Azímut

29 de junio de 2017
“Lo que los hombres han conseguido, las mujeres deben intentarlo; si fracasan, las demás deben ...
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Con las suelas al viento

Viajeros, eruditos y aventureros

MARTIN CASARIEGO

Editorial: LA LINEA DEL HORIZONTE EDICIONES
Lugar: ESPAÑA
Año: 0
Páginas: 176
Idioma: CASTELLANO
Encuadernación: Tapa blanda

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El hombre de las suelas de viento así llamó Verlaine a su amigo Rimbaud y razón no le faltaba. Hay quien, como el poeta, calza sus alas y construye historias. Científicos, exploradores, trotamundos, personas inconformistas enemigos de la quietud y enamorados de los horizontes. El escritor Martín Casariego nos presenta 50 de ellos. Hombres y mujeres nada comunes que escribieron la Historia y también las pequeñas historias de sus vagabundeos por el mundo. Nos encontramos abriendo esta antología de retratos a  Egeria y acabamos con otra mujer, Ella Maillart, pero en medio asoman personajes tan noveleros como el propio Marco Polo, Hernán Cortés, Richard Burton o Sven Hedin y así hasta medio centenar.
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Una viajera por Asia Central

Primero fueron Marruecos, Egipto, Siria, Líbano, Jordania, Túnez, Yemen e Irán. Ahora, Patricia Almarcegui viaja con su último libro a Asia Central, de Uzbekistán al Kirguistán. Tierras no habituales ni sencillas para el viajero, y menos todavía para una viajera solitaria como ella.

2 de enero de 2017

Escritora, profesora, ensayista, Patricia Almarcegui es una viajera avezada que ha reflexionado sobre el viaje y sus muchos significados, como testimonian los muchos artículos publicados en periódicos y revistas especializadas y, de forma más completa, sus libros. Ha recorrido en solitario tierras de todo el mundo, aunque sus preferencias se han ido decantando por el universo oriental: “Antes de Asia Central, fueron Marruecos, Egipto, Siria, Líbano, Jordania, Túnez, Yemen e Irán”. Casi nada. El norte de África, Oriente Próximo y aún más allá, porque Irán, y sobre todo Yemen, no son tierras habituales ni sencillas para el viajero, menos aún para una viajera solitaria. Con estos antecedentes, y la garantía de su devoción por Annemarie Schwarzenbach y Vita Sackville-West, comienzo la lectura de su libro sobre Asia Central, segura de descubrir nuevos mundos que se me harán próximos.

Comparto con la autora su fijación por los nombres musicales, de resonancias evocadoras y reminiscencias antiguas. Cómo no dejarse llevar por la atracción de Uzbekistán, por mucho que sepamos que Samarcanda ya no es la que fue, que sus fabulosas mezquitas y madrazas fueron reconstruidas centímetro a centímetro por artesanos expertos al servicio de los líderes soviéticos. Almarcegui se deja seducir por nombres tan míticos, los lectores le acompañamos en su fascinación y recorremos de su mano y de sus palabras lugares que se hicieron prodigiosos en la Ruta de la Seda. La amurallada Jiva, convertida en un museo hermosísimo de ladrillos de tierra cocida y azulejos verdosos y azulados, de muros de barro entrelazado y de minaretes a medio terminar, de mezquitas y de iwanes con techos sostenidos por columnas de madera tallada. Con ella nos emocionamos ante tanta hermosura y tanta historia en Bujara y en Samarcanda, y también con ella aprendemos que una buena comida en estas tierras es lahma, “una sopa de fideos gruesos de trigo”, y que podemos acompañarla con pivo (cerveza), y que debemos cargarnos de paciencia dentro de un taxi, siempre colectivo, esperando a que se llene y se ponga en marcha hacia el próximo destino. También que no es sencillo encontrar un hostal o una simple habitación para dormir cuando se cuenta con un presupuesto muy ajustado, y que a veces nos veremos forzados a compartir espacio con otras gentes, también que el plov es el plato nacional, un guiso compuesto de garbanzos, arroz, verdura y cordero. Y muchos más “ques” igualmente ilustrativos.

Una viajera por Asia Central

No tenía muy claro, nos cuenta Almarcegui, hacia dónde proseguir su viaje tras recorrer Uzbekistán, y por azares de visados y transporte se decidió por llegarse a Kirguistán. Tal decisión le llevó desde Tashkent a Fergana, el extremo oriental uzbeco, donde las muchas manufacturas de la seda más radiante atestiguan su papel de parada y fonda en la Ruta de la Seda, un camino clave no sólo para trasportar tal extraordinario tejido, sino porcelana, marfil, rubíes, lacas, ámbar y todo tipo de productos valiosos. Aún maravillados por la belleza y suavidad de esas telas multicolores, proseguimos viaje con la autora hacia Kirguistán, y, las más veces en taxi colectivo, conoceremos Bishkek, la capital.

¡Ay, Kirguistán! No creo que muchos lectores supiéramos de las maravillas de ese país, una tierra de lagos inmensos y blancos, montañas altísimas que alcanzan más de siete mil metros en Tian Shan, una naturaleza de hermosura poderosa y fascinante. En palabras de Almarcegui: “Rincones de luz, nubes irisadas, saltos de aguas blancas y musicales, pasos montañosos, barrancos sin fondo, praderas secas, cumbres afiladas”. Con ella llegamos hasta Issyk Kul, el segundo lago más grande del planeta, un mar blanco en medio de la cordillera, un camino fatigoso, a pie, de idas y vueltas por senderos estrechos. “Ante un paisaje así, sublime, una debería parar el viaje y quedarse más tiempo.[…] En sitios así, una desearía quedarse varada e imaginarse todo lo opuesto al viaje, es decir, que podría llegar a vivir en el destino. Disfrutar de un día de descanso, de ocio total, sin tener que pensar en lo que supone viajar y llegar a un lugar, como recoger el equipaje, sacar dinero y tomar decisiones.” Aún nos quedará conocer el lago de Song Kul, a 3.016 metros de altitud, en la misma cordillera de Tian Shan, rodeado de cumbres altísimas. La autora nos confiesa que la llegada hasta allí “fue algo así como una prueba”, un trayecto en un Lada 1500 “con una mujer, sus tres hijos y un conductor adolescente que reía a carcajadas sin parar”, por una pista de montaña por la que sólo transitaban mastodónticos camiones provenientes de China. Pero fue una prueba con final feliz: “Salí a pasear y a bordear el lago. Volví a mi yurta. Me tumbé y contemplé por la apertura de entrada el paisaje. Había llegado al fin del mundo. Quizás al comienzo de un nuevo mundo.”

El camino de vuelta se hace en el libro siempre lo es— mucho más corto. Para alargar el viaje, para revivirlo, están las palabras. Gracias, Patricia Almarcegui, tras cerrar la última página de tu relato me he prometido volver a esas tierras de Asia Central, pasear de nuevo por Jiva, asombrarme ante el Registán en Samarcanda, más y mucho más en mi querido Uzbekistán. Volveré, y conoceré entonces el Kirguistán que me has descubierto en estas páginas.

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