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Histórico noticias



Un paseo etrusco por Roma

Viajamos a Italia para descubrir en Roma una de las colecciones de arte y objetos etruscos más importantes del mundo: la que alberga el museo de Villa Giulia, al norte de la capital, porque resulta imposible entender la cultura romana sin conocer sus antecedentes.

16 de noviembre de 2017

“No se puede brillar hablando de Roma”, decía Stendhal ya en 1827. Estaba, y está todo dicho, todo escrito, todo visto. Tras tantos escritores y pintores, poco queda que contar. Y, sin embargo, tras volver a Roma este octubre para encontrarme con antiguos amigos y alumnos de la ENA, me ha sorprendido que, entre las masas de turismo de selfie y banalidad, esas tropas de turistas que, al igual que en Barcelona o Lisboa, arrinconan y expulsan a los nativos, haya todavía espacios de paz y algo que descubrir. No es la Roma de Chateaubriand o de Stendhal, que estaba llena de solares, ruinas y jardines abandonados, pero siempre hay rincones para perderse en la bella soledad.

Hace unos meses, La Línea del Horizonte publicaba una reseña del clásico Tumbas etruscas (Etruscan places), de D.H. Lawrence, señalando la importancia del pasado y cultura etruscos en la civilización romana. Para completar nuestro escaso conocimiento de la cultura etrusca, el viajero debe acercarse a Villa Giulia, que está en el fondo noroeste de la Villa Borghese y alberga el Museo Nazionale Etrusco. Etruria, en efecto, encarna esa mezcla mágica de mito e historia que rodea el pasado romano. No se puede entender la cultura romana sin conocer sus antecedentes.

Un paseo etrusco por Roma

Es un museo vivo en el que hay piezas, mapas y datos muy recientes, incluso de hace menos de diez años, porque la investigación de la cultura y pasado etruscos continúa. La escritura etrusca está ya casi descifrada, gracias a una particular “piedra Rosetta”, y sabemos más de esos antepasados de Roma. Es además un museo tranquilo, apacible, con pocos visitantes, en el que se puede contemplar y soñar, volver sobre nuestros pasos. En sus vitrinas, contemplamos el tiempo pasado, esos objetos desenterrados con cuidado y paciencia que nos hablan de lo efímero, de la belleza desaparecida, de la delicadeza de una civilización.

Al salir, nos encontramos con el magnífico jardín, apto al descanso, a la meditación sobre la decadencia de las civilizaciones, algo muy romano y romántico siempre. Sépase que fue la villa que se hizo construir junto a la Via Flaminia entre 1551 y 1553 el papa Giulio III, aficionado a los placeres terrenales y gran amigo y benefactor de los Farnesio.

Los etruscos, que pertenecen a la era arcaica o protohistórica, han constituido un cierto misterio, por su antigüedad y porque además fueron borrados deliberadamente por la República romana, que reivindicaba para sí toda la gloria del pasado. Incluso Plinio los ignora, deliberadamente. Su nombre parece derivar de la palabra tyrsis, de donde viene torre, porque los griegos así denominaban a estas gentes que vivían en lugares altos, algo alejados de la costa para evitar la rapiña de los piratas. Los sabinos, al este, y los samnitas, al sureste, fueron también otras tribus y civilizaciones que Roma, siempre expansiva, genuinamente imperialista, acabó absorbiendo. La que tuvo más relevancia, más originalidad y estructura, fue la etrusca.

Vitruvio ya los menciona en su obra De Architectura, citando la columna toscana y su forma de construir los templos. Pero uno de los primeros que investigó más a fondo esta cultura fue el escocés Thomas Dempster, aunque su obra, escrita en 1619, solo ve la luz en 1726. Dio lugar al movimiento llamado “etrusquería”, que consistió en atribuir muchas de las antigüedades encontradas a los etruscos, antes que a los fenicios o a los griegos, lo que propició una cierta especulación y bastantes falsificaciones.

Un paseo etrusco por Roma

Jean-Pierre Dalbéra, Flickr.

Pero la Etruria no era desconocida, ya que, como exageraba Stendhal, casi empieza en la orilla derecha del Tiber, llegando hasta la isla de Elba. Vulci, Tarquinia, Viterbo están a menos de una hora de Roma; los etruscos eran los vecinos del norte. Es a partir del siglo XIX cuando se comienzan a excavar más científicamente los restos de esta civilización (cuyas tumbas en muchos casos ya habían sido saqueadas), lo que en gran parte se debe a la afición del hermano de Napoleón, Luciano Bonaparte. Los Bonaparte, tras su exilio impuesto por el Tratado de Viena, pudieron volver a Francia y en Italia no fueron mal acogidos.

Aun así, hoy queda mucho por descubrir y por estudiar. En cierto modo, los etruscos pasaron más desapercibidos a los viajeros ingleses del siglo XVIII, lo que libró a esa cultura desaparecida del vano cotilleo de escritores y pseudohistoriadores. Nos ha llegado, de alguna manera, más virgen que otras civilizaciones atascadas de sabihondas tesis, de papel y literatura.

Etruria aporta a Roma diversas artes, como el trabajo del bronce, la cerámica etrusco-corintia, las técnicas agrícolas, gran parte del código ético-religioso y de muchas leyendas. Algunos aspectos de esta cultura son relevantes, como el estudio de las vísceras para predecir el futuro (Libri Haruspicini) y para el examen médico, pudiendo contemplar en las vitrinas reproducciones cerámicas de mamas, úteros y corazones, por ejemplo, lo que indica mucho de la amplitud de sus conocimientos, seis siglos antes de la era cristiana. No podemos por menos que evocar a Giacometti al ver algunas de sus estilizadas esculturas en bronce, muchos objetos en hierro de perfiles casi de vanguardia.

Como en otros museos y monumentos romanos, el viajero descubre en Villa Giulia cuál es el origen del buen gusto italiano, que se remonta a casi tres milenios. Etruria, algo oriental en su pasado, según las conjeturas, mantuvo un vivo comercio con griegos y fenicios y una intensa relación cultural, lo que le imprime esa originalidad que aún hoy nos deslumbra.

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