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Imagen de la India

JULIAN MARIAS

Editorial: LA LINEA DEL HORIZONTE EDICIONES
Lugar: ESPAÑA
Año: 0
Páginas: 112
Idioma: CASTELLANO
Encuadernación: Tapa blanda

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Finales de los cincuenta. ¿Quién sabía algo de India? Los hippies españoles, que veinte años después aparecieron por ahí, aún no habían nacido, pero era el país con el que había soñado Julián Marías desde niño y la ocasión le llevó hasta ese fascinante país gracias a un congreso de Filosofía. Marías abre los ojos de par en par. Todo le interesa, todo le conmueve y en ese primer acercamiento ya da cuenta de manera sencilla, como un viajero más, de los grandes temas que conforman una sociedad tan compleja y distinta. Un texto que no ha perdido la frescura con la que fue escrito y que podría pertenecer a un viajero sensible de hoy día.
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Un viajero, un lector, un amigo

A lo largo de su vida, José María Elósegui recorrió más de 140 países con alma de viajero, de lector y de documentalista, filmando series como ‘La ruta de los exploradores’, ‘La ruta de Samarkanda’, ‘Sahel, la frontera herida’, ‘Los ojos del Himalaya’ o ‘La Sonrisa de los Inuit’.

5 de octubre de 2017

Una de las mayores virtudes de los viajes es que te regalan con frecuencia personas que entran a formar parte de tu vida como si siempre hubieran estado allí. Puede que la afinidad por un destino o el mismo impulso de viajar creen de entrada una complicidad que acerca a los extraños mucho más que años enteros de rutinaria proximidad en tu vida cotidiana.

Conocí a José María Elósegui viajando. ¿Cómo si no? Su vida entera era un viaje. Incluso cuando descansaba en su San Sebastián natal, Chema te transportaba a nuevos horizontes contándote el último libro que le había gustado o el próximo itinerario que iba a realizar.  No creo haber conocido nunca a nadie que leyera más libros de viaje y, a la vez, viajara sin descanso como impulsado por el sueño irrealizable de seguir joven eternamente.

José María Elósegui

La mochila de Chema pesaba lo indecible. No llevaba mucho equipaje a ninguno de sus viajes, pero cuando empezó a viajar no se había inventado el ebook y cuando, mucho después, pudo utilizarlo, lo rechazó. Los libros, su equipaje imprescindible, debían ser de papel, con peso, con textura. No se puede guardar una flor de acacia entre las hojas de una tablet. Ni puede devolverte el olor o el color de la tierra cuando, años después de un viaje, vuelves abrir el libro que leíste en un lugar remoto, de esos en los que descansas cuando te refugias en tus mejores recuerdos.

Viajero impenitente, mi amigo Elósegui disfrutaba de los viajes con tiempo, a pie, en bicicleta, en camión. Su extraordinaria forma física le hacía temible si compartías algún viaje de montaña, y sus hábitos de vida sana eran una fuente de sana envidia y un desperdicio a partes iguales cuando llegaba el momento de poder compartir un güisqui y él, abstemio, lo rechazaba.  Al caer la noche, reunidos en torno a un fuego, en la terraza de un hotel o el salón de un lodge, Chema sacaba su libro y apuntaba notas al margen sobre experiencias vividas, pensamientos que le había provocado la lectura o cualquier idea capturada al vuelo al hilo de la conversación que manteníamos. Sus libros eran sus cuadernos de campo, el recordatorio de tantos y tan buenos momentos, el compañero con quien compartir vivencias.

Cuadernos de viaje

Cuando nos juntábamos en Madrid, por desgracia en contadas ocasiones, nos poníamos al día de nuestros viajes. Yo le enseñaba mis cuadernos de campo y él me hablaba de sus libros, recomendándome inmejorables lecturas. Si había suerte, me enseñaba un libro o unas notas sobre mi siguiente destino. Parecía que Chema hubiera estado ya en todas partes. Y en todas partes había leído, anotado, comentado. Sus libros, miles, eran los cuadernos de campo de un lector. No había dibujos, pero las mismas notas de letra pequeña, abigarrada, se fundían con el texto impreso y componían preciosas imágenes; imágenes viajeras.

Se fue con la misma discreción con la que recorrió el mundo. A pie, sin alharacas, sin llamar la atención. Su meta era el viaje en sí mismo, y no el contarlo ni presumirlo. Como un Joseph Thomson de nuestro siglo, vivió para viajar. Se despidió de todos con una sonrisa y un señorío que ya se le conocía. “He vivido una vida envidiable, exactamente la vida que quería. No tengo miedo. La muerte es algo que nos llega a todos”. Y se marchó tranquilo, feliz, queriendo y siendo querido. Quizá sabía que la meta que había estado persiguiendo durante toda su vida le llegaba por fin: viajar, viajar eternamente por el mero placer de hacerlo.

Cuadernos de viaje

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