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Una de cine en San Sebastián

Estar en San Sebastián durante el festival de cine es estar inmerso en una ciudad llena de filmes. Una vez reservado el hotel, sólo nos queda elegir las películas, comprar las entradas y disfrutar de una de las más conmovedora forma de narrar: la cinematográfica.

30 de septiembre de 2013

Festival de Cine de San Sebastián de 2013. No son estas notas una crítica del festival ni de los filmes exhibidos. Ya hay espacios para ello. Son sólo un pequeño retrato, un pequeño ánimo, una pequeña invitación, una muestra de alegría y una proposición de viajar para asistir a un festival de cine y ver películas de todo tipo, en sobredosis, de forma exagerada, maratoniana, emocionada y casi alucinada.

Cannes, Berlín, Venecia, Toronto… son, sin duda, mejores en su programación y en su glamour; pero el de San Sebastián también es muy interesante y está mucho más a mano. Tan sólo son unas pocas horas de viaje, a veces en medio de los luminosos días del inicio del otoño, rodeados del verde hermoso del norte; otras, al viaje le acompaña la lluvia, la niebla y el frío del recién estrenado otoño.

Cine. Cine. Cine. Una de las más perfectas y conmovedoras formas de narrar que existe. Esta frase ya parece un tópico; pero, si lo es, piensen que está cargado de verdad en todas sus letras. Si tenemos en cuenta que los seres humanos somos seres narrativos, el cine tiene una importancia ontológica como ningún otro medio de comunicación. Estar en un festival de cine es como estar en medio de la sopa o caldo primordial que nos hizo humanos: la palabra, los relatos, las imágenes…

Desde hace varios años, un grupo variado y variopinto de gente, siempre bastante numeroso, ejecutamos unos rituales migratorios, al estilo los de los patos, ballenas o ñúes, que nos llevan a San Sebastián en septiembre. Lo primero es saber las fechas, que son siempre en ese mes, sino cambiantes. Luego los hoteles. Tarea no menor ni exenta de riesgos, pues en esos días no es fácil encontrar alojamiento. A lo largo de estos años hemos estado en algún hotel agradable, en alguno francamente malo, en hoteles de carretera, en otros vinculados a aparcamientos de camiones en la frontera con Francia, en los de polígonos industriales, en uno ilegal y en uno adosado a un puticlub en el que no era fácil distinguir dónde empezaba el negocio hotelero y dónde el otro. Diversión e intriga: una buena preparación ambiental para ver cine.

Festival de cine de San Sebastián.

Rafael Manrique.

Conocidas las fechas y reservado el hotel después de una serie de protocolos bastante kafkianos, hay que esperar a que una semana antes (tras un año de preparación por parte de la organización), se ofrezca el calendario específico de películas, duración, horas y lugares de exhibición. Detalles éstos fundamentales para la logística. Al día siguiente, se pueden sacar las entradas. Es un clásico anual que el servidor de pago de una conocida caja de ahorros local se colapse, como si no supieran, desde hace años, que ese domingo, a las nueve de la mañana, cientos de personas estarán tratando de comprarlas con los corazones latiéndoles. Y ya está. A la semana siguiente empieza el viaje migratorio hacia San Sebastián. Se aparca y se va a obtener las entradas en un cajero ad hoc. Eso también tiene sus riesgos y sorpresas: con excesiva frecuencia, la máquina no suele funcionar bien y tarda en imprimir como si fuera el mismísimo Gutemberg con su imprenta el que estuviera detrás del pomposo aparato (¡no fuera malo!).

 Y por fin, por fin… Todo listo. Ya sólo queda el cine. Y las colas. Haber o no comido, bebido, haber ido al baño, en fin, somos humanos. Las entradas no están numeradas (suponemos los usuarios que así consiguen vender hasta la que no tienen ninguna visibilidad y están detrás de una columna, por ejemplo real). Eso exige de nuevo hacer largas filas que permiten el cotilleo, el voyerismo o placer de mirar por mirar, la lectura del programa, volver a comer algo, volver a las largas colas de los baños ya imposibles, fumar y tontear con los que te toque al lado. Así que quizá tanta variedad y actividad estén incluidas dentro del precio –alto, sí– de las entradas.

