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    The Map House, LondonTrescientos años antes de que los estadounidenses llegaran a la Luna, un sacerdote y erudito alemán, Athanasius Kircher, dibujó un mapa de la cara visible de nuestro satélite. Este y otros tesoros pueden verse en una exposición que explora la historia de la cartografía lunar y celeste: The Mapping of the Moon: 1669-1969, hasta el 21 de agosto en la Map House de Londres.

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    La fotógrafa y vídeo-artista Leila Alaoui (1982-2016) falleció trágicamente víctima de las heridas sufridas tras el atentado de Uagadugú, en Burkina Faso, el 15 de enero de 2016, cuando trabajaba en un reportaje sobre la condición de la mujer, por encargo de Amnistía Internacional. Una exposición en la Casa Árabe de Madrid homenajea su trayectoria y compromiso vital mostrando treinta retratos realizados por la autora en entornos rurales de Marruecos. Abierta al público hasta el 22 ...[Leer más]

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Histórico noticias



Cuaderno de Bitácora I: Travesía Atlántica

¿Qué nos atrae tanto del mar? ¿Por qué los hombres se agolpan desde tiempos remotos en sus orillas mirando el lejano horizonte azul? ¿Es quizás el hipnótico vaivén de sus mareas lo que nos atrapa?  ¿Qué pasión despierta para que los marineros se aventuren en su inmensidad?

14 de octubre de 2016

¿Qué nos atrae tanto del mar? ¿Por qué los hombres se agolpan desde tiempos remotos en sus orillas mirando el lejano horizonte azul? ¿Es quizás el hipnótico vaivén de sus mareas lo que nos atrapa?  ¿Qué pasión despierta para que los hombres aventuren sus vidas en esa caprichosa inmensidad? ¿Es el influjo constante de la libertad que promete su horizonte sin límite?

No hay respuestas, solo el oleaje que nos llama incesantemente y adonde acudimos inevitables.

 

Las Palmas de Gran Canaria

Camino con el equipaje por el puerto, despacio, disfrutando de los últimos momentos de un lugar sin vaivén y por fin lo veo. Allí está. El Gandul se mece entre dos grandes catamaranes de lujo. Apenas se le ve, el franco bordo de sus patines está al menos un metro por debajo de sus vecinos.

Hecho a mano, contrasta intensamente con la pulida fibra de los barcos de serie. Si fueran casas, sería como estar viendo una cabaña hecha en un árbol por un Robinson, en medio de dos chalets vanguardistas diseñados por un famoso arquitecto. Sin embargo, parece un barco seguro, fuerte y fiable. No tiene aspecto de ser rápido, pero sí de buen navegante. Al fin y al cabo también nosotros somos ya viejas cabañas en los árboles.

Poco a poco va llegando el resto de la tripulación. Somos un grupo de amigos que, sin apenas experiencia marinera, se dispone a cruzar hasta América a vela, lentamente, descubriendo la lentitud de la geografía, dejando que los días pasen sin nada que hacer, meciéndonos en la molicie del mar o en su aterradora potencia. Avistar grandes animales marinos, conocer barcos errantes, sumergirnos en las noches sin luna del Atlántico. Nuestros miedos y deseos son casi igual de grandes.

 

Día 5 de noviembre – 14.00 horas

Levamos anclas y nos deslizamos suaves, silenciosos, hacia la bocana del puerto, como si tan sólo fuéramos a pasar una tarde de baños en el mar y regresar al anochecer al seguro refugio de la costa.

A una escasa milla de la bocana, el océano nos recibe agitado, olas de dos a tres metros y vientos entre veinte y veinticinco nudos. Navegamos de través hasta superar la punta de Maspalomas, donde trasluchamos. Con todo el trapo arriba, mayor, mesana y Génova,El Gandul, a un largo, vuela surfeando las olas hacia la oscura noche atlántica.

Hacemos puntas de 17 nudos. El barco navega alegre como un potro recién salido de la cuadra. Dentro, el barco se mueve como una batidora y no permite a nuestros cuerpos un momento de reposo. No es un buen día para acondicionarnos los que somos de tierra adentro.

Travesía Atlántica

Gonzalo Cordero.

Poco a poco, las luces de la costa de Gran Canaria van quedando atrás y nos ilumina una gran luna llena. Después de cenar, reducimos trapo y navegamos con el génova recogido, la mesana bajada y la mayor con un rizo. Las olas han subido de tamaño y el viento ha arreciado hasta subir a 30/35 nudos.

 

Día 6 de noviembre. Océano Atlántico. Viento norte/nordeste. Rumbo: 210 grados

Los alisios nos empujan hacia el sur sin vuelta atrás. Preteles y paiños nos sobrevuelan y dan vueltas sobre todo nuestro trapo desplegado. Hemos recorrido 150 millas en 24 horas. Hacia el sur, siempre hacia el sur, van pasando las horas y los silencios se van haciendo más largos en cubierta. Cada uno busca su lugar en este pequeño mundo que tendremos que habitar durante el próximo mes. 

Buen viento y mar tendida, la estela blanca deja un rastro veloz pero efímero de nuestro paso. El rastro de un cetáceo en migración.

 

Día 7 de noviembre. Oceáno Atlántico. Viento norte/nordeste

Viento del nordeste.

Ballenas piloto, pardelas, paíños en 132 millas recorridas.

