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    La fotógrafa y vídeo-artista Leila Alaoui (1982-2016) falleció trágicamente víctima de las heridas sufridas tras el atentado de Uagadugú, en Burkina Faso, el 15 de enero de 2016, cuando trabajaba en un reportaje sobre la condición de la mujer, por encargo de Amnistía Internacional. Una exposición en la Casa Árabe de Madrid homenajea su trayectoria y compromiso vital mostrando treinta retratos realizados por la autora en entornos rurales de Marruecos. Abierta al público hasta el 22 ...[Leer más]

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Histórico noticias



Un refugio en los Picos de Europa

La Terenosa es un refugio encantador para realizar rutas de montaña y explorar el área asturiana de los Picos de Europa; caminar con calma y hasta con indolencia por los prados de Pandébano y conquistar las zonas altas del macizo central, como el Naranjo de Bulnes.

14 de agosto de 2014

“La razón última de toda travesía es la atracción que genera la línea del horizonte. Por eso la aventura, en su sentido más desnudo, requiere únicamente un punto de fuga, resultado de la fricción entre un estado presente  y una imagen futura, y una línea de horizonte tras la cual se oculte la promesa.”
Rafael Argullol

Era un crío cuando vi por primera vez una fotografía del Naranjo de Bulnes. Destacaba por encima de unas praderías. En primer plano se veían un pastor, una majada y un gallo. La imagen más parecía de otro mundo que de uno que estaba a poco más de una hora de casa.  Quise conocer ese paisaje, esas majadas, ese horizonte, ese punto de fuga en el que destaca cual monolito extraterrestre “el Picu”, un punto de atracción tantas veces catastrófico. La fotografía, lo ponía por detrás, estaba tomada desde Pandébano. Desde ahí escribo estas notas.

En el macizo Central de los Picos de Europa. En la zona asturiana. En la zona alta del collado de Pandébano que aísla y comunica (como toda separación) Bulnes y  Sotres. Se trata del refugio de La Terenosa, situado a mil trescientos metros de altitud. Con capacidad para veinte personas, lo guarda, desde no hace mucho, tiempo Emilio Huerta; antes, una mujer de allí que todos conocíamos.
Hay dos clases de refugios: unos son grandes, importantes y prácticos; otros, pequeños, poco útiles y para nada básicos a la hora de las grandes escaladas. La Terenosa pertenece a este último grupo, y eso lo hace encantador e interesante para explorar toda esta zona de los Picos.

Un refugio en los Picos de Europa.

Rafael Manrique.

Es un refugio sencillo. Se trata de una antigua cabaña de ganado de las muchas que aún hay en este collado. Tiene un comedor, una cocina y un dormitorio anexo con literas. Muy bien puesto. Una cierta nota de glamour que sienta bien en este mundo abrupto y poco dado a las delicadezas.
La vista desde su terraza es magnífica. Está situado en el punto en que el espacio rural, domesticado, con cabañas, prados de altura y ganado, se empieza a trasformar. Justo por encima del refugio pasa el sendero que  lleva a las zonas altas del macizo central, especialmente hacia el Naranjo de Bulnes. A su alrededor, un mundo de pastores consigue sacar rendimiento económico a una tierra extremada.
El refugio se sitúa en un lugar que nos transmite la  experiencia turbadora de peligro y placidez. ¿Peligro? Sí, como todo lugar fronterizo. La Terenosa muestra la existencia de dos mundos: el natural y el humano. Una mezcla siempre desconcertante. No somos seres naturales, pero venimos de ahí. Toda nuestra evolución tenía como objetivo alejarnos de la naturaleza e introducirnos en el artificio. Desde el más simple cuchillo de piedra hasta el ordenador portátil; desde el lenguaje hasta la memoria. Seres artificiales. Por eso, cuando la naturaleza se hace presente, sentimos una mezcla de fascinación y miedo. El refugio acoge esa dualidad, y por eso nos sienta bien. Es una especie de madre o padre protector cuando lo natural aparece.
Lo que tiene este pequeño albergue frente a los grandes como el de Vega Urriello o el del Jou de Los Cabrones es su situación de frontera. Los importantes pertenecen a la vanguardia de la acción alpinista. En la Terenosa la convivencia de tierra transformada por los seres humanos y espacio salvaje e imposible de explotar proporciona esa mezcla de peligro y, al tiempo, de una cierta placidez derivada de sentir cómo nuestra vida transcurre siempre entre una cosa y la otra, entre la necesidad y la belleza.

