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Libros sobre India




Tumbas, escritores y cantautores viajeros

Hans Christian Andersen fue un notable viajero que recorrió prácticamente toda Europa desde Estambul y Suecia. También Karen Blixen, que cambió Copenhague por Nairobi. O la fotógrafa Jette Bang, que con solo veintidós años partió hacia Groenlandia y convivió ocho meses con los inuit.

29 de septiembre de 2020

Mediaba la mañana cuando me planté frente a la tumba apretujada entre cipreses recortados y rodeada por una cerca metálica negra. En la alta lápida de lo que parecía arenisca roja leí: Hans Christian Andersen, 2 de abril de 1805 – 4 de agosto de 1875.

La noche anterior, poco antes de acostarme, había recordado la placa que había visto en la fachada de un edificio en mi decepcionante visita a Nyhavn, el puerto nuevo de Copenhage, en la que se indicaba que en aquella casa había vivido el escritor Hans Christian Andersen en 1835.

Antes de dormirme, mirando un folleto turístico que había en la habitación del hotel, vi que en el cementerio de Assistens, en el barrio de Nørrebro, estaba la tumba de Hans Christian Andersen. Y decidí que al día siguiente visitaría su tumba. Y frente a ella me encontraba. Era, pues, la tercera vez que mi vida se cruzaba con el escritor danés. La primera fue en mi infancia, cuando aún no tenía los diez años. En una pequeña habitación de la casa de mis abuelos, en la que, entre otras cosas, se guardaba la ropa de los domingos y la mantelería que mi abuela se había bordado como ajuar, habían algunos libros. Entre ellos, un ejemplar de los Cuentos de Andersen de la Biblioteca para Niños de la Editorial Sopena publicados, quizá, en los años 20 o 30 del siglo XX, y que yo había leído con fruición.

Viaje a Dinamarca

Desde entonces, Andersen fue el autor de cuentos, hasta que un día, más de cincuenta años después, descubrí un nuevo libro del escritor: El quíntuple viaje por mar, una cuidada edición coeditada e ilustrada por Günter Grass. Leyendo ese texto descubrí que Andersen, más allá de un escritor de cuentos, fue un notable viajero que recorrió prácticamente toda Europa desde Inglaterra hasta Estambul y desde Marruecos hasta Suecia, publicando algunos libros sobre estos viajes. Al mismo tiempo, descubrí la magnitud de mi ignorancia pues, de su libro I SpanienViaje por España—, había varias ediciones de Alianza Editorial y en el año 2014 Mercedes de Luis Andrés publicó un artículo sobre el viajero danés en La Línea del Horizonte

Durante el apacible paseo hacia la salida del cementerio, me fui encontrando con tumbas de personas que fueron eminentes o famosas. La que más me sorprendió fue la tumba de Ben Webster, para mi uno de los grandes saxos tenores del jazz. De tanto escuchar la inolvidable grabación que hizo a finales de los cincuenta con Art Tatum, acabé convertiendo el microsurco en un macrosurco…

No tenía ningún plan previsto para mi estancia en Copenhage. Hacía tiempo que no visitaba ninguna ciudad. Me parecían todas iguales. Como si fueran franquicias de una misma multinacional constructora de parques temáticos. O quizá había perdido yo la capacidad de descubrirlas. Así que, en mi viaje hacia una isla diminuta y muy poco poblada, había decidido hacer una parada en Copenhage.

El día anterior había visitado el Nyhavn, una dársena construida en el siglo XVII como puerto comercial, y que en la actualidad era el centro “por antonomasia” de la ciudad. Como las fotos del folleto turístico del hotel, mostrando la dársena llena de antiguos veleros y rodeada de coloridos edificios de los siglos XVII y XVIII, eran resultonas, tras dejar la maleta en la habitación salí disparado hacía allí. A medida que me iba acercando, las fachadas de las casas del puerto resplandecían, vivaces, alegres, y en la dársena destacaban, sugestivos, los mástiles de los veleros. Experimenté una ligera excitación. Apresuré el paso.

Al llegar me pareció que Nyhavn, lleno de bares y restaurantes, era el punto de encuentro del pijerío indígena y foráneo en plena performance del dejarse ver.

