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Un lugar para ermitaños

Heredero de defensores de la naturaleza norteamericanos como Thoreau o John Muir, Edward Abbey no busca las montañas, los valles ni los bosques. En la época en que trabaja como guarda en un Parque Nacional, el escritor y ambientalista se enamora de un lugar hasta entonces tan inhóspito como el desierto.

18 de julio de 2016

Para Theodor Monod (Ruan, 1902 – Versalles, 2000), el desierto era la pureza. Paseaba al encuentro de los lugares más depurados del inmenso Sáhara, con menos rastrojos y más cielo, con un Nuevo Testamento debajo del brazo. Aspiraba a una comunión con el universo que sólo podía tener lugar en el silencio tan potente como suave de las dunas. Luego plasmaba en sus cuadernos impresiones con una delicadeza espontánea, que nos invita a comulgar con él. Por otra parte, Monod es al desierto algo así como Cousteau al océano: un gran naturalista. Monod es por excelencia el peregrino del desierto, porque el desierto es, para él, el espejo del universo. Y el universo es la vida. Y el mundo es la vida.

Ahora bien, ¿qué es el mundo? El mundo para los mortales que no heredamos el espíritu de anacoreta de los desiertos es pasar las de Caín y darte cuenta de que incluso esa sensación es un deleite, un estigma, una alta temperatura en el termómetro que mide la graduación de vivir. Asegurar que la soledad no siempre ha sido buena, porque en ocasiones uno se ha sentido aislado, por muy ermitaño que se haya despertado ese día. Y que al ver venir a la señora de la guadaña, sin más recursos que un poco de autoestima, seguir afirmando que prefiere eso, y además pasar por ahí solo, en sitios donde ningún andarín quiere poner la bota, no frenar en su empeño de defender que la verdadera contemplación sucede cuando no hay muchos observando a tu lado la misma puesta de sol. Y luego irse a dormir en unas condiciones penosas, dentro de una madriguera de coyote, donde uno se estira lo que puede, apoya la cabeza en el brazo, a modo de almohada… “Y padecí a través de la larguísima noche, humedad, frío, dolores, hambre, destrozado, soñando pesadillas claustrofóbicas. Fue una de las noches más felices de mi vida”.

Viaje a Estados Unidos.

A este hombre, Edward Abbey (Indiana, 1927 – Tucson, 1989) se le ha llamado el Thoreau del desierto con un acierto a medias. Sí, Abbey sentía por el desierto, en el que trabajaba como guarda de un parque nacional, la misma intensidad sublime que Thoreau por los bosques de Maine. El mismo amor. Pero Thoreau jamás dejó de pensar en los demás, de plantearse temas políticos –entendiendo como tales al gobierno de la polis griega–, de ser un filósofo en sus artículos. En cambio, Abbey, que escribía mucho peor, cuestión que carece de relevancia a la hora de leer este magnético El solitario del desierto, regresaba a su caravana rezando porque nada separe al hombre del mundo que le rodea. Rezando sin creer en ningún dios, porque rezar es algo lícito hasta para los ateos, y tomando al mundo que nos rodea por el mundo salvaje. Cuando habla de la belleza de los habitantes del desierto, no renuncia a que de ellos formen parte cautivadoras serpientes mortales, alacranes, termitas y cardos y cactus de la peor calaña. Y pasar hambre y sed, y saber que de perderte, has hecho un mal apaño con la ansiedad, porque el desierto no ofrece los recursos del bosque. Todo lo que habita el desierto se ha adaptado a lo más rudo y peligroso.

Este libro es, en definitiva, un rezo. Está atravesado por una espiritualidad muy rudimentaria, es decir, muy sincera. En una época en que los universitarios se reunían en Woodstock, cuando jóvenes movimientos sociales ponían sobre el tapete el debate conservacionista, el ecologismo, la reivindicación feminista, la defensa de las etnias y los pueblos minoritarios que estaban siendo arrasados por el capital, las protestas contra el armamento nuclear y las masacres en Asia, Abbey ya había resuelto todas las dudas. Él entiende que un amor idéntico al suyo por el suelo de arcilla y un cielo inseparable del viento se pueda sentir por el mar, la montaña o el río. En caso de no ser similar al suyo, al de John Muir, al de Thoreau, podríamos estar hablando de codicia. Pues hasta la codicia termina por deteriorar un sobreexplotado paraje agreste, austero, a veces barroco, sencillo, melancólico, desconcertante y, en ocasiones, simplemente inhabitable. Sin embargo, para Abbey hasta la presa comulga del mismo amor que el águila. Para expresarlo con términos semejantes a los que él utiliza, el Paraíso no tiene por qué ser un jardín. Cualquier enclave natural, salvaje y compensado es el Paraíso.

En el libro tienen cabida también los excursionistas, empresarios o cazadores que no supieron entender lo salvaje, un concepto de naturaleza leal que comparte con Gary Snyder. Y también ese lamento por la suerte de los indios navajos, arrojados al arroyo, condenados a cualquier forma de decadencia. El alcoholismo y la pose para el turista tienen en común la misma pérdida de dignidad. Abbey sabe que lucha una guerra perdida, pero no quiere largarse sin dejar testamento. Algo que también le iguala a Gary Snyder. De ahí este libro escrito con la misma textura que la película de Sam Peckinpah, La balada de Cable Hogue, posiblemente su obra maestra. Aunque lo prioritario, él mismo lo indica, no es la escritura, sino la paradójica elegía a algo que permanece con vida.

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