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Histórico noticias



Trípoli a velocidad de ruleta y Grand Prix

Conocido como “el Waldorf Astoria de Trípoli” o la “joya de la arquitectura moderna de África”, el hotel Al Uaddan fue el más grandioso de la capital libia cuando abrió sus puertas en 1936, diseñado por el italiano Florestano Di Fausto con la colaboración de Stefano Gatti-Casazza.

13 de septiembre de 2018

No es difícil imaginar cómo vivían las élites en el puerto de Trípoli durante los años treinta, a tenor de sus affiches, el cartelismo y la filatelia colorida que nos ha dejado. Pura estética de la dolce vita… Hasta los anuncios de la lotería tenían allí su encanto vogue. El Grand Prix de Trípoli se asemejaba en glamour al que aún ostenta el de Montecarlo. Sus pilotos de fórmula 1 sobre bólidos italianos se alojaban en el Uaddan, donde cada noche se agitaba la coctelera, con mañas de prestidigitador capaz de repartir fortuna, fiestas y parties privados a la orden del día. Y es que todas terminaban en el casino del albergo, iconográfico en cualquier estampa de la ciudad que se pretendiese descriptiva y sugerente.

De “joya para la moderna arquitectura africana” se calificó por entonces el albergo, una vez que la prensa americana comparó sus prestaciones y elegancia con las del mismísimo Waldorf Astoria neoyorkino. Será porque a todos se les antojaba su ambiente tan irrepetible y único como el emblema que lucía el establecimiento: una cabra. Uaddan es el nombre popular en la zona para la gran oveja de Berbería, perseguida por los cazadores furtivos hasta el límite de su extinción. Y, por lo demás, terminaban locos como cabras quienes seguían sin descanso el ritmo desenfrenado de bailes y mascaradas que el albergo proponía, con vistas a la ensenada. Quinientas butacas tenía, además, para proyecciones de cinematógrafo y funciones de teatro. Lo nunca visto en el norte de África.

Su diseño corrió por cuenta del arquitecto italiano Florestano di Fausto, asistido por Stefano Gatti-Casazza. Pero la pasarela de ídolos deportivos en la que al poco se convirtió sobrepasó, con mucho, los altos vuelos que su firma técnica y facultativa le otorgaba. Tras sus victorias en el Grand Prix, el piloto de carreras Hermman Lang trajo a todo el establishment de la escudería Mercedes-Benz. Otros pilotos abonados al albergo, como Guiseppe Farina y Achile Varzi, lograron también la pool-position en el circuito, haciendo valer los motores Alfa Romeo y demostrando que entre nazis y fascistas andaba el veloz juego por aquellos años treinta.

Hotel y Casino Uaddan. Libia.

Le conferían mucha exclusividad a tan sofisticado albergo sus cincuenta habitaciones contadas, más el hecho de que solo abriera las puertas durante el invierno, la temporada alta para el desplazamiento vacacional de las clases altas europeas. En su libro titulado Arquitectura y turismo en la colonia italiana de Libia: un modernismo ambivalente, Brian McLaren pone en valor la tradición manior con que el albergo Uaddan se concibió, incorporando en la visión mediterránea de su diseño los hallazgos de la local obra civil: la decoración geométrica de sus patios, un minarete de uso profano, el estudio y práctica de las corrientes refrescantes de aire por galerías y corredores… Todo en aras del confort, la higiene y la racionalidad, a lo que en el Uaddan se añadían balconadas señoriales, unos baños romanos de mármol, el barbero, el servicio de lavandería y –¡oh bendiciones del progreso!– la conexión telefónica.

Pese a disponer de palacio en Trípoli, como buen gobernador del dolce far niente, el mariscal Italo Balbo supervisó y probó las instalaciones del albergo Uaddan en persona, al objeto de que allí se tratase a los pilotos del Grand Prix a cuerpo de rey, disponible y transparente siempre su gran piscina, lujos a todo detalle y con cenas teatralizadas para sus invitados. No en vano, acababan de fusionarse la Italia Cirenaica y Tripolitana en la colonia del actual territorio libio: una buena extensión de kilómetros costeros que hiciera despegar el turismo, dejando divisas. Los inicios del Grand  Prix a bombo y platillo, en 1925, se saldaron con dos muertos en carrera. Por eso enseguida se optó por variar su circuito, que ya no sería todoterreno, mimando además con trato de gran hotel a los pilotos intrépidos que competirían sobre cuatro ruedas. Estrellas del deporte a las que no se pretendía engordar camino del matadero, pero sobre las que pendía una espada de Damocles. De 1933 a 1938 se adscribió la prueba automovilística a la “fórmula libre”, liberándola de restricciones en cuanto al peso y motores de los vehículos contrincantes. Una decisión que a la postre la convirtió en la más rápida y espectacular del mundo, antes incluso del pistoletazo de salida en boxes. De ahí que el famoso piloto Dick Seaman calificase el Grand Prix de Tripoli como el “Ascot de las carreras a motor”, en referencia al prestigio y glamour del hipódromo británico. Ya el presidente del club automovilístico de Trípoli, Edigio Sforzini, había logrado en 1933 reeditar el Gran Prix, suspendido dos años antes por falta de público, alicientes y dinero. ¿Alicientes de emoción extra para el público? Sí, los resultados de la carrera se asociaron a premios de lotería muy sustanciosos, mucho más que las cuantías otorgadas a los vencedores de la prueba.

El Grand Prix de Trípoli se interrumpió para siempre en 1940, con la Segunda Guerra Mundial, tras quince años recorriendo el circuito del lago de sal Mallaha. Sin embargo, la fiesta de los extranjeros residentes en Trípoli siguió en el Uaddan, hasta el toque de queda impuesto por Gadafi en 1969, que durante la década siguiente nacionalizó toda empresa privada. Por fortuna de casino, digámoslo así, su golpe militar llegó después de que Rita Pavone cantase allí, se le diera una cena de homenaje a Sofía Loren en 1957, lo visitase el cantante de rock and roll Little Tony y el melódico napolitano Peppino di Capri, ambos como artistas de escenario.

El Uaddan abrió sus puertas en 1936, acometió restauraciones y ahora se adscribe a la cadena Intercontinental Hotels. Lejos queda la época dorada de sus suntuosas salas, con bola festiva de Nochevieja; sus madrugadas interminables de sábado y sus celebraciones de boda burguesa por todo lo alto. Y si ha logrado mantener su nivel hasta nuestros días, vino a ser, en bastante medida, gracias al dinero que la comunidad hebrea radicada en Trípoli se dejó en su casino. Los fines de semana adquiría el tono despreocupado del amateur que prueba fortuna a la ruleta, dándose por satisfecho, al perder, con haber pasado el rato, en un grito de emociones. Pero el jugador judío desafiaba a la suerte a diario, como buen profesional del dinero.

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