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Histórico noticias



Un mapa en las manos

Se han hecho mapas desde siempre y, con Mercator, Peters y McArthur, hoy tenemos cerca de 200 sistemas de proyección. Pero el mapa no reproduce un territorio, sino un trayecto, un recorrido, un viaje, el devenir… invitando al explorador a perderse por las montañas, las ciudades y los parajes que cartografía.

24 de enero de 2014

1. La objetividad de la representación

Un mapa no es una representación. No es un calco y no reproduce especialmente nada del mundo o del territorio que en un continuo conforma el mundo.

Partamos de un mapamundi, quizá, el mapa de los mapas. El problema técnico es, claro, ¿cómo representar la superficie del globo terráqueo en un plano? Técnicamente, no hay una solución mejor que otra, porque, sencillamente, no es posible transportar una superficie curva a un plano sin falsearla.

Sistemas de proyección.

Sistemas de proyección.

La primera dificultad es delimitar la forma del planeta Tierra, y los geógrafos nos dicen que el nombre correcto que debe darse al cuerpo geométrico que es el planeta es el de geoide. Un geoide se asimila a un elipsoide de revolución. Un elipsoide de revolución es un sólido generado por una elipse al girar sobre uno de sus ejes, particularmente su eje menor (1). Pero no hay manera de no deformar o partir la superficie de ese elipsoide cuando queremos trasladarla a un plano. Para resolver el problema geométrico se recurre a lo que se denomina proyección. Y para esta traslación hay que determinar un sistema de proyección que reduzca al mínimo las deformaciones y mantenga los elementos importantes o relevantes para el usuario del mapa. Ya sean las relaciones entre áreas, ya entre las formas o entre las distancias.

La elección del sistema de proyección, como vemos, dependerá del uso que queramos dar al mapa, aunque el error o la imprecisión siempre se introducirá en nuestro plano. Si queremos mantener las distancias, perderemos precisión en las superficies o en los ángulos. No hay manera de eliminar las deformaciones para cada uno de los parámetros de la superficie. Podremos, dependiendo del sistema de proyección, conservar una de las propiedades, pero deformaremos las otras dos. Si optamos por conservar la forma de las figuras de la superficie terrestre al trasladarlas al mapa (proyección conforme), no lograremos mantener a la vez la equivalencia entre las áreas, ni entre las distancias; y si elegimos mantener la extensión de las superficies, tendremos que deformar las formas y las distancias. En fin, el problema no tiene una solución correcta ni aunque mejorásemos nuestras herramientas geométricas de representación acudiendo a fractales o a otros formalismos que estén por definir, además de los cerca de doscientos sistemas de proyección ya existentes, aunque sólo se usan alrededor de treinta.

Seguramente, el Beato de Liébana no era consciente del problema de la representación y de las dificultades técnicas; pero, por otro lado, tampoco le hubiera importado. Bien sabía su intención al cartografiar el mundo, porque lo que quería cartografiar era el viaje del linaje del cristianismo y su posible destino. El Beato entendió lo que era un mapa mucho mejor que todo el positivismo moderno cuando parece empeñado en proponernos una imagen objetiva del mundo.

Se han hecho mapas desde siempre: la historia de la cartografía comienza por los mapas egipcios y babilonios y pronto llegan las aportaciones griegas y romanas. Bien es cierto que de estos mapas no tenemos sino copias o referencias indirectas y no hay materialmente mapas hasta la Edad Media. También, obviamente, hay cartografía en las culturas asiáticas o incluso en “primitivas culturas aborígenes”.

Todas estas representaciones antiguas —para precisar, anteriores al siglo XIV—, que hoy nos parecen naif o inocentes, propias del desconocimiento o de la superstición religiosa, sin embargo, evitan el problema de la representación, quizá porque entendieron mucho mejor qué es un mapa y para qué sirve.

Mapa del Beato de Liébana.

Mapa del Beato de Liébana.

Croquis explicativo del mapamundi del Beato de Liébana.

Croquis explicativo del mapamundi del Beato de Liébana.

