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  • Orientalismos

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  • Una vuelta al mundo en la BNE

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    Tan importante como rodear la Tierra siempre fue contarlo. No por casualidad la edad de las circunnavegaciones fue la época de la imagen del mundo, pero también la de la imprenta y el libro: mapas, derroteros y atlas, cuadernos de bitácora, diarios, literatura de viajes y, naturalmente, bibliotecas. Al fin y al cabo, ¿qué es una biblioteca sino un pequeño microcosmos, un lugar donde recorrer y perderse por estrechos y laberintos? Una exposición en la Biblioteca Nacional de España ...[Leer más]

  • La naturaleza de las cosas

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    Una jaula se transforma en una nube, un cubo de hielo en un regalo, notas de músicas caen como ramas de un árbol, un cactus hecho de piedras... Chema Madoz juega con elementos de lo cotidiano y con la Naturaleza, en fotografías que interpelan y sorprenden al espectador con una nueva visión del mundo. El artista crea objetos nuevos, inventa combinaciones inesperadas, piensa asociaciones insólitas. Muestra la fragilidad de la vida. Su trabajo puede verse hasta el 1 de marzo en una ...[Leer más]

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Un animal en el paraíso

Cuando H. W, Bates, Darwin y Wallace exploraron el Amazonas, el Madeira era un río rico en vegetación. 150 años más tarde, se ha talado buena parte de la selva más extensa del mundo, y poco tiene que ver con los exuberantes grabados de Zwcekers y Whymper.

5 de noviembre de 2012

Remontábamos el Madeira a bordo de una barcaza enorme y destartalada que nos llevaba de Manaus a Porto Velho. El Madeira, el mayor de los afluentes navegables del Amazonas, bajaba ancho y caudaloso, levantando fangos y vegetación de las orillas que le hacían parecer una enorme corriente de café con leche. A ambos lados del río la selva escoltaba nuestro ascenso con un ininterrumpido frente verde. Allí, sobre la cubierta del lanchón, se transportaban hombres y vehículos a la vez. Los segundos servían de camarotes a los primeros y toda la comodidad del barco era la que encontrabas en el interior de tu automóvil.

Navegábamos sentados en cubierta, recostados en las tumbonas que sacábamos del gigantesco camión Pegaso con el que atravesaríamos el continente americano. Desde allí mirábamos la selva que se deslizaba suavemente en silencio. Era una frontera verde, impresionante y magnífica, más allá de la cual la naturaleza se manifestaba con toda su fuerza formando uno de los pocos territorios donde nuestra civilización aún tenía prohibida la entrada. Por fin teníamos delante la selva más extensa del mundo, la más renombrada, aquella que uno imagina como estereotipo de la jungla impenetrable. Por aquel entonces estaba leyendo El Naturalista por el Amazonas, de Henry Walter Bates y podía comparar los escenarios descritos en el texto con los mismos paisajes un siglo y medio después.Retrato de Henry Walter Bates

Henry Walter Bates fue, junto con Charles Darwin y Alfred R. Wallace, uno de los más importantes naturalistas del siglo XIX; una estirpe de viajeros llevados por el interés científico y el afán por el conocimiento de un mundo que abría tímidamente las puertas de sus misterios a la ciencia. El 28 de mayo de 1848, Bates inició un largo viaje por el Amazonas acompañado de Wallace, pero mientras éste regresaba a Londres cuatro años más tarde para preparar un nuevo viaje por el Archipiélago Malayo, Bates continuó su exploración amazónica hasta 1859. Fruto de tan extraordinario viaje fue la obra que tenía entre manos, un trabajo apasionante sobre la jungla que pretendíamos atravesar, la mancha verde que nos rodeaba a ambos lados del caudaloso Madeira.

Dibujo de Fernando González-Sitges durante su exploración amazónica por el río Madeira.

Fernando González-Sitges

Sentado allí, frente a semejante inmensidad extraña, la selva que tenía delante no acababa de encajar con aquella otra, la misma en teoría, que describían los textos de Bates y aparecía en los extraordinarios grabados de Zwcekers y Whymper. Algo faltaba a la vegetación de las orillas que las hacía más pobres, menos impactantes que las de las antiguas láminas del siglo XIX. Una era una selva herreriana, sobria, lineal, mientras los grabados mostraban una selva barroca, ensortijada y exuberante que se ajustaba más a la imagen mental de la selva que uno conserva en la memoria dibujada por la imaginación de la infancia.

