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Venecia desde el Molino Stucky

Venecia exige tiempo, lentitud y una cierta soledad. Detenerse, deambular, perderse en callejones, admirar el balanceo de las góndolas… Pero no subir a una para ir en procesión mientras el gondolero te canta ‘O sole mio’ en el mejor de los casos y ‘New York, New York’ en el peor.

6 de julio de 2017

La terraza del Molino Stucky en Venecia tiene dos vistas. Una hacia Mestre, la ciudad industrial que está a su servicio, y otra hacia el canal de la Guidecca. Una es interesante, otra es hermosa.

Hacia Mestre uno ve puentes, chimeneas, fábricas, torres de electricidad y cruceros en el puerto comercial de Venecia. Cruceros de muchos pisos, enormes y profusamente iluminados. Más altos que cualquier otro  edificio de la ciudad, incluido este antiguo molino de grano, seguramente el más voluminoso de la ciudad y que ahora es el hotel Hilton. Cinco estrellas de lujo anodino.

Resulta que estaba en esa terraza por la noche, cuando uno de los barcos inició su siguiente travesía. Tras los comentarios de la prensa sobre la ignominia que supone pasar los barcos por el centro de la ciudad, pensé que saldrían por detrás de la isla de la Giudecca hacia al mar. Y no. El práctico que le guiaba enfiló hacia el canal y, en una difícil maniobra de 180 grados, el crucero se dispuso a pasar por el canal de Giudecca delante de las iglesias de El Redentor y de San Giorgio, ambas de Palladio;  delante del Hospital de los incurables, de la Punta de la Dogana y a lo largo de los Zattere por donde paseaba desesperadamente Ezra Pound. Asistía estupefacto, deprimido, indignado y, como los niños repetidamente frustrados, al final autista y desconectado frente al espectáculo de la mezquindad humana. Su paso iba haciendo opaca la orilla opuesta, mientras que desde las diversas cubiertas salían innumerables flash. Pasaba tan cerca que se podía ver lo que ocurría en cubierta. Un grupo de hombres jugaba un partido de fútbol encerrados en una especie de jaula a lo Mad Max. Al llegar a la Dogana, el barco paró para que se hicieran fotos. Si usted ha visitado Venecia, podrá imaginar la obscenidad de un crucero mucho mayor que el palacio de las Dogos parado enfrente.

Venecia. Pintura de Marco Grubacs.

Retrocedamos. Ese día a las diez de la mañana, barcos pequeños trasladaban desde el puerto comercial a los pequeños embarcaderos de la Rivera de los dálmatas a cientos de pasajeros que pasarían unas horas en Venecia antes de volver a embarcar e invadir otra ciudad, tal vez Dubrovnik. Sentado en una terraza, veía pasar innumerables grupos que seguían a una persona con una bandera o un paraguas. Bajo un sol de fuego, ya a esa temprana hora. Su recorrido se iniciaba allí. Pasarían luego por la plaza de San Marcos y continuarían por una calle hermosa pero llena de carísimas tiendas de moda hasta llegar, tras varias revueltas, al puente de Rialto. Eso era todo. Son calles pequeñas y estrechas, y con tanta gente la circulación fluida es imposible. Se va como en una manifestación en la que solo ves a quien tienes delante. Eso no parece preocupar a nadie. Los turistas no miraban a los lados, a los palacios, a las iglesias… Solo se seguía la fila para no perder al guía. Una especie de desfile militar desordenado y pacífico, pero también altamente destructivo.

