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Histórico noticias



Thoreau y Dickinson: el bosque interior

Son muchos los norteamericanos que han convertido la cabaña de H. D. Thoreau en un lugar de peregrinación. Cerca del lago Walden, en Massachussets, el escritor pretendía alejarse de la sociedad y vivir en la naturaleza. ¿Podría haber tenido su cabaña en el bosque una mujer?

28 de enero de 2014

Thoreau y la vida en los bosques: Una reflexión desde la perspectiva de género.

En octubre pasado cumplí otro de mis deseos largamente incubados: conocer el otoño en Nueva Inglaterra. Gracias a la generosidad de Ricardo y Lynn, pude pasar un par de semanas en una cabaña de madera al borde de un lago (el precioso lago Kezar) en el estado de Maine. Cada hora del día era distinta, cada amanecer dibujaba un paisaje diferente, cada atardecer una luminosidad nueva. Era el mismo lago, pero no lo era, cada día. Si el día abría con brumas, las primeras horas de la mañana parecían suspendidas en un relato inventado, ajeno al suelo, fuera de la realidad. Si abría claro y radiante, el lago se te ofrecía con el esplendor y el atractivo del que sólo pide que lo miren, que lo atiendan, ofreciendo tantos matices a la mirada que parecía no bastar el más prolongado tiempo de contemplación.

Lago Kezar en día soleado.

Almudena Hernando.

Entiendo el placer que puede producir vivir a la orilla de un lago en Nueva Inglaterra, pero también la dificultad que entraña permanecer allí de forma continuada durante un tiempo prolongado. La naturaleza es tan protagonista de la vivencia que los ritmos cambian, las conexiones con el mundo de procedencia desaparecen, las rutinas se transforman y reducen, el consumo se limita, las conversaciones desaparecen.

Almudena Hernando

Tal vez por eso, Henry David Thoreau (1817-1862) dejó un testimonio en cierta manera contradictorio, en mi opinión, sobre su vida en los bosques. El 4 de julio de 1845, comenzó a construirse una pequeña cabaña en el bosque cercano a su pueblo, Concord, en el Estado de Massachussetts (Nueva Inglaterra también), en donde habría de habitar hasta el 6 de septiembre de 1867, dos años después. Eligió un emplazamiento muy cercano (aunque no en el orilla) del lago Walden y, como resultado de su experiencia, escribió una obra, Walden. La vida en los bosques, publicada en 1854, que lo convirtió en uno de los padres de la literatura norteamericana y en el líder del movimiento trascendentalista americano. Pero no sólo: Thoreau es además considerado un modelo de pensamiento y vida para todos los americanos, que han convertido su cabaña en un lugar de peregrinación, imprescindible para todo quien se acerque a esta hermosa zona de los Estados Unidos.

Thoreau quería recuperar la vida auténtica, aquella que debe enfrentarse y saber convivir con la naturaleza, sabiendo aprovechar de ella todo lo que nos puede ofrecer. Conseguía su propio alimento, fabricaba con sus recursos la cabaña y desdeñaba profundamente los excesos materiales en los que vivía la sociedad del momento. Como parte de toda esta filosofía, fue un abolicionista convencido, que defendió el derecho a la desobediencia civil, arriesgándose incluso a ingresar en prisión por negarse a pagar impuestos, debido a su oposición a la guerra contra México y a la esclavitud, lo que le hizo merecedor de la admiración de personajes de la talla de Leon Tolstoy, Mohandas Gandhi o Martin Luther King.

Según nos informa uno de los prologuistas de su obra, Leandro Wolfson, David Thoreau nunca se casó, vivió solo, nunca fue a la iglesia y no votó. Era extremadamente exigente consigo mismo y con los demás, “tenía una afición rayana con el desdén por los gustos, maneras y aficiones europeas, y en especial por los ingleses”, y “le impacientaban las limitaciones de nuestro trillado pensamiento consuetudinario”. De hecho, el mismo Thoreau reconoce en Walden que fue a los bosques para comprobar lo que la propia vida tenía que enseñarle, ya que jamás había recibido ningún conocimiento de utilidad por parte de sus mayores.

A pesar de semejante arrogancia y deseo expreso de aislamiento, Thoreau agradecía y atendía a las visitas que constantemente le llegaban de su pueblo, a apenas 2 km de distancia, convertida su cabaña, ya durante el tiempo que él la habitaba, en un destino de peregrinación. Nos dice en Walden: “En mi casa había tres sillas: una para la soledad, dos para la amistad, tres para la sociedad”. Cuando le llegaban más visitantes, hasta 25 ó 30, entonces se quedaban de pie para escuchar sus experiencias y sus consejos, siempre destinados a evidenciar la absurda y estéril vida de las ciudades y las excelencias de la naturaleza.

