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Un bar en Espinama, Liébana, Cantabria

Espinama es un pueblo de paso obligado para los turistas de montaña que se acercan al valle de Liébana. Ha dejado de ser un pueblo remoto gracias a las carreteras y al teleférico de Fuente Dé; sin embargo, el tiempo se ha quedado estancado en el bar-bodega de su plaza.

26 de diciembre de 2013

Hay viajes dentro de los viajes. Si se va al valle de Liébana y a Fuente Dé, bien sea turismo de montaña o visita cultural, hay que pasar por Espinama, que es el punto desde donde se inician o parten varias rutas: hacia Fuente Dé o en dirección a Áliva, Pido, etc. Digamos que es el último pueblo antes de llegar al antiguo circo glaciar de Fuente Dé, donde nace el río Deva y arranca el teleférico. Una excursión típica y, si se quiere, hasta tópica, pero no por eso pierde su belleza salvaje.

Espinama es uno de esos pueblos de los que hace años se decía que era un lugar remoto, que estaba lejos de todo, apartado de la civilización. Hoy, gracias a la magnífica, y quizá excesiva, carretera que se construyó para acceder al teleférico, ya no lo es. Eso hace que la villa haya perdido encanto, pero aún conserva la belleza fresca, verde y montañesa al estar rodeada de bosques y picos por todas partes.

Bodegas Peña Vieja, Espinama, Cantabria.

Rafael Manrique.

Toda esta zona, una de las más hermosas de España, merece un viaje. Pero dentro del pueblo nos aguarda otra aventura posible o experiencia sencilla, que es, además, muy recomendable. Un hecho, aparentemente intrascendente, que permite adentrarse en conceptos y sentimientos a la vez que nos  sitúa en un tiempo que ya no existe fuera de ese lugar, pues allí sigue existiendo. Estoy hablando de la aventura de ir, de entrar y estar un ratito en el bar llamado Bodegas Peña Vieja.  Es un bar de toda la vida, de los que han servido de punto de atracción, de los que se utilizaban para organizar la vida de una comunidad, de los que dieron un toque de humanidad y delicadeza a un mundo en el que el trabajo era duro, difícil y hasta peligroso. Uno de esos bares sin los cuales la existencia sería peor. Pero, además, ir hoy al  bar Bodegas Peña Vieja es un viaje a la España de los años sesenta. Créanme: hablo de un bar de antes, exento de todo glamour y diseño y, gracias a que carece de todos esos efectos más o menos mágicos, sofisticados y refinados que invaden los locales de nuestra época, este bar es glamuroso, y uno se queda boquiabierto observando su diseño, el diseño y el glamour del que carece: ahí reside su secreto.

Alrededor de él se han ido abriendo nuevos bares, restaurantes y servicios hoteleros apropiados para el turismo. No es el caso de esta bodega, que no ha cambiado o no se ha adaptado a estos años de tanto estilismo y futilidad. El edificio, antiguo y bonito, es una casa de pueblo a la que se ha hecho un añadido, que es el que funciona como bar. Dentro de él se puede ver la antigua entrada a la casa. Así que se está dentro y fuera de ella, en la calle y en el interior, y uno experimenta una sensación extraña y mixta cuando está allí, la de estar donde no se debe y, al tiempo, la de sentirse acogido.

Durante muchos años era casi el único bar del pueblo y, al estar en la plaza,  junto a la fuente, se convertía en un núcleo de reunión. O de refugio. Subir a los Picos de Europa conlleva el riesgo de que el buen tiempo cambie de repente y de tan infame que puede llegar a ser, el visitante se ve obligado a no moverse de allí. Si se necesita tomar algo para calentarse o esperar unas horas a que el autobús llegue, en este bar –porque no es un local– se puede estar al calor y a la lumbre. Los dueños son de esas personas que tratan a los clientes de forma amable y amistosa pero sin excesos. Están en su casa y uno es un invitado. No parece que ganar dinero sea su principal aliciente en la vida. Ya sólo por eso…

El ambiente, minimalismo kistch, no es falso o pretendido. Sólo está presente lo esencial. Sin alardes. Las paredes tienen una pintura plástica de un color bastante indefinible, pero que se podría denominar berenjena. En ellas cuelgan cuadros de animales, como osos o ciervos, muy antiguos, viejos y descoloridos. Las ventanas tienen cortinas hechas a mano en una especie de ganchillo de los que hacían las abuelas de antaño.

Bodegas Peña Vieja, Espinama, Cantabria.

Rafael Manrique.

