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“Las bibliotecas encierran medicinas para el alma, como las farmacias para el cuerpo”. Máxima egipcia.
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Eva en los mundos

Escritoras y cronistas

RICARDO MARTINEZ LLORCA

Editorial: LA LINEA DEL HORIZONTE EDICIONES
Lugar: ESPAÑA
Año: 0
Páginas: 188
Idioma: CASTELLANO
Encuadernación: Tapa blanda bolsillo

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Es tiempo de tormentas y sobre ellas han escrito, y lo hacen hoy, mujeres de un talento extraordinario para la crónica. En este mes de marzo queremos dar voz y presencia a algunas de las que más nos gustan: Svetlana Aleksiévich, Sofía Casanova, Carmen de Burgos, Joan Didion, Hayasi Fumiko, Helen Garner, Martha Gellhorn, Leila Guerriero, Janet Malcolm, Edna O'Brien, Annemarie Schwarzenbach, Marina Tsvetaieva y Rebecca West. Eva en los mundos es una colección de perfiles escritos desde la admiración, porque la pasión la ponen ellas. Pertenecen a diferentes épocas, geografías y culturas pero todas ellas comparten una mirada singular sobre la realidad y un robusto sentido de la justicia.
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Tortugas en el lado oscuro (y absurdo) de la vida

La solitaria playa de Ras Al Hadd es una de las pocas a las que las tortugas laúd acuden a desovar. Ponen miles de huevos que eclosionan al tiempo, en un espectáculo de la naturaleza sobrecogedor para los turistas que viajan a Omán.

28 de febrero de 2014

Sobrecogedor. Una solitaria playa del Índico, a unos cincuenta kilómetros al sur del Sur. En Omán. Pasadas las diez de la noche. En la playa de Ras Al Hadd, parque natural y protegido de ese país. Puede sonar un lugar remoto y desconocido para el lector, pero no es así. No del todo. Hemos visto esa playa en decenas de documentales de La 2 de TVE o de National Geographic. Es una de las pocas del mundo a las que las tortugas laúd acuden a desovar. Ponen miles de huevos que eclosionan al tiempo y, en un momento dado, montones de diminutas tortugas se afanan en alcanzar el mar. Por el camino son engullidas por gaviotas, zorros y cangrejos, con una voracidad sorprendente y eficaz en un bicho tan pequeño, además de por algún otro depredador que en ese momento pase por ahí.

Al llegar al mar, las pocas que consiguen hacerlo, serán devoradas por los diversos tipos de peces que allí las esperan. Sobreviven entre cuatro y cinco de varios miles. Así que sólo esas llegarán a ser adultas y volverán, cuando les llegue su hora, a estas playas a desovar. Eso ocurre entre mayo y junio.

Playa de Ras al Hadd, Omán.

Andries3, Flickr.

Pero mi interés no es contarles una lección de biología aplicada que pueden encontrar en cualquier sitio, sino referirles una espeluznante visita turística a este espectáculo único. Estamos en  diciembre. Lejos de los meses de desove. El guía del parque se asombra de que vengamos cuando no es época y probablemente no haya nada que ver. Por un lado, el hombre tiene razón. Los turistas occidentales tendemos a ser algo estúpidos cuando viajamos (cuando no viajamos también, pero eso es común a todos los mortales). Al guía se le olvida que, en primavera, la temperatura en esta zona puede pasar de los cincuenta grados, y con ese calor posiblemente te dé igual el futuro de las tortuguitas, pues bastante tienes con asegurar el tuyo. Así que la expedición española al tortugal tiene todas las probabilidades de ser una experiencia situada en algún punto entre lo patético y lo ridículo. Pero allí estábamos…, porque, además, formaba parte del programa del viaje.

Las primeras impresiones parecen anunciar el drama cuando, a pesar de tener los permisos en regla, al llegar a la puerta del parque, ya cerca de la playa, nos informan de que está cerrado. ¿Las razones? Como las de Iberia para cancelar vuelos: motivos técnicos. Nuestra guía española y nuestro guía omaní realizan gestiones muy eficaces, ya que al final nos dejan entrar hasta la caseta de los guardias. El espectáculo es de nuevo sobrecogedor. Quizá no en la línea que esperábamos. Hay una palangana con unas veinte tortugas que los cuidadores del parque han cogido ese mismo día. Nadan frenéticas, chocando contra la pared del recipiente. Por un momento pienso si no serán unos de esos juguetes chinos que al darles cuerda se mueven de forma semiepiléptica. Pero no, son reales.

