Azímut

13 de diciembre de 2018
“Comienzo a creer que hay una felicidad mayor que la de ver Granada, y es ...
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Imagen de la India

JULIAN MARIAS

Editorial: LA LINEA DEL HORIZONTE EDICIONES
Lugar: ESPAÑA
Año: 0
Páginas: 112
Idioma: CASTELLANO
Encuadernación: Tapa blanda

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Finales de los cincuenta. ¿Quién sabía algo de India? Los hippies españoles, que veinte años después aparecieron por ahí, aún no habían nacido, pero era el país con el que había soñado Julián Marías desde niño y la ocasión le llevó hasta ese fascinante país gracias a un congreso de Filosofía. Marías abre los ojos de par en par. Todo le interesa, todo le conmueve y en ese primer acercamiento ya da cuenta de manera sencilla, como un viajero más, de los grandes temas que conforman una sociedad tan compleja y distinta. Un texto que no ha perdido la frescura con la que fue escrito y que podría pertenecer a un viajero sensible de hoy día.
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Un extraño llamado Underwater

El antropólogo catalán Joan Riera, especializado en el África Negra, siempre recomienda llevar fotos para enseñar cómo es nuestra vida a otros pueblos con los que vamos a convivir. Imágenes de nuestra familia, nuestra casa, aficiones o trabajo ayudan a que la relación entre visitantes y anfitriones se iguale. 

26 de noviembre de 2018

Opuwo recuerda a una ciudad del salvaje Oeste: sucia, parcialmente en ruinas y con arena y alcohol suspendidos en la atmósfera. Un auténtico territorio de frontera. Apoyado contra la pared de una cafetería; con los brazos cruzados y vistiendo vaqueros, camisa gris y amplio sombrero mientras su mirada se perdía en el infinito. Así nos esperaba Aparicio, el angoleño de tez tostada que iba a ser nuestro guía a través del Kaokoland, el territorio donde habita el célebre Pueblo Rojo de Namibia: los pastores himba. Sin apenas presentarse, se puso al volante de uno de nuestros vehículos.

–Voces vai atrás –gritó Aparicio a nuestros conductores, Nino y Vidal, también de Angola.

No tardamos en dejar atrás Opuwo y su horrible asfalto. La noche caía a plomo sobre nosotros. Aparicio apenas hablaba. Se limitaba a conducir a buen ritmo mientras algunas mujeres himba flanqueaban los caminos cargando sacos y bolsas de plástico. Al cabo de media hora larga de conducción, llegamos al lecho seco de un río. Aparicio frenó y observó como si buscara el mejor punto para cruzar, temiendo que los neumáticos quedasen atrapados en la arena. Evaluada la situación, decidió que lo mejor era meter los coches en el lecho y seguirlo. Avanzamos serpenteando por donde lo hacía el agua meses atrás, hasta que un potente golpe de volante que nos sobresaltó nos sacó de ahí abruptamente. Ahora nos encontrábamos de lleno en una sabana arbustiva. Los tres vehículos avanzaban seguros campo a través mientras los robustos matorrales golpeaban y arañaban su blanca carrocería.

La noche acabó por engullirnos, pero por fin habíamos llegado al Onganda (poblado) de Katutura. Oscuridad total. Nuestras linternas y frontales apenas alcanzaban a iluminar la cerca construida enteramente con madera de Mopane (Colophospermum mopane) que siempre rodea el perímetro de los poblados himba. Al borde de ella, una hoguera todavía tímida, alumbraba la figura de un hombre sentado frente al fuego. Aparicio le saludó mientras bajaba del Toyota. Le seguimos y salimos a su encuentro. Mientras avanzábamos, restos del forraje que constituye el alimento del ganado crujía bajo nuestros pies. El hombre de la hoguera resultó ser el jefe del Onganda; Aparicio nos lo presentó. Sin levantarse, uno a uno, nos estrechó la mano y nos dio la bienvenida y su bendición para andar a nuestras anchas por su poblado, que parecía vacío.

El jefe nos informó de que él era el único hombre que en ese momento se encontraba allí; el resto de varones estaban con los rebaños de vacas en las montañas cercanas, único lugar donde la sequía no había arrasado los pastos. Ciertamente, en el oyunda (corral para los animales que ocupa el centro del poblado), solo había cabras, carentes de la alta estima que los himbas profesan a sus vacas.

No lejos de la hoguera del jefe, un nuevo fuego empezó a arder. En torno a él, un grupo de niños y niñas se calentaban mientras el frío del invierno austral se dejaba sentir. Las mujeres del poblado empezaron a mostrarse cubiertas con mantas mientras acumulaban leña para hacer su propia fogata. Esa noche tocaba fiesta. Al no estar los hombres, las mujeres y niños de Katutura iban a recibir la visita de mujeres de poblados cercanos e incluso de algunas mucahona (otra tribu con la que los himba están estrechamente emparentados).