El redescubrimiento de la Geografía de Ptolomeo en el siglo XIV, en donde se aportan instrucciones de cómo hacer mapas, da inicio al extraño propósito de obtener la representación físico-geográfica exacta y proporcionar así una imagen “verdadera” del mundo. Aunque los planos de este tiempo, siguiendo las instrucciones de Ptolomeo, colocan ya el norte en la parte superior y distribuyen los lugares en un enrejado de longitudes y latitudes, muestran todavía muchas convenciones medievales. En el sur aún aparece la terra incognita, y están cargados de símbolos decorativos y de convenciones cromáticas tradicionales vinculados a las lecturas espirituales de la Biblia y los libros sagrados del cristianismo.

Pictograma de indios de Norte América.

Pictograma de indios de Norte América.

El progresivo y constante proceso de secularización que ha experimentado Occidente desde el siglo XIV y que culmina con la muerte de Dios, como declarara Nietzsche, se refleja también en la historia de la cartografía. Nietzsche advirtió también que, con la muerte de Dios a manos de los hombres, éstos entronizaron una nueva deidad a la que someterse y a quien obedecer: la razón científica, que demandaba el desarrollo económico capitalista que va tomando posiciones por toda Europa. Esta razón instrumental traía un nuevo destino a las vidas humanas: hacerlas productivas. Así que, correlativamente, los mapas debían cumplir también una función productiva de acuerdo con los intereses políticos, comerciales o científicos y, poco a poco, nos hicieron creer que podía ofrecerse una representación exacta de los territorios. Esta actitud culmina quizá en nuestros días con el trabajo de Tom Van Sant y su proyecto Geosphere que, a partir de las imágenes obtenidas de los satélites TIROS-N y tras un cribado pixel a pixel, nos proporciona una imagen limpia y prístina de la Tierra.

Pero la imagen de Van Sant contiene todos los sesgos eurocéntricos que, desde el Mapamundi de Gerardus Mercator, se suceden en todo proyecto cartográfico procedente de Occidente. Primero, se omitieron, cuando no se disponían de imágenes claras, las nubes. Segundo, para las latitudes bajas, se seleccionaron las imágenes que presentaban mejor la vegetación de verano; sin embargo, para las latitudes y altitudes grandes, se escogieron las mejores imágenes del invierno, propias de los paisajes nevados. Se resaltaron los sistemas fluviales para realzar los ríos y se modificó el color para dar mayor verismo a la imagen. Pero, además, se mantienen convenciones muy sospechosas, tales como disponer el ecuador algo más abajo del centro de la imagen, el norte arriba, el Atlántico en el medio, etc.

Imagen del planisferio Terrestre de Tom Van Sant dentro del proyecto Geosphere.

Imagen del planisferio Terrestre de Tom Van Sant dentro del proyecto Geosphere.

Van Sant quiso realzar el aspecto natural de la Tierra y omitió la huella Social. W.T. Sullivan, de la Universidad de Washington, utilizando las mismas imágenes libres de nubes de los mismos satélites, pero del hemisferio nocturno, elaboró también un mapamundi publicado por el planetario Hansen en el que se destacaban las luces de las ciudades y la iluminación artificial que el hombre ha dispuesto por todo el planeta.

La Tierra de noche, W.T. Sullivan.

La Tierra de noche, W.T. Sullivan.

La euforia positivista que inundó a las sociedades occidentales respecto a la objetividad de la ciencia quedó en entredicho por el sociólogo Arno Peters en 1973, cuando desenmascaró el alto contenido eurocéntrico e ideológico que los mapas contienen y propuso una nueva imagen del planisferio terrestre a partir de una nueva proyección desarrollada por él, en la que se privilegiaba la proporción y la correlación de los tamaños entre los diversos países y continentes.

Proyección Peters.

Proyección Peters.

La proyección clásica de Mercator concedía más espacio al hemisferio norte, colocaba el ecuador más abajo del centro de la imagen y resulta sorprendente, cuando analizamos los datos de las extensiones de los países, la impresión tan divergente con estos datos que ofrecen los pequeños países europeos frente a las enormes extensiones de los países del hemisferio sur o de los propios continentes que se sitúan al sur.