Retrocedamos. ¿Qué es ver una ciudad? Pasar por ella, meterse en rincones, perderse, ver a sus gente, a los turistas, entrar en los bares, comer su comida, comprar algo propio del lugar, ver sus edificios, los vulgares y los nobles, los museos, sentarse en una  terraza… Sentir como huele y como suena. Todo eso no es posible en medio del turismo de masas. Estamos en Venecia, tal vez la más bella ciudad del mundo. La más imposible y frágil también. Y todo el dinero invertido en el viaje se queda en casi nada. Se ha estado en esa ciudad pero no se ha visitado, no se ha conocido si solo se realiza una visita rápida y en grupo. Las masas de gente que desembarcan matan la experiencia de la visita a esa ciudad. Venecia es una ciudad histórica precisamente porque allí la historia se ha detenido. Ya no evoluciona. Y así ha de hacer el viajero. Detenerse, ir despacio, deambular, admirar el balanceo de las góndolas (pero no subir a una para ir en procesión mientras el gondolero te canta O sole mio en el mejor de los casos y New York, New York en el peor, y los japoneses te fotografían al pasar por un puente), perderse en callejones sin salida, sentarse a observar cómo en las mareas altas el agua tiende a invadir la ciudad trepando por las escaleras de piedra para recordarnos que estamos en medio de una laguna y que ella se tragará de nuevo la ciudad. Venecia exige tiempo y lentitud. Y una cierta soledad. Es notable que en la horas de máxima afluencia de gente, entre las diez de la mañana y las cinco de la tarde, a pocos metros de la calle que les mencionaba, no hay nadie en muchos lugares y uno puede pasear por plazas bellas y recónditas con el pozo en medio sintiéndose el profesor Gustav von Aschenbach, aunque uno no sea Dick Bogarde ni esté siguiendo a Silvana Mangano.

Venecia. Pintura de Ercole Calvi

Retrocedamos. ¿Por qué Venecia? En un principio fue un destino romántico, educativo si se quiere dentro del Grand Tour de los cachorros británicos adinerados. La presencia de Goethe o Lord Byron y en general de todo escritor hizo de la ciudad un destino necesario de las clases altas que deseaban  baños de belleza con la que adornar el dinero. Y como es habitual, a los gustos de los nobles se van añadiendo los pobres de manera masiva en cuanto es posible. Es una manera imaginaria de sentirse igual que ellos. Cuando las masas llegan, los ricos huyen a otros lugares o a otra Venecia fuera del circuito convencional a los que las masas acabarán por llegar también.

Retrocedamos. Ante esta situación se dice que algunas ciudades han empezado a odiar a los turistas. Imposible. Las ciudades no odian y los “turistas” es una generalización insoportable. No es el turismo el problema, es la masificación que tiene una lógica que impide la experiencia viajera y convierte a los lugares que se visitan en insoportables. A veces se lee que la culpa es de las líneas aéreas de bajo coste. Un comentario elitista. El problema no son los billetes baratos, el problema es que somos muchos y que, ahora y siempre, algunos viajeros no viajan sino que utilizan una ciudad como decorado para reunirse con amigos, beber, disminuir la presión social…

Retrocedamos. ¿Son los cruceros demoníacos? No puedo pasar sin recomendar la lectura de la experiencia de estar en uno narrada por Foster Wallace; una pieza maestra de la literatura y la ironía. En teoría navegar en un barco, atracar en diversos puertos puede ser una buena idea. Lo malo es la práctica. Son viajes que no tienen coherencia ya que son demasiados rápidos, hay demasiados intereses en juego, su programa es demasiado rígido y convencional… demasiado. Y la belleza casi nunca es el territorio de la desmesura.

Retrocedamos. ¿Son estas líneas un canto soberbio y discriminador? ¿No han de venir los ingleses o alemanes a emborracharse y vomitar en Venecia? ¿No ha de venir la gente que desea comprar una góndola con luces para decorar el salón? ¿No han de venir los que ignoran que a dos pasos de donde se hacen un selfie, Proust, Sthendhal o Goethe tomaron café? ¿Hay visitantes de primera y de segunda? Tiendo a considerar que sí hay formas diferentes de viajar y que unas son superiores a otras. Este autor no pertenece al relativismo cultural.

Avancemos. ¿Qué hacer? Mientras nos planteamos en qué nos gustaría que consistiera hacer turismo en general y visitar Venecia en particular, tal vez lo primero que hay que hacer es establecer un numerus clausus. No puede llegar tanta gente ni en cruceros, ni en aviones, ni a pie. Un número apropiado de gente permite a todo el que quiera hacer una visita personal y reflexiva, y no destroza el lugar. Así se hace en la Alhambra, por poner un ejemplo y nadie piensa que sea elitista o antidemocrático. Todos podemos ir, pero no todos al tiempo.

Salvemos Venecia para nosotros sí, y para las próximas generaciones. Que se note lo de Sapiens.

Turismo, viaje a venecia

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