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    La fotógrafa y vídeo-artista Leila Alaoui (1982-2016) falleció trágicamente víctima de las heridas sufridas tras el atentado de Uagadugú, en Burkina Faso, el 15 de enero de 2016, cuando trabajaba en un reportaje sobre la condición de la mujer, por encargo de Amnistía Internacional. Una exposición en la Casa Árabe de Madrid homenajea su trayectoria y compromiso vital mostrando treinta retratos realizados por la autora en entornos rurales de Marruecos. Abierta al público hasta el 22 ...[Leer más]

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Histórico noticias



Tumbas etruscas

Leer ‘Tumbas etruscas’ sirve para descubrir con la mirada de D.H. Lawrence una civilización casi olvidada en la historia y la cultura de la península itálica. El novelista y viajero descubre las raíces del genio latino; un mundo aún hoy mal conocido, tapado literalmente por la grandeza de la expansiva Roma.

28 de abril de 2016

David Herbert Lawrence es conocido sobre todo por sus novelas. Pero también fue un gran viajero con la cultura necesaria para apreciar las tierras que pisaba y los pueblos que encontraba. Lawrence descubre el mundo etrusco, aún hoy mal conocido, tapado literalmente por la expansiva Roma. Una descripción meramente arqueológica de la cultura etrusca echaría para atrás a más de un lector, pero este libro es muy diferente. A través de los frisos y las tumbas, nos cuenta de una civilización singular, con raíces probablemente en Asia Menor, de su armonía y equilibrio, de su inocencia primigenia, no pretenciosa como la griega o la romana. Comparada con la naturalidad etrusca, Lawrence considera la belleza griega como algo “prefabricado”. Naturalidad que no les impidió crear un arte genial e inventar el arco y la bóveda, que los romanos usurpan como suyos.

Los etruscos eran el pueblo más fuerte en los tiempos de la fundación de Roma, hacia el siglo VI a.C. No formaban un Estado sino una federación de ciudades que compartían cultura y lengua, que ocupaba más o menos la Toscana moderna y la isla de Elba. La estirpe de los primeros reyes de Roma tiene orígenes etruscos, como prueba el apelativo de la “gran Roma de los Tarquinios”. En 396 a.C., en su deseo de expansión, los romanos toman y aniquilan la ciudad de Veii, Veis o Veies, a sólo quince kilómetros al noroeste de Roma, acabando con la civilización etrusca, aunque su impronta permaneciera. Lawrence ve en Giotto la energía soterrada del antiguo arte etrusco, espontáneo, vital y sensual y no oculta un cierto desdén hacia los imperialistas romanos, para él guiados principalmente por la codicia. Efectivamente, la caída de los etruscos constituyó un botín y un saqueo extraordinario, además de destruir una civilización armoniosa, más igualitaria y muy creativa.

Tumbas etruscas, D.H. Lawrence

El viaje lo realiza en los primeros años del fascismo, en trenes y carretas, llegando a pueblos sencillos bajo el sol, a veces asolados por la malaria, a plazas desiertas, escuetas como esas imágenes del cine realista de la postguerra. Era mucho antes de que el turismo depredador de los sesenta hubiera transformado el país. Aprovecha para hablarnos de personas –con simpatía a veces, como Albertino, el chaval de catorce años, diligente y amable, dickensiano–, de hermosas lavanderas y, con una condescendencia muy inglesa, nos expone el contraste de ese pueblo pobre, adocenado, casi entontecido, con sus ancestros, tan gallardos, tan artísticos. Lo que demuestra, para él, el error de considerar que la historia siempre avanza, de que el progreso es casi mecánico y es la ley fundamental de la historia. La vieja Etruria ha desaparecido y el pueblo es un fantasma de lo que fue, aún más chocante cuando se ven sus magníficas tumbas. También nos habla de paisajes, de flores que, como buen inglés, aprecia y conoce (en inglés el libro se titula Etrurian places, lugares).

D. H. Lawrence escribió novelas trascendentales en la literatura del siglo XX –tuvo que editar clandestinamente en Florencia El amante de Lady Chatterley, vetado por la censura inglesa–, rompiendo el corsé victoriano. Amaba el mundo clásico y no era un improvisador; sus páginas sobre los etruscos le sirven para cantar la sensualidad despejada de toda culpa, la unión del arte y la vida. Los romanos, dice, lo consideraban un pueblo “depravado” y por eso, dice con ironía, lo destruyeron. Encomia ese genio inicial, esa civilización risueña, que acogía otras culturas (griegos y fenicios) y que fue arrasada por la racionalidad romana. Una Etruria que tenía una religión simbólica, con animales heráldicos (hasta el pez, luego símbolo cristiano), que creía en los augurios y en los arúspices, como hoy –dice Lawrence– creemos en la psicología y la economía política.

Al describir los frescos de las tumbas, el autor se nos revela, se nos descubre, conocemos cómo es, cuáles son sus preferencias. Como buen libro de viaje, la personalidad del autor se transparenta. Es un viajero que disfruta de la historia, la cultura, los paisajes y todo con buen humor. En los frescos ve mucho más que ese arqueólogo alemán, insensible, científico, que se encuentra en Tarquinia y que describe con gracia pero sin piedad. Sin ápice de nostalgia, con sinceridad, pues, como se sabe, la insinceridad, la nostalgia y la melancolía son los tres principales impedimentos para narrar un viaje o un país.

Leer Tumbas etruscas, además de para aprender sobre esa civilización casi olvidada, nos servirá de estímulo para recorrer esas tierras con otra mirada, no sólo atendiendo al Renacimiento o a la civilización romana, y descubrir esas raíces del genio latino. Un itinerario histórico necesario para comprender mejor la cultura de la península itálica.

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