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Tavan Bogd. La última frontera kazaja

Por Domitila Barbolla Mate. Cuenta una leyenda de las montañas de Altai que la música que emana de un dombra tendrá su propia alma si un trovador lo talla con la madera de un cedro atravesado por un rayo. Historia de una terra incognita en los confines de Mongolia.

10 de octubre de 2016

Cuenta una leyenda de las montañas doradas del Altai que la música que emana de las cuerdas de un dombra tendrá su propia alma si un kaichi, un trovador, lo talla con la madera de un cedro atravesado por un rayo. Pero, incluso para estos guardianes de las kai, para estos narradores de las tradiciones culturales, encontrarse con este árbol es tropezarse con un tesoro sólo al alcance de aquellos que se comunican con los noventa y nueve espíritus que moran en las cumbres del Tavan Bogd.

Enclavado en el corazón de Asia Central, el Parque Nacional del Tavan Bogd, también llamado los Cinco Reyes, es un espectáculo de belleza callada, un vasto territorio de tierra gris, roja, verde y blanca, de cielos azules y atardeceres rojos y naranjas, lagos de plata, morada de dioses donde habita el legendario onza o leopardo de las nieves, tierra salvaje de camellos, caballos, lobos y águilas. Un paisaje grandioso de montañas milenarias y solitarias, cimas coronadas de nieve y hielos perpetuos, torres de piedra atadas por el manto blanco de eternos glaciares. Estos Cinco Reyes, el  Khüiten, Nairamdal, Bürgel, Malchin y Olgii, caminan hacia las entrañas del macizo del Altai y desde su trono presiden la infranqueable frontera entre Rusia, China, Mongolia y Kazajstán.

Desde el siglo XIII, con la caída del Imperio Mongol de Gengis Kan, llamado emperador de todos los hombres, esta terra incognita se convirtió en una feroz pugna de poder entre Rusia y China. Los Cosacos por el Norte y los Manchuria por el Sur devoraron la planicie tártara; se trataba de anexionarse territorios, explorar fronteras, marcar límites y trazar mapas que legitimaran sus afanes imperialistas ante Occidente; en definitiva, hacerse con el control de la encrucijada comercial de la Ruta de la Seda en Asia Central.

“Las fronteras son el filo de la navaja del que pende la guerra y la paz y la vida de las naciones”, declaró en 1907 Lord Curzon en una conferencia en Oxford.

En medio de estos dos enemigos históricos ardían las cenizas del que fuera el mayor imperio de la historia. El pueblo mongol se negaba a desaparecer. Así, en 1924, después de la revolución bolchevique, un guerrero llamado Sukhbator, con la ayuda del ejército de Lenin, se hace con el control institucional del país. Sin muchas alharacas, nace la República Popular de Mongolia. Como primer paso a su independencia rebautizaron el nombre de la capital, desde entonces Ulán Bator, héroe rojo. No sin pagar tributo, el segundo estado comunista del mundo se convirtió de facto en una república encubierta de la Unión de Repúblicas Socialista Soviética (URSS). No sería hasta su desmembramiento en 1991 cuando rompería todas sus ataduras y cambiaría el nombre al de Mongolia.

Parecía que todo andaba como la seda, pero aún quedaba por zanjar la frontera del Tavan Bogd. El Protocolo que puso fin a los litigios de este vértice de tierra entre China, Rusia y Mongolia se firmó en Beijing en Junio de 1996; sin embargo, la República de  Kazajstán quedaba separada de Mongolia por una estrecha línea de apenas una treintena de kilómetros; dos puntos de tierra en el universo asiático que se buscaban pero sin llegarse a tocar. En este laberinto estratégico de ambiciones políticas, al Este quedaban los kazajos de Kazajstán y al Oeste los kazajos de Mongolia, dos amantes que se miran pero no se logran rozar. Intereses geopolíticos impuestos por Moscú y Beijing trazaron una frontera imaginaria defendida por el ejército rojo de Rusia al Norte y por el ejército rojo de China al Sur.

Montañas de Altai

Martin V. Morris, Flickr.

En este laberinto de caminos, en el reino del Tavan Bogd, aquí, enclavada en su propia tierra, se encuentra la aimag más occidental de Mongolia, la provincia de Bayan Olgii, para nosotros Cuna Rica, un territorio ignoto, una nación interior nómada kazaja; un pueblo heredero de una turbulenta historia de pastores que les ha empujado a cruzar estas montañas una y otra vez, en unas ocasiones, huyendo de las guerras tribales que asolaban su tierra, en otras, buscando pasto fresco para su ganado.

Los kazajos, ciudadanos mongoles desde 1924, encerrados en su propio caparazón cultural, viven pero no conviven con las otras dos etnias muy minoritarias de la región, los mongoles y los tuvanos, estos últimos nostálgicos de la madre patria, la República de Tannu Tuva, una República al otro lado de los Altai que soñaba con tener su propia jurisdicción alejada de Rusia pero que en última instancia Moscú no les permitió volar. Quedó patente lo manifestado años antes por Sergei Witte:

“Desde las orillas del Pacífico y las cumbres del Himalaya, Rusia dominaría no sólo los asuntos de Asia sino de Europa”.

Viajar a la aimag de Bayan Olgii es para los propios mongoles visitar un país extranjero. Aquí, en los confines de Mongolia, donde la vida es dura y el terreno implacable, los kazajos han hecho de esta tierra yerma un oasis de libertad. Moldeados por una cultura musulmana y animista, este pueblo nómada amante del viento, del galopar de los caballos, de cazar con águilas, de pastorear sus rebaños, ha aprendido a vivir a merced de la naturaleza. Estos hombres y mujeres de tez tostada, ojos almendrados y sonrisa permanente se han mantenido desde tiempos inmemorable s como guardianes de las costumbres de sus antepasados. Este pueblo tremendamente generoso y hospitalario sabe que vivir en estas montañas y en este desahitado silencio es caminar de la mano con la muerte. Aún así, en la tierra del eterno cielo azul, estos hombres y mujeres que no han aprendido a decir adiós seguirán aferrándose a la vida, y en la penumbra de la noche, en la soledad de su ger, se descolgará de la pared una dombra, y en el calor de la yurta sonará una canción triste y delicada, mientras a lo lejos su sonido se fundirá con los espíritus de las montañas del Tavan Bogd.

 

Domitila Barbolla Mate

De formación académica licenciada en Derecho por la Universidad de Alcalá, apasionda de los viajes, de la lectura, de la música, de la historia, de la montaña, del campo… De infinita curiosidad, agradecida de caminar por la vida con mi gente, que me quiere y a la que adoro.

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