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Tras los pasos de un espíritu escocés

Edimburgo es la mejor ciudad para el avistamiento de espectros y fantasmas. Con la fiesta de Halloween a la vuelta de la esquina, recorremos las calles negras donde se podría ocultar Robert Louis Stevenson con Mr. Hyde, desde Mary King’s Close al cementerio de Greyfriars.

23 de octubre de 2014

Edimburgo sueña, tapada con una niebla-sábana hasta la cabeza. Es como se duerme muchas noches, tiritando bajo un espeso edredón. Hace tiempo que las frígidas chimeneas ya no sirven para darle calor; está prohibido excitarlas con madera y carbón. Negra y perturbadora figura, se acurruca en la penumbra… Apenas se distinguen sus esbeltas agujas, envuelta en la manta, quieta… Lúgubres historias se condensan en las callejuelas. Un aliento recorre su cuerpo; curvas inertes; la ciudad no osa moverse.

Tap… tap… tap… Pasos. Se escuchan pasos. Rumor de pasos leves y extraños… Preceden a los zapatos de su amo durante largo rato. Caminan por la Royal Mile. Vacía como está, nadie diría que es la arteria principal de la Old Town. Tap… tap… tap… Es el siniestro vagar del gaitero de las Highlands, aquel que, siglos ha, se ofreció voluntario para explorar los recovecos de un pasadizo secreto, tártaro subterráneo que unía el Palacio de Holyrood con el Castillo de Edimburgo. Como buen highlander, se precipitó al infierno pertrechado con kilt y chaqueta de tweed. Entró por la fortaleza dirección a la enésima residencia de la jefa de Estado escocesa; bajó por Castlehill y Lawnmarket cantando una canción; pero, a la altura de St. Giles, la gaita turbada enmudeció. Ningún lugareño volvió a saber nada del cantor. Aunque hay quien asegura oír los lamentos de la cornamusa en el underground, no ha habido ni rastro de su sporran hasta el día de hoy.

Edimburgo, ciudad de fantasmas.

Rhys Asplundh, Flickr.

Uno de sus colegas, el que sopla a las puertas de una souvenir shop, asegura que fue el Maligno quien se lo llevó; pero lo más probable es que, estuviera el demonio involucrado o no, el músico muriera asfixiado al hinchar sus carrillos con gas metano. Provenía de un lago putrefacto –The Nor’Loch– que James III colocó a los pies del castillo para protegerse de los enemigos. Si bien era un paisaje pintoresco al principio, los mismos lugareños que paseaban en barca por la charca la apestaron de malolientes residuos, y dejó de ser una pista de patinaje invernal para convertirse en el vertedero municipal. Sin embargo, en el siglo XVI estaban más preocupados por las brujas que por el aseo y la higiene pública. ¡Más de trescientos imputados fueron sentenciados en sus aguas contaminadas! Al que no colgaban directamente en Grassmarket, lo sumergían atado de pies y manos en el estanque; si se ahogaba, la inocencia del muerto quedaba probada; pero si, por una de esas, sobrevivía a la zambullida, no habría conjuros ni plegarias que salvaran al procesado de las llamas sacrosantas. ¡A más de uno encontraron cuando finalmente limpiaron el marjal! Hoy hay un jardín –el de Princess Street– en su lugar, y con la basura extraída levantaron una colina artificial –The Mound, la llaman–, sobre cuya roña centenaria se alzan la National Art Gallery, la Scottish Royal Academy y la sede central del Bank of Scotland, además de la facultad donde los pastores se forman para servir a la divinidad, cada cual con su look arquitectónico particular, porque en Escocia una columna jónica se codea con una torre gótica, una atalaya medieval y un parlamento diseñado por un catalán sin que a nadie le huela mal tanta fraternidad.

El caso es que aquello ya no podía ir más, lo de las fugas de gas: se concentraba en los callejones y hacía que sus habitantes sufrieran alucinaciones. Por eso Edimburgo es el mejor destino para el avistamiento de espíritus: rostros borrosos, manchas aciagas, siluetas difuminadas… Y Mary King’s Close la zona más propicia para notar, aquí detrás, un escalofrío en la espina dorsal, el hálito del más allá: llantos… gemidos… ¡un grito, ah!