El mapa de Peters, aunque ha sido, desde su elaboración, adoptado y difundido oficialmente por organismos internacionales como UNICEF o la UNESCO, produce una extraña impresión de incorrección, de deformación, y tendemos a expresar nuestra disconformidad con la imagen que nos muestra del planeta. Hasta tal punto hemos interiorizado las convencionales representaciones producidas por la proyección de Mercator, que la hemos asumido como “la representación verdadera o correcta” del mundo o, al menos, se ha convertido en el icono canónico de la superficie terrestre. Pero, dadas las circunstancias, ¿es mejor, más objetiva o más adecuada la proyección de Peters? McArthur, un australiano, no está de acuerdo ni con Mercator ni con Peters, y propuso un mapa correctivo universal, desde su posición. Al fin y al cabo, ¿quién determinó que el norte está arriba?

Mapa correctivo universal de McArthur.

 

Representaciones del mapamundi.

 

2. Cartografía y Calcomanía (2)

¿Qué es un mapa? Debemos, entonces, volver a plantear la pregunta, porque la respuesta de “una representación en un plano del territorio de la Tierra”, como hemos visto, no es satisfactoria. Seguramente, una mejor pregunta para aproximarnos más adecuadamente al concepto de mapa sería: ¿Para qué elaboramos mapas?

Los seres vivos exploran medios mediante trayectos dinámicos y elaboran los mapas correspondientes. Un medio se compone de cualidades, de sustancias, de fuerzas y acontecimientos, y, en consecuencia, para cada tipo de ser vivo, los medios muestran rasgos y elementos muy distintos en función de sus desplazamientos. Así, el trayecto no sólo se confunde con la subjetividad de quienes recorren el medio, sino con la subjetividad del medio en sí, en la medida en que éste se refleja en quienes lo recorren. Por lo tanto, lo que el mapa expresa es la identidad del itinerario y de lo recorrido.

Lo que sea un mapa, al final, va a depender de la extraña relación que se da entre la realidad y la imaginación. Un viaje real carece por sí mismo de la fuerza para reflejarse en la imaginación; y el viaje imaginario carece de fuerza por sí para verificarse en lo real. Por eso, lo imaginario y lo real son más bien como dos partes yuxtaponibles o superponibles de una misma trayectoria, dos caras que se intercambian incesantemente. De este modo, entendemos mejor la cultura aborigen australiana que convierte el medio en mapa y el mapa en canción, une itinerarios nómadas y viajes en sueños para componer un entramado de recorridos. Un inmenso recorte del espacio y del tiempo que hay que cantar como un mapa (3).

El paisaje real libera su propia imagen virtual, al tiempo que ésta, como paisaje imaginario, se introduce en lo real siguiendo un circuito en el que cada uno de ambos términos persigue al otro, se intercambia con el otro. Por eso, una concepción cartográfica es algo muy distinto a crear representaciones, calcos de la realidad, pero también a la concepción arqueológica, que frecuentemente parecen confundirse.

La arqueología es una concepción memorial, conmemorativa, monumental, que refiere a personas y objetos que los medios conservan e identifican o autentifican. La arqueología atraviesa la superposición de capas con una flecha que va de arriba abajo. Así, también podríamos lograr representaciones exactas de lo real montando capas, como en un hojaldre; pero, al final, si mantuviéramos la escala, lograríamos una maqueta del mundo, u otro mundo, idéntico al real.

La calcomanía, el calco, tiene como principio el eje genético o la estructura profunda, y así son reproducibles al infinito por procesos de clonado. La lógica del calco es la lógica del árbol, de la división binaria. Sobre el calco se funda la posibilidad de la representación, y presupone un hecho, un mundo estable, un territorio firme.

