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Libros de viaje




Una hermosa confusión de pasos y huellas

El biógrafo Richard Holmes sigue las huellas de Stevenson, de Wollstonecraft, de Shelley y de Nerval para descubrir que las vidas de los grandes artistas, poetas y escritores no son, al fin y al cabo, tan extraordinarias: si se conocen en detalle, todas las vidas son extraordinarias.

13 de marzo de 2017

Richard Holmes publicó Huellas, tras los pasos de los románticos en 1985, cuando tenía cuarenta años y había escrito algunas biografías importantes (de hecho, está considerado uno de los mejores biógrafos en un país con una tradición brillante en este género literario), y hay mucho de repaso y hasta de recapitulación de su propia vida en estas páginas. Incluso de nostalgia. Casi diría que el protagonista oculto del libro es el joven Holmes. Es cierto que la excusa, las huellas a las que alude el título (y los viajes que emprendió para seguirlas) son las de Stevenson, las de Mary Wollstonecraft, las de Shelley o las de Nerval; pero, en un sentido más profundo, lo que está haciendo Holmes es algo más sutil y mucho más inteligente, y es seguirse a sí mismo mientras seguía a aquellos autores, buscar sus propias huellas, mostrarnos las dudas y los entusiasmos de él mismo cuando tenía diez, quince, veinte años menos. Lo que convierte en fascinante y en único este libro no es lo que aporta sobre estos autores “románticos” (utilizado el término en un sentido muy amplio, porque algunos son precursores y otros epígonos del romanticismo), ni siquiera el relato ameno que hace de sus vidas. Tampoco los viajes que describe. No, lo que asombra es la capacidad del autor para relacionar su propio aprendizaje, sus años de formación con el de estos autores, y aún más, de buscar unas conexiones que él hace evidentes; por ejemplo, entre la vida deslumbrante de una pionera del feminismo como Wollstonecraft y sus andanzas en el París peligroso de la revolución francesa con las propias vivencias de Holmes en el mayo francés, casi doscientos años después.

Robert Louis StevensonHay muchos aspectos en el libro que me gustaría destacar, pero hay dos que me parecen fundamentales. El primero es que casi en cada página hay pequeños apuntes con reflexiones sobre el propio oficio del biógrafo y las  tremendas dificultades con que se enfrenta. El autor, la autora estudiada, se convierte en una obsesión para el biógrafo, a veces casi se siente poseídos por ellos. Se llega a extremos un poco delirantes, como cuando el joven Holmes se empeña en reproducir casi literalmente el viaje (jornada a jornada, durmiendo a la intemperie en los sitios donde él lo hizo, comiendo lo que él comía) que hizo Robert Louis Stevenson por las Cevenas en septiembre de 1878 (“me propuse seguir sus pasos con toda la exactitud posible… yendo por los caminos y senderos antiguos entre todos los pueblos y aldeas que mencionaba”). La presencia de Stevenson durante ese viaje era en algunos momentos tan real y tan palpable que llega a asustarle. En un pasaje del libro, al entrar en Langogne, escribe: “La sensación de que Stevenson me esperaba de verdad, en persona, se volvió abrumadoramente intensa. Era casi como una alucinación”. Y es justamente en ese momento cuando descubre algo que lo va a dejar durante horas sumido en una profunda melancolía, y es que unos cincuenta metros río abajo había un puente de piedra medio hundido y cubierto de hiedras que era por el que sin ninguna duda había pasado el autor de La isla del tesoro con su burra. Lo había descubierto por azar, pero había sido suficiente para hacerlo consciente de la imposibilidad de su empeño. Era una advertencia sobre la inutilidad de reproducir el viaje al pie de la letra, pero más aún el puente roto y medio oculto le había enseñado otra cosa: “uno ya no podía cruzar esos puentes, como tampoco uno puede meterse literalmente en el pasado”. ¿Significa eso que no se puede escribir la biografía de nadie? No, responde Holmes, pero es necesario mantener una distancia adulta (crítica, histórica). “Uno se encontraba en un extremo del puente roto y miraba con atención y objetividad al otro lado, hacia el pasado inalcanzable de la otra orilla. Uno le devolvía la vida, lo recuperaba, gracias a otras habilidades, artes y la magia adecuada”. Y a eso iba a dedicar Holmes prácticamente el resto de su vida.

El otro aspecto que me parece muy notable es cómo Holmes se toma la vida de las personas (los escritores sobre todo) que estudia como un enigma que es necesario descifrar. Hay algunos golpes de efecto casi de novela policíaca. Y no se trata tanto de hacer especulaciones psicológicas, sino de cómo la vida privada, incluso la vida íntima (la inseguridad de Stevenson sobre el matrimonio y al mismo tiempo su profundo amor por Fanny Osbourne; la compleja relación de Nerval con su padre y el vacío inconmensurable dejado por su madre cuando era un niño muy pequeño; la increíble historia de amor de Mary Wollstonecfrat con Gilbert Imlay; la tormentosa imaginación de Shelley, la desgracia de perder a sus hijos pequeños uno tras otro y sus formas inéditas de amor) impregnan su vida pública y su obra de tal manera que resulta imposible de entender determinados comportamientos sin conocer estas motivaciones muchas veces secretas. En esto Holmes es un maestro.

