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Tratado de geología personal

Posiblemente sea un instinto humano (o animal) el que nos lleva a volver a nuestros orígenes para tratar de encontrar respuestas. Eso es lo que hace Amy Liptrot en su último libro: regresar a las Orcadas, las islas salvajes del norte de Escocia, en las que la autora pasó la infancia.

5 de julio de 2018

En Irse de casa, una de las últimas novelas de Carmen Martín Gaite, su protagonista volvía muchos años después a la ciudad de provincias donde creció para buscarse a sí misma. Lo mismo hace la protagonista de Una suerte pequeña, de Claudia Piñeiro, y las de tantas y tantas novelas. Se trata en realidad de uno de esos temas universales en la literatura, porque posiblemente sea un instinto humano (o animal, quién sabe) el que nos lleva a volver a nuestros orígenes en busca de algo que nos falta, a tratar de encontrar respuestas, a sanarnos de algún modo, y eso es lo que hace Amy Liptrot en su En islas extremas.

En su caso, su enfermedad es el alcoholismo y una espiral de conductas autodestructivas que le lleva a tener cada vez un menor control sobre su propia vida. El libro, en este sentido, es de una gran crudeza y honestidad. No nos oculta episodios que con el tiempo llegarán a avergonzarle profundamente, ni disimula esa sensación de fracaso que se instala en ella cuando su novio, después de recaídas constantes, la deja por imposible y finalmente la abandona. A partir de ese momento, Amy entra en caída libre. Su vida se convierte en una sucesión de borracheras cada vez más agresivas y resacas cada vez más difíciles de soportar, no le duran los trabajos, tiene problemas con los vecinos, con los compañeros de piso, sus amigos dejan de llamarle y se relaciona con gente cada vez más peligrosa, le agreden cuando se montan en el coche con un extraño, casi la violan… No hay exhibicionismo en lo que cuenta; pero, leyéndolo, en algunos momentos llegamos a sentir incomodidad y cierto pudor. Suscita nuestra comprensión y no nos cuesta nada empatizar con ella. Llegamos a un grado de intimidad con la autora, que al final se nos muestra emocionalmente desnuda, que no es normal en la literatura.

Sin embargo, con ser ese el motor del libro, su arranque y su razón de ser no es lo más importante. Lo que hace tan especial esta lectura es asistir a su recuperación, contar con ella los días, las semanas y los meses sin probar el alcohol, asistir a la paulatina conquista de parcelas de autonomía y superación personal. Es un camino de perfección, en ese sentido, y lo que le ayuda sin duda es el regreso a Las Orcadas, las islas salvajes del norte de Escocia, en las que la autora pasó la infancia.

En islas extremas. Amy Liptrot.

Todo ese caos que fue su vida en Londres cuando aún era una mujer muy joven (de poco más de veinte años) nos lo describirá cinco o seis años después, cuando Amy ya está instalada en una cabaña de una de las islas (en Papay, concretamente) viviendo sola y ha empezado a superar su adicción. Ya ha pasado varias veces por Alcohólicos Anónimos, asociación a la que se acerca con muchas reticencias por su carga religiosa y un tufo de misticismo que le desagrada.

Finalmente, la terapia de los doce pasos demuestra que si ha llegado tu momento y estás realmente decidido a dejar el alcohol, da resultados, o al menos con ella funciona. Sabe que a partir de ahora toda su vida será una lucha constante contra el deseo de beber y lo acepta. También es ahora cuando hace un repaso a una infancia solo relativamente feliz, porque a pesar de sus buenos recuerdos, de sentirse querida por sus padres y su hermano, la enfermedad mental hace pronto su aparición. Su padre sufría un trastorno bipolar con episodios que obligaban a ingresarlo durante meses y que dejaban a sus hijos pequeños desconcertados y asustados y con una madre que terminó buscando en la Iglesia un refugio. Todo un cóctel. Después, Amy se preguntará si serán esos antecedentes los que podrían explicar su alcoholismo, si en el fondo no estaría buscando de alguna manera inconsciente reproducir con ese ciclo de borracheras y resacas, los ciclos de euforia y depresión por los que pasaba su padre y que a ella le angustiaban y le fascinaban al mismo tiempo.