En verano tal vez pase desapercibido un brasero pegado a uno de los lados. Alimentado de leña, antiguo, eficaz. Ya apenas se ven, pero templan la estancia de forma suave y agradable. Uno se acerca si tiene frío o se aleja cuando ya no necesita tanto. Ni te quemas ni te hielas.

Todo lo necesario en un negocio de este tipo está a la vista y donde entonces mejor cupo, sin miramientos: el obligado y contundente extintor, los contadores, las bases de  enchufes o el cartel de no fumar. Nada de lo que deba estar falta. Un calendario de esos antiguos con los números grandes y las fiestas en rojo, probablemente anunciando un taller de automóvil o una panadería. Ahora no recuerdo.

La tecnología  viene representada por un ventilador de los años 70 aún en uso y un aparato para torrefactar mosquitos con ese chirriante y obsceno ruido que también está en activo. Una de las mesas es redonda y  está preparada para el entertainement: cartas y parchís. Si por casualidad se asomara un videojuego se fundiría del susto. Una televisión muy pequeña facilita las noticias o el fútbol. Sólo por ahí entra el tiempo, ese que algún día acabará con este reducto de singularidad que hace que uno se sienta en ese lugar y no en otro.

Sirven la cerveza muy fría. Buenísima si se viene de caminar varias horas por los bosques o montañas de Liébana. Apenas hay nada para picar. Un expositor con patatas fritas y unos cacahuetes es todo lo que se puede encontrar; esto es, lo imprescindible para acompañar una cerveza o un vino. Que se llame bodega supongo que indica que hubo un tiempo en que traía de La Rioja o de Valladolid vino a granel para distribuir al por menor entre los vecinos.

La iluminación es tremenda. Fluorescentes que ya sólo se ven en la obras de D. Flavin. Aquí están colgados del techo y en la noche reparten una luz espectral que convierte a todos los parroquianos y visitantes en zombies a punto de salir a deambular por las calles de Espinama buscado víctimas.

Bodegas Peña Vieja, Espinama, Cantabria.

Rafael Manrique.

Algunas flores de plástico por la zona de las ventanas y el mostrador, además de las mencionadas cortinas, señalan inequívocamente que, tras la persona que atiende la barra, hay una mujer que opina que un bar ha de tener alguna decoración; no ha de ser sólo instrumental. Además, todo está limpísimo y con un ambientador de esos tipo Ambipur, cuyo olor ni se huele ni molesta. Tal vez tenga años y esté ya seco.

Desde el punto de vista artístico, lo mejor es la barra y el fondo que hay tras ella. Es de madera, compacta y sólida. Con ese aire que tienen las cosas  cuando se hacían para ser útiles y para durar; es decir, para siempre. Es tan singular, expresiva, y bien realizada que si se viera en la feria de arte Prieze firmada por D. Hirst nadie dudaría y valdría una fortuna. Detrás hay un aparador para las botellas necesarias. Nada de extravagancias o premiums: Anís, coñac, ron, ginebra, pacharán. De marcas populares. Todas ellas bien ordenadas. De uso habitual. Por encima, descuellan dos de orujo que son más bien de adorno, y, un poco más arriba, ya resueltamente decorativas, dos botellas con forma de torero, rellenas de algún licor del que mejor no saber nada. Ah, y unos cuernos de rebeco, imprescindibles: no hay que olvidar que era paso y refugio de cazadores.

La grafía del nombre sobre la entrada, “Bodegas Peña Vieja”,  es antigua y sobria. La hubiera firmado cualquiera de los constructivistas rusos como A.  Rodchenko o K. Malevitch. La vista hacia el exterior que enmarca la puerta es de postal, de esas idealizadas y acabadas en frases cursis sobre la vida y la felicidad que suelen enviar los amigos pesados por Internet: son los puertos de Salvorón.

Una vez fuera, hay una pequeña terraza.  Un rústico y apropiado  banco de madera, como de iglesia, corre pegado a la pared. Luego sillas y mesas, de esas comerciales, desmerecen el establecimiento. Y es una lástima porque, como decía, da a la plaza, de forma que puedes observar todo Espinama y a todos los turistas que suben y bajan de Fuente Dé y Áliva. Ideal para cotillear un rato.

En el Peña Vieja es como si el tiempo se diera la vuelta, como si no quisiera entrar. Tal vez por eso dé esa sensación de calma un poco extraterrestre. No hay dejadez, desorden o abandono en este lugar. Está perfecto. Resiste al tiempo, rezuma historia, habla de lo que fuimos, lo que somos y seremos. No se puede visitar el Deva, Espinama o Fuente Dé sin hacer una parada aquí.

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