No cabe duda de que Walden demuestra la extrema sensibilidad de su autor y constituye una lectura imprescindible sobre la vida en la naturaleza. Pero decía que, en mi opinión, hay algo de contradictorio entre la vida y la obra de Thoreau, porque parece llamativo que un hombre tan desdeñoso con la vida urbana y social se dejara, sin embargo, admirar, agasajar y reconocer de esa manera por aquellos cuyas vidas despreciaba. Y me temo que, de nuevo, esta contradicción no resulta ajena la cuestión del género.

Cabaña de Thoreau y escultura del escritor.

Almudena Hernando.

No es posible vivir en aislamiento. Aprendemos a andar, hablar, pensar, escribir, a través de la comunicación con personas. Aprendemos a ser como son los de nuestro grupo a través del contacto con los demás. Reproducimos el acento del idioma que nos caracteriza, las posturas corporales que nos identifican como pertenecientes al grupo, el tipo de pensamiento y el conocimiento que tenemos sobre el mundo, a través del contacto con las personas. Pensar que nuestros mayores no nos enseñaron nada, y que el único conocimiento que merece la pena transmitirse es el que nosotros transmitimos a los demás representa tal grado de arrogancia y falta de sentido de la realidad, que no puede explicarse si no es por algún mecanismo psicológico que tiene que ver con el modo en que algunos hombres han construido la idea de quiénes son a lo largo de la historia.

Decía Louis Dumont (1987), especialista en India, que existen dos tipos de individuos: los individuos-dentro-del mundo y los individuos-fuera-del mundo. Los primeros son aquellos que se sienten distintos de los demás porque hacen cosas distintas, tienen distintas trayectorias de vida, distintas profesiones, etc. Se trataría de lo que normalmente entendemos por individuos, un tipo de identidad que fue aumentando en Europa a medida que la gente tenía trabajos y especializaciones distintas, y, en consecuencia, trayectorias vitales diferentes. Los segundos serían, sin embargo, aquellos que consiguen tener esta misma sensación de diferencia y de autonomía no a través de trabajos o funciones distintas, sino escapándose y alejándose de su sociedad. Dumont se refería a los sacerdotes y gurúes de India, los que se aíslan en una cueva o en un ashram. Pues bien, la condición para que este segundo tipo de individualidad se pueda construir sin que la persona se sienta completamente impotente y desasistida por haber prescindido precisamente de esos vínculos sociales que le dan seguridad (una familia, unos hijos, unos amigos, unos colegas) es identificarse con la divinidad. Sentir que ellos están más cerca que los demás de la fuente principal de sentido en sus vidas. Gracias a esta relación, que no es otra cosa que una relación emocional de enorme intensidad, pueden sentir que no necesitan a nadie y mantener una vida en aislamiento social.

En mi opinión, esta salida identitaria aparece en contextos de mucha opresión social, cuando las personas se sienten atrapadas por las redes sociales en las que viven. Es lo que creo que ocurrió con las mujeres durante el Renacimiento, caracterizado por el surgimiento de un movimiento místico de enorme importancia porque los conventos (el aislamiento de la sociedad) era el único lugar en donde se les permitía desarrollar una individualidad que sus compañeros masculinos podían desarrollar dentro del mundo, pero que a ellas no les estaba permitida.

Aparentemente no es éste el caso de Thoreau. No sabemos (al menos yo no sé) nada de su infancia, más allá de que nació en una familia modesta y se graduó en Harvard en 1837. Lo que parece cierto es que los vínculos personales le debían producir sensación de ahogo, dado que nunca se casó ni tuvo hijos ni perteneció a movimiento alguno (que no fueran los que él lideraba). Y que creía encontrar fuera de la sociedad un mayor nivel de bienestar que el que sentía dentro de ella. Pero no puedo evitar que algo en él me recuerde a esos gurúes de los que habla Dumont. Tal vez sea la actitud mesiánica con la que parecía transmitir las bondades excelsas de la naturaleza frente a la mediocre y despreciable realidad social, o tal vez el arrobo con el que se le acercaban sus convecinos y paisanos. Pero, si tiene algo de individuo-fuera-del mundo, entonces debe haber sido porque en su fuero interno, en unas capas tan profundas de su subjetividad que tal vez ni siquiera fueran conscientes para él, debía sentirse más cerca de dios –léase de la verdad, de lo auténtico, de la fuente de sentido– que los demás mortales. Y esta identificación sólo ha sido permitida a hombres-dentro-de-la-sociedad. No creo que sea posible pensar en una mujer en el lugar de Thoreau. Lejos de admirarla y convertirla en una figura reconocida por toda la nación, la habrían tachado de loca, y ni su obra, ni su lucha habrían merecido la atención, devoción y respeto que merece la de Thoreau.