Pero es la descripción del paisaje de las islas lo que va a llenar estas páginas de una grandiosidad a menudo sobrecogedora. Cuando estaba en Londres, y a pesar de que se había marchado de las Orcadas por propia voluntad, escribe en un pasaje que los acantilados de aquellas islas la tenían atrapada, y cuando se encontraba lejos siempre notaba una sensación de pérdida e inquietud que vibraba en su interior:

Llevaba en mis entrañas los mares enfurecidos, los cielos inconmensurables y la habilidad de manejarme por las alturas. Recuerdo cuando me sentaba en mi piedra favorita contemplando el farallón de Stack o’Roo, observando desde lo alto las aves marinas. La colonia de charranes árticos del páramo había mermado y desaparecido, pero en el mar se iban dejando ver más y más alcatraces. Sobre el borde del acantilado crecían las resistentes clavelinas de mar y veía colas blancas desaparecer por las madrigueras donde anidaban los frailecillos. La cornisa parecía sólida, pero vista desde otro ángulo, se veía que estaba suspendida. Mi inestabilidad en Londres me hacía sentir como si pendiera de un hilo sobre el romper de las olas”. Es esta capacidad de observación y de descripción lo más notable de “En islas extremas”. Y estas metáforas. En otro momento, por ejemplo, cuenta que en la isla de Rusk construyeron una torre de piedra con una rampa en espiral para que cuando hubiera marea alta, sus ovejas que se alimentan de algas en la orilla, pudieran subir y evitar ahogarse al ser arrastradas por las olas. Y añade, “en este momento esta casita y esta isla son mi torre de Rusk, un lugar donde puedo respirar mientras las olas tempestuosas rompen a mis pies”.

El libro está lleno de estos símiles, que a veces parecen contener simbolismos ocultos. En otro momento recuerda un episodio de su infancia: cuando tenía diez años vieron un pesquero que había encallado, con cada golpe de mar se balanceaba y todos los isleños lo contemplaban desde arriba sin saber si sería devuelto hacia el mar o empujado fatalmente hacia el otro lado, hacia los acantilados. Al atardecer, nos cuenta, cuando la marea fue subiendo, se oyó un crujido escalofriante seguido de un gran estruendo, y describe durante varios párrafos cómo fue aquel accidente. Concluye, refiriéndose a su vida de excesos: “Casi veinte años después me encontraba en una posición tan precaria como aquel pesquero… Bebía de manera consciente para aliviar la vergüenza por lo que había hecho borracha la noche anterior”.

Amy, en su proceso de readaptación al ritmo de vida de las islas, nos irá contando partes de la historia de las Orcadas, de sus leyendas (como la isla de Hether Blether, que aparece y desaparece), nos hablará de fenómenos atmosféricos curiosos como el efecto Fata Morgana, que puede hacer que veamos ciudades invertidas o barcos nadando por el aire. A veces parece una antropóloga hablándonos de sus tradiciones y sus fiestas, de las que participa. Nos da detalles de su flora. Hay capítulos enteros preciosos dedicados a la astronomía (porque es un lugar idóneo para la observación de estrellas y planetas). Terminará encontrando trabajo en la RSPB, la agencia que se encarga del estudio y la protección de las aves, lo que le va a permitir viajar por todo el archipiélago y le dará ocasión de conocer (y de paso darnos a conocer a sus lectores) muchos detalles sobre toda clase de pájaros que habitan las islas. Hace amistad con un grupo de excéntricos que se hacen llamar “Osos polares de las Orcadas” y que se dedican a nadar en el mar en pleno invierno, lo que termina convirtiéndose en parte de su terapia personal (“la primera vez parecía que me quemaba la piel pero cada sábado me voy acostumbrando, el cuerpo se aclimata, aunque soy la más debilucha del grupo y ya estoy secándome en la orilla mientras los demás siguen dando brazadas alrededor del embarcadero”).