Viaje a Dinamarca

Tras salir del cementerio, paseé por Nørrebro. Me di cuenta de que ese barrio era distinto a lo que había visto el día anterior. Más popular, con ciudadanos en lugar de turistas. Se veían por las calles colmados turcos, pequeños cafés o restaurantes llevados por jóvenes. En una pequeña plaza que había en la Korsgade estaban sentados numerosos africanos alrededor de montones de bolsas llenas de envases de plástico, por lo que deduje que el retorno de esos envases era su fuente de ingresos. Al parecer, Nørrebro es uno de los barrios vulnerables de Copenhagen, en el que hay bastante pobreza. Entre otras medidas para evitar estas situaciones, el ayuntamiento estaba llevando a cabo un proyecto para construir vivienda social.

Daba gusto pasear por esa parte de la ciudad. No había aglomeraciones de gente deambulando como zombis; lo que más me llamó la atención fue la gran cantidad de personas que circulaban en bicicleta. Era una hermosa tarde de julio, y la luz sobre la ciudad era amable y acogedora. Decidí dirigirme hacia Christianshavn, obviando por supuesto el Nyhavn.

Mirando el mapa vi que, en mi camino hacia el puerto había un Museo, el Arbejdermuseet o Museo del Trabajo. En principio pensé que seria un museo dedicado a loar los resultados de la faena bien hecha, del ímprobo esfuerzo. Al llegar a la Rømersgade, la calle en que se encontraba el museo, vi a lo lejos banderas rojas ondeando en una fachada: era el Museo de los Trabajadores, no del Trabajo como había supuesto. Ubicado en el edificio original que levantó el movimiento obrero en 1879, venía a ser la historia del sindicalismo danés y su papel en la mejora de las condiciones de vida de los trabajadores, gracias a la asociación y organización del propio proletariado, unas prácticas tan antiguas y olvidadas como necesarias en nuestro presente. Lo que más me impresionó de la visita fue el salón de actos: un testimonio fehaciente de la importancia atribuida a la vida social en determinado momento de la historia de la clase trabajadora. En cualquier caso, un museo que vale la pena visitar.

Siguiendo mi paseo, apenas cruzada la dársena del puerto y como puerta de entrada a Christianshavn, me llamó la atención un edificio de arquitectura y nombre interesante. La Casa del Atlántico NorteNordatlantens Brygge— Según supe más tarde, fue construido en el siglo XVIII como almacén para la compañía que comerciaba con Groenlandia, las islas Feroe, Islandia y Finnmark.

En el momento de mi visita, el edificio albergaba un centro cultural de Groenlandia, las Feroe e Islandia. En la planta baja había una sala de exposiciones en la que se presentaban los trabajos sobre Groenlandia de dos fotógrafas: Jette Bang (1916-1964) y Kristen Klein (1945). Las imágenes de Jette Bang eran una muestra impresionante de la vida de los Inuit en Groenlandia, que ella visitó innumerables veces a lo largo de su vida. Sus trabajos fotográficos constituyen una colección etnográfica de suma importancia sobre la vida y la cultura inuit en aquella isla. La fotografías de Kirsten Klein —una de las mas importantes fotógrafas de paisaje de Dinamarca— mostraban el paisaje de Groenlandia de una manera melancólica, sensitiva y poética. En las plantas superiores del edificio estaban las oficinas de representación diplomática o comercial de Groenlandia, Islandia y las Feroe, en las que conseguí unas guías de viaje muy bien documentadas.

Fotografía

La tarde era sumamente agradable, y mientras me adentraba en Christianshavn, me di cuenta de que, por primera vez en años, me encontraba a gusto en una ciudad. El barrio fue fundado a principios del siglo XVII por un rey que, como es fácil suponer, se llamaba Christian, y de acuerdo con los aires ilustrados de la época, lo fundó con la intención de crear un núcleo urbano con privilegios comerciales —de ahí la existencia de la Nordatlantens Brygge.

Según había visto en el Museo de los Trabajadores, Christianhavn fue durante la mayor parte del siglo XX un barrio obrero, ligado a la actividad portuaria y a los astilleros que en él se hallaban. Hoy en día es un barrio en el que conviven familias, estudiantes, artistas y hippies, pero que ya muestra los primeros síntomas de esa enfermedad llamada gentrificación.