Como se orientan hacia la luz y los turistas disponemos de lámparas frontales, las iluminamos desde todas la direcciones, con lo cual ellas cambian de orientación a cada instante. El resultado es un caos de tortugas que ni ellas ni nosotros mereceríamos. Comento preocupado a mis compañeros que quiera dios que no sean como los patos esos que describía Karl Lorenz. Desarrollan las anátides impronta y adoptan como madre a cualquier objeto viviente y/o moviente que vean  en un determinado momento de su aún temprana existencia. Esta falta de criterio haría que esas tortugas pudieran considerar su mamá a este turista con forro polar de color naranja que tiene una linterna de minero en su frente marchita. ¡Qué destino más cruel!

Tortuga en la playa de Omán.

Andries3, Flickr.

Pero había otra cosa que me inquietaba aún más, ésta de orden moral. La  comenté con mis compañeros de excursión sin tener ninguna respuesta convincente, e incluso creí advertir al menos una mirada de estupor y conmiseración. He aquí mi duda: Las tortugas adultas hembras han sido fecundadas al llegar la época de celo, y eso ocurre con la perfección y regularidad que da la programación genética. Si ahora llegara alguna tortuga a poner sus huevos, querría decir que se lo montaron, permitan la vulgaridad, fuera de celo. Así como por su cuenta, como por vicio. Íbamos a ver a las más frívolas y casquivanas de su especie… Los respectivos amantes e irresponsables gigolós andarían nadando quién sabe dónde. Ante semejante espectáculo moral, nos podíamos encontrar en breves minutos sin que nadie pareciera sentirse afectado por ello. Todo parecía indicar que no seríamos sometidos a semejante bochorno y que, tras fotografiar el caldero, nos iríamos al hotel a descansar, que no a beber, ya que lo máximo a lo que podríamos aspirar –es Omán, recuerden– sería a un té o un batido de frutas. Pero no quiso eso el destino. Al cabo de un tiempo corrió la voz. Habían llegado dos tortugas a desovar. ¡Valientes frescas!, pensé, pero no lo dije.

En ese momento, el guía se arremangó el vestido largo y tradicional que portaba, hizo un pequeño hatillo y allí puso a varias de las tortuguitas. De esa guisa se encaminó hacia la orilla seguido de todos nosotros. Si han visto una procesión de Semana Santa detrás de reliquias sagradas, se harán una idea. Al llegar a un punto cercano al agua, las depositó en la arena y nos pidió que apagáramos las linternas. Y ahí empezó el espectáculo ancestral que, a pesar de nosotros, no perdía poder de conmoción. Una de las especies más antiguas del planeta, una de las que menos ha necesitado evolucionar debido a su adecuado diseño (si bien no muy afortunado desde el punto de vista estético), dependía de que esos cachorros de tortuga corrieran hacia el mar desenfrenadamente, como así hicieron. Excepto cuando algún turista hacía una foto con flash y los animalitos desarrollaban un punto de confusión entre triste y tierno. El caso es que las acompañamos hasta el mar. Debido a ello, ninguna fue devorada y los depredadores marinos no se las  comieron nada más entrar, porque no las esperaban en ese mes. De esa manera, contribuíamos a salvar una especie mientras perjudicábamos a otras y cambiábamos el equilibro ecológico del planeta.  No se puede ser bueno, pensé, pero no lo dije. A esas alturas ya tenía fama de estar situado en un punto no definido entre la extravagancia y el trastorno mental.

Tortugas recién nacidas en la playa de Omán.

Andries3, Flickr.

Cuando parecía que ya habíamos hecho el ridículo lo suficiente con el paseíllo que creamos para ellas, llegó otro guía que nos avisó de que una de las tortugas que llegó al inicio de la noche había acabado de desovar y se iba hacia el mar de nuevo. Pensé que tanta casualidad no podía ser y sospeché que era empleada del ayuntamiento local. Sí, lo comenté. No  contribuyó a mi fama… o sí, pero por el lado negativo.

Corrimos prestos para que no se largara sin nosotros. Al llegar, nos dispusimos en círculo alrededor de una tortuga bastante grande para mi gusto, aunque, según nos dijo el guía, era una joven adulta y de tamaño medio. Si alguna vez han visto la ceremonia de los Oscar…, pues algo así fue pero con tipos en ropa técnica que fotografiaban y trataban de captar la atención de la tortuga. Me fijé –seguro– y no llevaba vestido con escote palabra de honor. No obstante, le hicimos decenas, cientos de instantáneas.

