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Una casona para escritores en Cantabria

El museo de José María Cossío es una casa montañesa situada en un pueblo remoto y hermoso en Cantabria. Por esta casona de Tudanca pasaron buena parte de los mejores escritores de la generación del 27 y anteriores a ella, como Unamuno, Alberti o Gerardo Diego.

15 de abril de 2015

Es como una gota de poesía en un océano de realidad… “Lágrimas que se perderán en la lluvia…”, como decía el replicante del filme Blade Runner, de Ridley Scott. Estoy hablando de la casona de José María de Cossío en el pueblo de Tudanca, en el valle de Polaciones, Cantabria. La información disponible en Internet facilita los datos técnicos de esta casa construida en 1750 por un indiano, Pascual Fernández de Linares, que volvió rico del Perú. Murió sin descendencia y la casa fue pasando de unas personas a otras hasta que llegó a Cossío, con el que, cual saga al estilo de los Buendía de García Márquez, acabó la secuencia de herederos al morir, éste también, sin descendencia. En ese momento la casa pasó a ser propiedad del gobierno regional, que la acondicionó como museo con mínimos cambios en su estructura y aspecto.

Casona de José María Cossío, Tudanca, Cantabria.

 

El refugio de la Generación del 27 en Cantabria

Se trata de una casa montañesa situada en un pueblo remoto y hermoso, pero aquí, en Cantabria, hay bastantes así. Lo que la hace diferente es que, alrededor de Cossío, por razones no siempre fáciles de comprender, fueron pasando una buena parte de los mejores escritores de la generación del 27 y anteriores a ella. Miguel de Unamuno, Rafael Alberti, Gerardo Diego, Federico García Lorca, Giner de los Ríos, Gregorio Marañón… estuvieron en esta casa. No es este artículo el lugar para glosar esta generación, pero qué menos que mencionar que en ella se incluyen algunos de los más grandes poetas de la lengua castellana, como Luis Cernuda, Vicente Aleixandre  o Pedro Salinas.

“Entre lo intelectual y lo sentimental. La emoción tiende a ser refrenada por el intelecto. Prefieren inteligencia, sentimiento y sensibilidad a intelectualismo, sentimentalismo y sensiblería”. Es así como José Bergamín definía el proyecto estético de esta generación que, sin embargo, está dispersa en temas y estilos y resulta poco homogénea. Eso hace aún más singular la existencia de este lugar de paso, de visita o de residencia temporal para algunos de esos escritores.  ¿Qué tiene este lugar, qué tenia este hombre? Vayamos a Tudanca.

En tiempo de José María de Cossío, el imponente, aunque no exagerado, edificio –como sí suelen resultar otras obras construidas por indianos–, se acabó por transformar, de casona dedicada a las labores agrícolas, a lugar residencial, con salas de trabajo, dormitorios, biblioteca y despacho. Él no fue un gran intelectual, ni un gran escritor. Pero sí estuvo apoyando experiencias fundamentales en la cultura española, como la Universidad Internacional Menéndez Pelayo o la Institución Libre de Enseñanza. Cossío reunía  en su persona abolengo y dinero, eso que en España va normalmente por separado. Pero también en él había una mezcla de  lo rural y lo urbano, lo intelectual y lo primitivo, lo refinado y lo tosco. Mezcla que expresó, como en ningún otro lugar, en su gran obra dedicada a la tauromaquia. Dirigió la enciclopedia Los toros, que, aún hoy, es un libro fundamental sobre tan disparatada disciplina.

Situémonos ya en Tudanca, hoy un pueblo de apena cincuenta habitantes. Está situado en la zona alta del río Nansa, en el valle de Polaciones, uno de los más remotos de Cantabria. La nueva carretera que se construyó hace pocos años lo ha acercado bastante al mar y al resto de localidades cántabras, y hay una mayor afluencia del turismo. Sus pueblos son bellos, magníficamente conservados y rodeados de montañas de más de dos mil metros. Con todo, el valle, especialmente en sus zonas más altas ya próximas al puerto de Piedrasluengas en la frontera con Palencia, queda aislado, es hermoso y áspero. Un paisaje real y rudo. Previo a cualquier simbolización poética. Tal vez por ello es tan atractivo. Y en él, esa casona posee una biblioteca de más de veinte mil volúmenes que, sin duda, resulta un exceso y una singularidad deslumbrante. Entre ellos está la primera edición de toda la famosa colección Austral, de la editorial Espasa Calpe, de la que Cossío era asesor. Encontrar en medio de un pequeño casco rural una biblioteca semejante resulta sobrecogedor. Más aún cuando la guía nos muestra los manuscritos de obras de Federico García Lorca, Rafael Alberti o Gerardo Diego, que aquí se conservan. En una de sus habitaciones Alberti completó  Sobre los ángeles, tal vez una de sus mejores obras. De las vicisitudes del manuscrito La familia de Pascual Duarte, de Camilo José Cela, que aquí se conservó por años, no nos ocuparemos. La prensa cultural, y hasta la del corazón, lo trató abundantemente en su momento.