En el centro de un mar blanco, encrespado, se aplanan las historias de nuestras vidas, dejándonos desnudos, indefensos, armados sólo con cuchillos marineros.

 

Día 8 de noviembre. Océano Atlántico. Viento norte/nordeste. 22º 27′ 42” Norte 19º 17′ 25” Oeste. Rumbo: 240º Oeste

El viento no descansa. Delante, 3.600 millas de territorio, de dominio absoluto sobre cualquier otra especie. El hogar gigante que gobierna con mano de hierro.

Apenas tres días de navegación y el cansancio comienza a aparecer en algunos rostros de la tripulación. Las guardias nocturnas hay que hacerlas atados a las líneas de vida. Nuestro cordón umbilical a la supervivencia en este mar tempestuoso.

Por el día disfrutamos surfeando las olas. A menudo, El Gandul se desliza vertiginosamente desde lo alto de olas de cinco metros y la sensación en el brazo del que lleva la caña es poderosa. La vieja madera tira hacia un lado y tú luchas por mantener el timón en el centro mientras desciendes veloz hacia el seno de la ola. A veces tu brazo comienza a vibrar como un pelele, en la barrenada, el barco ha entrado en pérdida. Al instante todo vuelve a su sitio, y de nuevo esperas la siguiente ola. Hoy no hay nada más en el planeta que ese pequeño velero en medio de la nada.

 

Día 9 de noviembre. Océano Atlántico. Viento norte/nordeste. 20º35´158” Norte 20º 53´582” Oeste. Rumbo: 209º Sur Suroeste

Golpean las olas. Las cuadernas vibran. 18 nudos sin freno en la vertiginosa cuesta de las olas. El timón entra de nuevo en pérdida, el piloto automático revienta y yo disfruto, disfruto como un niño, hoy me siento bien, soy un grumete, no el capitán, y creo que por eso soy feliz. Qué poder tiene la absoluta falta de responsabilidad sobre nosotros. Confiar en alguien, estar al amparo de un marino. Pero quizá deberíamos preguntarnos si es la actitud adecuada. ¿Hay realmente amparo posible en este universo? Debería hacerme al barco, sentir su gobierno, aprender y ser capaz de hacerlo navegar hasta un puerto seguro yo solo. Entonces, y sólo entonces, deberíamos embarcar.

Travesía Atlántica.

Gonzalo Cordero.

Día 10 de noviembre. Océano Atlántico.

Ajeno a un metro de madera crujiendo insistentemente, al fluido del mar recorriendo mi camarote, es imposible dormir mal cuando estás en una capsula hundida en el agua y escuchas en la oscuridad burbujas que te rodean y se deslizan a unos centímetros de tu cuerpo rendido.

Alguien me despierta con una luz de unicornio. Fuera el viento es fresco, me amarro a la línea de vida y atenazo la caña. Hay mucha velocidad para el piloto y gobernamos a mano. Aguantando el músculo del Gandul acelerado, arrítmico y con inesperados ataques.

 

Día 11 de noviembre. Océano Atlántico.

Paíño de los temporales en mar o en tierra las olas siempre barren nuestra cubierta. Peces voladores en las redes de proa se agitan bajo la oscura mirada de la pardela de Wilson.

Océano arbolado con vientos alisios que nos encadenan como una rueda de presos, sin posible vuelta atrás.

 

Día 12 de noviembre. Océano Atlántico.

150 millas más sin descanso, las velas reducidas para controlar olas de seis metros. Se alargan las guardias, nadie duerme. La estela del Gandul deja atrás la línea ancha de nuestras fuerzas. Los ojos caídos en la sentina esperando que amaine la racha que parecemos llevar aferrada a las jarcias.

No hay ballenas piloto ni siquiera en la distancia, tierra adentro, en la gran duna del Sáhara, parecemos seres abandonados.

 

Día 17 de noviembre de 2014. Cabo Verde. Océano Atlántico. Rumbo 270º Oeste

Anochece en la bahía de Mindelo y con la oscuridad se pierden dos compañeros de viaje. A un par de millas ya no vemos ni nuestras manos, la noche es oscura, sin luna, y me cuesta distinguir la isla que cierra la bahía. Debemos acercarnos a ella, dejarla por estribor sin correr riesgos; sin embargo, es difícil distinguir las distancias en el negro total.

Travesía Atlántica.

Gonzalo Cordero.

El viento arrecia en el paso entre San Vicente y Santo Antao. Un túnel de viento que nos da paso a la gran avenida de los alisios. Estoy cansado, me gustaría dormir pero me toca la primera guardia.

Viti ha embarcado como los viejos marineros, sin ropa limpia, sin dormir y sin un céntimo en el bolsillo, tan sólo con la vida y las pieles de Cabo Verde en sus venas. Hace tres días que habíamos quedado con él, pero no apareció hasta unas horas antes de zarpar. Sabíamos que estaba en la isla, pero desconocíamos dónde. Creo que ni él mismo recuerda exactamente dónde se había alojado. Le he dicho que se fuera a dormir; creía que podía hacer la guardia solo, pero estoy muy cansado y me he quedado dormido atado a la línea de vida. Afortunadamente, las noctilucas velaban mi sueño y su luz ha mantenido la estela del Gandul en los 270º Oeste.

Navegamos hacia América…

Aventura, viajes en barco

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