Y hablando de hippies, me acerqué a visitar la famosa Christiania, otrora modelo de formas alternativas de vivir. Pero eso es prehistoria. No entré. Desde la puerta principal, me dio la sensación de que el enclave venía a ser una galería comercial —un poco cutre, la verdad— dedicada a la venta de hierba.

Al final llegué al ombligo de Christianshaven: el Cristianshavn Kanal. La primera impresión fue que era la misma cosa que el Nyhavn. Pero no, aún no. El canal —muy transitado por motoras— estaba lleno de veleros y barcazas atracados en los muelles, en los que la gente estaba sentada con los pies colgando sobre el canal, con botellas, neveras portátiles, bocadillos… parecía una jovial y despreocupada tarde veraniega en la que los ciudadanos disfrutaban tranquilamente del puerto. Me conseguí una cerveza y un bocata y busqué un sitio donde sentarme al borde del canal. Lo encontré entre un grupo de jóvenes que habían traído un sofá hinchable y una pareja madura que estaba en lo que parecían escarceos amorosos. Los jóvenes bebían birras y la pareja tenía en el suelo una botella de tinto.

Viaje a Dinamarca

El tiempo pasaba apaciblemente. Por el canal iban y venían las barcas con gente gozosa a bordo. Las personas en los muelles charlaban y reían mientras comían y bebían. La tarde era luminosa y vívida. Mis vecinos de la derecha —los del sofá hinchable— se iban pasando un canuto al tiempo que reían tontamente. Los de mi izquierda —la pareja madura—, aunque un poco cortados, empezaban a besarse. ¡Qué maravilla! El mundo parecía feliz y en paz. Recordé una entrada en sus diarios, de un conspicuo e infatigable paseante de esta ciudad, Soren Kierkegaard: es maravilloso, son las cosas accidentales e insignificantes de la vida que son importantes. Así debiera ser. Discretamente, levanté mi vaso —ya casi vacío— hasta la altura de mis ojos y brindé por esa ciudad luminosa, tranquila y —aún— ciudadana. Con dificultad me levanté y me fui al hotel.

El Viaje y sus Culturas

Arrebujado en un rincón de la cubierta de popa del transbordador, y mientras observaba las piruetas que hacían en el aire unas gaviotas, me dije a mí mismo que había sido acertada la decisión de hacer parada en Copenhagen. Protegido del viento, el sol y la vibración producida por el motor de la nave, me iban sumiendo en una agradable modorra, de la que me desperté de pronto al oír que se decía algo a través de los altavoces. La gente empezó apresuradamente a recoger bolsas, niños y perros, y se lanzó hacia las bodegas del ferry. Al cabo de un rato, abandoné mi confortable rincón y me dirigí, yo también, hacia la barriga de la nave.

Desde Helsingborg tenía frente a mí casi trescientos kilómetros hasta mi destino. La autopista, muy poco transitada, mantenía un rumbo casi continuo NNO, ganando latitud a medida que el coche avanzaba. Mi objetivo se encontraba alrededor de los 58º de latitud Norte. Apenas veía la rítmica sucesión de las líneas discontinuas que dividían los carriles de la autopista. Solo tenía ojos para los pequeños domos de granito y los abedules que iban apareciendo en mi ruta hacia el norte, en los límites de la región boreal europea.

Poco después de Gotemburgo abandoné la autopista para seguir la carretera que bordeaba la costa. Tras Stenungsund empezó un fantástico juego de la oca: de puente en puente y sigo porque me toca. Pasé tres larguísimos puentes: Stenungsöbron, Källösundsbron y Tjörnbron, que cruzaban a gran altura el fiordo de Askerö y me depositaron sobre la isla de Tjörn. Después siguieron la isla de Mjörn, y la gran isla de Orust.

La historia de la isla de Orust —y presumo que de toda la región— esta íntimamente ligada a la pesca del arenque. Con ella, aumentó con fuerza la población y su bienestar, para disminuir después con la restricción de su pesca. El glabro paisaje recuerda al último período de la pesca del arenque: la cocción del aceite de pescado necesitaba mucha madera para combustión y por ello, toda la costa fue talada casi completamente. En la actualidad Orust alberga dos de los astilleros de náutica deportiva más importantes del mundo. De hecho, de cada dos barcos que Suecia exporta, uno se ha fabricado en la isla.