La utilidad del conocimiento de datos orientados y cartografiados no lo es en tanto que representaciones de una realidad, sino en tanto que permiten diseñar un viaje, un tránsito. Sin embargo, este tránsito es inabarcable para la imagen de un mapa, que sólo ha diseñado estructuras de representación, de figuración, no de movimiento. Lo contradictorio de la cuestión, entonces,  radica en que hemos confiado nuestros viajes a un tipo de conocimiento que no puede guiarnos, porque este tipo de conocimiento figurativo es siempre inexacto. O, desde otro punto de vista, nuestros viajes no pueden ser representados en el mapa que representa la realidad en la que nos movemos, sólo pueden ser rastreados. Nuestras huellas pueden determinar una distancia recta en un mapa o en un radar; pero si nuestras huellas recorrieran un terreno rigurosamente, tendrían que hacerse cada vez más cercanas y más frecuentes, demostrando que el terreno crece infinitamente, hasta el punto de dejar inoperante e inservible la escala utilizada (4).

Frente a la acumulación de capas en un espesor arbitrario, los mapas se superponen de tal modo que cada uno encuentra un retoque en el siguiente, en vez de establecer un origen firme sobre el que perfeccionar la representación. Lo que busca el mapa es evaluar los desplazamientos.

El mapa es rizoma, no árbol. Si el mapa se opone al calco es precisamente porque está totalmente orientado hacia una experimentación que actúa sobre lo real. El mapa no reproduce un territorio: produce un trayecto, un recorrido, un viaje, el devenir.

El mapa es abierto, conectable en todas sus direcciones, desmontable, alterable, susceptible de recibir constantemente modificaciones. Puede ser roto, alterado, adaptarse a distintos montajes, iniciado por un individuo, por un grupo, una formación social. Puede dibujarse en una pared, concebirse como una obra de arte, constituirse como una acción política o como una meditación.

Y si, con todo, pudiéramos seguir las huellas proyectadas en un mapa que otro caminante trazara en el terreno, ¿nos bastaría con seguir sus huellas o necesitaríamos sus ojos también? Como bien advertía Arthur Schopenhauer:

“Los pensamientos puestos en el papel no son, en general, más que huellas de un paseante en la arena; se ve el camino que ha tomado, pero para ver lo que ha visto hay que emplear sus propios ojos”. (5)

Quizá el proyecto surrealista de realizar mapas influenciales pretendía precisamente eso: elaborar mapas a partir de lo percibido, de lo sentido, de los afectos tenidos al recorrer un territorio. Pretendían comprender las pulsiones que la ciudad provocaba en los afectos de los paseantes en sus deambulaciones sin fin ni propósito que, como performances, los surrealistas, a partir de unas primeras iniciativas Dada, realizan precisamente para explorar “los límites entre la vida consciente y la vida de los sueños” (6). Breton proponía unas convenciones para la elaboración de mapas; así, nos decía: usar los colores blancos para caracterizar los lugares que gustamos frecuentar; en negro, los que deseamos evitar, y el resto, en gris, que representaría la valencia dual entre la atracción y la repulsión.

La vindicación de la ciudad como realidad estética en la que ejecutar obras de arte en forma de acciones en el espacio que el territorio nos brinda, es una forma revolucionaria o de reacción frente a la vida burguesa de la modernidad. Dada, el flâneur de Walter Benjamin, las deambulaciones surrealistas… van a tener una continuación en la crítica radical que la Internacional letrista, después situacionista, desde el urbanismo y el arte plantean a la vida burguesa y a la economía capitalista, reclamando un espacio para la vida, una vuelta a la tierra o una desterritorialización de ella. Los situacionistas, mediante sus derivas, errabundeos y juegos psicogeográficos, proponen un arte “fuera del arte”, ajeno al comercio y al mercantilismo, un arte sin obras ni artistas. Rechazan la representación, una vez que han comprendido que resulta ser mucho más una forma de dominación que de conocimiento, y buscan un arte anónimo, colectivo y revolucionario.

La deriva situacionista es la materialización de un modo alternativo de habitar el espacio y, aunque su acción se centra en el espacio urbano que es, seguramente, como hoy, el lugar de la acción política (7), podría generalizarse a todo territorio.

En este sentido cobra interés la crítica de la geografía urbana y del urbanismo unitario de la Internacional Situacionista. La psicogeografía, la define Debord, como el “estudio de las leyes exactas y de los efectos precisos del medio geográfico, conscientemente dispuestas o no, que actúan directamente sobre el comportamiento afectivo de los individuos” (8). La acción situacionista consiste en construir situaciones. La idea de situación no es sino una suma de posibilidades. Propiciar lo posible. Consiste en construir ambientes momentáneos de la vida que ofrezcan una calidad pasional superior. Efectivamente, el punto de mira revolucionario y transformador está puesto no tanto en las instituciones políticas o en el poder, sino en las emociones y pasiones de la gente.

