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  • Magallanes, Elcano y la vuelta al mundo

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    ExposicionesEl mundo no volvió a ser el mismo después de esta expedición. Doscientos treinta y nueve hombres y cinco naos partieron de Sevilla en 1519 en busca de una ruta por el oeste hacia la Especiería. Tres años después, regresaron dieciocho hombres y una nao, después de haber dado la vuelta al mundo. El Museo Naval de Madrid se une a la celebración del quincentario con la exposición Fuimos los primeros. Magallanes, Elcano y la Vuelta al Mundo, abierta al público desde el 20 de septiembre.

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    The Map House, LondonTrescientos años antes de que los estadounidenses llegaran a la Luna, un sacerdote y erudito alemán, Athanasius Kircher, dibujó un mapa de la cara visible de nuestro satélite. Este y otros tesoros pueden verse en una exposición que explora la historia de la cartografía lunar y celeste: The Mapping of the Moon: 1669-1969, hasta el 21 de agosto en la Map House de Londres.

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    La fotógrafa y vídeo-artista Leila Alaoui (1982-2016) falleció trágicamente víctima de las heridas sufridas tras el atentado de Uagadugú, en Burkina Faso, el 15 de enero de 2016, cuando trabajaba en un reportaje sobre la condición de la mujer, por encargo de Amnistía Internacional. Una exposición en la Casa Árabe de Madrid homenajea su trayectoria y compromiso vital mostrando treinta retratos realizados por la autora en entornos rurales de Marruecos. Abierta al público hasta el 22 ...[Leer más]

Histórico noticias



Un paseo por Soweto… en minibús

La historia de Sudáfrica está marcada por el apartheid y por el hombre que luchó contra él. Héroe mundial de la lucha contra la opresión racial, Madiba vivió muchos años en este gueto de Johannesburgo, que recorremos visitando lugares como el museo de Mandela.

14 de marzo de 2014

Hacía dieciocho años que no pisaba Soweto. Ya entonces, el régimen del apartheid era historia y Nelson Mandela se había convertido el año anterior en el primer presidente negro de Sudáfrica; sin embargo, internarse en el célebre gueto seguía siendo osado y poco aconsejable. Recorrí fugazmente alguno de sus barrios más deprimidos y otros puntos simbólicos de la lucha contra la discriminación racial acompañado por un veterano periodista local, curtido en los años duros de la represión. Deseaba conocer fervientemente el paisaje que tantas veces había visto en las imágenes de televisión, donde multitudes compactas avanzaban decididamente a trote rítmico y acompasado hacia la policía, que les cerraba el paso en inexpugnables vehículos blindados y con el dedo presto en el gatillo.
El fugaz recorrido congeló en mi memoria un lugar bullicioso, deprimido, polvoriento y pobre, de calles de tierra y chabolas de techos de lata como cajas de zapatos hacinadas en lotes de terreno del tamaño de un baldosín. Era “la ciudad madre de la Sudáfrica urbana negra donde, a pesar de haber crecido, e incluso en algunos lugares prosperado, la inmensa mayoría de sus habitantes seguía siendo abrumadoramente pobre, carecía de electricidad y agua corriente y vivía en unas condiciones de subsistencia que eran una vergüenza en una nación tan rica como Sudáfrica”. Describió Nelson Mandela, conocido en su país por Madiba, tras una visita al suburbio dos días después de su liberación el 11 de febrero de 1990.

Un paseo por Soweto.

José Luis Toledano.

A primeros del pasado mes de diciembre, en un minibús turístico –lo escribo con cierto pudor– decorado con los alegres colores de la bandera sudafricana, me adentraba en el South Western Townships (acrónimo de Soweto) con la insana curiosidad de volver a ver sus calles y constatar, después de leer en las guías de viajes, que aquel peligroso y mísero lugar de mis recuerdos, epicentro de la lucha contra la supremacía blanca, era uno de los principales atractivos de la ciudad.
A diecisiete kilómetros de Johannesburgo, y tras dejar atrás el imponente estadio FNB, el más grande de África con ciento veinte mil asientos, forma de calabaza –símbolo de la unidad– y de grato recuerdo para la hinchada futbolera española que vio alzar por primera vez en su historia la copa de campeones del mundo, un discreto letrero saluda: “Bienvenidos a Soweto”. “Fue uno de los lugares más peligrosos del mundo, pero ya no lo es”, nos tranquilizó el guía a la docena de turistas llegados de medio mundo que formamos parte de la “excitante” expedición.

Bienvenidos a Soweto.

José Luis Toledano.