Tras una curva me encontré de súbito con tres automóviles parados frente a un semáforo. Estaban esperando al ferry que debía llevarnos a la isla de destino: Malö, una isla de dimensiones más que aceptables, unos dos kilómetros de largo de norte a sur por uno de ancho de este a oeste, frente al Skagerrat.

Tuve suerte, pude instalar mi tienda en un espacio que tenía el camping en una pequeña cala. La puerta de la tienda estaba apenas a dos metros de la mar.

Viaje a Suecia

Mi primera excursión de exploración terminó en un vergonzoso fracaso para mí, que me vanaglorio de saber orientarme y leer bien los mapas. Desde el camping, situado en la costa oriental de la isla, había una pista de tierra que llevaba a un minúsculo núcleo habitado: GrönvikLa pocas casas de Grönvik se alineaban alrededor de una pequeña ensenada en la que un muelle y unos pantanales formaban un pequeño puerto, y a lo largo del muelle se alineaban unos almacenes de aparejos de pesca convertidos en apartamentos de vacaciones. Las casas eran coquetas construcciones de madera pintadas con vivos colores —rojo en su mayor parte—, rodeadas de silenciosos jardines en los que resplandecían los macizos de flores y el césped. En la mayoría de las villas que vi, una especie de enorme escarabajo mecánico iba moviéndose lentamente arriba y abajo por todo el jardín. Adiviné que era una inteligente y autónoma cortadora de hierba. En muchos de los jardines, en un sitio prominente, había un mástil en el que ondeaba la bandera sueca.

Estos jardines solitarios y silenciosos, altivos y distantes, con sus banderas al viento, me hicieron recordar las novelas de Stieg Larson. Desde que las leí, cuando veo jardines bien cuidados envueltos en silencio, sobriedad y secretismo pienso que esconden las turbias conexiones entre la extrema derecha y el poder político y financiero, tema que Larson conocía bien, tanto que fue amenazado por la ultraderecha y un compañero periodista suyo fue asesinado con un coche-bomba.

Tras pasear por Grönvik y la costa aledaña, decidí que, para un aventurero como yo, la pista de vuelta al camping —un trayecto de unos escasos diez minutos— era poca cosa, así que decidí regresar campo a través, saltando de domo en domo. Pero no había contado con que no siempre era factible saltar de un domo a otro, sino que había que bajar a las canales o barrancas que los separaban, llenas de una tupida vegetación de endrinos que le dejaban a uno hecho un lázaro. Metido en esas canales pronto perdí el sentido de la orientación y decidí ir tirando como pudiera por el dédalo de barrancas. Finalmente, la canal que seguía desembocó en el impoluto césped de un jardín de esos que me producían cierto repelús. Al final del jardín, a la izquierda, se encontraba la casa. Tenía la puerta de la cocina abierta y vi un hombre que trajinaba en su interior. En medio del jardín había un lujurioso macizo de flores y entre el macizo y la puerta de la cocina un enorme perro tumbado cuan largo era, con las patas delanteras extendidas y cruzadas sobre las que apoyaba la cabeza. Dí mi primer paso, preparándome para un posible ataque junto con los consiguientes ladridos del perro, la aparición del dueño y las pertinentes explicaciones. El perro levantó sus cejas. A continuación levantó los párpados y fijó su vista en mí. Acto seguido, cerró los párpados, bajó sus cejas y se sumergió de nuevo en sus sueños. Continué a través del jardín hasta la puerta que daba al camino sin ningún percance. Cabizbajo y con el orgullo herido, regresé al camping por la pista por la que había venido.

Para curar mi orgullo de aventurero herido, abrí una botella de vino de las reservas que había traído conmigo. Abrigado con el forro polar, la gorra bien calada y el vaso de tinto firmemente agarrado en la mano, acabé el día sentado en el muelle de madera del camping contemplando lo que sería habitual durante mi estancia: vientos fuertes de poniente trayendo consigo densos frentes nubosos que dejaban a su paso intensos aguaceros. Y una espectacular hora azul.

Las expectativas que tenía se vieron en cierta forma frustradas. A la inexistencia de senderos señalizados se juntó la imposibilidad de encontrar guías de rutas a pie. En la oficina del camping me dieron un folleto con el mapa de las islas de Malö y su vecina Flatö, en el que se podía ver, además de la única carretera que las atravesaba, un par de tortuosas líneas rojas que supuse que serían senderos. Pero el folleto estaba en sueco. A pesar de todas esas circunstancias, pude realizar alguna excursión por este paisaje que tanto me atraía.