La construcción de situaciones comienza tras la destrucción de la moderna noción de espectáculo. Debord (9), en concreto, considera que el espectáculo está ligado al principio de no-intervención: público y actores formalizan una división de los papeles donde éstos dirigen y difunden modelos a aquellos. Para los situacionistas, el componente revolucionario de la situación consiste en la ruptura de la identificación psicológica del espectador con el héroe para arrastrarlo a la actividad, provocando la capacidad de subvertir su propia vida. La situación está hecha para ser vivida por sus constructores. La distinción entre actores y público se rompe para unificarla en otra nueva, la de vividores.

En resumen, el objetivo situacionista, a la hora de construir situaciones, es el de producir sentimientos inexistentes hasta la fecha. En este sentido, y así lo expresa el propio Debord, la tarea consiste en inventar “juegos de una esencia nueva”. Entre los cuales siempre había alguna divertida propuesta en el boletín letrista POTLATCH (10). Debord nos cita alguno que tiene para nosotros ahora especial interés:

“La elaboración de mapas psicogeográficos, incluso de diversos trucajes como la ecuación, poco fundada o completamente arbitraria, planteada entre dos representaciones topográficas, puede contribuir a clarificar ciertos desplazamientos de carácter no precisamente gratuito, pero sí absolutamente insumiso a las influencias habituales. Las influencias de este tipo están catalogadas en términos de turismo, droga popular tan repugnante como el deporte o la compra a crédito.

Recientemente, un amigo me dijo que venía de recorrer la región de Harz, en Alemania, con la ayuda de un mapa de la ciudad de Londres, cuyas indicaciones había seguido ciegamente. Este tipo de juego es, obviamente, sólo un comienzo mediocre en comparación con una construcción completa de la arquitectura y del urbanismo, construcción que algún día estará en poder de todos”. (11) Guy Debord, Guide psychogéographique de Paris, 1957 (12).

Guy Debord, Guide psychogéographique de Paris, 1957.

Guy Debord, Guide psychogéographique de Paris, 1957.

Al final, un mapa es lo que propicia lo posible, porque también un mapa invita a perderse en el territorio que cartografía.

El esfuerzo topográfico que en algún momento inicia la cartografía no tiene que ver con las profundidades o con la arqueología de la Tierra. Del mismo modo que en el plano o el croquis, el interés queda en la superficie. La representación topográfica no busca la exactitud, sino que sugiere el esfuerzo que el recorrido por el terreno exige, las resistencias que opondrá a su trayecto, las fuerzas que habrá que activar para vencerlas.

En un plano de carreteras tiene menos interés el detalle topográfico, porque, se supone, recorremos el medio asistidos por un vehículo autopropulsado que invisibiliza los desniveles, las resistencias y casi hasta las distancias. La tarea del mapa, del plano o del croquis es orientar el recorrido del medio en superficie. Nos indica por dónde ir. No ocurre lo mismo con las cartas de navegación, donde la superficie adquiere un espesor relativo a las líneas de flotación. Un barco navega en el mar, un coche o un caminante circula sobre la tierra.

El detalle topográfico hace al plano un mapa de intensidades, de afectos. Resulta una constelación afectiva. La topografía une en el mapa movimientos y trayectos junto con intensidades y afectos. Un mapa intensivo es un devenir, siendo el devenir lo que sustenta el trayecto, porque las fuerzas intensivas sustentan las fuerzas motrices. Porque el mapa no es una representación estática y definitiva de un territorio; muy al contrario: mapa y territorio mantienen una relación de transformación constante según los devenires que desde el mapa proyectamos al espacio y de los datos que del terreno seleccionamos para confeccionar el mapa. Nuestros pasos, que, siguiendo un mapa, andamos en el terreno, lo transforman y, con el tiempo, dejan inservible el mapa.