Y en medio de esta barbarie turística, el espectáculo tenía una belleza antigua y salvaje. Una tortuga agotada por el desove caminaba por la arena blanda de forma lenta y desesperante. Recordemos que las tortugas laúd tienen aletas, no patas. Por ello, han de arrastrarse penosamente para llegar al agua. Y así lo hacía la pobre, conducida por la fuerza de la especie. A veces, cansada, se dejaba caer. Y nos daba pena. Una oleada de cursilería nos recorrió a los turistas. Se propuso cogerla entre todos y llevarla hasta la orilla como si este animal no fuera hija de otros semejantes que habían sido capaces de hacerlo sin nosotros a lo largo de miles y miles de años. El guía nos lo impidió. Lo curioso es que casi todos los que allí estábamos dispuestos a darlo todo por ella, al ver un mendigo en una calle de nuestra ciudad, no le llevamos a hombros hasta ningún albergue, ni siquiera le damos unas monedas ni le compramos unos kleenex ni nada de nada.

Tortuga desovando en la playa de Omán.

Andries3, Flickr.

Al final se volvió a organizar un pasillo –segundo de la noche– por el que se iba deslizando hasta el mar. Mientras, le hacíamos fotos y más fotos. Los que tenían una mayor querencia hacia el arte, se tumbaban delante de ella, o casi por encima, para hacer un picado o un contrapicado al estilo de las magníficas instantáneas que se podían comprar en el hotel en el que nos hospedábamos. ¡Que daño ha hecho el cine y la fotografía artística!, pensé. No, no lo dije en voz alta.

Volvamos a hablar de sexo, que siempre enriquece el atractivo de cualquier texto. La tortuga laúd había desovado a una distancia del mar de varias decenas de metros. Resulta que si los huevos están puestos cerca del mar, todas serán hembras; si están más lejos, serán todas machos (¿o es al revés?, pero es que a esas horas y con ese estrés, mi capacidad de diferenciación sexual andaba peligrosamente lábil). Si la distancia es media, habrá machos y hembras. Interrogamos al guía al respecto y nos dijo que ésta lo había hecho lejos. Machos, hembras…, pensaré en esto de una política de género que dependa de la distancia al mar al volver a España. Ahora era más urgente pensar en la identidad de los turistas que, por lo menos, no cambiaban de sexo según el lugar. Hubiera sido muy pero que muy molesto.

Ajena a estas disquisiciones, a los flashes y el pasillo de celebrity, la fuerza de la naturaleza seguía lentamente llevando a la tortuga hasta el mar. Lo hizo y las olas rápidamente la ayudaron a entrar y desaparecer. A estas alturas, yo tenía mucha más experiencia zoológica de lo que nunca hubiera deseado, pero la fiesta no había acabado. El cáliz de la barbarie no había sido bebido en su totalidad. El guía nos anunció que otra tortuga había ya cavado un hueco en la arena  para iniciar la puesta y que podríamos ver cómo lo hacía. Hubo que esperar a que empezara el desove para ir allí, ya que una vez iniciado, pase lo que pase, ella seguirá hasta que termine. No se le cortaría la leche como a algunas embarazadas sensibles. Aquí hay una tenacidad, un empeño telúrico a prueba de bobadas.

Al cabo de un rato, un ayudante vino a decirnos que había empezado. Nos dividimos en grupos de dos para acercarnos a verlo. No crean, esta parte es difícil de narrar sin caer en el bochorno. El ayudante del guía levantaba la cola de la tortuga hasta casi tocarle los huevos (no piensen que esto es una grosería, era tal cual). Ella  deposita cada vez dos del tamaño de pelotas de golf, cubiertos de una sustancia viscosa que hacían pensar en las películas de ciencia ficción. Nos acercábamos, fotografiábamos los huevos y, en un cuidado y ridículo ballet, hacíamos mutis por el lado para que se acercaran otros a la escena. Pondrá hasta cien o más huevos, así que habrá espectáculo y fotos para todos.

Tortuga en la playa de Omán-

Wikipedia.

Esta tortuga volverá en unos meses a este mismo lugar y lo hará varias veces a lo largo de su vida. ¿Nos echará en falta?, ¿cómo será poner huevos sin que te suban la cola, te fotografíen los huevos y glosen tu actividad maternal? Será difícil observar en la Tierra, al mismo tiempo, tan altas cotas de sobrecogimiento y absurdo.

Sobrecoge de este espectáculo la fuerza, antigüedad, eficacia, peligro, naturaleza, esfuerzo y genética. Y, junto a ello, el absurdo de las fotos impías, los flashes, los comentarios, las carreras, la banalización, las prisas, y, al final, la no contemplación del acontecimiento casi sagrado al que asistimos. Estar para fotografiar y mostrar… en casa.

¿Hay que venir a verlo? Decididamente, no. ¿Hay que venir a verlo? Decididamente, sí. Esto del turismo es un sinvivir.

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