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Histórico noticias



Va por Bruselas

Humor y melancolía son dos características de esta ciudad donde hay tanto por ver y husmear. Sin embargo, sus calles están amenazadas desde los atentados terroristas de París. Ninguna medida de seguridad podrá garantizar la paz perpetua, pero el miedo es siempre un mal consejero.

28 de noviembre de 2015

Bruselas ha sido siempre una ciudad algo melancólica pero matizada con ese humor suave y algo irónico de los bruselenses, que no se toman muy en serio. Humor y melancolía son las dos características de esta vieja capital. Para recorrerla hay que caer en la rêverie, en la ensoñación, deambular. Una ciudad abierta, quintaesencia de Europa.

Bruselas tiene tanto que ver y husmear que las guías lo cuentan todo, no merece la pena reiterar lo obvio. Por eso, sólo llamamos la atención de tres elementos esenciales de la ciudad: sus parques y jardines, las bandes dessinées o cómics y el recuerdo de tantos españoles que allí vivieron desde hace siglos.

Parques y jardines belgas

Bjørn Giesenbauer, Flickr.

Ciudad acogedora, de un urbanismo envidiable (aunque una parte vieja fue demolida para preparar la Expo del 58). En pleno Brabante, se alza entre los restos de la Silva Carbonifera, hoy el Bosque de la Cámara, o de la Cambre, y el de Soignes (aguas tranquilas). Algunos parques a menudo no son sino pedazos aislados de los bosques antiguos, como el de Forest.

El verdor, la lluvia, ha hecho que la jardinería haya tenido en Bélgica muchos maestros. La influencia inglesa se deja notar en unos ajardinamientos que son menos rectilíneos y geométricos que los franceses, conservando la floresta libre como en el Bois de la Cambre.

Además, los jardines, parques y bosques se confunden y entremezclan a veces con pedazos de tierra rústica, cultivada. Por Watermael Boitsfort y por Uccle, muchas casas dan vista a bosquecillos donde pululan zorros y otros animales salvajes sin ser molestados. Por eso el bruselense ha sido muy prudente con la jardinería, sin intentar forzar demasiado la naturaleza. En algunos jardines más formales como el Parc Royal, de traza perfectamente masónica, hay siempre espacios salvajes, como deliberadamente dejados a la obra sabia de la naturaleza. No en vano una belga como Marguerite Yourcenar elogió el tiempo como gran escultor.

También se han conservado y restaurado jardines o huertos medievales, como el de Erasmo, en su casa de Anderlecht, donde pasó sólo un par de años. Allí ha sido recreado su huerto medicinal y el Jardín Filosófico con quince parterres con más de ciento veinte  plantas diferentes que curan desde la peste hasta la fiebre más banal. Hay que recordar a René Pechère (Ixelles 1908-2002), que fue el restaurador de dicho jardín de las enfermedades o medicinal de la casa de Erasmo. Ha sido uno de los grandes creadores de jardines de la segunda mitad del siglo XX; el Jardín de las Cuatro Estaciones, jardín congolés que realizó para la Expo de 1958, así como el laberinto y el Jardín del corazón que diseñó para los van Buren son otras de sus obras más conocidas.

El pequeño y escondido parque de Egmont, entre la rue des Laines y el bulevar de Waterloo, tras la mole ignominiosa del antiguo Hilton, era propiedad del conde Lamoral de Egmont, héroe de San Quintín y Grande de España, amigo personal de Felipe II, y ejecutado por orden del Duque de Alba porque pedía unas pocas libertades, una especie de federalismo. El parque, con sus magníficas hayas, a menudo sombrío, solitario, con el verdín que cubre sus rincones, es un lugar para leer poesía. Hay una estatua de Peter Pan –réplica de la que esculpió George Frampton para los jardines de Kensington–, un pasaje dedicado a Marguerite Yourcenar y un pequeño kiosco.

Lo mismo que en los jardines, en la arquitectura, en el siglo XIX y principios del XX, cundió en Bruselas un gusto historicista, anglófilo, y se construyeron muchos inmuebles de estilo neo-Tudor, lo que era una manera de distinguirse de sus vecinos holandeses, alemanes y franceses. En la avenida Winston Churchill hay dos, el hotel de La Tourelle, discreto y cozy, y la Brasserie Georges, a la entrada del Bois, restaurante muy recomendable.

