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Teoría del desconchón: La Alfama lisboeta

La Alfama es uno de los barrios más antiguos y típicos de Lisboa. Fachadas carcomidas, paredes sucias, cerámicas descoloridas… Cuestas, callejuelas, fisuras y grietas que nos hablan del desasosiego como lo hace Fernando Pessoa en sus versos.

20 de junio de 2013

Un desconchón es tiempo en forma sólida. Eso no lo hace obligatoriamente hermoso. Para que lo sea ha de darse o estar en una situación determinada, en un ambiente. Ha de conectarse con lo que le rodea de una  forma tan armónica  que produzca significados capaces de emocionarnos. Ha de hablar de una historia sin revelárnosla. Un desconchón no es un libro ni tiene que ser pedagógico. Ha de ser una llamada. No, no en todos los sitios es hermoso, pero sí en el barrio de la Alfama de Lisboa, el más antiguo, el visigodo, el romano, el árabe, judío…, tal vez el más original de la ciudad y de personalidad más cautivadora.

Desconchones de La Alfama, Lisboa.

Rafael Manrique.

En los últimos años, Lisboa ha mejorado mucho su aspecto, especialmente el Chiado después del incendio de 1988. También lo ha hecho el barrio de Alfama, este sencillo y hermoso barrio a las faldas del castillo de San Jorge, en una de las colinas de la ciudad, verdadero mirador escalonado y laberíntico hacia el Tajo y el Atlántico, conservando, sin embargo, todo lo que lo hace único.

No han cambiado los tranvías. El 12 y el 28 siguen trepando y descendiendo de forma intemporal e imposible por callejuelas estrechas y retorcidas –os becos– y por sus cuestas. Tampoco los desconchones que, con la ropa tendida, las flores, los colores semiperdidos de sus paredes, las antenas que lo cruzan y atraviesan por el aire, alguna que otra montaña o manojo de basura sin recoger en las esquinas, construyen un paisaje que no sólo transporta a Lisboa, sino también a Pessoa, a la angustia, al desasosiego, a los terremotos, a las huellas imborrables del paso de los años, a la decadencia y ruina y a la voluntad de vida, a los vientos alisios, al fado, a la noche y a la madrugada, al gran océano de culturas, a América…

Desconchones de La Alfama, Lisboa.

Rafael Manrique.

El desconchón expresa un tiempo melancólico. Aquel que nos permite la dulce sensación de echar de menos lo que nunca tuvimos. Esa contradicción, un poco loca y, al tiempo, seductora, perturbadora, nos captura la mirada y la fija en las  viejas paredes de las calles que suben al castillo o  en los azulejos que van cayéndose sin volverse a levantar en el mirador de Santa Lucía.

Un desconchón encierra tiempo, pero eso no lo haría demasiado interesante si no encerrara con él la destrucción y la belleza formal. Cuando lo observamos en una casa, en un palacio, nos dice lo que afirmaba Neruda de sí mismo: “Confieso que he vivido”. Aquí han pasado cosas. Es una belleza, una vida ajada por el tiempo. La que todos tenemos. Nada puede haber más deprimente que entregar a la muerte un cadáver joven, bello, sano, conservado, no desgastado.

Las ciudades, los edificios rehabilitados, con frecuencia nos alejan de ellos, nos empequeñecen. Ver una catedral tan limpia y reluciente que parece que la hayan construido ayer empleados de Exin Castillos es desasosegante, decepcionante también. Como lo son esos rostros hinchados de productos químico-estéticos que intentan disimular la edad y alisar el tiempo convertidos en patéticas máscaras.

Por el contrario, estas casas y calles de la Alfama conservan las revueltas, los terremotos, las estaciones, la humedad y la decadencia dibujados en sus fachadas. No son una casa de protección oficial o un palacio de nuevo rico. La vida y el tiempo tienen que dejar huella.  O no son vida, o no son tiempo.

Desconchones de La Alfama, Lisboa.

Rafael Manrique.

Al pasear por sus calles o al entrar en las iglesias del barrio, los desconchones desnudan, ponen al descubierto, lo que hay debajo de lo que vemos. La trama que sostiene el edifico, la base que le permite mostrarse como quiere ser, aunque no lo consiga del todo, como nos ocurre a nosotros.

En el siglo pasado, el arte imitó los desconchones. Desde los constructivistas al arte povera, pasando por Klein, Tapies o Barceló, muchos artistas los utilizaron. Lo bueno que tuvo su plagio fue que nos enseñó a mirar de otra forma este barrio de la Alfama, sus rúas, calles, callejones, plazas, fuentes, travesías, por las que se escucha la música de los fados. Una música que también habla de desconchones, esta vez de los del alma, de los que deja el amor, la memoria que quiere olvidar, como dicen los poetas, sin conseguirlo.

Desconchones de La Alfama, Lisboa.

Rafael Manrique.

Desconchones cargados de historia, pero también subjetivos y singulares. Diferentes unos de otros. Se posan en la retina de los que allí viven y los convierten en personales, en propios, en algo que habla de ellos mismos. Tal vez por eso la Alfama es tan querida por los habitantes de Lisboa. Un barrio árabe, judío y portugués con una belleza mixta que tiene sentido. Pero ese deterioro no ocurre  fuera de aquí de la misma manera. Ni siquiera en el resto de Lisboa.

En otros lugares, los desconchones son signo de decadencia o ruina, sin belleza, despersonalizados, signo del abandono. Hay ciudades que no los admitirían nunca. Sin embargo, nadie vendría a una Alfama rehabilitada con puestos de recuerdos en lugar de tiendas de ropa pasada de moda, anticuarios, siniestros locales de fados, algún pequeño bar de diseño que muestra su diferencia y modernidad, ropa tendida en  las ventanas y balcones, un enjambre con un poco de todo lo humano, con dulzura y con amargura inevitable: esto es la Alfama.

Los desconchones de las paredes son un bálsamo para los desconchones del alma. Se siente uno acompañado, menos solo en sus pesares y tristezas. Solidario: un surco más en la tierra. Son los que rodó Win Wenders en su película sobre Lisboa, en 1994. Los provocó lentamente el paso del tiempo o un terremoto abrupto, lo mismo que nos ocurre a los seres humanos.

“Imágenes que pasáis por la retina

De mis ojos, ¿por qué no os detenéis?

Pues pasáis como el agua cristalina

Por una fuente para nunca más.”

 Camilo Pessanha

la alfama, viaje a lisboa

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