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Ventanas, el grado cero de un viaje

Sin duda Colón se asomó por las ventanas de su residencia en Lisboa y seguro que ese acto le hizo pensar, soñar y hasta delirar. Vio que podía navegar a la India por ese océano frente a él. Las ventanas nos desafían a mirar más allá y nos inducen a escapar, a partir, a viajar.

21 de marzo de 2016

“En estas oscuras piezas, donde paso
agobiantes, voy y vuelvo arriba abajo
para hallar las ventanas. –Cuando se abra
una ventana habrá un consuelo”.
Konstantin Kavafis.

Muchos viajeros saben que todo viaje empieza en una idea. Se apoya en la memoria, en la imaginación y en los deseos que surgen a saber de dónde, pero con frecuencia, esa idea se generó… mirando por una ventana. No se trata ahora de hablar de su belleza e ingenio. Tampoco de glosar ese gran invento de los romanos de poner en ellas vidrios cada vez más transparentes. Lo importante para nosotros es su capacidad de proporcionar lo que podríamos denominar el grado cero de todo viaje.
Es a través de una ventana desde donde damos los primeros pasos hacia un mundo exterior siendo conscientes de que estamos en uno interior.  Es una experiencia universal y sencilla. Situados dentro de nosotros tanto en lo personal como en lo físico, contemplamos, en contraposición, lo que está fuera: otros lugares y personas. Ambos universos están separados por un cristal que es transparente y permite el paso de la luz, pero que también genera límites y separaciones. Dentro/fuera, lejos/cerca, perteneciente/ajeno. Como en Barrio Sésamo. Se crea con ellas una de las más fascinantes perversiones que conocemos: nos inicia como suaves voyeurs en el borde mismo de salir al mundo. Tal vez de ello depende que ese grado cero del viaje que mencionaba al principio, sea Una habitación con vistas, como describe la novela de E.M. Forster.

La percepción y constancia de que el exterior, lo ajeno, el paisaje, la gente… existe, es el primer movimiento que más tarde se convertirá en el placer de viajar o en la necesidad de huir. Tal vez por eso toda ventana es un peligro. La atracción que supone salir de ella o por ella como en la película Birdman, de Iñárritu, está siempre presente. A veces de forma desgraciada, como la del suicida que la usa para su último viaje. Pero lejos de esos tintes dramáticos, es cierto que una ventana induce a escapar, a salir, a viajar, a no quedarse en el lugar de nacimiento, en la familia, en lo conocido. Es muy estimulante y, por ello, en algunas sociedades la vida, sobre todo para las mujeres, transcurre en lugares sin ventanas.

“Estaba mucho más allá, en ese más allá ilocalizable adonde precisamente ponen proa los ojos de todas las mujeres del mundo cuando miran por una ventana y la convierten en punto de embarque, en andén, en alfombra mágica desde donde se hacen invisibles para fugarse”. Carmen Martín Gaite

El interior de la casa es, tantas veces se ha dicho, una especie de útero materno. Un lugar cálido, seguro, predecible y algo aburrido. Donde prima la protección nunca hay aventura o riesgo. Viajar es lo contrario a estar en el útero. De hecho, de él se sale por una especie de ventana que se abre y comunica con el exterior.

Una ventana configura el primer viaje que nos es posible, un primer acto de rebelión. Temprano, fácil, primitivo, casi informe, pero base de otras rebeliones. No son inocentes. Implica que el mundo es más que uno, que uno mismo es menos que la existencia que lleva: Se mira por la ventana y ahí está una experiencia que nos es ajena. ¿Por qué no ir…? Salir, viajar, tal vez soñar… casi diría Hamlet.

Pintura de Caspar David FriedrichDesde el interior hacia fuera; un límite a traspasar. Y como tal nos plantea acciones, riesgos, salidas… viajes. Si sólo hubiera miedo, uno podría pasarse la vida simplemente mirando por una ventana. Nada más.
Contenedoras, limitadoras, atractivas y sugerentes en una mezcla que las hace fascinantes. Por eso cuando llegamos a un hotel, de las primeras cosas que hacemos es mirar por ellas, para hacernos cargo de nuestras limitaciones y de nuestras posibilidades de acción en ese tiempo, en ese espacio que se abre ante nosotros. Transmiten con su mera presencia este permanente mensaje: plus ultra. Sin duda Colón se asomó por las ventanas de su residencia en Lisboa y seguro que ese acto le hizo pensar, soñar y hasta delirar. Vio que podía viajar a la India por ese océano frente a él. Si no hubiera ventanas…

El voyeurismo que genera una ventana no es aquel que condena a sólo mirar y no tocar. Es más esperanzador, aunque también más indeterminado. Y por ello genera una ansiedad, un motivo que es lo que, seguramente, ha hecho que tantos pintores plasmaran ventanas en sus cuadros.  Su uso en el arte procede del siglo XV gracias a la fundamental teorización que realizó Leon Battista Alberti, quien asimiló ese rectángulo o cuadrado, ese marco y lo que a través de él se ve, con el arte entendido como representación de la realidad que nos es ajena. Sin ellas ¿cómo existirían Henri Matisse, Marc Chagall o Antoni Tàpies? O cineastas como Alfred Hitchcock o Krzysztof Kieslowski, o videoartistas como Michael Snow o fotógrafos como Robert Doisneau y Lee Friedlander… Tampoco la ventana de La chica de ayer.

El desafío de toda ventana a mirar, a viajar puede llegar a ser atemorizante. Uno puede negarse férreamente a ese viaje mental y real, externo e interno que se propone. Baudelaire convertía ese acto en una tarea imposible. En un texto perteneciente a Spleen de París, escribía: “Quien mira desde afuera a través de una ventana abierta nunca ve tantas cosas como el que mira una ventana cerrada. No hay objeto más profundo, más misterioso, más fértil, más tenebroso, más deslumbrante, que una ventana iluminada por una vela. Lo que se puede ver al sol es siempre menos interesante que lo que ocurre detrás de un vidrio. En ese agujero negro o luminoso vive la vida, sueña la vida, sufre la vida”.
Baudelaire plantea un dilema profundo y bello. ¿Qué preferimos, ventanas o espejos? ¿Qué vemos en el rostro de los otros, ventanas o espejos? ¿Qué somos para los demás, una cosa o la otra? En ocasiones, para deshacernos de ese dilema hacemos lo del poeta: preferir una que esté cerrada y que ya no sea ni ventana ni espejo.

Y, unido a la esencia de todo viaje, está la despedida. Unos parten y otros se quedan. Por unos días o para mucho tiempo. Las ventanas han sido el lugar clásico, el más simbólico y poético, para las despedidas. Decimos adiós o nos lo dicen, no es necesario que sea con una lágrima y pañuelo, pero no se puede negar el encanto cursi de ese modelo cuando uno se va de viaje, cuando huye, cuando emigra, cuando se enamora. Desde la ventana habrá una última mirada que confirma el viaje y asienta la esperanza de otro encuentro.

“De vez en cuando la alegría
tira piedritas contra mi ventana
quiere avisarme que está ahí esperando

está bien me doy por persuadido
que la alegría no tire más piedritas
abriré la ventana
abriré la ventana.”
Mario Benedetti.

Filosofía, ventana

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