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Un buen trato en el kham tibetano

Habíamos llegado al Valle de  Ritu, en las alturas del Kham tibetano, en una furgoneta coreana llena hasta los topes, y nos quedaban ocho horas de camino para recorrer 240 kilómetros infernales hasta Litang, siguiendo una pista imposible por los acantilados del Himalaya.

7 de noviembre de 2016

Aquel pueblo estaba definitivamente en el culo del mundo. Habíamos llegado al Valle de  Ritu en las alturas del Kham tibetano en una pequeña furgoneta coreana llena hasta los topes. Teníamos ocho horas de camino para recorrer los 240 kilómetros de una pista imposible que serpenteaba por los acantilados del Himalaya y cero vehículos en el cruce de la carretera de Xinduquiao. Sentados sobre las mochilas esperábamos apoyados en la pared de adobe de unos ultramarinos. Entraban y salían tipos con sombrero vaquero adornado con cintas y broches plateados. Los hombres llevaban  largas melenas de pelo negro enredado y chaquetones de piel  vuelta de los que colgaban amuletos y collares. Caballos y pickups recorrían la calle mientras las mujeres, con largas trenzas y faldas holgadas de colores rojo y negro, entraban y salían cargadas de productos para el hogar. Pero ni una furgo para llevarnos.

Pasaba la mañana y no teníamos mucho tiempo si queríamos llegar esa noche a Litang. No sabíamos qué hacer, así que decidimos entrar en el mercado donde olía a sangre seca y a cagada de pollo. No hicimos más que desaparecer de la vista de la calle cuando teníamos encima a un joven chino Han, flaco y desgarbado. Era míster Ho, y señalaba un coche chino que se caía a trozos.

¡Por fin salíamos hacia Litang! Habíamos acordado una suma considerable por alquilar coche y conductor hasta nuestro destino. Nos repantigamos en la parte trasera y comenzamos a ascender los primeros súper puertos de montaña. Pocos kilómetros después, una mujer joven con su hijo en bandolera nos hace señas desde la cuneta y nuestro chófer, Ho, vuelve su rostro hacia nosotros, sonríe y para. Segundos después la señora se sube en el asiento delantero con el bebé que no para de llorar. Preguntamos a Ho si aquello nos bajaría el precio, ya que compartiríamos gastos entre los tres. No, nada de eso. Nosotros seguiríamos pagando lo mismo, ella iba por la cara. Bueno, vale, tantas ganas teníamos de subir aquella cordillera… Un rato más tarde un seco frenazo nos despierta. Dos ancianos tibetanos hacen señas por la ventanilla para que les dejemos sitio en el asiento trasero. Fer y yo nos miramos sorprendidos. Sin darnos tiempo a reaccionar, míster Ho abría  ya la puerta trasera y empujaba nuestras cosas hacia un lado. De modo que ahora ya íbamos los siete embutidos en aquel coche destartalado. Bueno no pasaba nada… nada hasta que nos dimos cuenta de que Mr. Ho, nuestro conductor,  no sabía tomar las curvas. No, no era sólo que no supiese tomar las curvas, sino que además se dormía sobre el volante por una pista de tierra a cuatro mil metros de altitud y caídas de varios centenares a los lados. Le gritamos para que espabilase y Mr. Ho decidió entonces que uno de nosotros condujera y que él se sentaba en el asiento del copiloto para echar una cabezadita mientras tanto. El otro seguiría incrustado entre la anciana, la mujer y su hija y el anciano del sombrero. Nos negamos y adujimos de nuevo a nuestro contrato verbal. Aquel tipo nos cobraba una pasta por llevarnos en un coche viejo y desvencijado, como sardinas en lata ¡y encima teníamos que conducir nosotros! Ni de coña, que no, esta vez sí que no. Entonces Mr. Ho se vuelve hacia el anciano, que recibe una andanada de palabras en tibetano y algunos gritos en chino. Acto seguido, el pobre hombre se sienta al volante mientras el conductor se hace hueco entre nosotros y se pone a roncar de forma inmediata. Y el anciano arranca. Bueno, casi arranca. Después de un acelerón de mil demonios, el coche se cala. Le explicamos cómo había que hacer con el embrague y el anciano sonríe y se dispone a disfrutar de una conducción adrenalínica por un camino de mil diablos. Pero es que tampoco sabía llevar el volante. Joder, era la primera vez que ese hombre cogía un coche y nos íbamos a estrellar en cualquier momento metidos en aquel trasto. Nos salimos en una curva y logró frenar en el último momento antes de caer por el barranco; Fernando y yo saltamos del coche, gritamos para despertar al conductor chino y le dijimos que sí, que nosotros conducíamos.

Un buen trato en el Kham tibetano.Ahora llegaba la segunda fase. Los dos íbamos en la parte delantera y el resto detrás. Esto provocó múltiples protestas, porque todos querían viajar en el asiento del copiloto, argüían que había lugar para dos personas. El chino Mr. Ho se durmió de nuevo con sonoros ronquidos y nosotros llevamos a los demás refunfuñando hasta sus respectivas aldeas en mitad de la nada. No pagaron ni un céntimo y cerraron la puerta enfadados cuando les dejamos en sus casas. Ni un “gracias por todo”, ni un “buen viaje”, nada. El chino sólo despertó cuando llegamos a Litang y ni siquiera quiso quedarse hasta que encontrásemos alojamiento. Tenía prisa por volver y nos dejó en el primer cruce pidiendo con gestos desabridos el resto del dinero que faltaba por pagarle. Nos miramos y supimos que si no queríamos tremenda movida teníamos que pagarle un montón de dólares por haberle llevado durmiendo hasta allí en un viaje infernal de unas doce horas por carreteras de infarto. Lo que se dice, un buen trato.

Aventura, kham tibetano, viaje a china, viaje al himalaya, viaje en coche

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