El litoral sueco situado entre los estrechos Skagerrat y el Kattegat es la parte más expuesta al Atlántico Norte. Está constituida por un poderoso escudo de granito originado hace unos novecientos sesenta millones de años. Es una costa descubierta y desnuda, muy fragmentada en pequeñas mesetas cortadas por innumerables valles de fractura producidos por la erosión. Distintos hábitats se mezclan entre sí, creando un mosaico de paisajes de bosques, humedales y marismas de aguas salobres divididos en innumerables archipiélagos. En los bosques se entremezclaban arbustos como el avellano, el mirtilo y el agresivo endrino con los robles, olmos, alisos, fresnos y abedules, con poca presencia de coníferas como el pino y la pícea. Siempre resultaba sorprendente salir de esos bosques tupidos en los que reinaba una densa sombra y encontrarse de súbito sobre un domo de granito colgado sobre la esplendorosa luminosidad del mar.

Visité algunos pueblos de la zona. Tranquilos, silenciosos, con las terrazas de bares y restaurantes llenas, pero sin mucha densidad. Predominaba un ambiente chill out. En el único pueblo que encontré animación —es decir, bastante gente por la calle— fue Grunsund, situado en la isla de Skaftö, en la desembocadura del fiordo de Gullmarn. En la dársena del puerto de Grunsund había bastantes pesqueros y estaba rodeada por almacenes de aparejos de pesca. Pero había muchos más veleros y motoras. En mi camino desde el aparcamiento hasta el muelle tuve que atravesar el pueblo por la calle principal. De la casa comunal salían numerosas mujeres, muy animadas y vestidas de blanco, dirigiéndose hacia la iglesia. Le pregunté a una de ellas qué celebraban y me respondió que iban a un concierto de gospel. Y con mayor énfasis añadió: ¡Nosotras somos el coro! A la puerta de la iglesia, un señor —supuse que era el párroco de la iglesia sueca luterana— iba saludando a las personas que entraban en el templo. A la salida del pueblo había una pescadería en la que compré mi cena: una hermosa caballa ahumada de destellos cobrizos.

Una tarde mientras estaba sobre el muelle del camping disfrutando del viento y de algún que otro aguacero, se acercó una señora. Me dijo que había venido a esperar a su nieto que había ido a pescar en la motora.

—¿Se ha bañado usted? —me preguntó.

—No, el agua debe de estar muy fría.

—-Pues lo puede Vd. saber fácilmente. En aquel cordel que cuelga del pilar del muelle hay un termómetro.

Sacó el termómetro del agua y lo miramos. Nueve grados centígrados.

—Vera usted, señora —le dije—, yo me suelo bañar en el Mediterráneo y siempre después de San Juan, es decir, a partir de finales de junio.

Se puso a reír y seguimos charlando un rato. Me recomendó el restaurante Brygghuset de Fiskebäckskil. Así que, una tarde, visité el pueblo.

Fiskebäckskil es, lisa y llanamente un pueblo encantador; pero su encanto no escondía la irreal banalidad que caracteriza a los sitios donde solo existe la temporada de verano, que no deja rastro de la existencia y los ritmos originarios del lugar. El pueblo estaba formado por coloridas casas de madera, con verandas muy bien decoradas y floridos jardines. Entre ellas fluía una tupida red de callejones. Al final del pueblo, delante del muelle donde salía el transbordador que llevaba a Lysekil, había un hotel en el que todo era puro luxury, con desayunos, almuerzos y cenas que constituían verdaderas experiencias inolvidables y diversas actividades para relajarse. Fiskebäckskil, situado como Grunsund en la desembocadura del fiordo Gullmarn, fue antaño un pueblo de pescadores; en la actualidad es un floreciente resort turístico.

De regreso me paré a cenar en el restaurante que me había recomendado la señora en el camping. Estaba en el puerto deportivo, prácticamente a la entrada del pueblo. Buena comida que acompañé con una copa de ¡verdejo! El ambiente era selecto. Gente cuidadamente bronceada, vestida casual como en las revistas de moda, que hablaba quedamente y probaba, con sofisticado ademán, el vino que pedía. Me sentí un poco como Wallander en una cena organizada por sus suegros.