 

Rutas de montaña desde el refugio de la Terenosa

Hace años era una estación intermedia antes de cruzar la zona de Collado Vallejo, que era muy compleja. Ahora, tras haber volado (sutil método de hacer las cosas, pensarán ustedes) y ampliado ese camino, el refugio ha perdido parte de su función. Eso lo hace apacible. No se ve uno impelido a emprender grandes excursiones, pero permite recorrer interesantes rutas, algunas suaves y de tinte melancólico y otras más duras y épicas.

Una de las más obvias es subir el camino del parque nacional que lleva a Urriello. Se puede ir y volver cómodamente en el mismo día, a no ser que uno se meta en el valle de las Moñetas por la Collada Bonita y vuelva al refugio… Palabras mayores. Otra ruta es subir a una de las cumbres más hermosas, aéreas y menos visitadas de los picos: Peña Castil. Una dura subida de algo más de tres horas nos lleva a la cima. Un tercer recorrido es justo la montaña que está enfrente del refugio. Es la que se ve desde la terraza. Está separada de él por el collado de Pandébano: Peña de Maín, con unas vistas magníficas de las cumbres del Neverón, y más lejos el Pico Tesorero. La subida, aunque no lo parece, es larga y fatigosa.

Un refugio en los Picos de Europa.

Rafael Manrique.

Y aún hay más. Este refugio tiene algo que no tiene ningún otro. Es el que más historia tiene de todos los de los Picos de Europa. La ruta de los musulmanes tras las escaramuzas de Covadonga pasa por aquí. Allí se ve la canal de Amuesa, por donde los árabes aparecieron tras haber subido y bajado diversas canales. Y aún  les quedaban varias más. Da un poco de lástima imaginar a rudos hombres acostumbrados al desierto andar atravesando canales inverosímiles, algunas de casi mil metros de desnivel. Desde lo alto de Amuesa bajaron a Bulnes y subieron, como hemos hecho nosotros a Pandébano; luego descendieron hacia la zona de Sotres y el rio Duje. No les contaré  hoy la historia de los árabes y su ruta, pero está muy bien documentada y merece la pena hacerla… en varios días. Desde los bancos de la terraza aún se puede verlos pasar, escucharlos asombrarse y, seguramente, quejarse. Para ellos estar en estas montañas sería algo parecido a estar en el planeta de los simios o en el Nuevo Mundo que descubrieron los españoles con asombro infinito.

Es éste un refugio que permite más que ningún otro quizá, no tanto el paseo observador de la modernidad que describió Baudelaire, pero sí caminar con calma y hasta con indolencia por los prados de Pandébano repletos de ganado, sonidos, colores, flores, pastores, montañeros… y cargar a cada instante la vista y el alma de sensaciones sutiles, difusas pero poderosas; de recuerdos y asociaciones que aún no constituyen un pensamiento, pero lo hacen nacer.

Un refugio siempre es una expresión ambigua y contradictoria de amor por lo natural y de amor por el paisaje. Siempre están en sitios hermosos. Pero también muestran la desconfianza y el temor a esa misma naturaleza, que, siempre sin aviso, puede traicionarte y convertirse en tu peor enemiga.

Ahora, sentado en la terraza, con una cerveza fresquísima en un día tormentoso pero bello, el mundo está de mi parte (por un rato). “Lo pequeño es hermoso”, decía  una de las consignas de mayo del 1968 en California… Menos mal.

“… Al ojo más voraz, largo vagabundeo ofrecíase en torno, entre las cosas varias: reseguir el cristal del lejano horizonte y descubrir las líneas de su borde, indecisas; imaginarse raros, caprichosos meandros del sendero del bosque, interminable y fresco; en los fondos umbríos y en salientes hojosos, adivinar por dónde frescores busca el río. Miré un poco, y tan ágil y libre me sentía como si, abanicándome, las alas de Mercurio hubiesen en mis pies retozado: era leve mi corazón, y muchas delicias de mis ojos me estremecían…”
John Keats

picos de europa, refugios de montaña

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