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Imagen de la India

JULIAN MARIAS

Editorial: LA LINEA DEL HORIZONTE EDICIONES
Lugar: ESPAÑA
Año: 0
Páginas: 112
Idioma: CASTELLANO
Encuadernación: Tapa blanda

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Finales de los cincuenta. ¿Quién sabía algo de India? Los hippies españoles, que veinte años después aparecieron por ahí, aún no habían nacido, pero era el país con el que había soñado Julián Marías desde niño y la ocasión le llevó hasta ese fascinante país gracias a un congreso de Filosofía. Marías abre los ojos de par en par. Todo le interesa, todo le conmueve y en ese primer acercamiento ya da cuenta de manera sencilla, como un viajero más, de los grandes temas que conforman una sociedad tan compleja y distinta. Un texto que no ha perdido la frescura con la que fue escrito y que podría pertenecer a un viajero sensible de hoy día.
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Una piscina en tierra de leones

Antes, los leones asiáticos estaban distribuidos por todo Oriente Medio y Asia Central; ahora se concentran en el Parque Nacional Gir. Situado en el abrasador desierto de Little Rann, que comparten Pakistán y Gujarat, hombres y animales están regidos por el clima dictatorial.

30 de junio de 2014

Durante las horas del medio día nada se podía hacer en el Parque Nacional Gir. El sol se aliaba con el suelo seco y polvoriento de la sabana y un calor achicharrante obligaba a buscar una sombra y aguantar inmóvil e impaciente las primeras brisas de la tarde. Hombres y animales estábamos regidos por el dictatorial clima de esta región de Gujarat, la provincia india que linda con Pakistán y con quien comparte el abrasador desierto de Little Rann.

Habíamos ido hasta allí buscando los últimos leones asiáticos, antes distribuidos por todo Oriente Medio y Asia Central y ahora tristemente confinados en esta diminuta reserva que lleva por nombre Gir. A cuatro kilómetros de la entrada del parque, en mitad de una nada desoladora, habíamos encontrado alojamiento en el Mane Land Lodge, unas ambiciosas cabañas en construcción que chocaban con la ausencia absoluta de gente, poblaciones e infraestructuras a su alrededor.

Una piscina en tierra de leones.

Fernando González Sitges.

En el porche de aquellas nuevas cabañas los cuatro miembros del equipo de rodaje esperábamos diariamente hasta que el calor menguaba y volvía la vida a la naturaleza que deseábamos atrapar con nuestras cámaras. Eran unas horas largas, muy largas. El entorno surrealista y la inactividad obligada hacían insoportables aquellas esperas en la tierra de los leones asiáticos. Hacía dos días que habíamos llegado y aún no nos habíamos acostumbrado a la situación. Una vez más la India nos desconcertaba.

Recostados en cómodas sillas de bambú y apoyados nuestros pies descalzos sobre la baranda de piedra del porche, mirábamos despistados un horizonte que nos traía recuerdos africanos y temblaba desdibujado por el calor que emanaba de la tierra.

– Un lugar extraño, ¿no os parece? –Mario, nuestro operador de cámara, rompió el silencio expresando una sensación que todos compartíamos– En mitad de la nada, estos apartamentos con diseño de los Picapiedra, un montón de empleados para servirte y ni un solo huésped aparte de nosotros.

– ¿Y os habéis fijado en la parabólica? –sobre el edificio de recepción, bajo y destartalado, destacaba una antena gigantesca absolutamente abollada que atrapaba la señal para la única televisión de todo el complejo, un pequeño Thomson con más de veinte años– Parece más de la NASA que de televisión.

– Y está más abollada que el plato de un loco.

– Con razón no se ve un solo canal en condiciones.

– ¿Con qué demonios le habrán atizado para tenerla así?

Una piscina en tierra de leones.

Fernando González Sitges.

Mientras hablábamos íbamos mirando con indiferencia a uno y otro lado, sumidos en la languidez abúlica de aquellos mediodías de Gir, según nuestros comentarios se centraban en la parabólica, los huertos de cilantro que hacían las veces de jardineras o el vehículo Tata que, adornado como un bazar, esperaba la más que improbable llegada de nuevos huéspedes. El aire pesaba. Nada se movía excepto el espejismo del horizonte caliente. Sólo algún tábano rompía el silencio con su vuelo desesperado en busca de una sombra.

De pronto, del edificio de recepción salió corriendo uno de los mozos derecho hacia nosotros. Aquello era en sí toda una novedad. Todos los miembros del lodge parecían vivir en un mundo a cámara lenta así que semejante apremio nos sorprendió.

– ¿Qué le pasa a este ahora? –Pablo, nuestro productor, parecía dormido pero obviamente debía mantener una imperceptible ranura abierta entre sus párpados.

– Psssttt… –de nuevo indiferencia entre nosotros.

El hombre llegó haciendo aspavientos y, en un inglés indescifrable, nos apremió a entrar en las habitaciones.

– Se ha vuelto loco –comentamos divertidos, viéndole forcejear con nosotros en sus intentos por meternos dentro de la casa– ¿Alguien sabe qué quiere este tío?

Una piscina en tierra de leones.

Fernando González Sitges.

Antes de acabar la frase, una atronadora explosión nos dejó paralizados. Sentimos temblar el suelo bajo nuestros pies mientras grandes bloques de granito comenzaban a caer a nuestro alrededor rompiendo todo lo que encontraban a su paso y rebotando en la barandilla de piedra como un monumental granizo. La gigantesca antena de recepción retumbaba como una orquesta de platillos desafinados. El aire, que parecía haber aumentado su densidad, se llenó de olor a pólvora. Sin mediar palabra, nos metimos corriendo en una de las habitaciones y miramos aterrorizados al hombrecillo del hotel. Éste, ya a seguro y viendo que sus únicos huéspedes estaban de una pieza, nos miraba sonriente, con una expresión que mezclaba el alivio y la excusa a partes iguales. Cuando nos explicó a qué se debía la explosión, no dábamos crédito a nuestros oídos.

Como no llegaban huéspedes hasta el Mane Land Lodge la dirección decidió tomar cartas en el asunto. Con ese estilo tan particular de algunas gentes de India, no pensaron en lo inhóspito de los alrededores, en la falta de promoción de la zona ni en la absoluta ausencia de infraestructuras. Después de horas de deliberación, concluyeron que la falta de huéspedes se debía a que, en aquella tierra tan calurosa, el lodge no tenía piscina. Ni cortos ni perezosos, se pusieron de inmediato manos a la obra. El consejo de administración disolvió la reunión y se dirigió en fila al cobertizo donde guardaban las herramientas; cogieron cincel, martillos, unos cuantos cartuchos de dinamita y encargaron seriamente a los mozos del hotel que abrieran la piscina siguiendo un dibujo que uno de ellos trazó con una tiza roja sobre una plancha de granito. El resultado eran aquellas granizadas. La piscina estaba en marcha. Todo un reclamo para los primeros huéspedes que estrenábamos el local.

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