Funtional anatomy of macaque striate cortex. II. Renitopic organization.

The Journal of Neuroscience.

Los neurólogos recientemente han descubierto que nuestro cerebro elabora representaciones topográficamente organizadas que quedan indexadas en representaciones disposicionales. Una representación disposicional es un medio para reconstruir una imagen; en este sentido, podemos pensarla como un índice que guardaría las referencias precisas de qué conexiones deben establecerse o qué neuronas excitarse. Estas representaciones pueden estar distribuidas en distintas zonas del cerebro, de tal manera que no existe una grabación global de los objetos en nuestro cerebro que permanezca inalterada. Habrá representaciones disposicionales que permitan reconstruir el aspecto visual, otras el sonido, el olor, etc.

Ahora bien, estas representaciones disposicionales permiten la creación de representaciones organizadas topográficamente. Éstas, como nuestros mapas topográficos, reproducen el aspecto de los objetos con alguna semejanza. R.B.H. Tootell ha demostrado que, cuando un macaco ve determinadas formas, como una cruz o un cuadrado, la actividad de las neuronas en las cortezas visuales iniciales se organiza topográficamente en una pauta que se ajusta a las formas que está viendo. [El gráfico muestra estos resultados. En a) encontramos el estímulo visual que se presenta al mono, y en b) el patrón de actividad nerviosa que ocurre en una de las capas de la corteza.]

La representación organizada topográficamente es el origen de nuestras imágenes mentales. Luego, de alguna manera, podemos decir que conocer es hacer mapas, o se inicia con la tarea de elaborar mapas de nuestras experiencias en el mundo. Creamos imágenes, pero no calcos literales, y estas imágenes orientan nuestro movimiento en el mundo, nuestro devenir en él (13).

El devenir es lo que convierte el trayecto más mínimo, o incluso una inmovilidad sin desplazamiento, en un viaje; y el trayecto es lo que convierte lo imaginario en un devenir. Los dos mapas, trayectos y afectos, remiten uno al otro, y por eso un porvenir no es imaginario, como tampoco un viaje es real.

Conocer es cartografiar, casi siempre, futuros parajes.

 

3. Mirar el mapa

¿Qué es un mapa? Lo que sea un mapa deja ahora de tener interés; las posibles respuestas no solucionarían la comprensión de la funcionalidad del mapa. A lo que debemos prestar atención es al hecho de que hacemos mapas. También hacemos otras cosas; almacenamos recuerdos, por ejemplo; pero, si tenemos que orientarnos en el medio que habitamos, si estamos obligados a explorar los territorios para sobrevivir en ellos, somos cartógrafos. Y en esta actividad cartográfica se funda el conocimiento, que ni es arqueología de la memoria, ni literatura del viaje, ni representación del mundo.

Hacer un mapa es reconocer que tu historia no importa, que lo que importa es la posibilidad de hacer historias; un mapa es simplemente una posibilidad. Aquel que pide información desprecia las imágenes que los ojos curiosos han visto, porque sabe que son irrepetibles y porque prefiere también llevar sus ojos, tan abiertos como el viento, la lluvia o el sueño le permitan.

Sin embargo, muchos no se lanzarán a un terreno completamente virgen, necesitan saber que es un espacio transitable. Tal vez fracasen, quizá sus ojos no resistan lo que vean, esto es asumible. Pero no es asumible pensar que no hay camino, no hay vía. Pensar que nadie estuvo antes.

Los exploradores de lo ignoto son una clase especial, son los valientes que se adentran en mundos desconocidos y los recorren. De entre ellos, algunos han dejado huellas para los siguientes, otros caminos, otros ciudades y carreteras; pero, ¿cuál de ellos ha dejado sus ojos para que guíen a otros? Me atrevería a responder que ninguno. Porque el mapa se elabora conforme se recorre el trayecto real que la imaginación ha elaborado. Si hay mapa y si nos preguntamos por su ser, tendrá que ser siempre por el ser del mapa en nuestras manos frente a nuestros ojos atentos.

