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Un castillo a destiempo

El Château Frontenac quiso emular la talla de los grandes hoteles que esperaban el paso del Orient Express en la Vieja Europa, solo que se construyó en Quebec en 1893. Parece que lleve siglos y siglos allí aposentado… Se le distingue desde cualquier ángulo de esta ciudad, declarada Patrimonio de la Humanidad.

9 de marzo de 2017

Muchas han sido las construcciones faraónicas del hombre desde la Torre de Babel. Muchos sus intentos de elevar al cielo sus ínfulas de poder, delirios y megalomanías. Pero no quedaba presupuesto para muchos más castillos cuando la nobleza europea se empeñó en sostener los que ya poseía, dando así carta de naturaleza a la moderna hostelería del lujo. Fue la burguesía emergente su primer gran cliente, allá por el siglo XVIII. Una clientela de burgomaestres, mercaderes y cancilleres, dispuesta a presumir de buenas maneras por mor de sus ducados y maravedíes. Por eso nos resultan anacrónicos castillos como el de Neuschwanstein, que Ludwig de Baviera se hizo diseñar en puertas del siglo XX, poco antes de que su monarquía se disolviese en la Gran Alemania de Prusia. Un castillo, por cierto, modelo para Walt Disney y sus cuentos de hadas.

Sin embargo, en el nuevo mundo a la europea, todo estaba por hacer hace apenas siglo y medio. El reloj de la Historia nunca había hablado de chapiteles feudales y chambelanes. Así se explica, en última instancia, que la compañía Canadian Pacific Railway elevase el Château Frontenac, piedra sobre piedra, como inversión hotelera, sin prosapia que lo avalase detrás. A este respecto, su arquitecto, Bruce Price, quiso emular en 1893 la talla de los grandes hoteles que esperaban el paso del Orient Express, en la Vieja Europa. Y, más que emularlos, dejarlos pequeños frente a las vías del ferrocarril transcanadiense. Es cierto que por Luis de Buade Frontenac atendía un cortesano del siglo XVII, en campaña militar por las tierras del Río San Lorenzo. De hecho, gracias a sus hazañas acabó como gobernador de lo que entonces se llamaba Nueva Francia. Pero su feudo de familia estaba en la Isla Savary de la madre patria gala, modelo frente al que crecieron, a la postre, las almenas del castillo quebeçois que lleva su apellido.

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El casco viejo de Québec City viene a ser Patrimonio Mundial de la UNESCO, en tanto que única ciudad fortificada en América del Norte. Sus calles adoquinadas y mansiones históricas recuerdan los nombres de Jacques Cartier, que descubrió el Río San Lorenzo en 1534. También el de Samuel de Champlain, que en 1608 colonizó para el grandeur de Luis XIII aquellas tierras. Nada pedía, por tanto, forzar la vista, en la capital canadiense de los exploradores, frente al estilo imperio de un château que llegó tarde a su cita natural con el paso de los tiempos. Y es que la ciudad de los antiguos indios hurones ha terminado desplazando todo concepto de monumentalidad al promontorio donde posa el castillo de Frontenac para los fotógrafos. Resulta imposible pasarlo por alto en Quebec. Desde cualquier ángulo de la ciudad se le reconoce, como si llevase siglos allí aposentado y, a la postre, su ciudadela hubiera dado origen al burgo en el siglo XVII.

Con tales cartas sobre la mesa, no es de extrañar que, en el país de los tramperos, el château haya intentado hacerle trampas a la Historia, dando cobijo a pompas y protocolos por principal anécdota. Credenciales en su marquetería de maderas nobles y dinteles no le faltan a la fortificación de Frontenac. La era dorada del cine, con Hitchcock a la cabeza, lo tuvo a disposición durante el rodaje del film Yo confieso. Por tanto, alojó en 1953 a los actores Montgomery Clift y Anne Baxter. No hacia diez años todavía, sin embargo, que tan enorme hotel, hoy con casi setecientas habitaciones, había tenido por únicos huéspedes a Churchill, Roosvelt y William Lyon McKenzei King, Primer Ministro de Canadá, discutiendo la suerte de la Segunda Guerra Mundial. Es más, Ronald Reagan lo pisó luego, colgadas ya sus botas de cow boy, en visita oficial desde la Casa Blanca. Y, en la segunda mitad del siglo XX, antes y después, no faltaron allí recepciones para la Reina Isabel, el monarca Jorge VI de Inglaterra, Charles de Gaulle, el Duque de York y Mitterand, aparte del estadista de Taiwan Chang Kai-Shek y de Grace Kelly, en funciones principescas, que también lo visitaron.

En relación a los escritores que se alojaron y escribieron sobre el château, también quedan británicos y franceses en tablas. Maurice Genevoix ocupó habitación en su decimotercer piso, demorándose horas y horas en las fabulosas panorámicas que ofrece de la ciudad. Afirmaba Genevoix hallarse “en terreno conocido”, alojado en el château, mas sin decidirse a considerarlo bastión de la Guerra de los Cien Años, mansión invernal de Saint Moritz o fortaleza checa de Bohemia. Y, en cuanto al dadaísta Brion Gysin, enfant terrible de la beat generation junto a Burroughs, acostumbraba a quedar con su madre en el Frontenac. Allí se calentaba los pies y se aseaba cuando se cansaba de viajar cual vagabundo en los trenes del Medio Oeste.

Cuentan que los planos originales del château trataron de conciliar detalles de la arquitectura historicista tanto británica como gala, en previsión de todo ello. Queda dicho que en el cómputo de sus ilustres huéspedes también se alternó, hasta la fecha, francofonía y anglofilia, como si la verdadera misión de este château extemporáneo hubiera sido, a fin de cuentas, reconciliar siglos de disputa entre dos potencias de ultramar. Lo que nadie justifica, en todo caso, es el emblema que luce el vestíbulo abovedado del lugar: una piedra tricentenaria con la Cruz de Malta. Pasen las réplicas del escudo de los Frontenac que acompañan al visitante desde su arco de entrada hasta sus salones. Pasen y véanlas, por doquier. Pero… ¿una Cruz de Malta?

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