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  • Jardín deshecho

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    “A mi queridísimo Federico, el único que me entiende. Firmado: su propio corazón”. Esta es la dedicatoria que Lorca se hizo a sí mismo en un ejemplar de su primer libro, Impresiones y paisajes, y uno de los documentos más curiosos que ofrece la exposición Jardín deshecho, abierta al público hasta el 6 de enero de 2020 en Granada. Comisariada por el hispanista estadounidense Christopher Maurer, es la primera muestra sobre el poeta centrada en la temática del amor. “Amó mucho...[Leer más]

  • Magallanes, Elcano y la vuelta al mundo

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    ExposicionesEl mundo no volvió a ser el mismo después de esta expedición. Doscientos treinta y nueve hombres y cinco naos partieron de Sevilla en 1519 en busca de una ruta por el oeste hacia la Especiería. Tres años después, regresaron dieciocho hombres y una nao, después de haber dado la vuelta al mundo. El Museo Naval de Madrid se une a la celebración del quincentario con la exposición Fuimos los primeros. Magallanes, Elcano y la Vuelta al Mundo, abierta al público desde el 20 de septiembre.

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    Las comunidades nómadas kazajas del norte de Sinkiang migran anualmente hasta mil kilómetros de distancia, constituyendo uno de los movimientos estacionales más largos de Asia Central. Realizan dos viajes al año: pasan los meses de frío en un lugar fijo, resguardado del viento o en la orilla de un río, y en primavera parten hacia los pastos de verano, en el macizo Altái, en lugares más elevados y frescos. Al llegar el otoño, vuelven a sus asentamientos de invierno. Desplazamientos ...[Leer más]

  • Cartografiando la Luna

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    The Map House, LondonTrescientos años antes de que los estadounidenses llegaran a la Luna, un sacerdote y erudito alemán, Athanasius Kircher, dibujó un mapa de la cara visible de nuestro satélite. Este y otros tesoros pueden verse en una exposición que explora la historia de la cartografía lunar y celeste: The Mapping of the Moon: 1669-1969, hasta el 21 de agosto en la Map House de Londres.

  • Los marroquíes de Leila Alaoui

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    La fotógrafa y vídeo-artista Leila Alaoui (1982-2016) falleció trágicamente víctima de las heridas sufridas tras el atentado de Uagadugú, en Burkina Faso, el 15 de enero de 2016, cuando trabajaba en un reportaje sobre la condición de la mujer, por encargo de Amnistía Internacional. Una exposición en la Casa Árabe de Madrid homenajea su trayectoria y compromiso vital mostrando treinta retratos realizados por la autora en entornos rurales de Marruecos. Abierta al público hasta el 22 ...[Leer más]

Histórico noticias



Un africano en los fiordos

‘Feliz norte’ es la reproducción de una historia real, en la que el protagonista abandona su país de origen, en África occidental, para dar un salto a los fiordos noruegos. Allí, rozando los cuarenta años, consigue hacerse con una nueva vida gracias a los valores de su humanidad.

23 de enero de 2017

No es posible encontrar una mayor paradoja en este mundo burdamente global que las líneas del mapa trazando fronteras. Un planisferio político pertenece al orden desnaturalizado de otra época, cuando los hombre estaban dispuestos a morir en nombre de la nación. Ahora harían falta muchos mercenarios para combatir a los drones. La auténtica frontera, esa que sugiere en la narración, precisa de un tiempo para recorrerla, un tiempo durante el cual uno no se encuentra ni en su patria ni en tierra ajena. Ni siquiera reconoce un calendario. Es un paréntesis y no una línea continua. Pocas fronteras tienen menos interés, en ese sentido, que los aeropuertos, convertidos en el lugar donde más anécdotas suceden. Pasar de Benín a Noruega de una tacada, como le sucede a Aimé, el protagonista de esta bonita novela que es Feliz norte, supone una reorganización sentimental debido a la superación de tantas supuestas fronteras, todos los espacios habitados o vacíos, que le habrían ayudado a explicar dónde se encuentra a medida que avanza. Hijo de un padre mitad vietnamita, mitad francés, desaparecido en la memoria, y de una madre de África occidental, hija, a su vez, de un curandero vudú, nuestro protagonista alcanza el metro noventa de estatura y destaca, desde su infancia, por la compasión, que es la versión emocional de la empatía. Al tiempo que nos describe su lugar de origen, en lo que para él es costumbrismo y para nosotros viaje, un trozo de Sáhara, entiende el vudú como una forma de explicar los acontecimientos, incluso de hacer justicia, en un lenguaje incomprensible para los escandinavos y para cualquier otro pueblo que hubiera cruzado, de haber viajado a Noruega por tierra. Eso explicaría el fracaso histórico de los misioneros noruegos en Benín, pero también su formación como auxiliar de enfermería y su trabajo en los quirófanos. Tanto la medicina alopática como el vudú, o la religión, como todo, son reales desde el momento en que alguien cree en ello.

Fiordos

Mariamichelle, Pixabay.

Árpád Kun (Sopron, 1965) consigue que nos creamos que el narrador es tan africano como Ben Okri o Chinua Achebe, en un ejercicio en el que intervienen los códigos de purezas y blasfemias de los otros, bien aprendidos y mejor desarrollados en la narración. El motivo, lo sabremos en el epílogo, sin desvelar el final, es la amistad. Kun, al igual que el protagonista, es un extranjero de origen húngaro afincado en la Noruega de los fiordos, donde se conocieron. Pues el libro es reflejo de la vida de un emigrante, un viajero real. Hasta el punto de que el momento clave, el trauma, es el paso de una frontera. Aimé  resulta ser beninés por nacimiento, pero francés en cuanto a la administración, dada la procedencia de su padre. Así pues, cuando pretende salir de Benín, con treinta y ocho años, resulta que se le exige el pago de toda su vida a modo de visado. La administración le presupone ser turista, ignorando que nació y jamás abandonó Benín. La anécdota sirve para que no se resienta la narración al girar el escenario. La vida en los fiordos, llena de agua y la mitad del año de sombra, mientras la otra es siempre de día, apenas tiene algún aspecto en común con África. Pero a su llegada topa con un grupo de discapacitados, que regresan de vacaciones en Canarias, gracias a lo cual vuelve a reconocerse como la persona que era: alguien entregado a la sanación del amigo y del desconocido.

Y así es como sobrevive. Cambia un país lleno de la vitalidad de los niños en la calle por otro donde el envejecimiento de la población es determinante. Hasta el punto de asistir a competiciones deportivas de lo más chocantes, como carreras de sillas de ruedas, con andadores o muletas. Al mismo tiempo, salva la adaptación cultural al identificar el pensamiento mágico que gestó a los escandinavos. Todos somos hijos de los mitos, tengan la forma que tengan, y los noruegos, por muy civilizados que estén, no son ajenos a su cultura. Tras pasar por algún otro oficio, como guía turístico, Aimé termina entregado a su profesión de auxiliar de enfermería, tanto para ancianos como para discapacitados. En un exilio que no duele, conoce la descomposición de los cuerpos a la par que el invierno de seis meses sin luz. Pero, al cuidar enfermos, consigue el triunfo diario del cuerpo sobre la muerte. Hasta el punto de encontrar no solo amor, sino también enamoramiento. Escrito en primera persona, para que podamos reconocernos mejor en Aimé, tanto como lo hace Kun, Feliz norte es una novela llena de un optimismo que late con las pulsaciones de un hombre en reposo. La dicha del descanso, de encontrar nuestro lugar en el mundo.

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