Casa Museo José María Cossío, Tudenca, Cantabria.

Nuria, Flickr.

Tudanca, un pueblo de novela

Pero no olvidemos que Tudanca es un pueblo real y al tiempo fantástico. La novela Peñas Arriba (1895), de José María de Pereda, se sitúa en estas montañas; la casa que se describe es la de Cossío, y el nombre del pueblo, Tablanca,  apenas oculta que se trata de Tudanca. Pereda solo estuvo aquí dos días buscando el voto de los prohombres de la zona para el partido Carlista al que pertenecía el escritor. Su prosa realista, minuciosa y costumbrista hoy está desvalorizada, pero desde el punto de vista histórico y etnográfico ofrece una espléndida descripción de la vida en estos pueblos y montañas, obtenida, todo hay que decirlo, de los relatos que le contaba uno de sus ayudantes, que era de este pueblo.

En Peñas Arriba se narra la estancia de Marcelo en casa de su tío Celso en Tablanca durante un invierno. La novela recrea vida cotidiana, tareas, excursiones y conversaciones de Marcelo con sus habitantes, de los que se va encariñando. Hasta participa en la cacería de un oso y sobrevive a un temporal de nieve. Al morir su tío, elige una esposa de Tablanca y vive aquí hasta el fin de sus días. Es curioso que uno aún pueda realizar muchas de las actividades y travesías del personaje novelesco. Unos días de turismo por esta zona permiten recomponer esa historia y, al tiempo, disfrutar de iglesias, palacios renacentistas o barrocos, ganado y árboles autóctonos… Todo un mundo aparte.

Y sobre todo la Peña Sagra, ya citada por los romanos. En ella se pueden realizar numerosas rutas muy bellas.  Hay que recordar que este remoto valle fue, sin embargo, uno de los pasos de Castilla hacia el mar, si bien no uno de los más transitados debido al difícil descenso por los desfiladeros que, un poco más arriba de Tudanca, crea el río Sella al romper las estribaciones de Peña Sagra.

Y hablando de turismo y de visitas, hay que tener en cuenta que la casona, fuera de la estación turística de verano, no está abierta y hay que concertar la visita. Tarea ésta no fácil, ya que las páginas web y los teléfonos de contacto no siempre ofrecen el servicio esperado. Apenas nada ha cambiado desde los tiempos de Pereda. Bueno, algo  sí: la carretera y la presa que la compañía Saltos del Nansa ejecutó para el aprovechamiento hidroeléctrico. La presa que cierra el embalse de la Cohilla, justo encima de Tudanca, impresiona. Es una obra realizada en 1950 por trabajadores sujetos a un régimen durísimo. Muchos de ellos represaliados de la guerra civil. Es una obra de belleza brutal, en todos los sentidos.

Más allá de la secuencia histórica de la construcción y sucesivas herencias, ¿qué puede significar aquí esta casona, este núcleo cultural en medio de las Peñas Arriba? No tiene una respuesta sencilla. Dado que no era necesaria, hay que pensar que fue una contingencia, una suma de casualidades y decisiones durante más de dos siglos. Volviendo a las lágrimas en la lluvia del replicante, tal vez no sea necesario ser tan pesimista. Estos focos culturales, uno tras otro, tienen la sencilla y poderosa capacidad de ir creando la urdimbre indispensable para el desarrollo de hegemonías, valores y horizontes nuevos en lugares tan apartados. Es esta siembra la que lentamente es capaz de transformar una realidad dura y hasta cruel en un universo simbólico de unión y control de lo natural hacia lo humano, lo artificial y cultural. Hoy muchos de los jóvenes de esta zona estudian tanto en los institutos como en la ya no tan lejana Universidad de Cantabria. Aunque la encantadora y eficaz guía aún no ha leído a Alberti, lo  hará –eso dijo– y no será una acción banal.

“La experiencia no consiste en lo que se ha vivido, sino en lo que se ha reflexionado”. J. M. de Pereda.

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