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    La Biblioteca del Congreso de Estados Unidos ha digitalizado su colección de libros raros chinos. Más de mil obras anteriores a 1796, algunas de las cuales se remontan al siglo XI, son ya accesibles desde su página web: sutras budistas, mapas antiguos, textos sobre remedios médicos... y acuarelas que representan la vida en Taiwan antes de la llegada de los colonos Han. Debido a las dificultades de conservación, parte de esta colección no puede exponerse al público, por lo que la ...[Leer más]

  • China: Cinco miradas de mujer

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    Cine chinoLi Yu, Ann Hui, Zhao Wei , Guo Xiaolu y Sylvia Chang han dirigido algunas de las películas más relevantes realizadas en China desde el año 2007 hasta el 2017. Casa Asia y la Fundació Institut Confuci de Barcelona les dedican un ciclo de cine, donde a lo largo del mes de junio se proyectarán las últimas obras de las directoras. La entrada es libre hasta completar aforo con inscripción previa.

  • Dibujando entre leones

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    Exposición de Francisco Hernández en el Museo Nacional de Ciencias NaturalesEl ilustrador y pintor naturalista Francisco Hernández viajó al parque nacional de Etosha, en Namibia, con un objetivo claro: adentrarse en la naturaleza africana y dibujar su fauna y su flora, siguiendo el lento pero imparable peregrinaje de miles de mamíferos en busca del más preciado elemento: el agua. Sus dibujos, bocetos y pinturas pueden verse en el Museo Nacional de Ciencias Naturales hasta el 1 de septiembre.

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    Giambattista Piranesi soñó siempre con ser arquitecto, pero la única obra que llegó a ejecutar fue la restauración de una pequeña iglesia en el Aventino, una de las siete colinas que dominan Roma, donde yace enterrado. Sus arquitecturas las desplegó en grabados como los que se conservan en la Biblioteca Nacional de España, expuestos hasta el 27 de septiembre para celebrar por adelantado el tercer centenario del artista italiano. Entre las muchas estampas están las celebérrimas vistas...[Leer más]

  • Himba, la tribu más bella de África

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    Al noroeste de Namibia, en una vasta región denominada Kaokoland, habitan los himba, la tribu más bella de todo el continente africano. Perfectamente adaptados a un medio natural hosco y estéril, los pastores himba (unos 10.000 individuos) viven de espaldas a un mundo en constante cambio, aislados en pequeños kraales donde abrazan la forma de vida y tradiciones de sus ancestros. Su nombre, himba, significa mendigos, y su historia habla de persecuciones y expolios por parte de otras ...[Leer más]

Histórico noticias



Turismo espiritual

Cada vez son más los occidentales que viajan a Asia para pasar sus vacaciones de monasterio en monasterio en busca de calma. A tan sólo media hora de Bangkok, turistas espirituales se aíslan del mundo para explorar aquella tierra tan desconocida que es el interior de uno mismo.

18 de enero de 2016

–Esta es la zona de los hombres, de los monjes. Por aquí no puedes venir sola.

Sin preguntar por qué, lo acepté inmediatamente. Aquel monje (bikkhu) de túnica ocre, ojillos azules y mirada compasiva me señalaba una serie de cabañas de madera (kutis) oscura prefabricadas en hilera que formaba parte de las dependencias del monasterio. Al otro lado, entre el templo principal y una inmensidad verde de arrozales y bambú, la zona de las mujeres. Allí me alojaría yo: acababa de llegar al monasterio Wat Prayong.

Uno de los trabajadores me entregó la llave de mi kuti, la número siete. Con su baño incluido, su ventilador y una estancia donde tirar una colchoneta y dormir. Sin wifi, ni televisión ni nada que pudiera distraerme.

Turismo espiritual

Mónica Hernández.

–Debes vestir decentemente y respetar las normas del monasterio.

Pensaba quedarme allí una semana. Estaba a media hora de Bangkok, la capital de Tailandia, y a otra media del aeropuerto internacional Suvarnabumi. Pasaría mis últimos días de vacaciones por el sudeste asiático calmando el monstruo de la mente y meditando. En este monasterio tan sólo vivía una pequeña comunidad de seis monjes, una monja y algunos trabajadores.

Dos cabañas más allá estaba alojada otra joven austriaca que llevaba allí un mes, Bianca. Al poco llegó Marta, una española residente en Bangkok que ejercía de profesora de inglés en la capital tailandesa desde hacía unos meses. En la cabaña de al lado, Susa, llegada desde Alemania. Se podía hablar, pero lo justo. No buscábamos sol ni monumentos. Éramos turistas espirituales.