Tap… tap… tap… Mr. Chesney fue el último inquilino de esta calleja comercial, angosta maraña de callizos enterrada en el subsuelo por el edificio del ayuntamiento. El fabricante de serruchos fue el único que no se dejó expropiar; tenía el taller al lado de casa; sólo un haz de linterna autorizada pasa: se tambalea por la estancia vedada, tiembla y procura no respirar, pues las paredes están pintadas con arsénico y se podría intoxicar. La facultad de parasicología tiene instalada en la vivienda una webcam; pero, de momento, ni Mr. Chesney ni ninguno de sus vecinos han comparecido para dejarse filmar, ni lo harán si antes no pagan la entrada con visita guiada por las entrañas de la ciudad.

Tap… tap… tap… Pasos sobre el adoquinado de Lady Stair’s Close. Sir Walter Scott… Tap… tap… tap… Robert Burns… Tap… tap… tap… Muriel Spark… Tap… tap… tap… Losas con palabras empañadas en Makar’s Court, patio junto al Writers’ Museum donde cada piedra está dedicada a un escritor. No se ve al padre de Peter Pan ni al de Sherlock Holmes, escoceses también los dos. Estarán esperando sponsor… Una bocanada disipa la nube baja y, a la luz de una farola mortecina, Robert Louis Stevenson enciende un cigarrillo y habla:

“There are no stars so lovely as Edinburgh street-lamps”.

Desde niño, durante toda su escuálida vida, el autor de La isla del tesoro tuvo pesadillas, pesadillas de novelista. Soñó Olalla, su historia de vampiros situada en España, y soñó, con alaridos de horror, cómo el Dr. Jekyll, respetable ciudadano, se transformaba en un ser malvado y despiadado. En cualquiera de estas callejas negras se podría ocultar Mr. Hyde. Tap… tap… tap… Monstro basado en una historia real, la de William Brodie, un honrado fabricante de armarios que, por las noches, trocaba el título de diácono por el de criminal, robando a los mismos parroquianos a los que durante el día instalaba cerraduras y cajas fuertes. El padre de Stevenson fue uno de sus clientes. Tan ilustre actividad le valió un close con su nombre en la Royal Mile; donde el ebanista tenía su taller, ahora hay un café, con sándwiches y, todavía, algunos de sus muebles; otro pub tocayo homenajea al delincuente enfrente, aficionado, como buen escocés, a las tabernas y a la Scottish ale.

Robert Louis Stevenson era devoto del grog de Rutherford, una tasca en Drummond Street donde John Silver El Largo ha cambiado el ron por espaguetis y risottos, en uno de tantos restaurantes italianos para grumetes cansados de haggis y smoked salmon.  “¿Qué otra cosa puede hacer un hombre en este clima de perros?”, se justifica un atisbo del escritor, fallecido en 1894 en los Mares del Sur. Su sombra enjuta se sube el cuello de la levita; es de terciopelo, y es su preferida. “Para todos los que aman el abrigo y las bendiciones del sol, los que detestan el tiempo sombrío y enfrentarse permanentemente a los aguaceros, difícilmente podría encontrarse un lugar de residencia menos acogedor y más hostil”, insiste.

Revés del viento del este, que, inclemente, abate a las hojas endebles, víctimas de un otoño glacial. Cruje el tap… tap… tap… sobre los cuerpos macilentos, cadáveres secos esparcidos sobre la tierra húmeda del cementerio. El de Greyfriars ostenta el récord de fenómenos paranormales registrados. Y es cierto que todas las primaveras los pétalos resucitan, abandonan el féretro. Letras mohosas que ayer (o antes de ayer) fueron savia y hoy sólo memoria de muertos. Los más recordados: Sir George McKenzie, por sanguinario (más de un susto les ha dado el abogado, que además de ejecutar a unos centenares de presbiterianos, fundó la hoy National Library of Scotland, gran literato) y Bobby, un skye terrier que se ha ganado un rincón en el cielo de los perros por fiel. ¡En la sepultura de su amo, estuvo haciendo guardia catorce años! Aunque, más que por lealtad, fuera por interés: el jardinero le daba de comer.

La risa diabólica de una gaviota se burla de todas estas historias, y del tap… tap… tap… de sus suelas de goma. Graznido despertador. Acostada sobre la cama, verde colina acolchada, la ciudad espabila del sopor. No se atreve a moverse hasta que un efímero rayo de sol acaricia sus pináculos con dulzor. Remolona, se despereza del letargo frotándose las legañas. Edimburgo se desprende de la niebla-sábana.

Edimburgo, ciudad de fantasmas.

Lawrence Murray, Flickr.

 

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