Algo sustancial con Bruselas es ese tipo de literatura menor que son los tebeos, cómics o bandes dessinées. Quien no guste de los tebeos no entiende Bélgica ni Bruselas. Les bandes dessinées, o tebeos, o cómics  son parte de la historia belga; yo diría más, como Dupont y Dupond, es probable que sean la historia belga. Los ketjes, esos chavales o harapiezos de los barrios populares, siempre enredando, fueron inmortalizados por Hergé en Quick et Flupke. La autodérision está plasmada en Gaston Lagaffe; el amor a Inglaterra en las aventuras de Blake and Mortimer, de Jacobs; el resentimiento al español imperial en Cori el grumete, del gran dibujante discípulo también de Hergé, Bob de Moor. Toda la línea clara, la triunfadora, desde Hergé a Schuitten y Peeters, pasando por Jacobs, es belga.

Visita inexcusable es la del Museo de la BD, instalado en los antiguos establecimientos de telas Waucquiez, frente a un edificio con una fachada de alicatado negro en el más puro art-déco que albergó La Presse Socialiste, cuando la Segunda Internacional tenía todavía algo que decir (la Tercera Internacional fue la leninista y la Cuarta, la trotskista).

Tras aquellos dos siglos de los Habsburgo, que dejaron muchas huellas, sobre todo en Flandes, la segunda oleada tuvo lugar en los años cincuenta con los inmigrantes españoles que llegaban a ocupar el lugar que habían dejado los italianos, sobre todo a raíz del terrible desastre de la mina de Marcinelle. Mineros de Asturias (todavía existe La Gijonesa, en la rue T’Kint o en El Fontán, en el 179 de la rue Haute), gallegos, andaluces. Hoy, con una inmigración fundamentalmente árabe y africana, muchos belgas tienen nostalgia de aquellos hispanos ruidosos que, sin embargo, terminaron por adaptarse e integrarse con envidiable facilidad. Los congoleses, de hecho, también se han integrado bastante bien y el viajero puede adentrarse en Matonge, su barrio cercano a la Porte de Namur, donde hallará mercados y tiendas puramente africanas.

Multiculturalidad en Bruselas.

Bjørn Giesenbauer, Flickr.

La Porte de Hal, residuo de las antiguas fortificaciones, fue el cuartel general de Alba, así como mazmorra y centro de tortura. Continuó como prisión hasta mediados del siglo XIX. Totalmente desfigurada al gusto romántico por el arquitecto Beyaert, entre 1868 y 1870, que arregló palacios y castillos en ese revival de la  nacionalidad que tuvo lugar en el siglo XIX.

Otra cárcel fue la del Amigo. Su nombre es una muestra de la inveterada torpeza idiomática de los españoles, ya entonces portentosa, que confundieron la palabra vrunte, prisión, con vriend, amigo. Y así se quedó. Hoy, un hotel ocupa las otrora mazmorras hispanas.

La actual casa llamada del Rey de España –den Coninck van Spanien–, en la Gran Plaza, hace alusión al rey Carlos II. La casa fue erigida en 1696, tras el bombardeo francés, por el gremio de los panaderos, que la puso bajo la protección del rey español, vencedor de los turcos. El busto del último eslabón de los Austrias españoles, Carlos II, está al fondo del salón y en la fachada.

En St. Jacques de Coudenberg (la montaña fría), estuvo la iglesia española oficial. Cerca está lo que resta del antiguo palacio de los Duques de Borgoña. Allí se establecieron en el siglo XIV el duque Wenceslao y la duquesa Juana, que abandonan Lovaina y forman así el embrión de la capitalidad. A unos pasos queda aún la escondida rue Villa Hermosa, en cuya taberna The Prince of Wales recalaban los exiliados franceses del siglo XIX, cuando Bruselas era tierra de asilo (Víctor Hugo, Baudelaire, Verlaine, Léon Daudet, por ejemplo). Antes terminaba con unas escalinatas que daban a la rue de Terarken, llamadas escaleras de los Judíos, donde tuvo su palacio el duque de Villa Hermosa, gobernador de los Países Bajos españoles, el estatúder, stadtholder, de 1675 a 1681. Felipe II hizo de Bruselas la capital del Stadtholder de los Paises Bajos, el estatúder, otorgándole así carta de naturaleza de capitalidad.