Nos levantábamos sobre las cuatro, aún de noche, todas vestidas de blanco y en silencio, respetando las normas del lugar. A las cuatro y media la comunidad de monjes entonaba cánticos en pali que ayudaban a la concentración y, según Marta, le servían de mantra. A las seis se podía hacer meditación en movimiento echando una mano en las necesidades del monasterio: limpiando las hojas caídas, barriendo, repartiendo la comida a los numerosos gatos que vivían allí… y a las siete y media el desayuno. Después de cantar los monjes salían a mendigar, es la costumbre en los países asiáticos, y la mayor parte de nuestro desayuno se basaba en lo que les donaban los lugareños. Recetas asiáticas con carne o verduras, dulces, postres… dar comida a un monje significa avanzar un paso hacia una buena reencarnación, así que los desayunos eran excelentes. No se volvía a comer hasta las once, y el resto del día, aparte de las meditaciones individuales que hiciéramos cada uno en silencio, más cánticos a las cinco y a las ocho. No había cena. Tampoco pagábamos nada.

Turismo espiritual

Mónica Hernández.

Esa era nuestra vida día a día. Frenar en seco y pasear, meditar, descansar, sentarnos a ver amanecer o atardecer, contemplar de cerca la naturaleza, los animales, conexión con el presente… No se debía leer ningún libro ni salir del recinto. Nada que no condujera a la calma, al insight, a mirarse dentro y escucharse, nada que pudiera hacer el pensamiento volar, nada que no condujera a despertar. Para eso nos aislábamos del mundo. Para hacer un viaje interior.

Susa llegaba agitada de Alemania. Tenía un trabajo estresante y no tenía claro  si eso era realmente lo que quería hacer. Contaba que vivía demasiado deprisa, con la agenda ocupada toda la semana… Si pudiera parar y dar un volantazo –reflexionaba delante de nosotras–, si pudiera sólo saber por qué había días que veía todo negativo… Otros días se comparaba en exceso con los demás para salir perdiendo; tenía la sensación de que la vida se le escapaba… Tenía que haber alguna manera de parar. Al menos había llegado a la conclusión de que el problema era ella misma y no los demás.

Marta necesitaba encontrarse a sí misma. Llevaba meses fuera de Madrid y, aunque feliz en Tailandia y con muchos proyectos de nuevos viajes, no acababa de comprender la razón que le había hecho salir de su casa. Necesitaba estar sola y observar, hacer las preguntas correctas a la mente para que ésta respondiera desde la paz.

Los seres humanos rápidamente nos desconectamos de nosotros mismos para satisfacer a los que nos rodean: a los padres, a los maestros, a los jefes… y buscar su aprobación y aceptación, lejos de lo que son nuestros verdaderos deseos. En estrecha conexión con nuestros miedos que constantemente nos amenazan con no ser queridos o aceptados si somos diferentes.

El bikkhu que atendía nuestras necesidades espirituales, el mismo que me recibió amablemente a mi llegada, me contó que cada vez éramos más los occidentales en busca de calma en monasterios asiáticos. Para poder escucharse, lo primero es la calma.

–Aquí estamos para trascender el ego, para que el ser humano, que es un ser maravilloso, se trascienda a sí mismo. Pero vosotros venís para encontraros y ubicaros en el mundo, no para trascenderlo… Y hay que comprenderlo. Las sociedades occidentales van hacia la destrucción total. No hay salvación para Europa. El materialismo, los excesos… Hace tiempo que Europa se desconectó de sí misma y se lanzó a correr hacia ningún lugar. No está alineada con el universo.

–¿Cómo se hace para alinearse con el universo, bikkhu? Entiendo que aceptar lo que viene y no rechazarlo es fluir, no tener expectativas es fluir… ¿Tan difícil es aceptar la vida tal como es?

–El ego del ser humano tiene miedo, y eso le hace tener necesidad de control y apegos, y eso es fuente de sufrimiento. Y además, apego al sufrimiento. Es fácil de saber; cuando vas a iniciar un camino que te genera ansiedad, dudas, taquicardias… eso no está en el orden universal. Si por el contrario haces algo y no encuentras resistencias, si es todo fácil, eso es lo que quiere el universo de ti, dicho de un modo genérico.

El bikkhu me dejaba pensativa siempre que me hablaba. Le podía encontrar cada tarde desde que empezaba a ponerse el sol hasta que se ocultaba completamente paseando solo y lento en torno al edificio principal del recinto, un gran monasterio con un buda gigante en su interior con capacidad para cientos de fieles. Yo absorbía sus palabras hasta la última sílaba, todo me parecía importante, pura sabiduría para mi mente humana ocupada en mundanidades que, si bien me parecían importantísimas, no resultaban ser más que banalidades que me preocupaban en exceso, proyecciones de mis miedos, de mis sombras… El bikkhu me miraba por encima de sus gafillas pequeñas y redondas y sus ojos azules de origen irlandés se llenaban de compasión en nuestras conversaciones.