En Mollösund encontré —creo— la explicación al carácter de la región. El pueblo, uno de los más antiguos puertos pesqueros de Suecia, estaba en la parte sur de la isla de Orust. A mi llegada, la localidad estaba muy concurrida. En la dársena había bastantes pesqueros, pero también muchas más embarcaciones deportivas que llegaban a estar abarloadas de cuatro en cuatro.

Alrededor del puerto había un notable núcleo de callejones entre almacenes de aparejos de pesca. En cada recodo se veían redes, boyas, nansas… Entre estos almacenes, había uno que era el museo local, pero estaba cerrado. No obstante, en muchos rincones de esa especie de barrio pescador había paneles explicativos de lo que representó la pesca para Mollösund. La temporada en los bancos de pesca duraba de enero a abril, los tripulantes de los pesqueros, además de un durísimo trabajo a bordo de sobrecargadas embarcaciones sufrían temperaturas extremas. Fue un pueblo con numerosas viudas.

En un muelle había un restaurante que anunciaba cocina internacional: pizza, moules avec frites y fish and chips. Me quedé a cenar. El fish and chips me resultó muy tentador. Creo que el camarero se mosqueó cuando le dije que, para ser realmente internacional, a su cocina le faltaba el pescaíto frito. Justo empezaba a disfrutar de una cerveza cuando llegaron cuatro personas —tres hombres y una mujer— y me dijeron algo. Les contesté que no les entendía, pero que suponía que me daban las buenas tardes, en cuyo caso les deseaba lo mismo.

—¿De donde es usted? —me preguntaron.

—De España.

A continuación contaron los sitios que conocían de España y lo mucho que les gustaba el país. Me dijeron que estaban de regatas. Ese día habían entrenado y durante los dos siguientes se realizaría la competición. Ellos eran de Gotemburgo; de hecho, toda la región era zona de esparcimiento de Gotemburgo: regatas, campos de golf, segundas residencias… ¡Cuanta razón tenía Claudio Magris cuando escribió en Danubio! La vulgaridad triunfa, vistosa y sofisticada, cuando nos trasladamos a un pueblo, no solo y no tanto para buscar en él tranquilos o prohibidos placeres, sino para celebrar un rito que se considera necesario para el propio rango. Al parecer, en la actualidad apenas hay habitantes permanentes en Mollösund. En los últimos tiempos, el pueblo ha perdido más de un tercio de su población. Es durante los soleados días de verano cuando cientos de motoras y veleros navegan y atracan en la zona, celebrando un rito necesario para el rango de los visitantes.

De vez en cuando recogía folletos turísticos. En uno de ellos se anunciaban salidas en barco a bordo de un remolcador del siglo XIX, el Harry, construido en 1887, al que, en 1967, se le instaló un motor Skandia de 300 caballos. El barco estaba atracado en Lysekil, en donde además había un museo dedicado a los motores Skandia. Así que un día visité Lysekil.

Situado en la margen derecha del fiordo de Gullmarn, en la orilla opuesta de Fiskebäckskil había que coger el transbordador en este último pueblo, y en un trayecto de apenas veinte minutos se desembarcaba en Lysekil.

Según pude informarme, Skandia fue una marca mítica. Fundada en los inicios del siglo XX, al parecer llegaron a equipar a toda la flota pesquera y comercial de la costa oeste de Suecia. En sus lejanos orígenes, Lysekil fue un importante puerto pesquero, y a lo largo de los siglos XVIII y XIX tuvo un fuerte desarrollo la industria pesquera y la naval. En el siglo XX, el señor Lars Laurin, originario de Grunsund, fundó la marca, que llegó a ocupar a más del 50% de la población de Lysekil para cerrar en 1991.