Quedaron belgas con ancestros españoles mezclados con valones y flamencos, como los Villegas, como Desiré García de la Vega, jurista historiador ochocentista, autor de un exhaustivo Recueil de todos los tratados y convenciones firmados por el Reino de Bélgica (Bruselas, 1850). En el capítulo de la repostería hubo por lo menos dos: Médina, en Amberes, y Espagne, en Bruselas. Raro es el belga que, en el curso de una conversación, no evoca un apellido antiguo español, que su familia recuerda con orgullo.

Otro español importante fue el malagueño Van Halen, uno de los libertadores en 1830, precisamente de origen belga y que por una ironía de la historia se convirtió en héroe del país de sus antepasados (los flamencos poblaron la corte española, lo mismo que Málaga, con el negocio de los vinos). Baroja le dedicó unas páginas desordenadas y sabrosas.

Muchos españoles ilustres han pasado por Bruselas en la época de los Austrias y después por exilios varios: uno de los primeros fue el heterodoxo Enzinas, Juan Luis Vives, Miguel Servet, Ana de Jesús, compañera de Santa Teresa, que falleció en esta ciudad en 1621, o don Luis Bello (1872-1935) que conoció al poeta Verhaeren, o los pintores Darío de Regoyos, amigo de Ensor, y Ricardo Aznar Casanova, amigo de Henri Evenepoel, hasta el poeta noucentista Josep Carner (que allí murió en 1970, donde había vivido desde 1945 y antes de la guerra mundial, durante la guerra de España).

Calle de Bruselas

Bjørn Giesenbauer, Flickr.

Ciudad de negocios, de política, sede de centenares de ONGs –gracias a un sistema legal muy abierto para las organizaciones sin fin de lucro– que trabajan por la pobreza, la sanidad, el medio ambiente. Bruselas recibió 21 millones de pasajeros aéreos por Zaventem en 2014, el 23º aeropuerto europeo (Madrid, casi el doble). De éstos, el 61% eran de zona Schengen.

Y en toda esta ciudad hecha de sedimentos históricos, de cultura (dense un paseo por las excelentes librerías de viejo y de nuevo, desde Tropismes a Filigranes, pasando por la española Punto y Coma),  llena de evocaciones para todos los países, para todas las gentes, reptan ahora, rondan unos asesinos que en nombre de un dios que ellos imaginan y falsifican quieren destruir la convivencia, el gusto por los parques umbríos, la cerveza en un local forrado de madera, perdido en una calle silenciosa, la bande dessinée donde aprendimos francés, la sociedad abierta.

Ninguna medida de seguridad podrá garantizar la paz perpetua. Movilizarnos no es vencer. Pero hay que luchar contra la intimidación, contra el apocamiento. El miedo es muy mal consejero, en todo.

Acabaremos con el himno a la vida del poeta Émile Verhaeren que parecía, en 1910, evocar estos difíciles momentos:

Le mal, le bien, le vrai, le faux,

Toutes forces barricadées,

Face à face, derrière un mur d’airain.

Puis, tout à coup, dans le lointain,

La foule et sa clameur et sa force nouvelle

Seule d’accord

Avec les forces éternelles

Qui prend d’assaut la vie et repousse la mort.


El mal, el bien, lo verdadero, lo falso,

todas las fuerzas parapetadas,

frente a frente, tras un muro de bronce.

De pronto, en la lejanía,

la muchedumbre y su clamor y su nueva fuerza

sola en acuerdo

con las fuerzas eternas

que toma al asalto la vida y rechaza la muerte.

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Comentarios sobre  Va por Bruselas

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  • 30 de noviembre de 2015 a las 13:56

    Muchas gracias por este recorrido diferente de Bruselas, recalando en sus parques, el cómic y los españoles que dejaron huella en la ciudad

    Por Oficina de Turismo de Bélgica: Valonia y Bruselas