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Una semana con Mozart en Salzburgo

Salzburgo celebra el aniversario de Wolfang Amadeus Mozart con la Mozartwoche. Durante el festival, que se celebra del 24 de enero al 3 de febrero, la capital de la música clásica reúne a prestigiosos intérpretes y orquestras para homenajear al compositor.

18 de enero de 2013

“¡En Salzburgo no hay lugar para mi talento! Primero, porque a los músicos profesionales no se nos tiene en consideración; y segundo, porque, aunque uno quisiera, no hay teatros ni óperas donde pudiera cantar”.

Así, más o menos, pero en alemán, criticaba Wolfang Amadeus Mozart su ciudad natal, sin saber que, unos cuantos siglos después, aquí se celebrarían espectáculos de música y teatro cada dos por tres, cuando no en el Festival de Salzburgo, en el de Pascua o en el de Pentecostés. Poco sospechaba él que, en la capital que tanto llegó a aborrecer, sus fans más incondicionales se reunirían cada año para celebrar, durante una semana y por todo lo alto, su aniversario. Entre los invitados: afamados intérpretes de la obra del compositor –Mark Minkowski, Andràs Schiff, Nicolaus Harnoncourt…– y prestigiosas orquestas como los Musiciens du Louvre o la Filarmónica de Viena. Esto es, la crème de la crème rindiendo homenaje a un genio (este 2013, del 24 de enero al 3 de febrero).

Palacio-de-Mirabell-Salzburgo

Heather Cowper. Flickr

Y una se pregunta cómo podría alguien detestar este lugar, declarado por la UNESCO Patrimonio Mundial de la Humanidad… Con una casaca blanca de paño –parecida a la que Mozart tenía en su armario– cubriendo los bosques alpinos en esta época del año… Con un cielo azul que el músico, siempre adeudado, debió de pedir prestado al Mediterráneo… Y con el aroma de su flora barroca perfumando Mirabell, el suntuoso palacio donde las cualidades musicales de dos hermanos superdotados eran exhibidas ante los amigos del príncipe arzobispo.

Pero el Salzburgo que hoy día celebra la Mozartwoche no era para Mozart más que la claustrofóbica isla donde vivían unos 10.000 provincianos controlados por el poder absolutista de su patrón, un malvado prelado bajo cuya autoridad –política y espiritual– se censuraba todo lo que sonara mal. Prueba de ello es que, en 1730, un buen número de protestantes se tuvieron que exiliar.

Este era el principado católico y clerical donde, un 27 de enero de 1756, a las ocho de la tarde, nacía en el casco antiguo de Salzburgo Johannes Chrysostomus Wolfgangus Theophilus Mozart. Después alguien traduciría Theophilus al alemán y le llamarían Gottlieb, y, cuando empezara a viajar por Italia, Amadeo o Amadé. Hubo una  temporada también en que al artista le dio por firmar sus obras al revés; pero, en familia, por una cuestión práctica y de buen gusto, Trazom respondía a Wolfang o a Wörferl.

Retrato-de-MozartFue en la catedral de Salzburgo donde, una ventosa mañana, mientras los feligreses estaban ocupados con sus plegarias, un cura remojaría en agua bendita el cráneo que luego compondría para San Ruperto sonatas, misas y letanías. Prominente sesera que la fundación Mozarteum cree que conserva, pues, aunque las pruebas de ADN no lo hayan corroborado todavía, nos basta con comparar la ilustre calavera con cualquiera de los retratos que de la casa del compositor aún cuelgan para darnos cuenta de que, aquella enorme cabeza, en vida coronaba un cuerpo endeble de metro cincuenta.

Todo apunta a que Mozart disfrutó de una infancia feliz en el Castillo de sal (que es lo que significa Salzburg en alemán). Creció rodeado de perros, gatos y pájaros, sin pisar escuela ni universidad más que para regalar conciertos a los amigos que se acababan de diplomar. Jugar con un teclado era su diversión favorita desde los cuatro años de edad. No es de extrañar, pues, que el renacuajo aprendiera a leer partituras antes que a contar. A los seis, se aficionó a componer. Algo que acabaría haciendo por doquier, ya fuera mientras su peluquero le peinaba la coleta o mientras viajaba en una diligencia. Si bien, con los baches que había en la carretera, tenía que escribir sus composiciones en el pentagrama de su cabeza. Toda una computadora musical que, en cuanto llegara a su destino, pasaría las obras maestras a limpio. De allí que no haya tachaduras en los manuscritos que, junto a un mechón de su pelo y el violín que frotaba cuando era pequeño, se exponen en su casa-museo.

Vista-de-Salzburgo

Jovana. Flickr

A la familia Mozart le encantaba viajar, y, con la excusa de publicitarse ante la realeza europea, Wolfang se tiró diez años de su existencia subido en una carreta. Y, a pesar de las incomodidades de la época (calzadas mal empedradas donde, cuando no te atrancaba el cieno, lo hacía un bandolero), al joven prodigio le entusiasmaba, pues esto es lo que escribió sobre su primer viaje a Italia:

“Mi corazón está encantado con todos estos placeres, porque es un trayecto muy alegre, porque se está muy caliente dentro del carruaje y porque nuestro cochero es un buen tipo que, cuando la carretera le da la más mínima oportunidad, conduce a gran velocidad”.