Bikkhu, me siento a meditar y no hago más que pensar…

–No te culpes. Observa los pensamientos. Es normal pensar. Acéptalo. No luches. Todo lo que rechazas vuelve a ti con fuerza. Se trata de integrar.

Bikkhu, ¿y si no lo consigo?, ¿y si nunca llego a vivir el presente relajadamente?

–Ese es el problema: vuestra necesidad de querer conseguir cosas. No hay que querer nada, es solo respirar y vivir lo que llega, es la espiritualidad que hay en ti.

Turismo espiritual

Mónica Hernández.

Era la segunda vez que yo me alojaba en un monasterio. La primera, donde acudí un poco por curiosidad hace un par de años, fue en Myanmar, en Pa Auk Forest, al sur de Yangon. Allí entré en el monasterio de mujeres, al lado del de los hombres, en medio del bosque. Llegué sin avisar, pensando quedarme tres días que se convirtieron en una semana. Compartía kuti con una joven malaya que trabajaba dirigiendo fábricas de trabajadores camboyanos que cosían para Europa, Kathy. Estaba completamente dominada por su mente. De tal manera que había descubierto que no vivía en el presente; estaba siempre preocupada por cosas que habían ocurrido o que podían ocurrir, siempre planificando y con gran necesidad de aceptación por parte de los demás, por lo que pasaba sus vacaciones de monasterio en monasterio meditando, paseando por el bosque, parando en seco su loco ir y venir diario para escucharse. Kathy fue quien me explicó que no se puede tocar a los monjes, que en la cola que teníamos que formar para que nos sirvieran la comida, primero iban las monjas y después las extranjeras. Que son las poblaciones cercanas a los monasterios quienes se brindan a cocinar para los bikkhus de cara a conseguir méritos para la reencarnación y que en la mayoría de países asiáticos los gobiernos ayudan a la financiación de los monasterios teniendo en cuenta que la religión está más incorporada a sus vidas que a las nuestras occidentales. Kathy me hizo ver también que el mundo en el que vivimos no existe, es sólo una proyección de nuestra mente que a su vez se forja fruto de nuestras experiencias y genética. “Lo que nos ha pasado, lo que nos han dicho nuestros padres, nuestros profesores, nos marca. Y si no lo hacemos consciente será eso lo que proyectaremos en nuestra vida. Será ese el mundo en el que viviremos y que creeremos que es real. Por eso es muy importante cuidar lo que nos entra en la mente”.

Turismo espiritual

Mónica Hernández.

Kathy me habló también de la slow life: “Camina despacio, piensa antes de hablar, come lentamente y saborea”.

En Pa Auk Forest, donde residían cientos de monjas, la mayoría chinas, a las tres y media de la madrugada alguien hacía sonar un gran gong que significaba que debíamos ir a meditar en fila india y en silencio a una enorme sala presidida por un Buda en medio del bosque, donde cuando cerrábamos los ojos era de noche y cuando los abríamos había amanecido entre delicados cantos de pájaros. Allí apenas se podía hablar. Se meditaba durante una hora cada hora y media y dos veces a la semana venía un maestro espiritual a quien le consultábamos nuestras dudas, tanto monjas como turistas. Yo hacía cola detrás de decenas de monjas chinas y, como estaba comenzando en este mundo, hacía reír al maestro explicándole cómo se me dormían las piernas al sentarme o cómo me poseían los sentimientos y yo me identificaba con ellos…

Dos años después, en Wat Prayong, y después de meditar en Madrid y hacer retiros en lugares variados, ya sabía la diferencia entre meditación y relajación; conocía la importancia de escucharme a mí misma para poder tomar decisiones acertadas y no dejarme llevar por los miedos o no identificarme con los sentimientos; comprendía la grandeza de rendirme al universo y aceptar los acontecimientos sin tratar de controlarlos y había experimentado más de una vez gran sufrimiento por expectativas sólo generadas por mí que no se habían cumplido.

Y al igual que yo, Susa, Kathy, Bianca, Marta y tantos turistas que he conocido buscando algo más que lo que se ve a simple vista, algo más que una agenda llena de citas vacías o un trabajo estresante que genera ansiedad. Buscando la espiritualidad innata en los seres humanos. Buscando despertar.

A pesar de que el bikkhu irlandés hablaba de destrucción, otras corrientes aseguran que el mundo camina lentamente hacia el despertar, que cada vez son más los turistas espirituales que quieren dar luz y yo creo en esas corrientes. El universo tiene grandes planes para nosotros. ¿Qué me queda, si no?

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