El puerto en el que atracó el transbordar —el puerto sur— estaba formado por largos muelles. Di un paseo por ellos y subí hacia la colina con la iglesia que dominaba el pueblo. Bajé por la parte opuesta del altozano y me dirigí al puerto norte, donde supuestamente se encontraba el museo que encontré cerrado. Frente al edificio había un pequeño barrio que aún tenía, debidamente reformadas y rehabilitadas, las casas de madera originales. Tras pasear por sus callejuelas, regresé al puerto por la Drogninggatan. Antes de llegar, en el lado izquierdo de la calle, se encontraba el parque público, el Stadspark. Había grupos de personas alrededor de unos bancos, unas de pie, otras sentadas sobre los respaldos. En lugar de ir vestidos con trajes de catálogo de ropa náutica, llevaban prendas que denotaban un largo uso y frecuentes lavados. En lugar de una piel elegantemente bronceada lucían, una piel llena de tatuajes. Y mientras bebían de sus latas de cerveza y echaban profundas caladas a sus cigarrillos, en lugar de la arrogante indiferencia con que los ricos se aíslan de la sociedad, me dirigieron las desconfiadas y hoscas miradas de la gente maltratada por la sociedad. Lysekil no formaba parte, quizá, del área de influencia de la jet gotemburguesa.

En mis idas y venidas, siempre que atravesaba la isla de Flatö cruzaba una iglesia rodeada de casas. Al pié de la carretera, un cartel indicaba Skolan Museum, museo de la escuela. Me sentí intrigado por lo que pudiera contener un museo de la escuela en un lugar como aquel, y recordando que ya había malinterpretado el nombre de un museo en Copenhagen, pensé que lo mejor era visitarlo. Aparqué frente a la iglesia y caminé hacia el edificio que supuestamente era el museo, una larga casa de madera pintada de rojo. Al doblar la esquina de una fachada me encontré con un escenario  lleno a rebosar de gente cantado y tocando la guitarra. En los bancos que había en la explanada frente al escenario solo había una señora con cara de aburrida. Frente a la puerta de la casa, un mostrador con salchichas, panecillos, cerveza, pasteles y café, y detrás del mostrador, una pareja charlando.

Viaje a Suecia

Les pregunté si se podía visitar el museo. ¡Claro!, me responden, pase usted, y me indican la puerta de la entrada. El edificio está dividido en dos mitades. El de la izquierda era la casa del maestro: cocina-comedor y dormitorio-sala de estar. Nada más. La mitad de la izquierda era el aula. Me cuentan que la escuela funcionó hasta los años 60 —del siglo XX, claro—. Están puestos todos los pupitres, y no sin cierta emoción contenida, ambos anfitriones me mostraron dónde se sentaban ellos. En la mesa del profesor había un artilugio increíble: una especie de candelabro que soportaba a cierta distancia una bola del mundo que a su vez tenía sobre sí a cierta distancia una bola blanca que era la luna, unido todo por unos engranajes; se encendía la vela —el sol— del candelabro, se le daba a una manivela y la Tierra empezaba a girar alrededor del sol, y la luna alrededor de la Tierra. Quedé prendado de este increíble aparato.

Viaje a Suecia

Mis anfitriones me contaron que estaban intentando tirar adelante el proyecto de la asociación cultural de Flatö —el año anterior habían instalado el escenario—. En la conversación salió a relucir el nombre de Ever Taube, un cantante, compositor y trotamundos sueco que estuvo en Flatö a principios de los años cuarenta. Me preguntaron si lo conocía. Les dije que sí, que había visto el pequeño monumento en la isla y que también había visto su estatua en un rincón del Gamla stan, en Estocolmo. Quedó tan sorprendida de que supiera quién fue Ever Taube que salió disparada a hablar al dirigente del grupo musical para que cantara alguna pieza suya. El hombre, un poco molesto, le vino a decir que en veinte minutos hacían una pausa y después vería. Me invitaron a compartir la fiesta, así que compré un perrito caliente y una cerveza, que redondeé con un trozo de pastel y un café, y me senté junto a la única espectadora que había. Disfrutando del concierto, descubrí que no tocaban guitarras, sino ukeleles.

En la pausa, los músico bajaron del escenario, bebieron algo mientras charlaban y comentaban cosas, como por ejemplo que en Flatö quedan poco más de cien habitantes. Que antes se trabajaba en la pesca y en la navegación y que habían algunas granjas. Ahora solo quedaba una granja. El hombre que la llevaba dedicaba el  ochenta por ciento de su tiempo a hacer de chófer y el veinte por ciento a la granja. Algunas personas se me acercaron y me preguntaron sobre mis orígenes.