Dedica mucho tiempo a reflexionar, a preguntarse de manera obsesiva por las razones que le han llevado a estar donde está ahora; pero también es muy lúcida al analizar cómo vive la gente en las grandes ciudades y cómo se vive en esta lugar apartado del mundo. Por ejemplo, después de venir de la cena de Burns, una tradición que se celebra en toda Escocia en honor a su poeta nacional, escribe: “Aquí he tenido contacto con gente de todo tipo y de todas las edades, no hay alternativa, mientras que en Londres vivía en una burbuja. Me fui a la ciudad a conocer gente, a ampliar horizontes y mi círculo social, pero terminé frecuentando a personas muy parecidas a mí. Cada vez éramos más selectivos, hasta que llegó a ser bastante improbable encontrar alguna experiencia que nos hiciera sentir incómodos”.

Otra paradoja que le intriga es que cuando llegó a la isla pensaba que al ser un espacio pequeño no tardaría en conocer bien la isla y sus habitantes. Ahora, casi dos años después, dice tener la sensación de que cuanto más tiempo está en Papay, más le queda por descubrir: “Me siento intimidada y entusiasmada”. Reflexiona sobre la importancia de Internet y la tecnología en estas islas (“aunque parezca contradictorio en estas islas la tecnología nos acerca a la naturaleza”, dice, y se basa en que los isleños utilizan las redes sociales para advertir de cualquier fenómeno atmosférico o del avistamiento de algunas aves). Sobre el impacto que tiene nuestra forma de vida en el medio ambiente (“me sorprende descubrir que el rey de codornices lleve aquí miles de años y en menos de un siglo casi hayamos acabado con él”), sobre las energías renovables que parece que terminará siendo el futuro de estas islas (“uno de los mayores cambios que noté cuando regresé fueron las turbinas eólicas diseminadas por todo el archipiélago. Estas estructuras son nuestros menhires modernos y están pintadas en un tono específico de gris para que ocupen un papel discreto sobre los cielos lúgubres de Escocia”).

En islas extremas. Amy Liptrot.

Ver cómo la autora es aceptada por la comunidad lo vivimos también los lectores con emoción. Una noche llaman a la puerta de su cabaña y alguien le entrega un tercio de col. Esa misma mañana había dicho de pasada en la tienda del pueblo que una col para una sola persona era demasiado y además pesaba mucho para llevarla en bicicleta. Nos alegramos con ella cuando exclama: “Vivo momentos maravillosos, cruzo la mirada con un búho campestre que está en un poste. Yo me quedo sin aliento y él sale volando”.

El libro está lleno de curiosidades. En un momento que está volando de una isla a otra del archipiélago escribe: “Tras una breve parada en Westray emprendemos de nuevo un viaje de dos minutos hasta Papay: el vuelo de línea regular más corto del mundo”. Además, son aparatos tan pequeños que se tiene la impresión de ir en coche por el cielo. En otro momento nos habla del charrán, que tiene la ruta de migración más larga que cualquier otra ave, viajando desde la Antártida hasta Papa Westrey cada primavera, un trayecto de dieciséis mil kilómetros. Vive dos veranos al año y más horas de luz que ninguna criatura del planeta. Especialmente interesante es un viaje que hace al final a la isla de Fair, la isla donde más viento sopla de todo Reino Unido y donde uno se siente más aislado: “Mientras que desde Papay se divisaban otras islas circundantes, aquí no hay más que océano y se tiene la sensación de estar más solo y expuesto a los elementos”.

A lo largo de estas páginas tenemos la sensación de que se entrelazan los paisajes exteriores e interiores de la autora, las tormentas atmosféricas y sus tormentos anímicos, los amaneceres y los momentos de confianza. Hay un pasaje en el que ella misma lo expresa con toda claridad. “En los momentos grandiosos, ebria del aire fresco y la libertad de la colina, estudio mi geología personal. Mi cuerpo es un continente. Hay fuerzas que actúan por la noche. Como sufro de bruxismo, cuando estoy dormida aprieto los dientes como si fueran placas tectónicas. Cuando pestañeo, el sol parpadea, mi respiración empuja las nubes por el cielo y las olas rompen en la orilla con la cadencia de mis latidos. Cae un rayo cada vez que estornudo y cuando llego al orgasmos se produce un terremoto. Los promontorios de las islas se elevan sobre el mar, como mis extremidades en la bañera; mis pecas son lugares emblemáticos y mis lágrimas, ríos. Mis amantes son placas tectónicas y catedrales de piedra”. Muy nerudiano, la verdad.

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