El libro tiene cuatro capítulos y los títulos (1964 viajes, 1968 revoluciones, 1972 exilio y 1976 sueños) son muy reveladores de que nos está hablando de unos viajes literales y, al mismo tiempo, de su propio viaje vital, un viaje metafórico. Las alusiones son constantes y no vamos a detenernos en analizarlas. Solo a título de ejemplo, hay un momento en que, hablando de Shelley, dice que lo que quería era crear una nueva forma de vida, un nuevo tipo de comunidad, en que las reglas de la sociedad pudieran en cierto modo reescribirse, y esto es algo que conecta con la propia sensibilidad de la generación de Holmes, la de los hippies. “Todas las fuentes de inspiración de Shelley –el radicalismo político y moral, la poesía visionaria, la apertura y riesgos nuevos en las relaciones personales, la firme creencia en el amor como ley de vida– se correspondía con lo que yo había visto y presenciado, lo que toda mi generación había visto y presenciado en Gran Bretaña y Europa durante la década de 1960. Me daba la sensación de que no podía utilizar ese paralelismo de forma explícita; no podía seguir cada paso como en los viejos e inocentes tiempos de Stevenson. Pero puesto que los paralelismos existían, se me presentaba la oportunidad única de seguir la vida de Shelley y de reinterpretarla desde dentro. Me parecía tener la contraseña”. Es decir, que Holmes se va a dedicar a analizar las vivencias, los sueños, las dudas de Shelley desde sus propias vivencias. Ese es su método y lo que convierte la lectura del libro en algo tan cercano y tan memorable.

Shelley

Sin embargo, el hecho de interpretar la vida de un poeta del siglo XIX desde el presente no le exime ni mucho menos de recorrer en una búsqueda obsesiva cada camino, cada ciudad y cada casa en la que vivió Shelley en Italia. A veces tiene rasgos de humor y de ironía consigo mismo: “Llegué a pensar que hay algo cómico en la figura perseguidora del biógrafo: una especie de vagabundo que siempre llama a la ventana de la cocina y espera en secreto a que lo inviten a cenar. ¡Antes cuántas casas de Shelley esperé y llamé una y otra vez”.

Una de las cosas más sorprendentes del libro son los encuentros providenciales. Personas que siguen manteniendo algún tipo de vínculo con esos escritores que vivieron hace cien o doscientos años. Casualidades que todos los biógrafos conocen bien.

Hay un momento al principio de capítulo Sueños en el que Holmes cuenta cómo, saturado de esta obsesión en que se convierte escribir una biografía, se instaló en París (era un joven que aún no había cumplidos los 30 años) y completamente seducido por la lectura de París era una fiesta de Hemingway intentó escribir una novela. Un intento que finalmente fracasó por culpa de una exposición de viejas fotos de Nadar. Otra vez, sin darse cuenta volvió a pensar lo que significó la aparición de un arte (el del retrato fotográfico) que por primera vez en la historia nos permitía conocer con todo detalle los rostros de esos escritores, pintores y músicos a los que hasta entonces solo imaginábamos. Hace reflexiones muy curiosas sobre la coincidencia entre el trabajo de Nadar y sus retratos y el propio trabajo del biógrafo. Reconocí, dice, las semillas de un debate muy presente entre quienes escriben biografías: ¿era su trabajo una forma de arte, como la novela, o era solo una técnica analítica, una ciencia social de recopilación y análisis de la personalidad, que combina habilidosamente los datos personales y la historia social y política?

Es en ese pasaje cuando cuenta algo con lo que me gustaría terminar esta reseña. Dice que fueron sus amigos de París de esa época quienes le enseñaron lo mucho que todos necesitamos hablar sobre nuestro propio pasado, sobre las fuerzas y experiencias que nos han dado forma; y lo poco a menudo que esa necesidad constante se satisface en un mundo competitivo y tensionado, excepto en momentos de crisis emocional. Entonces aprendí dos cosas, dice Holmes: que el pasado  no está sencillamente ahí fuera, como una historia objetiva que se puede investigar y olvidar según apetezca, sino que vive con gran intensidad en todos nosotros, en nuestro interior, y que constantemente hay que darle expresión e interpretación. Y en segundo lugar, que las vidas de los grandes artistas, poetas y escritores no son, al fin y al cabo, tan extraordinarias comparadas con las de los demás. Si se conocen en detalle, y con cierto alcance, todas las vidas son extraordinarias, llenas de su propio dramatismo, tensión y giros inesperados. Y si lo dice alguien tan sabio y con tanta autoridad en este tema como Richard Holmes, nosotros no tenemos por qué dudarlo.

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