¿Qué es un mapa en mis manos? El valor que tiene un mapa aparece cuando mis manos lo despliegan. El mapa plegado y guardado en la mochila o en la maleta debe pasar a mis manos para que lo despliegue y mis ojos viajeros lo recorran. Un mapa en mis manos es el proyecto de una ruta, el orientador de mis acciones, el mundo de mis proyecciones, el lugar de mis simulaciones. El mapa es el fondo sobre el que se desarrolla o se cuenta una historia, una imagen sobre la que no se representa, sino sobre la que se circula. “El mapa en mis manos” es una metáfora del conocimiento.

El mapa sólo despliega una información representada que literalmente es falsa y que metafóricamente es imposible, al no privilegiar un viaje mejor que otro. Nada en el mapa nos prohibe ir de Madrid a Guadalajara dando la vuelta al mundo o usar el mapa de Londres para recorrer una región de Alemania. Este despliegue ante mis ojos, este uso del mapa, es un segundo nivel de conocimiento que crea sobre el medio cartografiado y estático un segmento de interés, de sentido. No es un libro de instrucciones.

Las instrucciones contienen internamente el sentido y la función de lo que debe producirse, y resuelven en un proceso secuencial un trayecto. Toda función declarada incluye unos mecanismos de racionalización, optimización y desenlace que permiten una programación que define su cumplimiento. Es como un viaje organizado, donde el tránsito es conocido y cerrado, narrable antes de iniciarlo (si hoy es miércoles, estoy en Praga), reversible en consecuencia.

No, el mapa desplegado monta capas de acción unas sobre otras, a diferencia del hojaldre de la representación exacta que construiría una maqueta a la misma escala, es decir, otro mundo idéntico. Segmentos recortados del mapa convencional seleccionan un trayecto sobre el que se montará el trayecto verdaderamente realizado, y quedará aún por encima el que contemos a nuestro regreso. En cada paso ascendente, en vez de un progresivo acercamiento a la fidelidad de la representación, obtenemos un ascenso a lo individual, a la experiencia sentida o vivida. El mapa admite la figuración inexacta o falsa porque convierte la figura en metáfora y transforma el mapa muerto en el croquis de un viaje, donde se reflejan sólo aquellos hitos que han sido relevantes.

El mecanismo por el que mis manos despliegan el mapa y lo recorro con la mirada no es precisamente la personalización del mapa; ésta es solamente su consecuencia. El mecanismo es la realización de una progresiva cartografía sobre otra dada; es decir, acción sobre acción, que refiere a la realidad sobre la que actúo. Devenir sendero, o piedra, o montaña. Sentir su resistencia y disponer la fuerza que ha de vencerla.

El mapa en mis manos es la puerta de entrada al camino que se va a recorrer, a la historia que de él cuente, a la mirada que contemplará los elementos inamovibles del terreno y también los que sólo mis ojos tendrán la oportunidad de ver esta vez. Si no hay traza en el terreno, o aunque la haya, el mapa sólo sirve en la medida en que orienta mi marcha. Hace visible un desplazamiento. Por eso, un mapa siempre es de virtualidades. (14)


Notas:

(1) Cfr. F. Joly, La Cartografía, Ariel, Barcelona, 1982, p.1.

(2) Esta sección recoge las ideas que Deleuze y Guattari elaboraron sobre mapas y representación. Especialmente en Gilles Deleuze, Lo que dicen los niños en Crítica y Clínica, traducción de Thomas Kauf en Anagrama, Barcelona, 1996, pp. 89-97 y Gilles Deleuze y Felix Guattari, Rizoma en Mil Mesetas. Capitalismo y esquizofrenia, traducción de José Vázquez Pérez, Pre-textos, Valencia. 1988, pp. 9-32.

(3) Un magnífico relato de cómo vive y cartografía el medio la cultura aborigen australiana puede encontrarse en Bruce Chatwin, Los trazos de la canción.

(4) Naturalmente, para navegantes, viajeros y alpinistas, el GPS se ha convertido en un instrumento de suma utilidad. Si el GPS está dotado de cartografía, no sólo registra nuestro camino, sino que también nos guía. El GPS es, en suma, el mapa que alguien ya ha recorrido, y así une la cartografía y la experiencia (¿sus ojos, quizá?) de un caminante anterior, o de uno que justo va por delante como un guía.