 

La cabaña en el lago de Emily Dickinson

Recuérdese, sin ir más lejos, que contemporáneas y paisanas de Thoreau fueron Louisa May Alcott (1832-1888), hija de un transcendentalista seguidor de Thoreau y nacida, como él, en Concord, y Emily Dickinson (1830-1886), que vivía en Amherst, a 75 km de allí. Las casas donde ambas vivieron pueden, como la cabaña de Thoreau, visitarse en la actualidad y de hecho constituyen un recorrido interesante en Massachussetts.

Pues bien, la primera de ellas consiguió cierto prestigio con su novela Mujercitas, que justamente representa valores opuestos a los de Walden. Recogiendo parte de su propia autobiografía, Alcott dedicaba sus novelas, dirigidas a un público juvenil (y no adulto), a reflejar una vida familiar y social regida por el optimismo, la alegría, el amor, la generosidad y la paz, rasgos todos ellos que, al parecer, adornaban su propio carácter. No obtuvo ni de lejos el reconocimiento que mereció Thoreau, pero sí cierta fama que no sorprende por la intención moralizante de sus escritos y porque transmitía a las jóvenes con ciertos deseos de independencia un modelo muy conveniente para los hombres y la sociedad del momento.

Casa de Emily Dickinson.Emily Dickinson, por su parte, al igual que Thoreau, sí rechazó a su sociedad, pero a diferencia de él, y de forma coherente, se mantuvo alejada de ella toda su vida, lo que la llevó a vivir en el anonimato más absoluto hasta el mismo día de su muerte. Se dedicó a escribir poemas que nunca quiso publicar, y que sólo tras su fallecimiento, su hermana Lavinia (Vinnie) daría a conocer. Recuérdese que mientras su hermano mayor (y único varón de la familia) asistió a la universidad de Harvard (igual que Thoreau), ella tuvo que contentarse con asistir a la escuela del pueblo (en la que sólo 2 años antes habían comenzado a admitir mujeres) y a un Seminario para señoritas donde completaron su formación superior y religiosa con la esperanza (frustrada) de que se convirtiera en una misionera en el extranjero. A medida que avanzaba su vida se iba recluyendo más y más en la casa de sus padres hasta negarse a salir de su habitación en los últimos 3 años de su vida. Su hermana Vinnie, que le  profesaba  devoción, optó por dedicar la suya a cuidar a su frágil hermana y a sus padres, representando el modelo femenino por antonomasia, dedicado a cuidar y a satisfacer los deseos y necesidades de los demás.

Alcott idealizó a su sociedad y se dirigió a los jóvenes (no a los adultos, para los que hacía falta un tipo de pensamiento de otra índole) y fue aplaudida y publicada. Dickinson se escondía de su sociedad y se refugió en ella misma, porque no era posible para una mujer explicar el tipo de miedos o rechazos que la sociedad le provocaba. Thoreau, en cambio, rechazó a su sociedad con desprecio y soberbia y, lejos de apartarse de ella, o de auto-excluirse, publicó abiertamente sus razones, sintiendo y transmitiendo que era la sociedad, y no él, quien tenía algún problema. Y lejos de considerarle un inadaptado social o alguien problemático, la sociedad a la que despreciaba le consideró un prócer de la nación.

Parece claro que hombres y mujeres no han jugado con las mismas cartas el juego de relación con su sociedad. También aquí los hombres han ocupado siempre el lugar del privilegio.

 

Bibliografía:

Dumont, L. (1987): Ensayos sobre el individualismo. Alianza Editorial, Madrid.

Thoureau, Henry David. Walden.

Poemas de Emily Dickinson

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  • 28 de enero de 2014 a las 15:27

    Está claro que los hombres han tenido siempre una relación diferente con la sociedad en la que les ha tocado vivir… Por eso los reformistas religiosos, por ejemplo, fueron varones… A las mujeres les hubiera pasado, como a muchas les pasó en realidad, lo que apunta la autora del artículo: que fueron perseguidas, tachadas de locas o brujas y acalladas… Quizá la reflexión no haya que hacerla sólo echando la vista atrás, si no contemporizándola, porque todavía hoy existen cartas distintas en función del género e interpretaciones opuestas según si el protagonista de unos hechos o de una actitud es hombre o mujer… Aunque no como hace décadas o centurias, por supuesto.

    Por Viajes de Primera
  • 03 de febrero de 2014 a las 8:49

    Gracias Almudena y @LineaHorizonte por acercarnos a lugares ya imposibles.

    Por Nrr
  • 03 de febrero de 2014 a las 18:12

    Gracias, Almudena, por acercarnos a esa realidad de una manera tan lúcida. Y gracias a La linea del Horizonte por crear este espacio.

    Por fatima
  • 03 de febrero de 2014 a las 20:49

    Como admirador de Thoreau y de sus ideas me ha encantado tu relato, tienes toda la razón.
    Muchas gracias por tus increíbles palabras.

    Por Iván