Un extraño llamado Underwater

Mientras preparaban la fiesta, nosotros debíamos organizar nuestro campamento y cenar un poco. Una vez llenado el estómago, nos acercamos al fuego donde las mujeres, locales y visitantes, se ponían al día mientras los niños jugaban. Me senté a calentarme y a observar la escena cuando un niño se me acercó y preguntó por mi collar de dientes de tiburón. Mi amigo y mentor, el antropólogo catalán Joan Riera, siempre recomienda llevar fotos para enseñar cómo es nuestra vida a los pueblos con los que vamos a convivir. Imágenes de nuestra familia, nuestra casa, aficiones o trabajo ayudan a que la relación entre visitantes y anfitriones se iguale. La curiosidad es una cualidad inherente a la humanidad. Ellos sienten curiosidad por nosotros como nosotros por ellos. Yo llevé algunas fotos mías buceando con algunos tiburones y del mar Mediterráneo, que es mi patria. Al sacarlas se produjo la avalancha infantil: todos los niños querían ver las fotos, tocar los dientes, pincharse la mano con ellos y pinchar a sus compañeros. Los himba no viven aislados del mundo, los niños van a la escuela y hablan inglés, idioma en el que nos comunicábamos; pero el mar les queda muy lejos. Podrían haber oído hablar de él, pero casi seguro que nunca lo habían visto y, menos aún, a un tiburón. Cuando les mostré la foto del Mediterráneo, algunos se apresuraron a decir: 

–¡Un río!

Los mayores del grupo no tardaron en corregirles y preguntarme:

–Eso es el mar. ¿Es aquí o es en tu país?

La siguiente foto mostraba un macho de tiburón.

–¡Eso es un pez, está en el agua!

–Así es. Es un pez que vive en el mar. Se llama tiburón.

A juzgar por sus caras, parecía la primera vez que alguien les hablaba de ese animal. Uno de los mayores, señaló los dos vistosos apéndices que tienen los machos de escualo, llamados pterigópodos, y que no son más que sus penes. Me preguntó qué eran. Se lo expliqué con mímica y todos explotamos a reír.

–Y este soy yo –dije mientras les mostraba la última foto en la que aparecía yo buceando con esos mismos tiburones que tan graciosos les resultaban.

–¿Tú? ¿Y por qué te metes ahí dentro?

Sonreí, y pensé hasta encontrar una respuesta.

–Porque es bonito. Estar bajo el agua es bonito.

En ese momento, me gané mi mote: Underwater. Así me llamaron los niños durante el resto de la noche.

Las mujeres empezaron a bailar en torno a la hoguera. Chari, una de mis compañeras, tuvo la feliz idea de compartir nuestra cultura con ellas bailando unas sevillanas de su Cádiz natal que causaron furor entre nuestras anfitrionas. Y así, entre risas y bailes, acabó nuestra primera noche entre los himba. Al día siguiente me levanté temprano, di un paseo por el poblado, caminando entre los restos humeantes de los fuegos de la noche anterior.

–¡Underwater! –gritó una voz infantil desde una de las onjuo (casas).

Me acerqué a saludar al niño que me llamaba. Sabía lo que quería. Me pidió por gestos que le enseñara las fotos a su madre. La mujer observó las imágenes mientras el niño me señalaba y le explicaba lo que aparecía en esos trozos de papel. Me miró fijamente y volvió a mirar las fotos. Sonrió levemente y me las entregó de vuelta con un escueto: thank you.

Seguramente, los pequeños himba y yo no volveremos a encontrarnos nunca, pero confío en que el recuerdo de aquel extraño al que bautizaron como Underwater les dibuje una sonrisa. La misma sonrisa que brota en mí cada vez que pienso en ellos.

 

Carlos Micó Tonda

Valencia 1992. A los cinco años, la visión de un buitre atrapado en la copa de un árbol, cambió su vida. A partir de ese momento, se enamoró de la naturaleza y sus criaturas. Devorando libros y documentales descubrió la evolución humana, al animal humano, que pasó a convertirse en su favorito. Por ello, estudió humanidades: historia, arqueología y antropología. Sin embargo, las ciencias naturales nunca le abandonaron, y a los 21 años empezó a trabajar como naturalista y ayudante de dirección en la productora de documentales Azor Producciones. En 2016, hizo de su pasión por el buceo su profesión al entrar a trabajar como submarinista en el Oceanogràfic de Valencia. Allí forma parte del equipo de Océanos, al cuidado de la mayor población de tiburones en cautividad de Europa. Sin olvidar su formación humanista, paralelamente forma equipo con el antropólogo experto en culturas africanas Joan Riera, y viaja a Uganda y Namibia en calidad de guía naturalista y antropológico.

Ha impartido charlas sobre naturaleza, historia y antropología en la Universidad de Valencia, el Simposium Internacional de Naturaleza y Fotografía de Villareal y en diversas librerías. Así mismo, ha escrito artículos para la revista de la Sociedad Geográfica Española y colabora en el programa cultural Pegando la Hebra de CV Rádio.

África, Antropología, himba, viaje a namibia

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