(5) Schopenhauer, Arthur, Sobre la lectura y los libros en La lectura, los libros y otros ensayos, traducción de Miguel Urquiola, Edaf. Madrid, 2004, p. 170.

(6) Cfr. André Parinaud (ed.), André Breton-Entretiens, Gallimard, París, 1952.

(7) Efectivamente, hoy parece que nos encontramos en una situación muy parecida a la que reaccionaron los situacionistas. Tal vez no quisimos aprender sus lecciones y, por eso, aquel proceso que pudieron vislumbrar casi visionariamente, siguiendo su curso inexorable, ha terminado en nuestro tiempo arrebatándonos por completo el espacio de la vida, el territorio en donde habitar. Una propuesta de acción política desde los espacios urbanos puede encontrarse recientemente en David Harvey, Ciudades Rebeldes. Del derecho de la ciudad a la revolución urbana, traducción de Juanmari Madariaga en Akal, Madrid, 2013.

(8) Guy Debord, Introducción a una Crítica de la Geografía Urbana, puede encontrarse el texto a partir de la traducción realizada por Lourdes Martínez aparecida en el fanzine Amano # 10 en el número 11 de la revista electrónica de filosofía A Parte Rei, p. 10.

(9) Guy E. Debord. Informe sobre la Construcción de Situaciones y sobre las condiciones de la organización y la acción de la tendencia situacionista internacional. Documento fundacional (1957) en Archivo Situacionista Hispano v. Nota 6.

(10) La palabra Potlatch es una palabra procedente de las tribus indias del noroeste de Canadá y Alaska que designa las ceremonias de destrucción y despilfarro de riquezas acumuladas y que vertebran en gran medida la organización social y el fluir de estas sociedades. Analizadas estas sociedades por antropólogos como Boas, Mauss, Ruth Benedict e incluso Marvin Harris –si bien la interpretación que hace cada uno de estos autores de estas ceremonias sociales y su finalidad resulta distinta y a menudo contrapuesta– tuvo una extraña acogida entre algunos intelectuales europeos –Bataille o los integrantes del grupo Socialismo o Barbarie, por ejemplo– que quisieron encontrar en estas tribus una base antropológica para una nueva organización social, donde se reinterpretaran de otro modo las nociones de propiedad, gasto, consumo, fiesta y placer. Potlacht fue también el título de uno de los boletines de los letristas radicales que terminaron al final agrupándose con los situacionistas.

(11) Guy Debord, Introducción a una Crítica de la Geografía Urbana, op. cit.

(12) La Guide psychogéographique de Paris es un mapa desplegable pensado para su distribución entre los turistas. En ella París se ha roto a pedazos, los barrios y tópicos turísticos están descontextualizados, son como continentes a la deriva dentro de un espacio líquido, producidos precisamente por la deriva de sus paseantes. La delimitación de cada una de las partes, la distancia entre las placas y el grosor de los vectores que las conectan son el resultado de los estados de ánimo experimentales. Las placas forman un archipiélago que puede recorrerse en todo o en parte, y las flechas son los fragmentos de todas las derivas posibles. El mapa psicogeográfico representa un paisaje psíquico construido por los huecos: hay partes enteras olvidadas o deliberadamente borradas, con el fin de construir en el vacío infinitas ciudades posibles. El mapa psicogeográfico lo que nos propone son nuevos territorios para explorar, nuevos espacios para habitar, nuevas rutas a recorrer. El Mapa situacionista construye el territorio, no lo representa.

(13) Cfr. Antonio Damasio, Descartes’ Error, A Grosset/Putnem Book, G.P. Putnam’s Sons, New York, 1994, traducción de Joandomènec Ros, El error de Descartes, especialmente cap. 5, Ensamblar una explicación, Crítica, Barcelona, 1996, pp. 87-113.

(14) Algunas de las ideas expuestas aquí proceden de Carlos Muñoz Gutiérrez, Paso a paso. Ra­zones para subir montañas. Eutelequia, Madrid, 2011.

cartografía, historia de la cartografia, sistemas de proyeccion

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