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¡Vamos a las ferias!

Las ferias de verano son una de las atracciones más antiguas que existen. Visitarlas supone la melancolía de la vuelta a un pasado imposible, pero hay razones para pensar que a Proust, Marx, Habermas, Kant, Freud o a Baudrillard les hubiera gustado montarse en la noria y en el tren de la bruja.

27 de agosto de 2015

El montaje, las luces a lo lejos, provocan el efecto que aquella televisión del filme Poltergeist tenía sobre la niña: “Ya están aquí”. Una puerta como la del paraíso de Dante, pero ahora de luces cegadoras que, a veces, se encienden y se apagan para llamar más la atención y crear ambiente festivo y seductor de masas, no sabemos si imitando a aquellas que cantaban y bailaban como estrellas del cielo, según el poeta. La puerta es más hortera, todo hay que decirlo. Y sin mensaje, porque la cosa es ya evidente: abandona todo criterio. Hablo de las ferias de verano. En este caso, de la feria de Santiago, en Santander, en los aparcamientos del campo de fútbol de El Sardinero.

Las ferias son muy antiguas. No hay que olvidar que el proceso neolítico de asentamientos agrícolas creó las ciudades, los mercados y las ferias. En ellas se compraba y vendía de todo. Los chicos y chicas casaderos también tenían ahí una oportunidad de conocerse un poco alejados de las miradas de padres y todo tipo de sacerdotes. 

Con el tiempo las ferias de atracciones se quedaron solas, ya que las demás funciones iban siendo absorbidas por otras instituciones. Incluso las atracciones cayeron en manos de grandes multinacionales. Sin embargo, en pleno siglo XXI, en esta época nuestra de grandes y sofisticados complejos de ocio como Eurodisney, Orlando, Warner o Port Aventura, las ferias de verano –cenicientas o hermanas pobres de esos flamantes centros turísticos recreacionales y de vacaciones– producen la melancolía; algo provinciana, sí, de poco vuelo, según quien las visite, según la feria misma y la ciudad en que se celebre, pero ciertamente melancolía de la vuelta a un pasado imposible al que, en fiestas, volvemos a resucitar como podemos (Proust  disfrutaría de la visita).

Tal vez por eso ejercen una atracción irracional en tanto que se construyen en forma de circuito cerrado, apartado del centro de la ciudad, una especie de hortus conclusus ruidoso, sin vegetación y popular que te sitúa fuera del tiempo y de la mayoría de tus criterios estéticos. Durante la visita te ves envuelto simultáneamente en diferentes músicas: de actualidad, de discoteca, de carretera y de algunas canciones que uno ya creía haber olvidado. En su brutal mezcla de sencillez y tosquedad, el dispositivo funciona: te envuelve.

Ferias de verano.

Rafael Manrique.

Constituyen una reliquia del mundo moderno, de la  sociedad mecánica anterior a la cibernética. Tienen regusto a mundo obrero, a clasismo, a sociedad provinciana, a tiempo perdido. No son sino una forma del ocio de unas clases sociales a las que se ofrece disfrutar a bajo precio para olvidar el horror de una existencia dedicada al trabajo y a la reproducción de la fuerza de trabajo (Marx disfrutaría de la visita).

Éstas no se califican como parque de diversiones. Hacen bien. La diversión no cabe en ningún parque, como el amor en ninguna declaración. Es más bien un efecto colateral y deseable de algunas actividades. Hay una tendencia al desprecio de este lugar por parte de los cultos e intelectuales; no advierten que, bajo su apariencia banal, colorista, ordinaria y vulgar, pueden provocar una variedad de emociones y significados difíciles de encontrar en otro complejo, y cambiantes según la edad y situación personal en las que la visites.

En las ciudades pequeñas las ferias se convierten en un acontecimiento al que uno tiene que ir. Si hay niños, la excusa es fácil; si no los hay, es un ejercicio de autodeterminación: voy a verlas. Y eso a pesar de haber dedicado toda una vida a la lectura de la escuela de Frankfurt, por poner un ejemplo particularmente interesante y espeso (Habermas disfrutaría de la visita).

El recorrido por ella ha de ser lento, disfrutando de la oferta de cada una de las atracciones. Años de práctica las han acrisolado. Tienen una reconocible personalidad. El tren de la bruja, las cadenas, el castillo del terror… han alcanzado la cima evolutiva. No pueden ser de otra manera o dejarían de existir, de ser lo que han sido y han de seguir siendo: ontología aplicada (Kant disfrutaría de la visita).

Ferias de verano

Rafael Manrique.

Hay en la feria restaurantes y bares con comidas propias que llegan al clímax en las salchipapas (no deje el lector, si no de comerlas, al menos de verlas en su escalonada estructura artística).