 

El barrio del apartheid

En 1886 se descubrió en Main Reef, cerca de Johannesburgo, la mayor reserva de oro del mundo. La fiebre se desató y millares de ávidos buscadores de fortuna llegaron a la ciudad. Se crearon multitud de negocios que daban servicio a minas y mineros. Johannesburgo se expandió rápidamente y el dinero comenzó a correr como el agua. Un gran número de africanos de las zonas rurales tomaron el camino de la floreciente urbe instalándose en barrios donde convivían con la población blanca.
Tras la Segunda Guerra Mundial el flujo de trabajadores del interior del país se disparó. La minoría blanca (20%), por temor a perder el poder y con objeto de preservarlo, instauró el apartheid, que significa “segregación” en africaans, la lengua de los colonos holandeses. Un sistema despiadado que proclamaba que el blanco era superior al africano, al mestizo y al indio. El apartheid consistía en la separación de vivienda, escuela o transporte para los diferentes grupos raciales. Además, otorgaba el poder exclusivo a los blancos para ejercer el voto y prohibía los matrimonios o incluso relaciones sexuales entre blancos y negros.
Las autoridades sacaron a los negros de los barrios mixtos para confinarlos en guetos. En esos tiempos Johannesburgo estaba reservado a los blancos. Los africanos necesitaban un permiso especial para poder entrar en la ciudad. Sin él, podían ser detenidos y expatriados a las zonas rurales. “Soweto fue creado para segregar a los negros, pero en realidad los ayudó a integrarse”, asegura el guía mientras nos adentramos por calles de modestas casitas de una planta y ladrillo rojo.

Un paseo por Soweto.

José Luis Toledano.

Aún hoy, Soweto sigue siendo el más populoso de todos los municipios de Sudáfrica. Cuatro millones de personas, mayoritariamente de raza negra, se asientan en unos ciento cincuenta kilómetros cuadrados. Barrios, como Orlando West, pasaron a ser ocupados por una clase media dinámica y pujante que nunca dejó el gueto. En los últimos años, gracias al auge económico, se han realizado importantes inversiones impulsadas por un consumo creciente. Ya no es necesario ir a Johannesburgo de compras. Unos veinte centros comerciales se han levantado en diferentes puntos del municipio para saciar la demanda.
Sim embargo, Soweto, al igual que otros antiguos guetos, sigue siendo un lugar deprimido, azotado por la delincuencia y la pobreza, la falta de servicios y viviendas dignas y la ausencia de perspectivas de futuro para la mayor parte de sus vecinos. Hoy, como hace treinta años, los habitantes de estos municipios protestan en las calles, queman neumáticos y se enfrentan a la policía demandando las mejoras sociales que el fin del apartheid no les trajo. Sólo el treinta por ciento está empleado, la mitad trabaja por cuenta propia y el veinte por ciento restante subsiste a duras penas sin ocupación. “El sistema segregacionista fue ideado para que los blancos, que tenían pleno acceso a la educación, fueran patrones, y los negros, con escasas posibilidades de recibir enseñanza, empleados”, afirma nuestro guía.

El minibús continúa su itinerario. Deja a un lado el Hospital Baragwanath, durante años el mayor del mundo, que fue construido en 1941 en tiempos de la Segunda Guerra Mundial para asistir a los soldados británicos. Tras la contienda bélica, pasó a atender a la población local. Más allá, la ruta bordea el estadio de Orlando, levantado a finales de los años cincuenta sobre un basurero. Fue el primer centro deportivo para la población negra de Soweto. Muchas figuras del fútbol nacional pasaron por su equipo, los Piratas de Orlando.
Sobre un promontorio ondulado se encuentran las Soweto Twin Towers. Dos formidables chimeneas de ciento veinte metros pintadas con murales de inspiración popular que formaban parte de una antigua central eléctrica. Un ascensor exterior asciende hasta la misma boca por donde hace tiempo la central resoplaba un denso humo blanco. El Gran Soweto, imponente y diminuto, se extiende a nuestros pies. Acondicionado para los tiempos modernos, el espacio es un lugar de ocio y esparcimiento: saltos al vacío, restaurantes, bares y discotecas donde numerosos jóvenes blancos de Johannesburgo acuden los fines de semana atraídos por un ambiente vibrante, divertido y… más barato. Sólo un inconveniente: para volver a casa a dormir la mona hay que esperar hasta las seis de la mañana a que la policía retire los controles de alcoholemia.

Soweto Twin Towers

José Luis Toledano.

 

El largo camino hacia la libertad de Sudáfrica

El tour llega a uno de los puntos más emblemáticos del recorrido. En el cruce de las calles Vilakazi y Moema se erige el Muro del Vacío. Una pared de ladrillo oscuro, una fuente y varias inscripciones en granito y letra dorada conmemoran el coraje y sacrificio de los estudiantes de Soweto que, el 16 de junio de 1976, se manifestaron contra la aprobación de una ley que exigía la enseñanza en africaans. Ni maestros ni alumnos querían estudiar en la lengua del opresor. La protesta, multitudinaria y pacífica, acabó con una desproporcionada carga policial. Los agentes abrieron fuego causando la muerte a cerca de seiscientos estudiantes y más de mil heridos. Centenares fueron detenidos y torturados y alrededor de doce mil se exiliaron fuera del país.
Hector Pieterson, de 13 años, fue el icono de aquel levantamiento. Una víctima más que perdió el anonimato al ser fotografiado moribundo en brazos de su compañero Mbuyisa Makhubu y junto a su hermana Antoinette. La instantánea dio la vuelta al mundo, provocando espanto y repulsa hacia un régimen hasta entonces apenas contestado desde el exterior. La ola de protestas se extendió como la pólvora por todo el país, fortaleciendo los movimientos de liberación contra el apartheid, y marcó un punto de inflexión en la lucha por la democracia y la libertad en Sudáfrica.