Al final de la pausa, el hombre subió al escenario con una guitarra acompañado de un joven, también con guitarra. Se acercó al micrófono y supongo que dijo algo así como: Para mi querido publico de España, ahí van unas canciones de Ever Taube. Cantó algunos tangos —Ever Taube vivió cinco años en Argentina— y un soberbio blues. Me esforcé todo lo que pude para mostrarles mi agradecimiento, que fue —y sigue siendo— muy grande.

El día de mi partida madrugué. Hasta Helsingborg, donde debía coger el transbordador hacia Dinamarca, me quedaban muchos kilómetros.

Viaje por Suecia y Dinamarca

Dejé Elsinor por la carretera que bordeaba la costa y se dirigía hacia el sur, hacia Copenhagen. Conducía tranquilamente mirando el paisaje, ora las tranquilas aguas del estrecho de Øresund, ora el apacible paisaje de la isla de Selandia, un paisaje llano, suavemente ondulado por colinas morrénicas. Medio despistado, vi pasar un cartel que anunciaba un museo: Karen Blixen Museum. Unos centenares de metros mas adelante mi subconsciente reaccionó, percatándome de que Karen Blixen no era otra que Isak Dinesen. Yo no había leído nada de esta autora, pero había visto dos películas basadas en sus obras que, en su día, me gustaron mucho: El Festín de Babette y Memorias de África. Las películas, rodadas en entornos culturales muy distintos como son el europeo y el estadounidense, narraban el viaje de dos mujeres que abandonaron sus lugares de origen y se instalaron en lugares lejanos, con culturas muy distintas a las suyas. Frené con brusquedad, soporté estoicamente los improperios que me lanzó el conductor del coche de atrás y giré para visitar el museo.

En la denominada ala norte de la casa, se encontraban las estancias donde vivió Karen Blixen —tal y como quedaron tras su muerte, según rezaba el folleto—. Las fotografías, muebles y documentos que llenaban la vivienda me resultaron un decorado banal por lo bien puesto que estaba todo. Aquellas estancias ya no eran el hogar de una célebre escritora, sino una fórmula estereotipada y aséptica. En mi opinión, la parte más interesante es la llamada ala oeste, la parte en la que antiguamente habían estado el establo, la cochera y el henil. Tras superar la consabida tienda y el café, llegué a una amplia sala de exposición donde el visitante se podía hacer una idea de lo que fue la vida de la escritora, sin duda una vida intensa e incluso apasionante.

Al entrar en una pequeña habitación arreglada a modo de biblioteca, me topé con una foto de tamaño casi natural en la que salían Karen Blixen y su compañero Denys Finch Hatton junto a un árbol, fuertemente cogidos de la mano. Ella miraba ensimismada hacia el suelo y él miraba directamente al visitante. Entre ellos y yo revoloteaba la cortina empujada por la brisa que entraba a través de una ventana abierta. Tuve la impresión de irrumpir, como elefante en cacharrería, en uno de esos momentos de intensa y frágil intimidad que se produce entre dos personas. Fue para mí un momento intenso e inaprensible. Una visitante me despertó de mi satori al pedirme que la dejara entrar en la biblioteca.

Viaje por Dinamarca

Paseando por los jardines de la hacienda llegué a la tumba de la escritora, una gran losa a ras de tierra con su nombre grabado al pie de un hermoso y robusto árbol. Permanecí allí bastante tiempo, sin que, afortunadamente, nadie viniera. El tiempo suficiente para recordar la cita de Claudio Magris, cuando escribe sobre los cementerios y tumbas abiertos como un jardín ante la puerta de la casa. Esta familiaridad épica con la muerte —que puede verse también, por ejemplo, en las tumbas musulmanas de Bosnia, tranquilamente colocadas en el huerto de la casa, y que nuestro mundo tiende por el contrario, cada vez más neuróticamente a alejar—posee la medida de la justicia, es el sentido de la relación entre el individuo y las generaciones, la tierra, naturaleza, los elementos que la componen y la ley que preside su combinación y disgregación. La tumba de Karen Blixen estaba literalmente colocada en el huerto de la casa.Viaje por Dinamarca

Salí del museo, crucé la carretera y me dirigí hacia el mar. Mediaba la tarde cuando me planté frente al Báltico. A lo lejos se divisaba el perfil de la costa sueca. Una goleta de porte clásico navegaba a palo seco rumbo sur. Un cielo memorioso cementaba la tierra, el mar, la goleta y a mí bajo la perenne ley de la combinación y disgregación.

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