Aunque a más de 7,5 km/h, los caballos del siglo XVIII no podían tirar…

La primera vez que el músico se montó a una calesa fue para visitar, en 1762, al duque de Baviera; luego viajó a Viena, donde actuó ante la emperatriz María Teresa, a quien le prometió que se casaría con su hija cuando fuera mayor (pero un tal Luis XVI se le adelantó…).

Tren-Salzburgo-Mozart

Rainer Biesinger. Flickr

El Grand Tour del compositor continuaría, a lo largo de su vida, por caminos que hoy conducen a Bélgica, Alemania, Inglaterra, Francia, Italia, Países Bajos, Austria, Suiza, Eslovaquia y República Checa. ¡Más de doscientos pueblos visitó! Entre los cuales nunca figuró Sankt Gilgen, aun habiéndoselo prometido a su querida hermana, que, a 25 km de Salzburgo, hacía vida de casada. Pero no hay rencor en la aldea donde la madre de Mozart nació, y la prueba está en la fuente de bronce que toca el violín en su plaza mayor.

Viajando, el músico descubrió la libertad, países donde los artistas no se sometían al capricho episcopal de ningún mandamás y donde valoraban sus obras más que en su ciudad:

“Puedo asegurarte que éste es un lugar maravilloso, y, para mi profesión, el mejor lugar del mundo”, le escribía, desde el Danubio, a su padre Leopold.

Estatua-Mozart-Salzburgo

Ghislain Sillaume. Flickr

Probablemente, Mozart no se hubiera trasladado a Viena en busca de trabajo y reconocimiento si los salzburgueses le hubieran puesto su nombre a una plaza y hubieran erigido en medio una estatua de tres metros. Pero esto lo hicieron en 1842, cuando el cuerpo de Mozart llevaba ya un tiempo compartiendo una tumba comunitaria en el cementerio vienés de San Marx. Viajar al más allá en compañía de otros 15 difuntos más era lo usual entre quienes no tenían dinero para un entierro individual, y como Mozart se gastó cuantas monedas ganó –sabida es su fama de dandi vividor– fueron básicamente deudas lo que en el testamento a su esposa dejó. Así las cosas, a la viuda no le quedó otra que deshacerse de unos cuantos enseres, como el piano rectangular que, desde 2006, se expone en su casa natal.

El señor Hagenauer, un comerciante, era el propietario de este edificio ocre en el número 9 de Geitredegasse. En la tercera planta es donde los Mozart vivieron veintiséis años de alquiler. Desde 1747 hasta 1773. Si nos asomamos por una de sus ventanas blancas, encontramos el clavicordio con el que Wolfang compuso La flauta mágica. Imaginemos las teclas caer rendidas bajo sus yemas, y el percutir de sus cuerdas susurrando los primeros acordes francmasones en la caseta de madera donde el libretista del singspiel, Emanuel Schikaneder, encerró al genio para que tuviera la pieza lista antes del estreno. Entonces, la cabaña en cuestión estaba situada en un parque vienés junto al Freihaustheater; ahora, se puede visitar en el jardín de atrás de la International Mozarteum Foundation, aunque sólo durante los meses de verano los mozartófilos que viajen a Salzburgo la verán abierta al público.

¡Pero será por lugares de peregrinaje donde se rinde homenaje al ciudadano más ilustre de Salzburgo! Durante todo el año, uno se puede acercar al número 8 de Makartplatz, amplio apartamento, convertido también en museo, donde el maestro escribió Idomeneo. Por no hablar del memorial que nos encontramos en el camino que lleva a Hohensalzburg, el castillo más grande y mejor conservado de Europa, según los panfletos.

Fortaleza-y-catedral-de-Salzburgo

jteijeirom. Flickr

“¡Rrok-rrok!, ¡Rrok-rrok!”, retumba la colina de los Capuchinos, Kapuzinerberg, le llaman los austríacos. “¡Rrok-rrok!, ¡Rrok-rrok!, ¡Rrok-rrok!” Es el cavernoso crascitar de unos cuervos que, por este sendero, nos persigue hasta la casa de Stefan Zweig y hasta un monasterio. Es posible que avistemos ciervos y rebecos desde el hayedo, pero estos animalejos carecen de nuestro interés en este momento.

Café Tomasseli

Café Tomasseli

Al contrario que su amigo Haydn, Mozart no era aficionado a la caza. Tampoco le seducía ir a pescar a la orilla del río Salzach, ni perderse paseando en un bosque como era costumbre de Beethoven. El joven prefería jugar a los dardos en familia y echar partidas de billar en el café Tomasseli, el más antiguo de la ciudad. Leche de almendra es lo que Mozart se pedía en la cafetería, aunque es un Wiener Melange la mezcla vienesa que un elegante camarero nos recomendará. El problema será elegir uno de los pasteles que pasan, armoniosamente alineados sobre bandejas de plata. Si es sábado, no nos queda más remedio que probar sus famosos croissants –el resto de la semana, se tienen que encargar–, pero aprovechando que, desde primeros de año hasta el Miércoles de Ceniza, aquí se celebra el Carnaval, optamos por unirnos a la comparsa con un Faschingskrapfen o Donuts de Carnaval.

Con este ambiente, cuesta imaginar que Mozart odiara tanto su ciudad. Pero claro, en Salzburgo, antaño, los únicos festivales de música eran los que organizaba el príncipe-arzobispo en su palacio, las confiterías no vendían bombones con su retrato y sus vecinos no celebraban con semejante entusiasmo su aniversario.

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