La feria, huelga decirlo, son las atracciones. Es esta una palabra noble. La serpiente atrajo a Eva con su oferta, la física  que abrió las puertas del siglo XX se basó en la atracción magnética, la gravedad es una atracción… y el sexo también lo es. Pero no nos despistemos. Atracciones de feria. Desde grandes aparatos como la noria o la montaña rusa, a pequeños como el tren de la bruja o mi favorito: los beduinos majaretas. No se la describo; mejor véanla. Es un éxito de público. Caballitos y coches de choque  han resistido el paso del tiempo. Tal vez porque siguen proporcionando sensaciones de movimiento velocidad y excitación… vagamente sexual y violenta. El popular e infantil tiovivo en manos de Hitchcock (Extraños en un tren) se convierte en algo amenazante y sobrecogedor. En la película hay una pelea entre dos de los personajes subidos a un tiovivo desbocado. Hay niños en él y el peligro es enorme. Una persona ha de arrastrarse por debajo del mismo para llegar a los controles y pararlo.  Hasta  Hitchcock se asustó de la violencia de la situación que filmaba.

No me consideren un pervertido, pero esos choques contra las chicas o esos unicornios que daban vueltas y vueltas… subiendo y  bajando ajenos a todo… ¿No tienen acaso algo de morbo? (Freud disfrutaría de la visita).

Todas ellas funcionan como atractores donde uno se precipita y tiene una experiencia inefable. Hay en ésta de Santander una montaña rusa en la que los tradicionales vagones se han sustituido por porciones de queso que además giran cual derviches. Y uno piensa, con humillación, que muchos años de esfuerzo intelectual, de estudios superiores, no le habrían  servido para pensar una atracción semejante. ¡Maldita universidad que mata la imaginación! (Illich disfrutaría de la visita).

Hoy, incluso más que hace unos años, la feria ofrece un mundo imposible de encontrar en otro lugar. Es curioso el caso de los niños. Los videojuegos en 3D, los viajes con los padres o colegios a los parques famosos, deberían, en buena lógica, hacer que se rieran de estas atracciones un tanto cutres. La situación es la contraria. Se apropian de ellas, las construyen a su manera y las disfrutan como si del paraíso se tratara. (Vigotsky disfrutaría de la visita).

Si se es ya adulto la cosa no es tan fácil, ya que, usted, visitante, tendrá que luchar con su memoria. Tendrá recuerdos de otras visitas, de otras experiencias. Aunque  tal vez sea peor si no los tiene, porque en su desolada vida nunca fue a divertirse, a mirar y pasear por las ferias, ay. Lo que es imposible es ir con una actitud crítica o intelectual. Uno no sobreviviría. Ni con una actitud infantil. Sería ridículo. Sólo cabe visitarla si se domina el arte de nadar en medio de la cultura kitsch y si se desea buscar un poco de un pasado imposible de recuperar. Si ese es el caso, las luces te devuelven una dulce melancolía. Ya se puede seguir el recorrido sin temor.

Otro grupo importante de visitantes que uno puede ver son los adolescentes, especialmente aquellos que por primera vez salen solos de casa, con su grupo o pandilla de amigos, algo de dinero en el bolsillo de libre disposición y un montón de advertencias de sus padres que por primera vez también podrán obviar limpiamente. Será también una de las primeras oportunidades de jugar sus cartas con ese chico o chica que les gusta. Un rito de paso. Apoteosis de las clases medias y bajas de provincia que, por serlo, pueden disfrutar de las ferias. La clase más alta, la de los intelectuales, no se atreve. A ver si alguien va a pensar que les gusta… Sic transit gloria mundi.

Y todo este complejo es movido, claro está, por los feriantes, probablemente los últimos representantes, los herederos de los nómadas medievales. Viven en caravanas y roulottes que, hipermodernas en ocasiones, apenas se han despegado conceptualmente de los carromatos de la antigüedad. De feria en feria, de pueblo en pueblo, recorriendo España y observando desde sus atracciones, que no cambian, en un país que sí lo hace y mucho. A veces tienen una  mirada dura, un tanto escéptica y hasta desconfiada. La comedia humana se despliega ante sus atracciones o en sus gestiones con alcaldes y gobernadores, aún más duros y desconfiados. Tienen una labia incontenible y eficaz; son sabedores de su posición intemporal, de la existencia de una amenaza poderosa sobre su oficio y que, por ahora, han sorteado con acierto. Quizá les ha ayudado el hecho de que nos encaminemos a un nuevo medievo. Y aunque a algunos nos amenace ese devenir, a ellos no. Ya han estado allí durante siglos. Son un simulacro en el más perfecto sentido de la definición postmoderna. Pero lo son de manera tan ingenua y obvia  que se convierten casi en hiperreales. Se parecen a nosotros (Baudrillard disfrutaría de la visita).

Si están cerca de una feria, vayan a visitarla. ¿Les gustará? Probablemente, no. ¿Les interesará? Probablemente, sí. Y se lo dice una autoridad que acaba de ganar hace un momento una carrera en Los beduinos majaretas… tras cuarenta años intentándolo. Tenía premio. Podía elegir entre una gigantesca y colorista cigüeña de peluche o una colección de cuchillos. Opté por esto último. ¿Un nuevo cocinitas, pensarán ustedes? No, es que pensaba en abandonar mi profesión y poner un puesto de feriante antiguo: lanzador de cuchillos. Vayan a las ferias y… ya me contarán.

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