Unos días más tarde, ya en Porto Velho, contactamos con el IBAMA, organismo que gestiona las reservas y parques de Brasil. Allí nos recibió Melanias Vieira Neto, responsable de la Unidad de Conservación. Melanias es una mujer de rasgos agradables y mirada firme que ha pasado toda su vida en la selva amazónica, una selva que quiere y conoce por igual. Cuando le comenté mis dudas sobre la selva que habíamos visto desde la barcaza del Madeira Melanias me miró con una mezcla de asombro y pena.

“Esto que han venido observando río arriba no es selva. O al menos no la selva a la que se refieren. Aquí se han talado durante años la casi totalidad de las márgenes del Madeira, desde Manaus hasta aquí y aún más arriba, hasta la frontera con Bolivia.  Los ribereños talan la selva, levantan sus casas y plantan plataneras y maíz, plantas de las que pueden alimentarse. Son gentes muy pobres ¿saben?, gentes que carecen de lo más elemental, así que un poco de tierra y comida supone todo un mundo para ellos. Algunos incluso queman la selva para abrirse paso y poder cosechar cereales, hortalizas o cualquier otro cultivo con el que alimentar a sus familias. Pero esos cultivos duran poco. La vegetación oportunista gana rápidamente terreno. Son plantas, árboles en algunos casos y arbustos en su mayoría, acostumbrados a sobrevivir compitiendo con los gigantes de la selva, los árboles más grandes que les quitan la luz y el suelo; así que cuando estos desaparecen, los especialistas en la supervivencia se apoderan del paisaje. Esto que ustedes llaman selva no es más que su sombra, una selva secundaria como se la conoce en términos de ecología. Parece muy frondosa, muy rica, pero no se engañen. Ésta tiene pocas especies, es pobre y ha perdido su biodiversidad; ya saben, todas las especies que hacen tan rica a la pluvisilva”.

Paraíso. Dibujo de Fernando González Sitges en su exploración amazónica.

Fernando González-Sitges.

A todos los que estén interesados en la vida salvaje les apremia emprender sus viajes. Porque cada lugar que se visita generalmente pierde algo de su pureza y soledad con cada año que pasa. Entre el viaje de Bates y el nuestro habían pasado 150 años, pero hoy apenas hace falta un par de ellos para notar impresionantes cambios en un mismo lugar. Los aficionados a la naturaleza buscamos lugares donde la vida se rija todavía por las leyes primigenias de la supervivencia. Cuanto menos injerencia por parte del hombre tenga el ecosistema tanto mejor, pero lo cierto es que de estos paraísos virginales quedan muy pocos. El hombre llega ya a casi todas partes, más allá incluso de lo que es consciente. Lugares donde jamás ha pisado un ser humano reciben contaminantes a través del agua del mar o camuflados en una atmósfera cada vez más enrarecida. En las costas más recónditas de las islas fueguinas he encontrado plásticos y envases varados, en el hielo de los glaciares de la cordillera del Himalaya hay toneladas de basura, en los bivalvos que se esconden bajo el Pacífico de las costas del Perú se almacenan metales pesados, y en las soledades inmensas de la Antártida, último santuario de los santuarios naturales, un gigantesco agujero provocado por la acción del hombre a millares de kilómetros de allí se está abriendo en la capa de ozono poniendo en peligro todo el complejo y frágil mundo helado.

Los paraísos desaparecen deprisa y a nuestra especie le ha tocado el papel de la serpiente. Somos una especie compleja que ha perdido el recuerdo de sus orígenes adornándonos con tal cantidad de entelequias egocéntricas que hemos llegado a horrorizarnos ante la idea de compartir un antecesor común con los monos. Pero en nuestro interior late con fuerza el animal que realmente somos y, de vez en cuando, sentimos la imperiosa necesidad de volver a ser libres. William Saroyan lo definió maravillosamente así:

“El hombre es un actor que representa toda clase de papeles de hombre, pero cada uno de ellos es mentira. Lo realmente auténtico es el animal que hay en él”.

henry walter bates, porto velho, río madeira

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  • 05 de noviembre de 2012 a las 15:54

    Si es que estamos demasiada gente. Yo cuando oigo lo de “salvad al planeta” me parece una ingenuidad, el planeta no se va a morir, lo que se extinguirá será la humanidad, igual que se han extinguido otras especies. Se va a sobrepasar el punto crítico a partir del cual el planeta se volverá inhabitable para nosotros, así que: puerta y espacio para otros.

    Por Celia
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