Ya sentados sólo queda ver…, pero no sólo la película. El lugar y el tamaño, como tantas veces, importa. Algunos filmes se exhiben en el Kursaal, una obra maestra del arquitecto Rafael Moneo que tiene dos salas espaciosas, hermosas y bien diseñadas, a las que se accede con facilidad. Otras, se proyectan en el teatro Victoria Eugenia, poco apropiado para estos eventos, pero que ofrece una sala escotada de belleza decimonónica más coqueta y peripuesta, que compensa las incomodidades del recinto. El resto son salas de cine convencionales, pequeñas, que soportan como pueden la avalancha de espectadores.

Festival de cine de San Sebastián.

Rafael Manrique.

Entre los que vamos al festival también hay rarezas. Algunos, ligeramente pedantes, saben todo aquello que hay que saber –y lo que no haría ninguna falta saber– acerca del director cuya película vamos a ver. Otros, ligeramente mitómanos (más bien mitómanas), dejarían de asistir a cualquier proyección con tal de ver al protagonista o al director o al productor o a uno que pasaba por allí el día del rodaje.

Numerosos autores han hablado mucho y bien acerca de la importancia del cine. Mencionaré tan sólo una idea que adquiere siempre especial relevancia, y es que el cine da acceso a vivir vidas que de otro modo nunca se vivirían. Permite sentir, pensar e incorporar aquello que, no siendo nuestro, lo será gracias al séptimo arte. El mundo imaginario –Lacan dixit– del cine permite dar forma simbólica y articulable a la experiencia. Con él, las posibilidades de acción crecen… ¿Y qué es la vida sino acción? Cuando uno se toma en serio que lo que vivimos, al final, se apoya, motiva y basa en lo que nos contamos, la gran máquina hacedora de historias y hacedora de sueños que es el cine, un medio fundamental. Nuestro devenir y, en términos más generales, la posibilidad de la educación, sí, de la educación, ha de contar y pasar por él. El cine es uno de los sistemas de docencia más eficaces que imaginarse uno pueda.

Por el cine vivimos más vidas de las que nos pertenecen gracias a que altera el espacio y el tiempo, las variables en las que existimos. Cambia la vida de las personas… ¿Todo cine? Si, casi todo. Si una persona sólo ve el de masas, el de las grandes producciones del Hollywood más consumista, tal vez no se trasforme mucho. Pero incluso así es válido. Hasta en ese cine banal y superficial se encuentran historias, ideas, deseos, valores…, vida que genera más vida.

Estar en San Sebastián durante el festival de cine es estar inmerso en una ciudad que esos días vive (casi toda ella llena de filmes,) dedicada  a acoger multitud de películas. Desde aquellas que optan al premio de la Sección Oficial hasta las Perlas de otros festivales, las latinoamericanas o el cine en construcción. Uno pasea y se encuentra con todo tipo de personas vinculadas a ese mundo. Desde Brad Pitt hasta un periodista en prácticas. Y espectadores,  muchos espectadores, de casi todos los lugares de España y unos pocos de otros lugares del mundo, a veces tan alejados como México o Australia.

¿Qué filmes había en esta edición? Sólo puedo mencionar los que hemos podido ver en el primer fin de semana del festival. Y entre ellos destacaré dos de los que seguro disfrutarán cuando se exhiban en la cartelera: Paraíso,  de M. Chenillo y  The Zero Theorem , de T. Gilliam.

Festival de cine de San Sebastián.

Rafael Manrique.

Paraíso es una película mexicana acerca de la memoria, la identidad, la estima personal, el cambio, el amor y el sexo; en fin, acerca de la existencia cotidiana de una amorosa pareja de “gordos” cuya vida cambia radicalmente sin darse cuenta. Se expone su historia de forma delicada, sincera y conmovedora, consiguiendo con delicadeza que su vida sea también la nuestra.

The Zero Theorem, norteamericana y rumana, es una especie de barroca y postmoderna actualización del mundo que describe G. Orwell o T. Huxley en obras como 1984 o Un mundo feliz. Una feroz pero tenue crítica de la religión y de la vida concebida como un proyecto de nada en el que la felicidad exige el descerebramiento completo. Un filme de original belleza plástica, repleto de referencias literarias (El Castillo, de Kafka, por ejemplo) y de admiración  por  otras películas importantes.

En el siglo XXX se recordarán los siglos XIX y XX por la invención y desarrollo del cine.

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