodino. Tan solo la luz, al filtrarse por las elegantes celosías, consigue un cierto aire de recogimiento e intimidad. Estamos, no se olvide, en un mausoleo. Lo cierto es que el Taj Mahal no es un interior sino un exterior, una exhibición, una extravagancia delicada, un espectáculo. No deja de ser irónico y reconfortante que uno de los monumentos más representativos de India sea obra de un emperador de una dinastía que, en definitiva, la había invadido. Es la obra de un extranjero. En tiempos de auges nacionalistas, incluida India, y xenofobia, aporta una remota esperanza. Incluso su estilo da que pensar. Es mestizo. Hay en él elementos de arte islámico, mogol, persa e incluso europeo en su regularidad y simetría.

El Taj Mahal es sin duda un mensaje de poder, de amor, de arte y de queja. Al marcharme, pensaba: ¿querría yo, y de paso querría usted, que sus pasiones, amores y decepciones, fueran un monumento visitable?

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