Muro del Vacío, Soweto.

José Luis Toledano.

El cielo está gris y amenaza lluvia. Hay poca gente en la calle. La mayoría son turistas y vendedores de artesanía popular y recuerdos con la figura estampada de Madiba en camisetas, gorras, tazas y otros objetos. Desde la plaza desciende la calle más popular y transitada de todo Soweto. En el número 8115 de Vilakazi Street se encuentra la vivienda que Nelson Mandela ocupó durante algunos años, hoy convertida en museo. Mandela, que había vivido anteriormente en una humilde chabola en Alexandra, otro suburbio para nativos, se refiere a sus dos residencias en el libro autobiográfico El largo camino hacia la libertad: “Alexandra ocupa un lugar de honor en mi corazón. (…) Aunque más adelante viviría en Orlando, una pequeña sección de Soweto, durante un periodo mucho más largo que el que pasé en Alexandra, siempre he considerado Alexandra como un hogar donde no tenía casa, y, a Orlando, como un lugar en el que tenía casa, pero no hogar.”
La casa-museo de Mandela padece un continuo ir y venir de visitantes que curiosean por sus dependencias, merodean por el patio y se fotografían en cada esquina. Estancias, muebles, fotografías y objetos personales jalonan la vivienda. Es un lugar de parada obligada donde han proliferado como hongos restaurantes, tiendas de ropa y puestos de recuerdos. A un centenar de metros calle abajo está la casa donde vivió Desmond Tutu, premio Nobel de la Paz en 1994, un año después de su amigo Madiba, y primer sudafricano negro en ser ordenado Arzobispo Anglicano de Ciudad del Cabo. Vilakazi Street es la única calle en el mundo donde han vivido dos premios Nobel.

Tributo a Nelson mandela en el centro comercial de Sandton City, Soweto.

South African Tourism.

El tour acaba fuera de los límites de Soweto, en el casino de Kliptown, frente al museo del Aparheid, con un lema concluyente:

“El apartheid está exactamente donde pertenece, en un museo.”

El exterior del edificio evoca imágenes de opresión y detención. En su fachada principal penden en grandes letras de acero los lemas que guían la nueva Sudáfrica: democracia, igualdad, reconciliación, diversidad… Se accede al interior por dos entradas diferentes a elección de cada visitante, una para negros, con sus restricciones, y otra para blancos, como piedra angular de la época más detestable de la segregación racial. El recorrido es un paseo por la biografía del apartheid y el nacimiento de la conciencia negra con paneles, réplicas de centros de tortura, fotografías históricas, proyecciones cinematográficas, descripciones, documentos y objetos que ilustran los años más perversos de Sudáfrica. Hay una sección dedicada a Mandela que incluye una fiel reproducción de la reducida celda que ocupó en la prisión de Robben Island, donde consumió gran parte de sus veintisiete años de reclusión. Al abandonar el museo siento ánimo, alivio y esperanza en el futuro. La lluvia arrecia en el exterior.
Por la tarde, visito Sandton City, uno de los más lujosos y exclusivos centros comerciales de toda África. Es como si paseara por Marte, por un mundo antagónico a quince minutos de Soweto. Saturado de tanta suntuosidad, decidí entrar al cine para ver la película Un largo camino hacia la libertad, estrenada pocos días antes: una exhaustiva crónica de la vida de Mandela fiel a su libro autobiográfico. Durante la proyección, procuré observar las reacciones de los espectadores en los momentos álgidos de la trama. Algunas expresiones de entusiasmo o irritación, pero escasas para lo que yo esperaba. Cuando se encendieron las luces, el público, mayoritariamente negro abandonó la sala como si hubieran visto la versión de algún personaje histórico extranjero. Interpreté que a pesar de estar aún vivo, Madiba ya pertenecía a un lugar impreciso de la memoria entre el presente y el pasado. Un día más tarde, Nelson Rolihlahla Mandela, el padre de la nación, héroe mundial de la lucha contra la opresión racial e icono de la reconciliación sudafricana moría en su casa de Johannesburgo a la edad de noventa y cinco años. Comenzaba otra historia.

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Comentarios sobre  Un paseo por Soweto… en minibús

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  • 14 de marzo de 2014 a las 13:33

    Para recorrer Soweto nosotros, hace unos años, tuvimos que “cambiar” a nuestro guía de raza blanca por otro de raza negra que resultó un maravilloso anfitrión, participante de las movilizaciones históricas contra el apartheid en otro barrio similar, aunque menos conocido; Alexandra. Sigue habiendo apartheid, y no sólo en Sudáfrica, pero este tipo de cambios requieren de algo más de tiempo para convertirse en una auténtica realidad… Los pasos que se han ido dando, aunque imperfectos, son, esperamos, útiles. Aunque nos ha gustado el artículo, el uso de la palabra “africano” al principio del mismo resulta un poco chocante como sinónimo de personas de raza negra… Sobre todo porque a día de hoy las hay también de raza blanca…

    Por Viajes de Primera